Berlusconi renunció, por fin, pero ahora habrá más ajustes

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

Una buena parte de Italia, no toda, festejaba el sábado. El primer ministro había renunciado. No hay gran margen para la alegría, porque ahora se viene la parte práctica del ajuste del Cavaliere.


El sábado a la noche, una vez que la Cámara de Diputados convirtiera en ley el ajuste pactado por Silvio Berlusconi con la Unión Europea en octubre pasado, el odiado premier fue a llevarle su renuncia al presidente Giorgio Napolitano. En ese recorrido hasta el Palacio del Quirinal, habrá repasado sus diecisiete años de gestión al frente del gobierno, al que arribó en 1994.

Berlusconi se resistió a dar ese paso. Ya en setiembre el país estaba incendiado por los paros de los sindicatos, sobre todo los agrupados en la Confederación General Italiana del Trabajo (CGIL) y en menor medida por la de orientación socialcristiana (CSIL). El movimiento obrero lo repudiaba por sus paquetes de ajuste, de achicamiento del gasto público, anuncios de venta de activos estatales por 45.000 millones de euros y aumento de la edad jubilatoria a 67 años. También porque en ese momento se derogaban artículos del Estatuto de los Trabajadores, facilitando despidos sin los beneficios legales. El decía que no renunciaba.

Protestaban miles de estudiantes, quejosos de las condiciones edilicias de sus colegios y la disminución de los fondos estatales para becas, achicados en un 90 por ciento. Seguía diciendo que no renunciaba.

Otra franja de la población se indignaba por los escándalos de fiestas con prostitutas, incluso con menores, que provocaron la apertura de expedientes judiciales. El magnate con el dinero de Mediaset y otros conglomerados empresarios, a los 75 años se creía con la pinta y la edad de Brad Pitt. Pensaba que el bunga-bunga era el deporte nacional y él un campeón indiscutible (en Argentina le dicen dunga-dunga).

Si las cosas hubieran llegado hasta allí en su estado crítico y los quejosos se hubieran contenido en esas capas sociales, posiblemente el jefe de gobierno habría podido capear el temporal un tiempo más. Pero la crisis peninsular se hizo tan grave que, amén de esos sectores populares que lo detestaban, el establishment empresario empezó a abandonar su barco. Los índices bursátiles iban para abajo. La deuda italiana era cada vez mayor y los intereses a pagar por sus bonos llegaron a los 600 puntos de diferencia con los títulos alemanes, cuando con 100 puntos menos a Grecia le habían bajado el pulgar.

Cuando la Bolsa de Milán vio que la continuidad de Berlusconi ponía en riesgo el salvataje europeo para Italia, entonces aquél se convirtió en un obstáculo. Debía ser apartado. Su último servicio al gran capital sería la llamada “ley de estabilidad” (léase de ajuste), con un achique por 54.000 millones de euros. En julio se había aprobado otro de 80.000 millones, insuficiente.

Fue un negocio para el capital industrial y financiero, y el premier tan desgastado: éste se iría pero antes el parlamento votaría su paquete de ajuste. Y así fue. El sábado a la noche se cumplieron las dos cosas. Hasta el 7 de noviembre se había resistido, escribiendo en su facebook: “los rumores de mi renuncia son infundados”.

EN MINORÍA PERO EXISTE

El sábado a la noche, cuando se confirmó la tan demorada renuncia, una buena parte de Italia se sintió aliviada. Muchos salieron a festejar en Roma, Milán y otras ciudades. Algunos se llegaron hasta el Quirinal para vitorear al presidente Napolitano; otros al Palacio Chigi, sede del primer ministro, para defenestrarlo. Gente fue hasta las inmediaciones de la Cámara de Diputados, que había votado la iniciativa de Berlusconi y, paradojalmente, sellado su salida. Según las crónicas, esos italianos bebieron champagne por la buena nueva, otros cantaron Bella Ciao y otras canciones y consignas.

En un sentido, ese festejo tenía su razón de ser. Berlusconi con su Forza Italia en 1994, luego el Polo de la Libertad y más tarde el Partido del Pueblo de la Libertad (PDL), encabezó un gobierno derechista y reaccionario. Sus festicholas serían lo de menos; más grave fue su política ostensiblemente anti trabajadores y a favor de las grandes empresas, la marcada xenofobia para con los inmigrantes en el país y en general en esas políticas de la Unión Europea.

A nivel internacional sus componendas con el líder Muammar Khadafy terminaron en un giro copernicano al sumarse a la agresión de la OTAN desde marzo pasado. El crudo libio para la estatal italiana ENI fue uno de los poderosos motivos del cambio. El Cavaliere miraba la cola de las dirigentes europeas en las reuniones, pero más le atraían las riquezas petroleras norafricanas.

Que un país políticamente culto haya tenido a lo largo de diecisiete años un semejante bruto con billetera en el Palacio Chigi, es una vergüenza. A salvo quedan los trabajadores, jóvenes e indignados que estuvieron en la oposición. Ellos hicieron posible la salida del personaje, quien se hizo el ofendido por haber recibido algunos insultos en el final de su gestión.

Es lamentable que las denuncias contra el sistema político corrupto y bipartidario (socialismo y democracia cristiana), en el operativo “Mani pulite” (Manos limpias) de 1992, terminaran desembocando en un gobierno tan de derecha como el del premier de marras.

Y esa evocación debería servir de refresca memoria. No sea que la debacle de Berlusconi de lugar a un gabinete de “tecnócratas” que, con apoyo de la Unión Europea y el FMI, aplique a rajatabla el mismo ajuste que el decadente PDL no tenía ya fuerzas para imponer. Sería “peor el remedio que la enfermedad”.

No se hace esa advertencia para cortar los festejos. Está bien que Italia brinde por la cesantía del pésimo gobernante, pero sería bueno que se prepare porque vienen renovados sacrificios que querrán imponerse sobre las clases trabajadores y la clase media. Y otra advertencia, que Berlusconi comentó con su grupo político: sigue teniendo bastante fuerza y estaría en condiciones de hacer caer al gobierno que viene, llegado el caso, y provocar elecciones anticipadas.

OJO CON SUPER MARIO

Las trenzas políticas, y entre los políticos y los empresarios, funcionan en forma aceitada y veloz en Italia. Se comprobó con la designación del economista y rector de la Universidad Bocconi de Milán, Mario Conti, como senador vitalicio, a dedo, en 48 horas, y su proyección como principal candidato a suceder al Cavaliere, por la preferencia del octogenario Napolitano. Esta candidatura fue refrendada por la campaña propagandística de los medios no sólo italianos sino europeos de que un gobierno de “tecnócratas” y economistas sería lo más conveniente.

La idea es que Monti, alias SuperMario, pueda formar gobierno en esta semana. Si no lo lograra, quedaría la opción menos querida de llamar a elecciones en enero o febrero próximo.

Sea como fuere, hay que subrayar que esta no es una mera “crisis ministerial” sino que estas renuncias y reemplazos son la expresión superficial de la profunda crisis económica que conmueve a la península y el Viejo Continente.

La deuda de Italia es la tercera mayor del planeta, luego de la estadounidense y la japonesa: 1.9 billón de dólares, equivalente al 120 por ciento de su producto bruto. En este momento para financiarse, el Estado debe tomar deuda al 7 por ciento de interés anual, muy elevado, que realimenta los temores sobre si podrá afrontarlos o caerá en un impiadoso default.

Su déficit fiscal orilla el 5 por ciento del PBI, cuando los límites de la Unión Europea habían fijado esa cota máxima en el 3 por ciento. Hay que aclarar que Italia, uno de los peores del grado, no es el único pues varios gobiernos superan ampliamente la normativa.

Del paquete votado en el Parlamento se eliminó la única cosa positiva que tenía: un impuesto del 3 por ciento a las rentas superiores a los 300.000 euros. El resto de sus componentes antipopulares fue votado, aunque flexibilizado el aumento de la edad jubilatoria a 67 años, que se aplicará plenamente en 2026. La privatización de tierras y demás activos estatales quedó tal cual, imprimiendo a la iniciativa el tinte neoliberal tan al gusto del FMI y Banco Mundial.

El gobierno de Monti, ex comisionado europeo y burócrata al paladar del capital industrial y financiero continental, seguramente encarará con el bisturí en la mano contra la anatomía de la población de menores recursos.

Lo importante es que el derechoso Berlusconi ya no está y tampoco sobrevivió el socialdemócrata Giorgios Papandreu a la crisis griega. ¿Cuántos gobiernos europeos ya cayeron? ¿Seis, siete, ocho? (para los muchachos de la TV pública, que como la presidenta Cristina Fernández, deberían admitir que el G-20 ahora será una especie de G-19, sin el Cavaliere).

Por Emilio Marín

El Ciudadano

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