Al buzòn del Maestro. A Abel Carlevaro.- Por Gonzalo Solari

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.


Hola Ivonne, te cuento que el próximo 17 de julio es el 10° aniversario del fallecimiento de una de las figuras más relevantes de nuestra cultura: El Maestro Abel Carlevaro, fallecido en Berlín, Alemania.

Te mando una carta que seria muy lindo que un blog sensible a la cultura y a la vez revolucionario, publicara.
Un abrazo

Gonzalo Solari

 

 

 

A Abel Carlevaro.-


Por Gonzalo Solari


" Yo he deseado no mover más los recuerdos y he preferido que ellos durmieran, pero ellos han soñado".

Felisberto Hernández





Querido Abel, quién iba a decir que cuarenta años después, desde una fría noche alemana, yo escribiría tu nombre en el sobre de esta carta!

Déjame tutearte. Sé que te va a causar gracia y que cruzarás los dedos de las manos, torciendo el bigotito antes de soltar tu sonrisa de perro bueno.

Deja que sea este chiquilín cincuentón el que te abra el estuche para salir a jugar a nuestra manera, como tú jugás (no escribiré "jugabas" porque transgrediendo los tiempos verbales te siento más cerca), como tú jugás, decía, con las digitaciones, armando y desarmando el rompecabezas con morbosa lucidez; destripando tus juguetes con la porfiada concentración de un niño.

Cuánta infancia evoca eso de abrir la puerta! Estas líneas que tanto te buscan en el terreno de la admiración y el afecto, tienen que ver con ella; con la tuya a la que jamás abandonaste del todo y con la mía, claro.

Supe de ti en aquellos lejanos años, mucho antes de que nos conociéramos personalmente. Yo aún no era -eso vino después- un joven guitarrista al que la lotería biológica premió con el pozo inagotable de tu sabiduría.

A mi casa te trajo el azar de un tocadiscos Metrotone que mi padre le había comprado a Luis (Solari), el pintor al que tú conociste y admiraste. Junto con esa pesada cucaracha marrón venía una caja con viejos discos, que era algo así como una propina incluida en el precio.

Sello Antar, Recital de guitarra, ALP 1002, Microsurco 33 1/3 RPM, Ponce, Moreno Torroba y Albèniz. Ah, y también Augusto Torres, que no componía pero pintaba maravillosamente. Con su caràtula tu disco quedó de lo más compadrito.

Claro, vos conocés de sobra esta larga contraseña. Más de una vez te habrá pasado lo mismo que a mí: Tirarte de la cama en plena noche porque soñaste una digitación, correr hasta el estuche de la guitarra, abrirlo con la ansiedad incontenible con la que se abre la puerta de la heladera en una noche sofocante de verano, poner a prueba lo soñado y escribirlo, porque mañana será otro día y nunca se sabe como decía mi abuela.

Cuántas veces, insatisfecho, habrás desechado un timbre de oboe con la yema del pulgar, una escala desprolija o algún trino chamboneado que para más de uno habrían sido la coronación de su virtuosismo!

El camino del talento es largo y empinado para poder lograr ese sonido de alquimista en el que mezclabas los colores orquestales con el pedal viril y persistente de tu pulgar.

Y finalmente llegó el día. El pastel de carne me quedó trancado en la garganta cuando escuché la noticia: "El guitarrista uruguayo Abel Carlevaro se presentará esta noche en el Teatro Miguel Young de Fray Bentos". Te das cuenta? Lo decían así nomàs, con el mismo tono con el que ponderaban a las pastillas Valda, " que alivian la tos entre pecho y espalda".

Eso fue en mi pueblo, allá por el año del gofio. A decir verdad fue en 1970, " Año de la Unesco" como rezaba en la prensa de aquella época. Yo tenia catorce noviembres y vos cincuenta y tres diciembres.

Cómo tocaste esa noche! Saliste al escenario con el gesto distraído del que entra equivocado en un pieza y pide disculpas.

A tu lado, una mesita con papeles te hacía compañía y, como siempre, tu programa no tuvo nada que ver con el que estaba anunciado.

Yo salí del teatro aturdido por la emoción y la apabullante facilidad con la que ponías cada nota en su lugar, sin la menor preocupación y sin inquietarte por la sacudida que le estabas dando a aquel chiquilín que te escuchaba atónito en la primera fila.

Cómo me hubiera gustado conocerte e invitarte a mi piecita para darte caña (la de mi padre, a la que de vez en cuando le pegaba un beso clandestino), cebarte un mate con cáscara seca de naranja, mostrarte mis partituras con olor a estufa a querosén y que probaras mi guitarra valenciana, una Salvador Ibáñez que le había comprado a tu amigo Eduardo Irisarri.

Y también pedirte que me escucharas, claro. Y ponerle la frutilla a la torta del encuentro con la ingenua pregunta del millón: "Maestro, cuántos años de estudio se necesitan para llegar a tocar como usted?" Vos quizás, me habrías respondido con la ingeniosa frase atribuida a Segovia: " Diez...por cuerda".

Ese era mi mundo, mi refugio a la salida del liceo. Estudiaba la guitarra hasta las cuatro de la mañana y a las siete me levantaba para ir a clase. Metía los pies en lo primero que encontraba al tirarme de la cama y más de una vez me puse los zapatos cambiados. Vivía con sueño.

La noche de tu concierto, al volver a mi casa, estudié hasta el amanecer. Desayuné con mate, me lavé la cara y me fui al liceo como si tal cosa.

Mientras mis padres estuvieron levantados (siempre fuimos una familia de noctámbulos), toqué frente al espejo de un viejo ropero que tenían en su habitación.

Esa noche yo me sentía Abel Carlevaro y como vos habías tocado con una curita en la mano derecha, te copié el detalle. Qué me contás, Abel!

La vida es una caja de sorpresas. Casi treinta años después, estando yo de gira por América del sur, viajé a Fray Bentos para dar un concierto en el querido Teatro Miguel Young. Lucía repleto. No entraba una aguja ni con calzador. Antes de salir al escenario, el periodista y amigo Eduardo Irigoyen- tú lo conociste, te acordás?- me hizo un reportaje. A cierta altura de la entrevista me preguntó qué sentía en ese momento. Yo le dije la verdad: "Ganas de rajar!".

Te das cuenta, Abel? En aquella lejana noche de 1970, cuando tú te presentaste, yo habría dado cualquier cosa por estar en tu lugar. Te das cuenta-claro que sí!-el terror que puede provocar la enorme mancha de público que se esconde detrás de los reflectores?

Maestro, no te doy más lata. Esta carta te la debía aunque no sea ni de lejos la que tú te mereces. Por estos lares el ambiente de la guitarra no ha cambiado demasiado. Allá en nuestros pagos sigue siendo el que tú conociste, con las mismas-perdoname el lenguaje de panadero-"roscas" de segunda que revolean el gastado sartencito por el mango.

Son los mediocres de siempre, como aquellos que en tu (nuestro) propio país te ignoraron o, a lo sumo, te perdonaron la vida.

El camino me enseñó a diferencia de lo que decían nuestras abnegadas abuelas, que "se puede lo que se hace" y no viceversa. Razón más que suficiente para mantener-alguna vez te lo dije entre dos vinos- una prudente distancia de esos monumentos provincianos que unos pocos- por incapacidad de caminar con sus propios pies, por servilismo y/o por conveniencia-erigen alrededor de un nombre o una escuela.

Al que nace cimarrón...

Viajando por otras comarcas he visto que tus reflexiones sobre la técnica guitarrìstica han calado muy hondo. Claro, nunca falta un buey corneta. Son los que tienen el reloj de la guitarra con las agujas clavadas en la misma hora de cincuenta años atrás.

Allá ellos. No les envidio la "changa" de tapar el sol con un dedo.

Abel, hace frío en esta nevada medianoche de Hamburgo y siento que está llegando el sueño.

No quiero irme de esta página sin desearte mucha suerte.

Te abraza y te querrá siempre

Gonzalo

 

 

 


 

 

 

 

Arezzo (Italia), abril de 1995 En el living de mi casa con el M° Abel Carlevaro y Vani, su esposa. En la foto de abajo- de izquierda a derecha- mis hijas: Mariana, Valentina y Lucìa, con Abel en cuclillas.

 

 

 

Fray Bentos,13 de setiembre 1985... Retorno al Uruguay. Dejaba atràs el Viejo Continente. En Fray Bentos, mi ciudad natal, la Intendencia Municipal de Rìo Negro me homenajeò con un concierto de Abel Carlevaro, mi querido y recordado Maestro. Fue un honor y una hermosa sorpresa para mì. Abel, con su talento, su humildad y su sabidurìa, iluminò la tècnica guitarrìstica del siglo XX. En ese teatro entrañable- el Miguel Young- en el que tantas veces me presentè; quince años atràs lo habìa escuchado tocar en vivo por primera vez. Quedè deslumbrado y jamàs hubiera imaginado que Abel, Maestro de Maestros, un dìa iba a homenajear con su Arte exquisito a ese chiquilìn desconocido de catorce años que aquella noche lejana estaba perdido entre el pùblico.

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