Conozco al asesino de Noruega.

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

LQSomos. “La Rosa y el Clavel”. Julio de 2011. 

Aunque no le había visto en mi vida, conozco bien al asesino de Noruega, ese cristiano derechista llamado Anders Behring Breivik que admira a Winston Churchill. En realidad estoy harto de verle, de oírle, de sentirle. Convivo con él, con ellos, todos los días. Ha estado siempre aquí, entre nosotros, acechando, esperando, quizá anhelando el día en que se le cruce el cable para llevar a la práctica sus palabras, sus deseos, sus sueños.


El asesino de Noruega odia, teme, denigra y convierte en cosa, en ganado a todo aquel que es diferente. Que tiene otro color de piel. Que habla otra lengua. Que practica otras costumbres. Que piensa distinto. Que siente distinto. Que no viste igual. Para él, todos son, somos "moros", "panchitos", "perroflautas", "feminazis", "humanistas", "relativistas", "maricones", "gafapastas" o cualquier otra cosa que a sus ojos y los de los suyos nos niegue la calidad de humanos. Rojos y raros, en suma.

El asesino de Noruega odia, ridiculiza, denigra, convierte en cosa, en ganado a todo aquel que cree en la bondad, en la solidaridad, en los derechos humanos, en la fraternidad entre las personas y los pueblos. En su absurda ignorancia y simpleza, este tipo de malvado llama al bueno "buenista". Al solidario, "traidor". Al igualitario, "peligroso marxista". Al defensor de los derechos humanos, "políticamente correcto". Para un malvado como él, todo lo que es bueno resulta sospechoso y humillante. Tiene que haber algo oscuro detrás de la gente buena, solidaria, fraterna y concienciada, pues de lo contrario él sería aún peor y más egoísta de lo que ya es.

El asesino de Noruega odia, denigra, convierte en cosa, en ganado a todos los que ignoramos sus delirios de conspiraciones y violencias. No comprende que no creamos en el poder de la fuerza y de la guerra, de la superioridad de unos seres humanos sobre otros, de la necesidad de mano dura con quien no es como él. Nos llama "ignorantes", "pánfilos", "borregos" y desea hondamente que algún día nos demos de bruces con "la realidad". Es decir, su realidad mitológica y brutal de acero, dolor y sangre, donde todo el mundo es necesariamente malo.

El asesino de Noruega es un ególatra al que no le importa si el mundo arde con tal de que a él le den la razón en sus fantasías. Justifica guerras y matanzas con tal de que no le suban los impuestos o la gasolina. Vislumbra un mundo mejor donde todos son como él, piensan como él, sienten como él, viven como él. En su egolatría y orgullo infinitos, el mundo sólo puede ser bueno y noble cuando es una fotocopia de él, de sus sueños, de sus miedos y de sus mitos. Y, entre este mundo imperfecto y su mundo ideal, un gran, necesario baño de sangre.

El asesino de Noruega disparó primero contra la muchacha más bonita que vio en el campamento de las Juventudes Laboristas. El asesino de Noruega es un misógino, porque en su mundo paramilitar el universo femenino no tiene sentido. Sólo ama a las mujeres dóciles, serviles, maternas, que le sigan la broma y coincidan con el fetiche mitológico que tiene en la cabeza. Pero no hay tantas valkirias sumisas en el mundo. Para él, todas las demás son zorras, feminazis, castradoras. En suma, frustrantes. No comprende por qué las mujeres se resisten a sus sinrazones de guerrero viril y del "orden de toda la vida". Y si son guapas, ni te cuento. El asesino de Noruega, en realidad, es un frustrado que oculta su frustración bajo la apariencia de moralidad, rectitud o pureza.

El asesino de Noruega cree a pies juntillas en una gran conspiración para destruir la cultura blanca, cristiana y occidental, al igual que hacen los integristas islámicos con lo suyo, ignorando que es la cultura blanca, cristiana y occidental la que se destruye a sí misma a través de gente como él. Su universo es el universo de la dolchstoßlegende, la leyenda nazi de la puñalada en la espalda, versión siglo XXI. En su mundo, todos los que no somos como él, todos los que no pensamos como él, somos traidores y vendidos, el enemigo interior.

El asesino de Noruega es un absolutista que cree en unos valores inmutables y eternos, a pesar de que todos sus valores "inmutables y eternos" rara vez tienen más de quinientos años y a menudo no pasan de cien. Aunque a veces ha leído, es incapaz de comprender los procesos históricos; sólo entiende de batallitas y figurones. También es incapaz de comprender los procesos sociológicos complejos; sólo entiende de conspiraciones y traidores. No logra vislumbrar por qué a tantos de nosotros sus valores absolutos nos resultan absurdos, falsos e indignos de conservar. En su universo, tiene que ser todo el resultado de una conspiración, o de nuestra maldad esencial, o ambas cosas: el efecto del adoctrinamiento, de la manipulación, de nuestra mala sangre, lo que sea, porque no logra entender el mundo en que vive, los procesos de la historia y de la sociedad ni mucho menos la relatividad y la evolución de las cosas. Para él, todo es absoluto, blanco o negro, el bien o el mal. Por eso odia el relativismo y odia la evolución: porque es un absolutista.

El asesino de Noruega no entiende de matices y sutilezas. Le da igual si eres un estalinista convencido o sólo te parece mal que unos escupan sangre para que otros vivan mejor. Le da igual si eres un fundamentalista islámico o un escéptico secular. Le da igual si eres militante feminista o simplemente te preocupa la violencia de género. Le da igual si eres nacionalista, separatista, etarra o apenas te limitas a hablar tu lengua materna, que es distinta de la suya. Le da igual, en suma, todo lo que no sea exactamente como él. Los demás somos todos lo mismo, culpables de todo y nos merecemos todo lo que nos pase. No somos gente, sólo "marxistas", "feminazis", "rojos", "perroflautas", etc. A sus ojos, sólo chusma, ganado, cosas. Criminales por el hecho de existir y molestarle a la vista.

El asesino de Noruega no vio personas, sino cosas. Miró a la gente que pasaba por el centro de Oslo y sólo vio chusma inconsciente y prescindible. Miró a sus víctimas adolescentes a los ojos y sólo vio ojos bovinos de ganado asustado. Porque, para él, habían dejado de ser gente mucho tiempo atrás. Como ganado, los llevó al matadero. Y los mató.

Y si no se para este lenguaje del odio que cae como un manto negro sobre Europa desde hace ya bastantes años, no lo dudes: mañana seré yo, tú o tus hijos. Y ya no como un asesino solitario, sino como un movimiento criminal. Porque para el asesino de Noruega, que convierte a los adolescentes de ojos bonitos en cosas a las que sacrificar, yo, tú y tus hijos no somos gente. En su egolatría se cree un sirviente de dios, un mensajero de dios o directamente un dios. Y, ejerciendo de dios, ya nos ha convertido a todos en ganado listo para sacrificar. Mientras no estuvo preparado, mientras el ambiente no le fue propicio, disimuló. Pero todo era cuestión de tiempo y oportunidad. Ayer mató en Noruega. Si no le detenemos, mañana, ¿dónde matará?

Como siempre, el asesino de Noruega tenía pistolas, fusiles y explosivos. Como siempre, nosotros tenemos nuestras plumas, nuestras manos y nuestra voz. Sea. Ya basta de silencio ante el horror que se avecina sobre todos y todas. Otra vez.
 

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