Agricultura sinérgica

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

Emilia Hazelip, formuladora en el año 1987 de la Agricultura Sinérgica -modelo de producción vegetal para la autofertilidad de la tierra basado en la Agricultura Natural sin laboreo de Masanobu Fukuoka-, escritora y materializadora de multitud de proyectos de vida autosuficiente integrados en la naturaleza sin explotarla. Cuando nació, en 1937, las bombas caían sobre Barcelona, su ciudad natal, y a los 18 años salió de España comenzando una trayectoria de inquieta cuestionadora de lo establecido. Ya a principios de los años 60 experimentó la vida comunitaria en los albores del movimiento hippie, dándose cuenta entonces de lo antinatural de arar y dejar la tierra desnuda; a la par quería encontrar formas de vivir en contacto con la tierra, a favor de las leyes de la naturaleza, reintegrando al ser humano en el ciclo de la vida. Aprendió en fincas agroecológicas de California y el suroeste de los EE.UU, conoció autores que enseñaban a cultivar sin labrar la tierra (como Ruth Stout) y el sistema de cultivo en bancales (Alan Chadwick). Cuando cumplia 40 años sus intuiciones encontraron cauce al conocer la obra de Fukuoka, que completó con el marco integrador de la Permacultura. Infatigable realizadora, despierta observadora de la naturaleza, se comprometió a sanar el daño que el sistema agrobiológico tradicional le ha hecho a la tierra, creando para ello métodos fundamentados práctica y teóricamente y enseñando allí donde se le llamaba.


Los cuatro principios son:

1.- No arar la tierra
2.- No abonar, la autofertilidad de la tierra es el abono
3.- No utilizar tratamientos químicos
4.- No comprimir el suelo.


La Agricultura Sinérgica es un sistema que permite al suelo mantenerse salvaje a pesar de estar cultivado. La Sinergia implica el funcionamiento dinámico y concertado de varios órganos para realizar una función. Así como en nuestro organismo todo el sistema y sus elementos funcionan interrelacionados y con coherencia, esta sinergia tiene también lugar entre la tierra y los microorganismos que la habitan enriqueciéndola o entre las legumbres y las bacterias fijadoras del nitrógeno atmosférico o en la asociación entre plantas que se benefician mutuamente. Este sistema de agricultura natural protege el ecosistema del suelo permitiendo a la tierra mantener sus capas propias, sin agitarla ni revolverla, entendiendo que la tierra tiene capacidad de autofertilizarse.

Para crear el huerto se hacen bancales de 120 cms de ancho, 50 cm de altura y alrededor de 80 cm de separación entre ellos, cubiertos con acolchado ya sea de paja, lana o restos orgánicos que actúan como un filtro protector entre la superficie de la tierra y los gases atmosféricos, la fuerza desecante del sol y la compactante y erosiva de la lluvia y el viento. La cobertura es mejor seca y que no cree una capa rígida. Cobertura que también actúa como abono de superficie alimentando la tierra de arriba abajo. Así se establece en el suelo un equilibrio perdurable entre sus habitantes, sean lombrices labradoras de las profundidades, lombrices rojas del mantillo o los billones de toda clase de seres microscópicos vegetales o animales que viven y mueren en su seno. En ningún momento se les traumatiza con cambios en su hábitat.

Imitar lo que hace la naturaleza implica dejar la tierra siempre cubierta con un acolchado, sólo abierto en los espacios o líneas de siembra, que se va transformando en mantillo, en humus. Para que la tierra disponga de materia orgánica dentro de sí, sin que haya necesidad de enterrarla, siempre se dejan descomponer dentro las raíces, excepto las que se cosechan. Estos restos participan en la flora intestinal de la tierra y esta permite a su vez la nutrición de las plantas. Cuando la fertilidad de la tierra no se pierde a causa de la erosión, no hacen falta compensaciones constantes en forma de cualquier clase de abono, como compost o estiércol.

Por mas información sobre este interesante sistema pueden ver el documental “El jardín de Emilia” en nuestra Videoteca

 

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