Correbous: otra enfermiza diversión

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

 

Esta barbaridad abusona, este monumental apedreo a la consciencia cierta de una humanidad que aspira a ser tal, vuelve a estar presente en la arena y el asfalto. El Parlament de Catalunya, liderado por los caballeretes de copa y puro que convergen en su gusto común por la vida padre y la madre que los parió, planea mayoritariamente ampliar las facilidades obscenas de cara a plagar aquella Comunidad en ruedas mansas de fuego; localidades que recuperarán, con ese contubernio público que adora despistes brutalistas para omitir la gestión de la ruina, esta salvajada cruenta con la sencilla demostración de haber acogido en tiempos pretéritos (por muy pretéritos que éstos sean) al menos una vez la tortura de un astado achicharrando su tez, todo su rostro, bajo la cenizas que aniquilan su paciencia, que revolucionan su pavor y pánico, su físico dolor inaplacable, mientras las ratas que lo rodean entienden ese gesto de puro semejante como la expresión de una bestia indómita.

¿Por qué el término tradición se ha deteriorado de tal modo que sólo aparece en boca de aquellos que quieren sostener la bazofia colectiva que ha de ser superada? Encontrar un atisbo de diversión en la desesperación incomprendida de un animal debería ser reducto de capítulos proscritos en la Historia de nuestros tropiezos. Por el contrario, el brutalismo veraniego de los cerebros permanentemente achicharrados encuentra el guiño utilitarista de aquellos regidores públicos que juegan a la gallinita ciega de sus fracasos. Cierto es que éstos son reflejo de la ciudadanía que los aupa al desastre colectivo, al fracaso que alcanzamos como sociedad cuando, una tarde calurosa, los cuernos de la res se convierten en metáfora macabra de esos cráneos rellenos de serrín humeante que dicen proteger lo suyo de manera cavernaria.

Al menos esta circunstancia atroz conlleva que podamos abrir los ojos y comprender el pragmatismo de aquella celebrada supresión de corridas de toros en suelo catalán. Ahí sí, CiU tuvo un peso decisivo para conseguir la mayoría parlamentaria de cara a desterrar de los ruedos y plazas a picadores, banderilleros y espadachines aventajados frente a un hervíboro débil y castigado. No hubo consciencia animalista, no se expresaba sensibilidad civilizada. El blindaje de los insensatos correbous marca la línea entre lo españolista y lo catalanista, esa estupidez política que traza con marca gruesa lo propio de lo ajeno, sin darse cuenta que no hace más que acercar en estupidez las contradicciones mutuas. La tortura con senyera, pues, debe ser más complaciente con el trágico destino del toro que las rojigualdas matanzas en terreno circular.

Hoy que estamos de didáctico luto con la supresión de la asignatura de educación para la ciudadanía, recordemos como la formación en valores, en el respeto cierto por el entorno y nuestra necesaria limitación del impacto lascivo ante aquellos que comparten esta existencia finita, es elemento fundamental para convertirnos, quizás alguna vez, en ese individuo que no se avergüence de las atrocidades de sus semejantes, que no tema por la venganza de bípedos rencorosos. Para aprovechar lo bueno del desarrollo humano no hace falta echar la vista atrás; todo aquello de valor en nuestro recorrido siempre ha estado en la mochila que llevamos a cuestas. Rescatar entre letra pequeña lo que hemos ido abandonando en el camino suele esconder alguna seta venenosa. Los que apuntalan desde el púlpito público esta desgracia también lo hacen, con toda consciencia e intencionalidad, adorando al dios de la estupidez, de la incultura. Una sociedad cretina no puede permitirse el lujo de perder actividades que extraigan su violencia e insensibilidad básica. Una sociedad sin alma abusa del débil mientras besa la mano del figurante con apariencia de amo.

 

Tomado de

 

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