Colombia: Toribío para mortales

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

01.jpgLos inhumanos combates entre las FARC y el ejército colombiano, que ensangrientan el Norte del Cauca desde antes de acabar el gobierno Uribe Vélez han llegado en los últimos días a puntos desbordantes, a situaciones rayanas en el paroxismo.

No es poco lo que se pone en juego. El pulso entre dos poderes en armas desmesurados, la puja de esos dos viejos enemigos que se conocen hasta el último cabello y quieren beberse el uno la sangre del otro, ha llegado a uno de sus momentos más críticos y dolorosos, constatables en el bombardeo que hacen propios y ajenos del pequeño pueblo de Toribío convertido en Tierra de Nadie. Las FARC, demostrando su enorme torpeza política, volaron la estación de policía y con ella el poblado. Los militares por su parte llevan años haciendo el ridículo contra una confrontación de baja intensidad que los sobrepasa: 14 tomas subversivas, más de 600 hostigamientos.

Toribío ya había sido una vergüenza hace años para el guerrerista Uribe Vélez cuando los guerrilleros lo ocuparon militarmente varios días impidiendo el avance de las tropas en momentos que la ultraderecha colombiana, a una sola voz, pregonaba el “final del terrorismo”.

02.jpgPara ser justos con el pasado, esta ha sido una tierra de conflictos desde hace mucho. Como el sureste mexicano, el nordeste brasilero o la tierra Mapuche en Chile, Toribío, un pueblito encaramado entre un nudo montañoso inextricable que fuera en tiempos serio problema a la dominación colonial, ha sido una zona de rebeldía durante siglos, afincada en comunidades originarias que nunca aceptaron la dominación foránea. Se sublevaron en tiempos de los Comuneros y Tupac Amarú contra los borbones. Se sublevaron con Juan Tama y la Cacica Gaitana. Se sublevaron contra la república cuando esta quiso apropiarse las posesiones indígenas. Se sublevaron a comienzos del siglo XX con el Indio Manuel Quintín Lame para recuperar las tierras usurpadas por los terratenientes. Se sublevaron en los 60 con las “repúblicas independientes” en tiempos de la violencia bipartidista, al lado de los rebeldes de Marquetalia y Riochiquito, lo que significaría el nacimiento de la insurgencia colombiana. Se volvieron a sublevar en los 70 y 80 con el movimiento campesino más grande del país y en la formación del movimiento indígena. También esas montañas fueron el “fortín” de los guerrilleros del M-19. Y en los duros años de Uribe no pocas veces bajaron de las lomas frías y agrestes verdaderos ríos de indígenas y campesinos para bloquear la carretera panamericana, con varios de los episodios de movilización social que todos recordamos.

03.jpgAhora Toribío parece ser escenario en la batalla decisiva de la subversión colombiana. No porque el poblado y sus habitantes sean “un santuario” de las guerrillas, como insinúan una y otra vez los instigadores del paramilitarismo buscando represalias contra la población, sino porque en sus inmediaciones se cierra un afilado cerco contra dos de los guerrilleros más viejos del país, uno de ellos el máximo líder de la insurgencia colombiana y el otro uno de los fundadores de las FARC, último “histórico” de sus filas: el indio Miguel Pascuas, antiguo compañero de Tirofijo y Jacobo Arenas.

El “Sargento Pascuas” es una espina penosa para el gobierno Santos. Moviéndose en la misma estrecha franja de cordillera en donde nació hace medio siglo la guerrilla comunista, este labriego de setenta y tantos años  ha logrado esquivar los continuos cercos militares y ofensivas desafiando al ejército con hostigamientos continuos y acciones audaces que han desacreditado bastante la política de seguridad del Estado. Ahora, el brutal ataque que la guerrilla aplica contra los militares apostados en Toribío demuestra la firme intención de romper a cualquier precio el acoso que amenaza seriamente con matar o capturar a Alfonso Cano, su máximo comandante.

04.jpgEl sexto frente de las FARC ha defendido como propias las montañas del Norte de Cauca con una ferocidad asombrosa. Cañada por cañada, árbol por árbol, casa por casa. No puede ser de otra manera: es el Todo o Nada. Podría afirmarse que el Ejército no da un paso sin encontrar resistencia. Aquello resulta doblemente increíble por tratarse de una zona geográficamente pequeña y no precisamente selvática, en la mitad de un triangulo que hacen tres núcleos urbanos de importancia: Popayán, Neiva y Cali; y por tratarse del ejército mejor armado y entrenado de Suramérica. Algunos soldados testimonian túneles como en la guerra del Vietnam y vuelven las viejas supercherías de los rezos y amuletos mágicos que protegen de las balas a ambos bandos.

No es nada casual que tanto el gobierno como las FARC busquen controlar a toda costa la región. Para el Estado significa aplastar una de las pocas zonas guerrilleras que no perdió la iniciativa durante el Plan Colombia y donde los insurgentes han conservado nutrido poder en contra de todo pronóstico. Para las FARC significa conservar su área natural, su cuna, con un valor simbólico y estratégico, puesto que les sirve de corredor entre el centro y el sur del país, entre la cordillera oriental y el litoral pacífico.

Para los habitantes es, sencillamente, el horror.

05.jpgEl presidente Santos, dando muestras de crueldad inaudita ha prometido que las casas que los guerrilleros utilizan como trincheras serán demolidas. Toribío será pues destruido por unos y otros, contra el clamor de la población civil indefensa. La única comparación posible, es la de un territorio ocupado. El Norte del Cauca se parece tremendamente, por ejemplo, al Kurdistán o a Gaza, porque el resonar de las detonaciones hace eco desde hace décadas y el dolor es alimento cotidiano de varias generaciones de indígenas y campesinos. Una tierra semejante jamás conocerá la paz.

La batalla – todavía no escrita – que se libra hoy en el Norte del Cauca y que destruyó el pueblito de Toribío conserva un germen del futuro. Después los escritores podremos decir que aquella fue la tumba de las FARC o hasta que su máximo comandante cayó en la ofensiva. Pero si los insurgentes rompen una vez más el cerco, como hicieron en Marquetalia en 1964 o en Casa Verde en 1991, quedará todavía mucho por escribirse. Porque lo único que la historia colombiana demuestra, si acaso la historia sirve para demostrar algo, es que la guerrilla se fortalece cuando sobrevive a las ofensivas; así sabrá sobrevivir otro medio siglo entre el monte sin solución militar a la vista.

Toribío bien puede ser “el principio del fin” que se alardea desde hace ocho años o bien puede ser un pozo de hiel que el Ejército está tomando a sorbos amargos, cada quien que lo huela como guste. Sólo es certero que, contrario a lo que dicen por la televisión, por ahora nadie gana la guerra.

 

Camilo de los Milagros

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