Colombia: San Agustín

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

San Agustín, Huila18.jpg

17.jpg
Para llegar a San Agustín (Huila) hay que remontar diez horas las orillas del río Magdalena desde la altura del El Espinal (Tolima) hacia el sur atravesando un valle prodigioso y gigantesco sin ver otra cosa que arrozales, potreros semidesérticos y pueblos polvorientos, apestados de calor y latifundio. San Agustín es un pueblo templado (1.700 m.s.n.m) en el sur de Colombia, el último municipio del departamento del Huila. Geográficamente queda muy cerca de las regiones del Putumayo y Nariño por el sur -fronterizas con Ecuador- del Cauca hacia el Occidente y el Caquetá hacia el Oriente. Esta sola referencia de ubicación puede darnos falsas pistas sobre la naturaleza de la zona, porque todos sus alrededores han sido famosos en el panorama nacional gracias a los extensos cultivos de coca, las tensiones producidas por los grupos armados y la violencia.
Casi no hay coca en San Agustín. Pueden avistarse pocos arbustos sembrados entre los cultivos de café y plátano de cualquier lugareño, que se utilizan elaborando bebidas analgésicas caseras o en la milenaria costumbre del mambeo (masticar la hoja) que da fuerzas en el trabajo, disminuye el hambre y el sueño, ayuda a menguar el frío. También hay poca violencia en San Agustín; caminando por sus trochas y vías rurales no se encuentran soldados pero si multitudes de extranjeros. Alemanes, Canadienses, Franceses, Argentinos, Italianos, hacen un extraño contraste con el paisaje que tiene todas las características Andinas del Sur: amplias montañas y serranías, cañones pronunciados, mucha vegetación, una economía campesina parcelada hasta la exageración del minifundio, una población nativa con acentuados rasgos indígenas. La gente come porque la autarquía campesina produce lo necesario en las fincas. Como
ingresos adicionales se vive del turismo así como de algunos cultivos comerciales de café, granadilla, lulo, arveja y caña panelera. Este municipio olvidado a 13 horas de Bogotá se hizo célebre por los años 70 cuando el Instituto de Antropología e Historia profundizó las excavaciones que aventureros extranjeros efectuaron desde comienzos del siglo XX sobre una de las áreas arqueológicas más extensas e importantes del país. Siguiendo las huellas de guaqueros y saqueadores que habían destrozado los enterramientos indígenas originales, los antropólogos fueron alumbrando entre paisajes rurales y lomas dispersas por todo el territorio los vestigios de una de las culturas indígenas más misteriosas e imponentes de los Andes colombianos. Toda la cuenca del Alto Magdalena fue habitada desde hace varios miles de años por una civilización de agricultores y talladores de piedras de quienes apenas si sabemos algo. Su legado son medio millar de estatuas labradas dispersas por toda la región en lo que alguna vez fueran sitios ceremoniales o tumbas de personajes importantes, algunas de cuatro y hasta cinco metros de altura. En el lecho rocoso de un riachuelo los indios llegaron a tallar una compleja red de fuentes y piscinas decoradas con múltiples relieves. Cuando los españoles llegaron a la región en el siglo XVI ya no quedaba ningún rastro de los pobladores originales así que su desaparición es un misterio. Cómo sucedió con las pirámides Mayas y Aztecas, nuestros ancestros peninsulares destinaron las estatuas para una finalidad bastante pragmática: hacer iglesias, empedrar caminos, sostener cimientos de las casas coloniales en la población, una costumbre que continuaron luego los criollos (es decir nosotros). Algunos campesinos usaban los pesados ataúdes en piedra sacados de las tumbas indias como abrevaderos para el ganado. A diferencia de la mayoría de culturas y civilizaciones que habitaron el territorio colombiano, impecablemente diestras en la orfebrería, la cultura agustiniana apenas si realizó trabajos en oro, por lo demás bastante mediocres. A ello se debe justamente la conservación de muchos sitios arqueológicos ya que la voracidad de los guaqueros y saqueadores rápidamente desdeñó la zona por no albergar enterramientos “valiosos”. Otras zonas del país, como el Quindío en el eje cafetero, no contaron con la misma suerte. Incluso se afirma que la colonización antioqueña estuvo impulsada por la búsqueda de guacas y enterramientos indígenas. Fue así como se destruyó la mayoría del legado Quimbaya del que se perdieron miles y miles de piezas en fundiciones o subastas de joyerías europeas y norteamericanas, mientras nuestros abuelos andaban por el monte cavando y desenterrando ollas cargadas de narigueras, estatuillas, pectorales y hermosas filigranas de oro puro. Los motivos de las estatuas; sus formas y representaciones, han suscitado toda una larga serie de teorías y especulaciones. Se presume un origen amazónico de los agustinianos dado que la imagen del Jaguar (en los dientes de muchas estatuas) es recurrente; aunque los antropólogos olvidan que probablemente el valle del Magdalena tenía bastantes jaguares antes que se convirtiera en un latifundio ganadero y arrocero. Algunas estatuas con niños en brazos sugieren la práctica de sacrificios humanos. Otras, de guerreros y figuras antropomorfas con rasgos animales hacen pensar en un pueblo beligerante en constante conflicto con sus vecinos. Una de las estatuas más emblemáticas, el “doble yo”, representa quizá un chamán con su ser desdoblado en otros seres al influjo de sustancias narcóticas: tal vez la proverbial Ayahuasca o Yagé amazónico, quizá la flor del Borrachero que crece copiosamente en la región. Finalmente, el hermoso símbolo del ave y la serpiente -la lucha entre el cielo y la tierra- rodea la zona de misterio cuando sabemos que es uno de los motivos clásicos de la mitología mesoamericana, reiterativo en figuras Mayas y Aztecas.
Más conocido por su riqueza arqueológica, casi nadie sabe que en San Agustín es donde nace el río Magdalena, la principal arteria fluvial del país. A más de 3.000 metros de altura, en el páramo de las
papas se encuentra la laguna de la Magdalena de donde brota un arroyo helado y transparente que a su paso por las inmediaciones del pueblo ya es todo un fuerte caudal de montaña. Cuando el río ha descendido unas decenas de kilómetros nutriéndose de afluentes hasta lograr quince o doce metros de ancho, dos formaciones rocosas a ambos costados lo obligan a pasar por una anchura de dos metros con toda la potencia de su raudal. Este lugar se llama “el estrecho”, paraje hermoso que algunos aprovechan para suicidarse licuados por el torrente y las piedras. Las flores más lindas de Colombia La flor nacional, un tipo de orquídea llamada Catleya crece como rastrojo en los árboles de las montañas de San Agustín. Igualmente las matas de Borrachero o Floripondio, de conocido efecto narcótico. Sin embargo, no sólo hay flores de Borrachero en San Agustín. En las cabeceras del Magdalena se ubica un nudo montañoso que puede verse desde las inmediaciones del pueblo los días despejados. Es el Macizo Colombiano, una estrella fluvial bastante elevada, sin picos nevados, que no obstante da nacimiento a cinco de los ríos más importantes del país: el Magdalena, el Cauca, el Patía, El Caquetá y el Putumayo, este último es un importante afluente de la cuenca amazónica. En el Macizo también, la cordillera de los Andes se parte en tres formado los característicos Andes colombianos, con el valle del Cauca separando la vertiente occidental de la central y el valle del Magdalena separando la central de la oriental. Antes prolijo en cultivos de Amapola para producir heroína, el Macizo perdió esa vocación cuando los norteamericanos invadieron Afganistán y pasaron a producir allí el 90% de la heroína que corre por las venas del planeta. La heroína que manejaban las mafias colombianas se volcó irrefrenablemente al mercado nacional; una droga que antes era “exótica” (privilegio de exportación como el café suave) pasó a inundar las calles generando un verdadero problema de salud pública. En Pereira se consiguen dosis por menos de $10.000 (5 Dólares) lo que aguaría la boca de cualquier adicto en el primer mundo. Aunque el Ministro Positivo, Juan Manuel Santos, arrancó personalmente “la última” mata de amapola cuando estuvo al frente de la cartera de Guerra durante el gobierno Uribe, el “triunfo” del Plan Colombia contra la amapola obedeció más a tendencias del mercado global que a la disposición de acabar con las drogas. En San Agustín, por ejemplo, se consigue opio barato para delicia de los muchachos mochileros que frecuentan el poblado. Este opio, látex oscuro al que los campesinos llaman “la mancha”, proviene de las frías montañas del Macizo, de las flores de amapola que el hoy presidente Santos “arrancó” en el 2007. San Agustín fue igualmente famoso en ciertos círculos por la creencia de que allí se cultivaba la mejor marihuana de Colombia. Aunque se asume que la marihuana llega al lugar del Norte Cauca (productor por excelencia desde los años 90) también se cultiva marihuana en San Agustín, entre los cafetales de lugares alejados del casco urbano a varias horas de camino. Toda destinada al consumo de los europeos radicados allí, los jóvenes del pueblo y los visitantes mochileros que llegan a diario, estas flores hacen del destino turístico un sitio predilecto por jóvenes universitarios y artesanos itinerantes. Hace miles de años San Agustín fue un paraje en los confines del Macizo Colombiano donde una raza misteriosa de guerreros, que adoraba dioses con dientes de jaguar, peregrinó para hacer ceremonias de desdoblamiento, al influjo de las bebidas de borrachero y las raíces del Yagé o Ayahuasca. Hoy es un municipio turístico que combina un imponente paisaje con una economía campesina precaria, matizada tras el contraste abrupto de un primer mundo extraño y lejano que llega por oleadas a desdoblarse sin ningún sentido religioso, caminando las mismas trochas por las que hombres y mujeres de aspecto andino siguen el curso de su vida opuesta, encontrada de bruces con la modernidad

 16.jpg
Dos estatuas en el Parque Arqueológico construido por el Instituto Colombiano de Antropología e Historia. La extraña forma de tomar un brazo con el otro se aprecia en muchas de las figuras.12.jpg

13.jpg14.jpg15.jpg
Según algunas teorías, las estatuas con rasgos humanos y animales simultáneos representan dioses.


10

11.jpg

Vista parcial de dos tumbas en el Alto de las Piedras, un sitio donde se hallan varios enterramientos. La primera figura, con un poporo en las manos para “mambear” hoja de coca representa el guardián de la tumba. La segunda imagen es un sarcófago tallado en piedra.

9.jpg
El ave y la serpiente, el cielo y la tierra. Es una de las imágenes emblemáticas de San Agustín.


8.jpgEl “doble yo” tiene interpretaciones tan diversas que lo consideran desde un cazador (por el animal que cuelga a sus espaldas) hasta un chamán que desdobla su ser alzándose sobre su cabeza.


7.jpgEl río Magdalena encajonándose en un estrecho rocoso que tiene apenas 2 metros en su parte más angosta. Dicen en el lugar que alcanza casi 20 metros hacia el fondo.

6.jpg
El río Magdalena varias decenas de kilómetros al norte de San Agustín, convertido ya en un río de Valle. La foto es del embalse de Betania al atardecer.5.png
Al fondo el Macizo Colombiano. De este nudo montañoso donde se dividen los Andes nacen los dos ríos más importantes de Colombia, el Cauca y el Magdalena. Gran parte de su superficie está cubierta de bosques y páramos; alguna vez albergó importantes cultivos de amapola, hoy bastante reducidos.
 

4.jpg

Plaza de mercado de San Agustín. Un señor y una niña, una anciana. La mayoría de los campesinos de esta parte del país tienen marcados rasgos indígenas, aunque pocos se reconocen como tales.

3.jpg


2.jpgFachada de una casa colonial en el pueblo. Aunque los españoles llegaron a la región en el siglo XVI, la fundación oficial del poblado data de mediados del siglo XVIII.1.jpg
Una trocha cualquiera en San Agustín. Esta es la otra Colombia, el país de lo profundo de las montañas y las selvas, el de los caminos de mulas y los fogones en leña. Los campesinos de esta región conservan una autarquía que les permite sobrevivir mezclando cultivos de subsistencia con algún producto comercial para obtener precarios ingresos de dinero. Muchas de las fincas no superan las 4 o 5 hectáreas; algunas –como las de las cabeceras del río Magdalena- se encuentran a dos días de caminata del pueblo. Es el país que tendremos que mirar a la cara algún día, escucharlo y entenderlo, si queremos conocer una Colombia en paz.

 

Camilo de los Milagros.

Comentar este post