Argentina: “El cura sabía que era una secuestrada”

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

SILVIA LABAIRU CONTO COMO NACIO SU HIJA EN LA ESMA Y SE LA ENTREGARON A SUS SUEGROS

“El cura sabía que era una secuestrada”

Durante un año y medio estuvo en la Escuela de Mecánica de la Armada, y el Tigre Acosta hizo que su primo sacerdote le bautizara a su hija nacida en cautiverio. Contó que su caso fue excepcional: vio a otras embarazadas a las que les sacaron a sus hijos.

Jorge “El Tigre” Acosta es uno de los procesados. Enviaba a su primo cura a la ESMA.
Imagen: Pablo Dondero

 Por Alejandra Dandan

Silvia Labairú ya había contado cómo se había organizado el bautismo de su hija mientras ella seguía secuestrada en la ESMA. Vera ya había nacido y por disposición de los marinos estaba con sus suegros. Silvia convenció a Jorge “El Tigre” Acosta para organizar la ceremonia de cristianización. El bautismo se hizo en la Iglesia San José, de Ayacucho al 1800, con un cura al que ella conocía porque la habían obligado a atenderlo cada vez que llegaba a la ESMA con carpetas llenas de artículos con las noticias de los asesinatos de esa guerra que iban ganando. El cura Eugenio Acosta era además primo hermano del jefe operativo de la ESMA. “Por supuesto que él ya sabía que yo era una secuestrada –dijo Labairú–, porque cuando bautizó a mi hija el cura dijo que esperaba que esta niña Vera no fuera mala como lo era su madre.”

Aún hoy Silvia Labairú no sabe por qué el Tigre Acosta la obligaba a atender a su primo: “Se presentaba con una careta así de grande con todos los artículos de prensa, donde se veía a cuántos grupos se había exterminado. Y venía a las doce de la noche y el capitán Acosta me hacía pasar a mí. No entendí nunca por qué tenía que atender a este señor y escuchar su charla en una oficina al lado de la suya. Sabía positivamente quiénes éramos nosotros y se presentaba para compartir la alegría por los asesinatos de las personas durante esa semana. Este era el clima”.

Desde Madrid, sentada frente a una computadora en el consulado argentino, Silvia volvió a dar testimonio en las causas de lesa humanidad, como lo hizo hace meses en el juicio por la ESMA, ahora en el debate por el Plan Sistemático de robo de bebés. Además del cura, en la audiencia mencionó otros dos nombres que dieron lugar a que la querella de Abuelas de Plaza de Mayo pidiera remisión de la declaración al Juzgado Federal Nº 2 para una investigación paralela. Uno es Norberto Lataliste, hermano del dueño de la discoteca Mau Mau, a quien tuvo que reportarse ella después de su salida. Y el otro, el periodista Héctor Agulleiro, habitué de la Escuela de Mecánica de los marinos, nombrado director de Canal 13 en 1983. “Había personas del mundo civil, amigos del capitán Acosta que entraban ahí a ver el espectáculo: eran civiles que estaban cerca de esta gente, señoras de la alta sociedad, de la alta alcurnia, que celebraban con estos hechos.”

Como la clínica Otamendi

Silvia Labairú llegó a la ESMA el 19 de diciembre de 1976, con 20 años y un embarazo de cinco meses. De familia de militares, su padre era piloto de una línea comercial, pero pertenecía a la Fuerza Aérea; su abuelo, del Ejército, había sido ministro de Pedro Eugenio Aramburu. Ella era aspirante de la organización Montoneros, militancia que subrayó, y la ESMA tenía datos de sus parentescos. Alguna vez Acosta le advirtió que también iban a “chupar” a su padre, porque ella militaba en Montoneros y él, entonces, era un traidor. Después de la jura, de los datos protocolares pedidos por los integrantes del Tribunal Oral Federal Nº 6, Silvia volvió a la ESMA.

“Me adjudicaron el número 765, y a partir de ahí se suscitó un forcejeo en el interrogatario: me gritaban, me esposaron, me desnudaron, me golpeaban en un camastro pidiéndome información, era evidente mi estado de embarazo.” A los 20 días la llevaron a Capucha City: “Me tiraron en una colchonetita, con otros tirados en el suelo separados por tabiques, un número importante de secuestrados. Ibamos engrillados con cadenas cerradas por veinte eslabones”. La capucha; el engaño con el que dijo que tenía un mes más de embarazo como si eso sirviera de algo. Un balde, las necesidades físicas ahí. “En mi estado era realmente difícil además de vergonzante poder mantener equilibrio con un embarazo y tener que hacer necesidades delante de todo el mundo.”

La causa releva las condiciones físicas a las que eran sometidas las embarazadas para establecer la sistematicidad. Como a todo el mundo, “me despertaban con un golpe en la cabeza”, dijo. Recibió los mismos alimentos que el resto: mate cocido con un pedazo de pan a la mañana y el “bife naval”, un pedazo de carne fría. Hubo “excepciones” cuando “un jefe o una guardia” tenían “a bien facilitarme un saco de leche o vaso de leche de modo esporádico, y como cosa de piedad”. Hubo baños cada diez o quince días: “Me obligaban a desnudarme en situaciones en las que uno llamado Pedro Labruga me miraba con ojos lascivos estando muy embarazada”.

A los dos meses de llegar, otra compañera logró sumarla al trabajo esclavo con traducciones de inglés y francés. Silvia, que estuvo año y medio en la ESMA, debió, como contó una y otra vez, acompañar a Alfredo Astiz en la infiltración entre las Madres de Plaza de Mayo.

“A pesar de dejarme bajar a trabajar, Acosta no me miraba a los ojos, era como transparente para él y yo seriamente sospechaba que me iban a matar y que esperaban que diera a luz porque en ningún caso me trababan como de alguna manera trataban a los otros con los que conversaban.”

En abril de 1977 estaba de diez meses de embarazo. “El 28 de abril estaba en el sótano de la ESMA y rompí aguas y cuando lo dije llamaron a un enfermero. Me llevaron a la salita que paradójicamente era la misma donde me habían torturado el primer día.” El médico Héctor Magnacco llegó 45 minutos después. Una habitación para secuestrados empezó a funcionar como la Maternidad Clandestina de la ESMA o la Pequeña Sardá.

Como lo había dicho en la audiencia de la ESMA, Silvia contó ayer cómo el Ejército y la Marina buscaban a su cuñada María Cristina Lennie, oficial de Montoneros. Cuando los marinos le preguntaron qué fecha de nacimiento quería ponerle a su hija para inscribirla, trámite encargado a Astiz, ella le puso a su hija los datos de María Cristina Lennie: un mensaje en clave destinado a su familia también fue un mensaje cifrado para ellos. “Le puse Vera Cristina”, dijo y eligió la fecha del 18 de mayo de 1977 con la hora en la que los marinos encontraron y rodearon a María Cristina Lennie en un operativo en la calle y ella se tomó una pastilla de cianuro líquido para quitarse la vida.

 

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