Colombia: Las declaraciones de monseñor.

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

Enero 3 de 2012 | Noticias

Por: Luz Marina López Espinosa                          

A raíz del asesinato “en combate”, del comandante de las Farc el antropólogo Alfonso Cano y del jolgorio triunfalista con el que el Establecimiento celebró el hecho, una voz  desde el profundo seno de este vino a aguar la fiesta.

Se trató del señor Arzobispo de la ciudad de Cali –la tercera en importancia de Colombia-, quien censuró que al comandante guerrillero no le hubieran preservado la vida, que se hubiera tratado claramente de una ejecución y resaltó que en una situación de tal de desproporción    entre el descomunal operativo militar y un solo  hombre inerme, herido y ciego, lo que procedía era su captura y no su fusilamiento.

El Establecimiento reaccionó confundido ante la declaración de monseñor Darío Monsalve Mejía. Los medios de prensa –su arma más eficaz al lado de la llamada “violencia institucional”, le hicieron los reproches de siempre a Monseñor, que si él era de las Farc., que si estaba de acuerdo con sus procedimientos, que si le gustaba el secuestro, que esto, que aquello,  nada en relación con el  contundente reclamo del prelado, nada que impugnara la verdad de lo que decía. Al parecer hubo después un acuerdo para mejor silenciar esa voz que incomodaba.

Para que la censura a ese poder que  en Colombia tanto gusta  fungir – posar mejor- como encarnación de la moral  y  adalid de la paz fuera mayor, Monseñor Monsalve criticó  la extraordinaria avalancha mediática que convocó a una marcha contra las Farc  el seis de Diciembre, donde veinte millones de colombianos en las calles y plazas de todas las ciudad del país le dirían a la organización insurgente “No mas.” Más valía que hubieran los convocantes y organizadores de la marcha atendido la admonición del obispo,  para no haber padecido el ludibrio de después de encadenar todas las emisoras, canales de televisión, medios escritos y diarios por internet a la marcha “del pueblo colombiano todo”, no encontraran nada que transmitir. Sus periodistas y equipos móviles de sirenas encendidas se encontraron con las calles vacías. Los veinte millones fueron doscientos mil. Unos pocos grupos lanzaban gritos furiosos contra la oposición, contra el presidente de Venezuela, contra Piedad Córdoba y los presidentes Correa, Evo y Cristina Fernández. Por eso la oposición política con razón la había llamado “la marcha del odio”.
   
“Si prima el derecho de la población, primero sería la paz de todos los colombianos y colombianas que somos quienes sostenemos al estado social con nuestros impuestos, y luego el interés del Estado por preservar los intereses de unos cuantos”. Y con estas palabras monseñor Monsalve Mejía le termino de ajustar las cuentas a un Estado de clases: de propietarios, multinacionales, latifundistas y banqueros, cuyos privilegios e injusticias a ellos aparejadas son la clave del conflicto que comenzó hace casi cincuenta años, situación  cuya pervivencia e intangibilidad son la clave de que ese conflicto no se pueda terminar. No importa al precio de cuántos muertos, y ya van bastantes.

Resaltó el señor Obispo de Cali el marco ético de la confrontación armada que impone como cuestión de principios, varios No: a la pena de muerte, a la ejecución de los comandantes armados como propósito y a la renuncia de su captura como objetivo –imperativo- legal.


Es bueno el llamado de atención que hace el prelado al Poder. Actitud desde hace muchos años  echada de menos en Colombia de parte de una institución como la Iglesia Católica  que dice reivindicar profundos valores morales, espirituales y religiosos que en lo más terrenal, se afincan en la dignidad del hombre y lo sagrado de la vida humana. Pero que ha permanecido silenciosa de silencio cómplice, frente a dos de los horrores con los que la clase dominante ha ejercido en Colombia su dominación: el de los opositores detenidos desaparecidos –veinte mil?, treinta mil?, cuarenta mil?- y el de los llamados “falsos positivos- en el momento se estiman judicialmente en dos mil-, campesinos en zonas de operaciones militares y jóvenes pobres de las ciudades, asesinados a sangre fría, vestidos de guerrilleros y reportados como “guerrilleros dados de baja en combate”, con lo cual los autores recibían beneficios económicos e institucionales de todo tipo  ofrecidos por el estamento militar  por este tipo de hazañas.
 
Que no le pase a la Iglesia Católica colombiana lo que a la argentina: que después de pasados los años del espanto y la ebriedad de la cercanía con el poder temporal que cuando se tiene parece eterno e inmutable, deba pedir perdón por oprobios que se cometieron ante  sus ojos, y frente a los cuales optaron por celebrar Te Deums en sufragio de los engolados victimarios, ni  un responso  por las víctimas en la tristeza de sus fosas comunes.  

Luz Marina López Espinosa.

LMLE/PaCoCol

 

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