Con ojos de Navarro

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.


Relato del Navarro que se hizo invisible


Para José con aprecio y cariño, mi lector más tozudo y contumaz:

Español, Vasco, Navarro, Baztandarra o Pereirano ¿Qué más da?


30.JPGNunca se ve mejor la tierra propia que con ojos de extranjero”, le dijo una vez José Izquierdo Alzuyet a un colombianito impertinente que fisgoneaba incisivo sobre sus experiencias como español visitante en Pereira, la ciudad de mujeres trasnochadoras, querendonas y morenas.

Esta afirmación, cargada de sentidos proféticos, llevó a otras y otras más: ¿Había notado como los militares andan asustadizos con los fierros al aire por las calles, igual que si estuviésemos en Afganistán, en las selvas de la Macarena o entre un golpe de estado? No, a pesar de haber nacido y crecido en Pereira nunca lo había notado ¿Veía que los plomeros, los obreros, los trabajadores de la construcción o cualquier idiota del común carga un machete al cinto como si esta tierra fuera todavía terreno prohibido por la manigua, o no hubiera salido de la edad media? (ruborizándose) También él – a veces, sólo a veces – se terciaba el machete de su abuelo. ¿Se fijaba que todas las mujeres alrededor eran hermosas, increíblemente atractivas, ensoñadoras y sensuales? Si, lo había notado muy oportunamente. ¿Qué si vendían velas de “espermas de Santa Sofía”, cuando acá la religión se concilió con el sexo y la lujuria? “Hombre, esperma en América es sinónimo de parafina, de sebo” dijo el colombianito. ¿Qué si no tenían otra emisora que no fuera tro-tro-tropicana la más bacana, sonando a 200 decibeles por todas partes, todo el mundo ignorándolo? No, no se fijaba mucho en esas niñerías, aunque confesaba que le gustaba la algarabía como a todo Latino, el bullicio, el reggaetón y la música del Gran Combo.

José, con movimientos y estilos de caminar que sólo pueden adquirirse en las entrañas de los pirineos, había asumido el desafortunado privilegio de andar a pié por las callejuelas y aceras de Pereira, rodeado de la inmundicia y la voluptuosidad tropical andina: una ciudad intermedia en el corazón de la cordillera central colombiana – ¡la mejor esquina de América! ¡El país más feliz del mundo! – que había sido llamada la “la esquina de los fenicios” debido a su vocación comercial, que fue llamada La Perla del Otún, más por el río que lleva ese nombre que por ser una ciudad bella como una perla, que fue nominada “la ciudad sin puertas” porque hace medio siglo recibe campesinos desplazados de todos lados, y que fue tristemente célebre en el panorama nacional e internacional por la exportación de mujeres para fines oscuros.

4.JPGCuando José llegó a Pereira, estaban los inútiles burócratas locales a puertas de bautizarla, con una ironía y cinismo malhechor, “la región de las oportunidades”.

Desde el barrio Providencia penetró en el centro de la ciudad. Contemplando como toda ella se transformaba en una aglomeración de altos y recientes edificios. El contraste entre la modernidad y el subdesarrollo, que asombra tanto a los europeos en el tercer mundo, no fue tan significativo para este vasco. Tenía vivas en la memoria las épocas en que España era una tierra eminentemente rural y campesina. Los paisajes aledaños en algo rememoraban su natal Valle de Baztan en la Montaña Navarra. “si a alguien tendríamos que parecernos en este mundo, es a los colombianos” creyó, seguro de tener pocas afinidades con un francés, no digamos ya con un alemán o un ucraniano.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              

1.JPGTotalmente acorralado por la muchedumbre, el exótico y colorido desorden callejero, las altas edificaciones; Don José sintió hasta la médula que se volvía invisible. Era un insecto anónimo, inexistente para toda esa confusión, para tal caos cimbreante y fogoso que son los centros de las ciudades latinoamericanas. Poco a poco, su figura – que nos imaginamos miope y un poco pálida – tornose transparente, diáfana, hasta diluirse en el contorno  indiferente a todo aquel marasmo humano. Mejor así, pensó. Dispongámonos entonces a ver nuestra tierra con los ojos de un extraño:

¿Por qué hay en Pereira más librerías católicas y cristianas que de que cualquier otro tipo? No pudo encontrar una respuesta racional, pero en una librería de usados, con un tono donde no quedaba definida la frontera entre la chanza y la indignación, la dependienta le acusó – a él, José, nacido en el siglo XX – de no sé cuantos siglos de dominación española en América.

3.JPG¿Por qué van a la plaza los pensionados a lustrar sus zapatos y esperar que las palomas les caguen encima de la cara? No sabía que muchos ni soñarían con ser pensionados, pero tampoco supo, que las palomas llegaron con los españoles y que prefieren cagarse encima de la cara de Bolívar, vencedor e inenarrable, a caballo en su estatua desnuda de bronce oxidado.

¿Por qué el vendedor de mangos no se enjuaga las manos sucias antes de pasarme sonriente los amarillos cascotes, tan mugrosos como deliciosos, de fruta tajada? Los latinoamericanos aprenden a convivir con los coliformes, las tenias, la disentería, el chagas, la salmonella, la malaria, la inocente lombriz áscaris y otros bichos tropicales, como si fueran buenos e inofensivos vecinos.50.JPG

¿Por qué todos, absolutamente todos, me preguntan si ya estoy “amañado”[1] en Colombia?

2.JPGObservó la pobreza de las calles, las fachadas desvencijadas de casas viejas, los cráteres y catacumbas que se forman en el asfalto, las aglomeraciones de basura en las esquinas o las montañas y montañas de escombros que se apilan por ahí como si la ciudad acabase de soportar un bombardeo o un terremoto. Veía en medio de la urbanización extrema lotes baldíos o potreros abandonados. Vislumbró la arquitectura más contemporánea y vanguardista conviviendo con tejados podridos de barro que se hunden uno tras otro. Conoció de primera mano una marea de baratijas chinas que encharca las aceras a bajos precios al lado de indios emberas descalzos surgidos del más apartado primitivismo. Contemplando los mendigos y sus sonrisas sin dientes, “bultos que cargan bultos”, conoció también los lujos y excesos más allá, los edificios crecidos de la noche a la mañana como maleza, los derroches de suntuosidad y reboses de riqueza impensable en una reciente edición del Dorado americano.

6.JPGJosé tropezaba sin querer con el nuevo maquillaje, amable y decente, de una ciudad que se coló a la brava en el siglo XXI: admiró las maravillas – comparables a las de un contorsionista o un mago – que hicieron los “genios” de la planeación urbana en la última década. Un inmenso complejo con una plaza desierta llamada “Victoria” (¿de quién? ¿Contra quienes?); una calle ciega o enceguecida para construir un titánico Centro Comercial; un mamotreto desmesurado de cemento con el nombre de una pintora. Un gusano mecánico verde que atropella a quien se meta en su camino. Una larga plantación de bolardos y adoquines manchados. José no conocía, ni conoció jamás, que todos esos hologramas del progreso se levantaron encima de unos cuantos muertos y desplazados urbanos quienes sufrieron los rigores de los especuladores del suelo, los políticos, los desalojos policiales y las constructoras, y así mismo sirvieron para enterrar el sustento – tanto simbólica como realmente – de los pequeños comerciantes, de los verduleros y carniceros y queseros, de los mercados tradicionales y los rebuscadores.

Berlin-Esquina.jpgJamás se ve mejor la tierra propia que con los ojos de un extraño. Después, cuando hacía el camino de regreso desde el aeropuerto hasta Pamplona Iruña, en el norte de España, no acababa de asimilar toda esa cascada de impresiones contrapuestas. Entre tantas imágenes y recuerdos, entre el olor de los cabellos de la colombiana que se robaba sus noches, a José le quedó la incógnita de no saber, la incertidumbre sombría de no comprender “si a Pereira la estaban terminando de construir o empezando a derrumbar”.

Como decía Benedetti: tal vez más lo primero que lo segundo José. O viceversa.

 

 

Camilo de los Milagros.



[1] Problema lingüístico insoluble: Amañado significa en Colombia “contento”, “a gusto”. En España significa cometer adulterio o infidelidades.


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FOTOS por Un Colorsito (gyalcaminante.blogspot.com

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