Cáncer no habría causado la muerte de Neruda

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

Avanza investigación sobre la verdadera causa del fallecimiento del Premio Nobel

Importantes informaciones surgieron de antecedentes clínicos contenidos en proceso que lleva Mario Carroza. De manera inusual, la Clínica Santa María indicó que no tiene el registro clínico de la atención y tratamiento que se le hizo en 1973 al poeta.

En sentido contrario a la versión oficial, Pablo Neruda no habría muerto por metástasis de cáncer de próstata, según se desprende de exámenes médicos y testimonios que aparecen en el expediente judicial que contiene los resultados de cinco meses de investigaciones sobre su muerte. Las revelaciones tienden a demostrar la verosimilitud de las declaraciones hechas por el chofer Manuel Araya, quien denunció en mayo –al autor de este reportaje- que Neruda fue “asesinado”.

El Partido Comunista solicitará la exhumación del cadáver, planteamiento que cuenta con el respaldo de Rodolfo Reyes, representante de los herederos del poeta.

Tras cinco meses de investigación judicial, lideradas por el ministro en visita, Mario Carroza, quedó establecido que el poeta Pablo Neruda no murió como resultado del cáncer a la próstata que lo aquejaba.

Esta es la principal conclusión que se desprende de los antecedentes clínicos contenidos en el expediente del juicio ROL 1038-2011, de 209 páginas, al que tuvimos acceso en exclusiva.

De esta manera, queda en entredicho la información entregada por la Clínica Santa María el día de la muerte del Premio Nobel, el 23 de septiembre de 1973, en la que se aseguró que Neruda murió de cáncer prostático metastizado, como se sostuvo en su certificado de defunción.

La versión de esta Clínica fue respaldada en todo momento por la Fundación Neruda, que en diversas instancias descartó la tesis del homicidio, restando validez a las declaraciones del asistente personal y chofer de Neruda, Manuel Araya, que planteó que el poeta fue asesinado.

En comunicado del 12 de mayo pasado, la Fundación señaló que “no existe evidencia alguna ni pruebas de ninguna naturaleza que indiquen que Pablo Neruda haya muerto por una causa distinta del cáncer avanzado que lo aquejaba desde hacía tiempo (…) No parece razonable construir una nueva versión de la muerte del poeta, sólo sobre la base de las opiniones de su chofer, el señor Manuel Araya, quien viene insistiendo en este asunto sin más prueba que su parecer. Nos parecen mucho más serios y confiables los testimonios de las personas que estuvieron junto a Neruda en sus últimos días de vida”, indicó la entidad.

Cabe recordar que este juicio se originó tras la conmoción ocasionada por la publicación del reportaje “Neruda fue asesinado”, tanto en El Ciudadano como en la revista mexicana Proceso, donde Araya denunció que el poeta murió como resultado de la aplicación de una inyección letal en su estómago, hecho ocurrido el mismo día de su muerte.

En dicha nota, Araya descartó también que Neruda se haya encontrado en estado grave en los días previos a su fallecimiento. Señaló también que el traslado a la Clínica Santa María desde la casa en Isla Negra -19 de septiembre de 1973- tuvo por fin escapar del asedio del que era víctima el autor de Crepusculario y esperar en Santiago, en un lugar que se creía seguro, la salida del vuelo enviado por el presidente de México, Luis Echeverría.

Los antecedentes clínicos y testimonios claves aparecidos en el juicio, parecen darle la razón a Araya.

FALSA AGONÍA

Los médicos del Departamento de Criminalística de la Policía de Investigaciones, José Luis Pérez y Patricio Díaz Ortiz, enviaron el 16 de agosto a la Brigada de Derechos Humanos –encargada de las pesquisas en el caso Neruda- el informe N°75, que se encuentra adosado al expediente. Este contiene el análisis de 13 exámenes médicos realizados a Neruda entre 1972 y 1973.

En el apartado “Consideraciones Médico Criminalísticas”, letra d, se señaló: “Hay un hecho que llama la atención y que complica el análisis. En la carta del Doctor Guillermo Merino –médico tratante de Neruda- del 18 de abril de 1973, dirigida al doctor Vargas Salazar (urólogo) refiere: ‘Estimado colega: al dorso resumen de tratamiento efectuado a don Pablo Neruda, remitido por usted para tratamiento por adenoma de próstata y artrosis pelviana derecha’. El problema en este caso –señalan los médicos de la Policía- es que el adenoma es un tumor benigno y no maligno”.

Sin embargo, otro antecedente apuntó en sentido contrario. En el punto dos del mismo apartado, se consignó que dentro de los antecedentes enviados se puede apreciar un informe de radioterapia con cobalto (efectuado entre el 19 de marzo y el 18 de abril de 1973). “La radioterapia es un tratamiento –señalan los médicos- que por lo general se efectúa en cuadros de tumores malignos como podría ser un cáncer de próstata (…) la radioterapia no se usa en caso de tumores benignos”.

En el punto uno de las conclusiones médico-criminalísticas se manifestó que “no disponemos del examen objetivo para informar con certeza la causa de muerte del señor Pablo Neruda (…) ya que no se cuenta con la biopsia respectiva”.

En el punto 4 de las conclusiones se indicó que “en cuanto al examen que podría orientar la presencia de metástasis, es decir, las fosfatasas ácidas y su fracción prostática; estas están normales, lo que podría significar entre otras posibilidades que no hay tumor maligno, o que éste está circunscrito a la glándula o se normalizó producto de la radioterapia. Como no se cuenta con los antecedentes clínicos del paciente, no es posible entonces sacar conclusiones en este sentido en base a este examen”.

Estas conclusiones son coherentes con declaraciones hechas por la viuda de Neruda, Matilde Urrutia, a medios españoles en 1974 y que aparecen contenidas en el citado expediente judicial, cuyos contenidos están protegidos -en Chile- por el secreto del sumario. En una nota publicada por la revista Pueblo –del 19 de septiembre de 1974- Urrutia sostuvo que “el cáncer que padecía (Neruda) estaba muy dominado y no preveíamos un desenlace tan repentino. (Neruda) no alcanzó ni a dejar testamento pues la muerte la veía muy lejos”.

Matilde dio ese mismo mes una entrevista a la agencia EFE en la que ratificó su postura en torno a la muerte del poeta: “No le mató el cáncer. Los médicos, a los que habíamos visto unos días antes, le dijeron que lo habían atajado y que podría vivir unos años más”. Estas declaraciones de la viuda de Neruda fueron citadas en el reportaje “Sombras sobre Isla Negra”, del periodista español Mario Amoros, que fue publicado el 22 de julio de este año en la revista Tiempo, de España.

En el punto 5 y final de las conclusiones del informe médico mencionado, se subrayó la necesidad de contar con las fichas clínicas de Neruda y la respectiva biopsia. Estos antecedentes no fueron facilitados por las instituciones tratantes.

Esto, a pesar de que el juez Carroza, acogiendo la diligencia solicitada por los querellantes representados por el abogado Eduardo Contreras, solicitó -el 28 de julio- que la Clínica Santa María facilite la historia clínica del Premio Nobel. El 22 de agosto, el doctor Cristián Ugarte Palacios, director médico de dicho centro de salud, respondió negativamente a la solicitud planteando que “atendido el tiempo transcurrido, debo informar al Sr. Ministro que nuestra Clínica no mantiene la información que se solicita”.

El abogado Contreras expresó que esta desaparición de los antecedentes del Premio Nobel “es imposible de imaginar, no sólo porque tienen la obligación de preservarlos puesto que la Ley dispone que los hospitales públicos y clínicas privadas deben mantener las fichas por al menos 40 años. Pero, además, hay que considerar que no estamos hablando de un paciente desconocido… se trata del historial médico de uno de los dos premios Nobel que ha tenido Chile en su historia. Por lo tanto, parece bastante curioso y sugestivo que no exista su ficha en la clínica Santa María”.

El jurista, quien actúa en representación del Partido Comunista de Chile, señaló que un prestigiado grupo de oncólogos, cuya identidad prefirió mantener en reserva, por ahora, analizó diversos exámenes médicos realizados al poeta en su último año de vida. Según Contreras, estos llegaron a la conclusión de que “no es posible aceptar que haya muerto de cáncer, que no hubo tal caquexia, que todo ello sería absolutamente falso”.

Añadió Contreras que “según me han explicado, la caquexia produce un estado de abandono donde la persona es prácticamente un cadáver que no puede ni siquiera hablar. Y resulta que Pablo habló hasta el último minuto, no sólo con el embajador de México, Gonzalo Martínez Corbalá, sino también con otras personas”.

Cabe tener presente que Martínez Corbalá, en entrevista publicada por La Jornada, el 28 de mayo, declaró que en la víspera de su muerte “Neruda no estaba catatónico”. El Embajador señaló en dicha nota que Neruda aceptó personalmente el ofrecimiento transmitido por él, de viajar a México en calidad de invitado de honor del Presidente Echeverría. Todo esto habla de un Neruda que no estaba moribundo como señalan los partes médicos hasta ahora aceptados como la verdad oficial sobre los últimos días del vate.

A fojas 206 del citado expediente judicial aparece el testimonio de Rosa Núñez, quien ofició como enfermera de Neruda desde 1960 hasta 1973. “Dos años después de la muerte de don Pablo, un verano, la señora (Matilde Urrutia) me vino a visitar. Me dijo que sospechaba que a su marido lo habían matado en la clínica, posiblemente con alguna inyección. Fue la última vez que la vi”. Esta declaración apareció consignada en la nota “La soledad del capitán”, firmada por el periodista Javier García, publicada por el diario La Nación, el 18 de septiembre de 2005.

En este contexto es importante recordar que El Mercurio del 24 de septiembre de 1973, sostuvo que Neruda murió “a consecuencia de un shock sufrido luego de habérsele puesto una inyección”.

En el reportaje “¿Quién mató a Pablo Neruda?”, publicado por la Revista Ñ, del diario Clarín, de Argentina (6 de septiembre de este año), el médico Sergio Draper -quien atendió a Neruda en la Clínica Santa María- declaró: “(A Neruda) lo vi solamente un instante el domingo 23 de septiembre, a mí no me correspondía atenderlo. Ese día, la enfermera de turno me dijo que aparentemente Neruda sufría de mucho dolor, le dije que se le aplicaría la inyección indicada por su médico, si mal no recuerdo fue una dipirona. Ordené que se le diera una inyección indicada por su médico. Fui nada más que un interlocutor. Es el colmo que estemos constantemente bajo sospecha”, indicó.

Draper ya había declarado como testigo en el juicio por el asesinato del presidente Eduardo Frei, verificado en la misma clínica Santa María, en enero de 1982.

La solidez de los antecedentes contenidos en la investigación, incluidos los aspectos médicos y testimoniales, convencieron al abogado Contreras de la necesidad de solicitar la exhumación del cadáver de Neruda, diligencia que estaba por realizarse al cierre de esta edición.

En conversación con El Ciudadano, el representante de los herederos de Neruda, Rodolfo Reyes, confirmó que apoyará todas las diligencias que ayuden a esclarecer la muerte de su tío. Dado todo lo expuesto, es previsible que el ministro Carroza ordene -en los próximos días o semanas- la exhumación de los restos del poeta, los que yacen en Isla Negra.

LOS OBSTÁCULOS

En el expediente -a fojas 113- figuran las declaraciones realizadas por numerosas personas vinculadas a la Fundación Neruda, todas las cuales rechazaron la posibilidad de que Neruda fuera asesinado. Lo hacen desacreditando a Manuel Araya. Entre esas personas destacó el cantante y documentalista Hugo Arévalo. Él planteó que “el día 18 de septiembre (1973) y ante los rumores de la eventual muerte de Neruda, viajé junto a Charo Cofré (su esposa) a Isla Negra en nuestra citroneta (Citroen AX330) y al llegar a la casa de Pablo, nos atendió una persona que se identificó como su chofer (Araya)”. Más adelante, Arévalo señaló que el poeta “no podía caminar y se sentía desmoralizado” y que les comentó que el embajador de México en Chile le ofreció sacarlo del país. A pesar de su angustia, Neruda habría celebrado -según su versión- con ellos el 18 de septiembre (aniversario de la Independencia), “motivo por el cual nos mandó a comprar unas empanadas”, afirmó Arévalo.

Manuel Araya señaló que el relato de Arévalo -quien es refrendado por su mujer- “es absolutamente falso”. Afirmó que ni Arévalo ni su esposa estuvieron en Isla Negra los días posteriores al Golpe y que nadie podía ir a verlos porque los militares que custodiaban la casa impedían el ingreso de visitas. Además, señaló que nunca se tomó vino ni comieron empanadas en esos días, “porque no estábamos de ánimo”.

Según Arévalo, él y su mujer se habrían quedado a dormir aquel 18 en Isla Negra. Y, al día siguiente, habrían acompañado en caravana a Neruda y Matilde en su viaje hasta la Clínica Santa María. En entrevista concedida a revista Rocinante, en mayo de 2003, Cofré reconoció que Araya participó de este momento. Y que lo hizo manejando el Fiat 125 de Neruda, mientras que Pablo y Matilde iban en la ambulancia. Sin embargo, en su declaración judicial, Cofré omitió este hecho. Araya, por su parte, negó tajantemente que este matrimonio estuviera en ese momento.

Es importante precisar que las declaraciones de Cofré y Arévalo no fueron solicitadas ni por los querellantes ni por el juez Carroza. A propósito de esto, el abogado Contreras se preguntó “¿cuál es la influencia de la Fundación Pablo Neruda para conseguir que declaren personas que no han sido convocadas a hacerlo? Lo digo a propósito de que muestra una curiosa preocupación por parte de la Fundación Neruda por apoyar la investigación, o mejor dicho por inclinarla con un sesgo. Entonces me pregunto: ¿por qué podría importarles tanto?”. Y él mismo se respondió: “Pienso que la Fundación tiene intereses, que no le manchen su ícono del marketing”.

Matilde Urrutia mencionó repetidamente en sus memorias –“Mi vida junto a Pablo Neruda”- a Manuel Araya: “Ya se acercaba la tarde y mi chofer no había aparecido. El día anterior me dejó en la clínica (…) era la única persona que tenía cerca para ayudarme. Pobre muchacho que vagabundeaba con Pablo por mercados, por casas de antigüedades… él había desaparecido con nuestro coche y con él yo perdía la única persona que me acompañaba en todas las horas del día”.

Por Francisco Marín

El Ciudadano Nº114, segunda quicena noviembre 2011

 

Manuel Araya, secretario del poeta: “Neruda fue asesinado y la orden la dio Pinochet”

 

El antiguo colaborador del Premio Nobel reveló que al escritor se le aplicó una extraña inyección en la Clínica Santa María, en medio de un acoso represivo días después del golpe de Estado de 1973.

El 31 de mayo pasado el ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago, Mario Carroza, acogió a trámite la querella presentada por el Partido Comunista de Chile (PCCh) con el fin de clarificar responsabilidades respecto de la muerte del poeta Pablo Neruda, surgida la sospecha de que el Premio Nobel de Literatura pudo ser asesinado.

Carroza ordenó realizar las diligencias solicitadas por el PCCh, entre ellas, que se cite a declarar a Manuel Araya Osorio, secretario y chofer de Neruda, quien en un relato –publicado originalmente en la revista mexicana Proceso- indicó que al poeta le fue colocada una misteriosa inyección mientras estaba hospitalizado en la Clínica Santa María, pocos días después del golpe de Estado de 1973.

La investigación judicial fue rechazada por el presidente de la Fundación Neruda, Juan A. Figueroa. El director de archivos de la entidad, Darío Oses, entregó la posición de esta institución respecto de la muerte del poeta, queriendo salir al paso de las investigaciones que se inician. “No hay una versión oficial que maneje la Fundación. Ésta se atiene a los testimonios de personas cercanas a Neruda en el momento de su muerte y de biógrafos que manejaron fuentes confiables. Hay bastantes coincidencias entre las versiones de Matilde Urrutia en su libro ‘Mi vida junto a Pablo’, la de Jorge Edwards en ‘Adiós poeta’ y la de Volodia Teitelboim en su biografía ‘Neruda’. La causa de muerte fue el cáncer. Uno de los médicos que lo trataba, al parecer el doctor Vargas Salazar, le había advertido a Matilde que la agitación que le producía al poeta el enterarse de lo que estaba ocurriendo en Chile en ese momento podía agravar su estado. A esta situación también contribuyeron el allanamiento de su casa (…) y el traslado en ambulancia (…) con controles y revisiones militares en el camino”.

Sin embargo, los datos aportados hoy por Manuel Araya recibieron el respaldo del ex embajador de México en Chile, Gonzalo Martínez Corbalá y del sobrino del poeta, Rodolfo Reyes. El embajador expresó en entrevista con La Jornada (México) que “en la víspera de su muerte, Neruda no estaba catatónico” como se señala en el parte oficial. Entrevistado en Clarín por Mario Casasús, Reyes apoyó las averiguaciones y señaló que él autorizará la exhumación del vate. Y el PC resolvió presentar la querella que podría esclarecer lo que realmente ocurrió.

El juez Carroza, de partida, desea dilucidar el estado de salud de Neruda, para lo cual solicitó información a la Clínica Alemana, donde el poeta realizaba el tratamiento para sanar el cáncer a la próstata que padecía. No se descarta la exhumación del cuerpo del poeta.

RELATO DE UN CERCANO

Manuel Araya habla de Neruda con la familiaridad de quien compartió momentos cruciales con el escritor. Fue asistente del poeta desde noviembre de 1972 -cuando regresó de Francia– hasta su muerte el 23 de septiembre de 1973.

Concedió una entrevista el pasado 24 de abril en el puerto de San Antonio, en la casa del dirigente de los pescadores artesanales Cosme Caracciolo, a quien le pidió ayuda para develar un secreto que lo ahogaba: “Lo único que quiero antes de morir es que el mundo sepa la verdad, que Pablo Neruda fue asesinado”, asegura.

Cuenta que el 1 de mayo de 1974 le propuso a Matilde Urrutia, viuda de Neruda, aclarar esa muerte. Ambos fueron testigos de los últimos días del poeta. Durmieron, comieron y convivieron en la misma habitación de la casa de Isla Negra a partir del golpe del 11 de septiembre de 1973 y se fueron con él a la Clínica Santa María varios días después.

Pero Araya afirma que Matilde –fallecida en 1985– no quiso tomar acción alguna. Según él, Urrutia le dijo: “Si inicio un juicio me van a quitar todos los bienes”. Araya cuenta que en otra ocasión tuvieron una discusión que marcó un quiebre en su relación con la viuda. “Me dijo que lo que había pasado era cosa de ella y no mía, porque yo ya había terminado de laborar con Pablo, ya no era trabajador y no teníamos nada que ver”.

El ayudante confirma que el autor del Canto General tenía cáncer de próstata, pero no cree que esa enfermedad lo matara. Asegura que dicho padecimiento “estaba controlado” y que Neruda “gozaba de buena salud, con los achaques propios de una persona de 69 años”.

“ABANDONADOS”

Araya dice que después del golpe del 11 de septiembre, Neruda, su mujer y el resto de los habitantes de la casa de Isla Negra quedaron “solos y abandonados”. El contacto con el mundo exterior se reducía a noticias que llegaban a través de una pequeña radio, a las esporádicas conversaciones telefónicas y a lo que les contaban en la hostería Santa Elena, cuya dueña “era de derecha y sabía todo lo que pasaba”.

Cuenta que el 12 de septiembre llegó un jeep con cuatro militares. “Todos llevaban los rostros pintados de negro. Yo salí a recibirlos. El oficial me preguntó quiénes estaban en la casa. Le tuve que decir que en ese momento estaban Cristina, la cocinera; la hermana de ésta, Ruth; Patricio, que era jardinero y mozo; Laurita (Reyes, hermana de Neruda); la señora Matilde, Pablito (Neruda) y yo”. Agrega que “el oficial nos señaló que en el domicilio no podía quedar nadie más que Neruda, Matilde y yo. Entonces tuvimos que arreglárnoslas entre los tres. Dormíamos en la recámara matrimonial que estaba en el segundo piso. Yo dormía sentado en una silla, arropado con un chal. Lo hacía para estar más cerca de Neruda, porque no sabíamos lo que nos iba a pasar.”

El 13 de septiembre, cerca de las 10 de la mañana, los militares allanaron la casa. Araya dice que eran como 40 soldados que venían en tres camiones. Iban armados con metralletas, con las caras pintadas de negro y uniforme de camuflaje. Vestidos y pertrechados “como si fueran a la guerra”.

“Entraban por todos lados: por la playa, por los costados. Salí al patio para preguntar qué querían. Hablé con el oficial que daba las órdenes. Me dijo que abriera todas las puertas. Mientras revisaban, destruían y robaban, los militares preguntaban si había armamento, si teníamos gente escondida adentro, si ocultábamos a líderes del Partido Comunista. Pero no encontraron nada. Se fueron callados. No pidieron ni perdón. Se sentían dueños y señores del sistema. Tenían el poder en las manos”, rememora Araya.

Añade que como a las tres de la tarde llegó un grupo de la Armada. “Estuvieron más de dos horas. También allanaron la casa y robaron cosas. Registraban con detectores de metales. La señora Matilde me contó que el mandamás de los marinos entró al dormitorio de Neruda y le dijo: ‘Perdón, señor Neruda’. Y se fue”.

Araya recuerda que durante varios días la Armada puso un buque de guerra frente a la casa del poeta. “Neruda decía: ‘Nos van a matar, nos van a volar’. Y yo le decía: ‘Si nos tenemos que morir, yo voy a morir en la ventana primero que usted’. Lo hacía para darle valor, para que se sintiera acompañado. Entonces le dijo a la señora Matilde: ‘Patoja –que así la nombraba–, mire el compañero, no nos va a abandonar, se va a quedar aquí’”.

Araya cuenta que conversaciones de ese tipo tenían lugar en la pieza del matrimonio: Ellos acostados y él sentado a los pies de la cama. “Nos preguntábamos qué haríamos nosotros solos. Pensábamos que a Neruda lo iban a asesinar. Entonces, resolvimos que la única opción era salir del país”.

EL VIAJE

Manuel Araya narra que Pablo Neruda le dijo que su plan era instalarse en México y una vez en ese país pedir “a los intelectuales y a los gobiernos del mundo entero ayuda para derrocar a la tiranía y reconstruir la democracia en Chile”.

Su recuerdo es detallado: “Desde la hostería Santa Elena –a menos de 100 metros de la casa de Isla Negra– nos comunicamos con las embajadas de Francia y México. La de México se portó un siete. El embajador (Gonzalo Martínez Corbalá) se movilizó para ayudarnos. Creo que el 17 de septiembre nos llamó para decirnos que se había conseguido una habitación en la Clínica Santa María. Allí deberíamos esperar la llegada de un avión ofrecido por el presidente Luis Echeverría”.

El problema era trasladar al poeta a la clínica. “Con Neruda y Matilde pensamos que la mejor y más segura manera de llegar hasta allá era en una ambulancia. Mi misión era conseguirla. Viajé a Santiago en nuestro Fiat 125 blanco y pude arrendar una ambulancia. Recuerdo que ofrecí como seis veces más de lo que me cobraban para asegurar que efectivamente fueran a buscarnos. Acordamos que fueran el 19, porque ese día la clínica tendría todo dispuesto para recibir a Pablito”.

“Llega el 19 y solicitamos a Tejas Verdes (el regimiento militar de la provincia de San Antonio) permiso para trasladar a Neruda. Me dijeron: ‘No estamos dando salvoconductos, menos a Neruda’. A pesar de la negativa decidimos partir. La ambulancia entró hasta la puerta que daba a la escalera de su dormitorio. Al salir se despidió de su perrita Panda, se subió a la ambulancia y se acostó en la camilla. Neruda y Matilde se fueron en la ambulancia. Yo los seguí muy de cerca en el Fiat.”

El ayudante abunda en el relato. “El viaje fue triste, caótico y terrible. Nos controlaban cada cuatro o cinco kilómetros, parecía imposible llegar a nuestro destino. Imagínese que salimos a las 12:30 y llegamos a las 18:30 a la clínica (distante poco más de 100 kilómetros de Isla Negra). En Melipilla fue el control más maldito. Allí Neruda vivió el momento más terrible. Los militares lo bajaron de la ambulancia y le registraron el cuerpo y la ropa. Decían que buscaban armas. Él pedía clemencia, decía que era un poeta, un premio Nobel, que había dado todo por su país y que merecía respeto. Para ablandar sus corazones les decía que iba muy enfermo, pero las humillaciones continuaban. En un momento lloramos los tres tomados de la mano porque creíamos que así iba a ser nuestro fin”.

Finalmente la ambulancia llegó a la clínica tres horas más tarde de lo acordado. “Como llegamos muy cerca de la hora del toque de queda, no pudimos hacer nada más que quedarnos todos en la clínica a dormir”, precisa Araya.

“El embajador Martínez Corbalá fue a vernos al día siguiente. Y también el francés, que nunca supe cómo se llamaba. También recibimos la visita de Radomiro Tomic y Máximo Pacheco (dirigentes democratacristianos), de un diplomático sueco, y de nadie más”, indica.

LA INYECCIÓN MISTERIOSA

Los primeros días en el centro hospitalario transcurrieron sin sobresaltos. El 22 de septiembre, la embajada de México avisó que el avión dispuesto por su gobierno tenía programado salir rumbo a la capital mexicana el 24 de septiembre. Comunicó además que el régimen militar había autorizado la salida del poeta.

“Neruda nos pidió a mí y a Matilde –dice Manuel Araya- que viajáramos a Isla Negra a buscar sus cosas más importantes, entre éstas sus memorias inconclusas. Creo que era ‘Confieso que he Vivido’. Al día siguiente –23 de septiembre– partimos temprano hacia Isla Negra. Dejamos a Neruda muy bien en la clínica, acompañado por su hermana Laurita, que llegó ese día”.

Asegura que el escritor estaba “en excelente estado, tomando todos sus medicamentos. Todos eran pastillas, no había inyecciones. Nosotros nos preocupamos de recoger todo lo que nos indicó. Estábamos en eso cuando Neruda nos llamó como a las cuatro de la tarde a la hostería Santa Elena, donde le dieron el recado a Matilde, quien devolvió la llamada. Él le dijo: ‘Vénganse rápido, porque estando durmiendo, entró un doctor y me colocó una inyección’”.

El chofer relata que “cuando llegamos a la clínica, Neruda estaba muy afiebrado y rojizo. Dijo que lo habían pinchado en la guata y que ignoraba lo que le habían inyectado. Entonces vemos que tenía un manchón rojo” en el estómago.

Araya recuerda que momentos después, cuando se estaba lavando la cara en el baño, entró un médico que le dijo: “Tiene que ir a comprarle urgente a don Pablo un remedio que no está en la clínica”.

Partió y comenta que “en el trayecto me siguieron sin que yo me diera cuenta. El médico me había dicho que el medicamento no se encontraba sino en una farmacia de la calle Vivaceta o Independencia. Cuando salí por Balmaceda para entrar a Vivaceta aparecieron dos autos, uno por detrás y otro por delante. Se bajaron unos hombres y me pegaron puñetazos y patadas. No supe quiénes eran. Me cachetearon harto y luego me pegaron un balazo en una pierna”, asegura Araya.

“Después de todo lo que me pegaron terminé muy mal herido en la comisaría Carrión, que está por Vivaceta con Santa María. Luego me trasladaron al Estadio Nacional donde sufrí severas torturas que me dejaron a un paso de la muerte. El cardenal Raúl Silva Henríquez logró sacarme de ese infierno. Por eso estoy vivo”.

Neruda murió a las 22:00 horas en su habitación –la número 406– de la Clínica Santa María. Horas después que le pusieran esa misteriosa inyección.

Manuel Araya dice no tener duda alguna: “Neruda fue asesinado”. Y sostiene que la orden vino de Augusto Pinochet: “¿De qué otra parte iba a salir?”.

Por Francisco Marín

Publicado en revista Proceso de México

El Ciudadano Nº106, segunda quincena julio 2011

El Ciudadano

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