EEUU no se retira, le expulsan de Pakistán

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

Terrorismo de EEUU contra Pakistán

Manifestación contra EEUU en Pakistán.

 

 

M K Bhadrakumar
Asia Times Online

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

La relación entre EEUU y Pakistán ha llegado a tal punto de inflexión que nos hace rememorar los prolegómenos de octubre de 1958, cuando Washington apoyó el golpe de estado del general Ayub Khan impidiendo la llegada al poder de un gobierno electo en Pakistán que podría haberse negado a colaborar como aliado de EEUU en la Guerra Fría contra la Unión Soviética.

Algo en apariencia inocuo sucedió el domingo: Pakistán recuperó la posesión de la base aérea de Shamsi en Balochistan, cerca de la frontera con Irán, tras desalojar de la misma la presencia del ejército estadounidense. Los Emiratos Árabes Unidos (EAU) llevaban alquilando esa misma base desde 1992.

El acontecimiento es a la vez simbólico y táctico, aunque al mismo tiempo sumamente estratégico en un momento en que por el horizonte se barruntan nubes de guerra contra Irán. Simbólico en el sentido de que supone una afirmación de la soberanía de Pakistán; táctico porque la estrategia bélica de EEUU, que depende en gran medida de los ataques con aviones no tripulados sobre el Norte de Waziristán, tendrá que volver a revisarse ahora. ¿Está acaso llegando a un brusco final la etapa de los aviones teledirigidos en la guerra contra Afganistán?

En toda esta historia, es preciso sin embargo hacer un cuidadoso análisis de por qué el desalojo de EEUU de Shamsi tiene implicaciones estratégicas.

Un suave estímulo

Washington no se creyó inicialmente la decisión de Islamabad de expulsar de Shamsi al personal y a todos los aviones teledirigidos de EEUU y pensó que era una reacción visceral de los generales pakistaníes que se sentían molestos por el ataque aéreo de la OTAN del 24 de noviembre contra el puesto fronterizo de Salala, en la agencia territorial de Mohmand, que acabó con las vidas de 24 soldados pakistaníes. Por tanto, Washington presionó a su aliado, los EAU, para que ejercieran un papel mediador.

El ministro de asuntos exteriores de los EAU, el jeque Abdullah bin Zeyed al-Nahyan, se reunió con el presidente Asif Ali Zardari intentando que revocara la decisión pakistaní o que al menos ampliara el plazo límite fijado de quince días, pero se volvió con las manos vacías. Cuando el jeque le comunicó las malas noticias, la secretaria de estado de EEUU Hillary Clinton telefoneó al primer ministro pakistaní Yusuf Reza Gilani, llamada que fue seguida al día siguiente por otra del presidente Obama a Zardari.

Tanto Clinton como Obama se llevaron un chasco y a partir de entonces el Pentágono empezó de mala gana la evacuación de Shamsi.

Queda muy claro que EEUU subestimó las consecuencias que podrían derivarse del ataque del 26 de noviembre sobre Pakistán. El director general de operaciones militares pakistaní, el general de división Ashfaq Nadim, explicó la pasada semana ante el gabinete federal y ante el comité de defensa del parlamento en una detallada reunión informativa en Islamabad, que el ataque de la OTAN llevaba la marca de un “complot” bien planeado por parte de EEUU y el mando de la OTAN en Afganistán.

Si la probable intención de EEUU era “comprometer” a la cúpula militar pakistaní con un estímulo suave tipo “conmoción y pavor”, el tiro les salió por la culata. Los dirigentes militares y civiles en Pakistán siguen hablando con la misma voz. El apoyo “ex post facto” de Gilani, ofrecido en la reunión mantenida en Islamabad el pasado sábado, al jefe del ejército, el general Ashfaq Kiani, en su decisión de desplegar los sistemas de defensa en la frontera afgana “para detectar cualquier avión o helicóptero y echarlo abajo”, es la prueba más reciente de ello.

Pero el quid de la cuestión es que la administración Obama ha transferido de nuevo la política al Pentágono. Con la CIA también dirigida por un general del ejército, David Petraeus, el Pentágono está presionando por una presencia a largo plazo en Afganistán a pesar de que el objetivo declarado de Obama es una solución política. El ejército estadounidense pretende intensificar los combates. La “estrategia” de retirada designada por Obama el año pasado está siendo convenientemente reinterpretada en función de ese objetivo.

Las declaraciones más recientes de EEUU han arrojado una ambigüedad estratégica sobre tal “retirada” y ahora está claro como el agua que decenas de miles de tropas estadounidenses de combate van a permanecer después de todo en Afganistán más allá de 2014 durante un futuro indeterminado, además de los instructores y asesores dedicados a la “creación de capacidad” de las fuerzas armadas afganas.

The New York Times señalaba que el Pentágono había estado “presionando calladamente” para conseguir cambiar esa política durante algún tiempo. En resumen, aunque las negociaciones sobre el pacto estratégico estadounidense-afgano para allanar el camino para el establecimiento de bases militares en Afganistán hayan llegado a su etapa final, EEUU está desechando la ambigüedad estratégica respecto al alcance y naturaleza de su presencia militar a largo plazo.

Asociación impulsada por la demanda

Esto no debería resultar sorprendente. Pero Pakistán se enfrenta a una difícil situación. A diferencia de la línea de pensamiento pakistaní de que la vía militar es inútil, EEUU se aferra al enfoque de la “provocación verbal”, que supone continuar combatiendo mientras explora la posibilidad de abrir conversaciones desde una posición de fuerza con un talibán militarmente degradado.

En segundo lugar, EEUU no está dispuesto a conceder un papel central a Pakistán en las conversaciones de paz y no siente compromiso alguno ante el deseo de Pakistán de tener un gobierno “amistoso” en Kabul, porque busca coreografiar un acuerdo que ante todo satisfaga las necesidades de sus estrategias regionales.

En tercer lugar, por paradójico que parezca, el hecho de que prosigan los combates le viene bien a EEUU para el próximo período, porque no sólo le proporcionan la justificación para un despliegue a largo plazo de tropas de combate en Afganistán a pesar de la oposición regional (y afgana), sino que le aportan también la raison d’etre de la Red Norte de Distribución (léase, presencia militar de EEUU y la OTAN en Asia Central), sobre la que Rusia está haciendo señales que la vinculan a la resolución de la disputa sobre el sistema de defensa antimisiles de EEUU y a que se disipe la “tensión” actual entre EEUU y Rusia.

Más allá de todo lo anterior, la decisión de Obama de mantener una gran fuerza de tropas de combate en Afganistán tiene que valorarse en el contexto de las crecientes tensiones en las relaciones EEUU-Irán. En la eventualidad de cualquier conflicto con Irán en un futuro próximo, este tipo de presencia militar masiva sobre el flanco oriental de Irán supondría un gran activo estratégico para EEUU y la OTAN.

No lo duden, EEUU intenta utilizar las bases militares en Afganistán como trampolín para invadir el este de Irán si el conflicto estalla, sin que importe nada lo que el presidente Karzai pueda pensar o decir. Por cierto, Shamsi es también la base aérea clave cercana a la frontera iraní. Como era de esperar, la OTAN está considerando la posibilidad de un “centro conjunto” en la región del Golfo Pérsico con los países del Consejo de Cooperación del Golfo. Por tanto, EEUU confía en “enjaular” a Irán militarmente desde el Golfo Pérsico por un lado y Afganistán por el otro.

De hecho, la OTAN está transformándose velozmente en una “alianza inteligente” basada en una asociación de seguridad entre sus 28 miembros y el resto del mundo gracias a la intervención militar en Libia. Ivo Daalder, el embajador de EEUU ante la OTAN, lo manifestó muy claramente en una reciente reunión informativa:

La operación de Libia fue la consecuencia lógica del punto de vista de que necesitamos asociarnos con países de todo el mundo… Los Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Jordania y Marruecos no solo apoyaron la operación, sino que también participaron en ella… El Líbano fue también clave en la operación, porque presidía en aquel momento el Consejo de Seguridad de la ONU que aprobó la resolución 1973… Esto es una asociación impulsada por la demanda. Una demanda por parte de los países árabes.

Por tanto, en términos generales, la “agenda oculta” de la guerra afgana es vox populi. Pakistán se encuentra cogido entre el demonio y el profundo mar azul. En primer lugar, el ejército pakistaní desconfía de las intenciones estadounidenses tras la penetración en los últimos años de su inteligencia tan a gran escala en su aparato de seguridad bajo el pretexto de la “guerra contra el terror”, incluidos su Inteligencia Inter-Servicios (ISI, por sus siglas en inglés) y su ejército. La cúpula militar teme especialmente que EEUU albergue la intención de apoderarse de los activos nucleares de Pakistán en el momento que considere oportuno.

Primero, la decisión sin precedentes de Obama de promover a Petraeus como jefe de la Agencia Central de Inteligencia hizo sonar las alarmas en la mente pakistaní. Segundo, los intereses y prioridades de EEUU en Afganistán están entrando cada vez más en conflicto con los de Pakistán. Tercero, Pakistán no puede sencillamente permitirse alienarse de China e Irán (o de Rusia, llegado el caso). Finalmente, más pronto que tarde EEUU desplegará su sistema de defensa antimisiles en la región, que amenazará la capacidad estratégica de Pakistán.

Sacudiéndose el lastre de encima

El mensaje del ataque estadounidense del 26 de noviembre fue una prueba para intentar “ablandar” a la cúpula militar pakistaní y obligarla a alinearse con la estrategia de EEUU. El jeque Nahyan trató de hablar con sensatez a las mentes de los generales pakistaníes. Pero el episodio de Shamsi pone de relieve que la contradicción en las relaciones entre EEUU y Pakistán es demasiado grave para que puedan reconciliarse fácilmente o en un plazo inmediato.

El asunto está planteando una contradicción de índole fundamental. Las implicaciones son graves. Pakistán está “obstruyendo” la estrategia regional de EEUU. Digámoslo de otra manera, Pakistán es una pieza vital en el engranaje de la estrategia estadounidense.

Pakistán se desmarcó abiertamente de la agenda de la reciente conferencia de Estambul (2 de noviembre), que pretendía crear un mecanismo de seguridad regional para el Sur y Centro de Asia al estilo de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa y lanzar el proyecto de la Nueva Ruta de la Seda con objeto de revertir la influencia rusa y china en Asia Central. Pakistán boicoteó también la conferencia de Bonn (5 de diciembre) en la que EEUU esperaba legitimar su presencia militar a largo plazo en Afganistán. Sin duda, los dos eventos se malograron.

A Washington le queda ahora adivinar si el desafío estratégico de Pakistán va en serio. Su experiencia histórica es que las elites pakistaníes acaban finalmente cediendo bajo la presión estadounidense. Sin embargo, el “desafío estratégico” sobre Shamsi ha resultado ser una sorpresa. Mientras tanto, al ceder la política afgana al Pentágono (y a la CIA), Obama ha tomado la precaución de minimizar el alcance de la controversia que esta zona problemática pueda crearle en su intento por salir reelegido el próximo año. Petraeus es también muy apreciado por los republicanos.

Este es un “momento Ayub Khan” en las relaciones entre EEUU y Pakistán. De nuevo, la opinión pública pakistaní amenaza con inmiscuirse en la relación. Pero hay también diferencias fundamentales. Kiani está muy lejos de parecerse al jovial general Ayub Khan que Sandhurst entrenó y que era tan aficionado a la bebida y las cosas buenas de la vida y solía obedecer las órdenes.

Además, China no solo no es la Unión Soviética o un adversario de Pakistán sino que en realidad es su único “amigo para todo tiempo y condición”. ¿Cómo puede, o por qué debería Pakistán colaborar con la estrategia de contención de China por parte de EEUU?

Sin embargo, la diferencia más importante entre 1958 y 2011 es, en primer lugar, que las “tradiciones nativas” de Kiani le exigen que actúe colegiadamente con el cuerpo de comandantes que son muy conscientes del estado de ánimo existente entre las fuerzas armadas, y ese estado de ánimo indica que Pakistán debería sacudirse ya el lastre que lleva soportando desde finales de 2001.

En segundo lugar, el ejército pakistaní está siendo muy meticuloso y poniendo mucho cuidado para que al atravesar en los próximos meses las aguas infectadas de tiburones, vaya aferrado a las manos de los dirigentes civiles del país en cada etapa y en todo momento.

El desafío al que se enfrenta EEUU es tener que localizar un Ayub Khan, pero es bastante improbable que lo logre.


El embajador M. K. Bhadrakumar fue diplomático de carrera del Servicio Exterior de la India. Ejerció sus funciones en la extinta Unión Soviética, Corea del Sur, Sri Lanka, Alemania, Afganistán, Pakistán, Uzbekistán, Kuwait y Turquía.

Cubadebate

 

 

 

US outed, and far from drawn down
By M K Bhadrakumar

The United States-Pakistan relationship has reached a turning point reminiscent of the run-up to October 1958, when Washington encouraged General Ayub Khan's coup, apprehending the coming into power of an elected government in Pakistan that might have refused to collaborate as the US's Cold War ally against the Soviet Union.

An innocuous-looking thing happened on Sunday - Pakistan regained possession of the Shamsi air base in Balochistan near the border with Iran after evicting the US military presence

 
from there. The base itself had been leased to the United Arab Emirates (UAE) since 1992.

The event is at once symbolic and tactical, while at the same time highly strategic even as war clouds are on the horizon over Iran. Symbolic in the sense that it is an assertion of Pakistan's sovereignty; tactical because the US war strategy, which heavily depended on the drone attacks on North Waziristan, will now have to be reworked. Is the drone era in the Afghan war coming to a brusque end?

However, in all of this, what needs some careful analysis is why the US's eviction from Shamsi holds strategic implications.

A mild stimulus
Washington initially viewed Islamabad's decision to expel the US personnel and drone systems from Shamsi with disbelief as a knee-jerk reaction by the Pakistani generals upset over the North Atlantic Treaty Organization's (NATO) air strike on the border post at Salala in the Mohmand Agency on November 26, which killed 24 Pakistani soldiers. Thus, Washington pressed its ally the UAE into a mediatory role.

UAE Foreign Minister Sheikh Abdullah bin Zeyed al-Nahyan met President Asif Ali Zardari to seek revocation of the Pakistani decision or at least an extension of the 15-day deadline, but returned empty-handed. On getting the bad news from the sheikh, US Secretary of State Hillary Clinton phoned Prime Minister Yusuf Raza Gilani, which was followed by a call a day later by President Barack Obama to Zardari.

Both Clinton and Obama drew a blank and thereafter the Pentagon reluctantly began the evacuation from Shamsi.

Clearly, the US underestimated the downstream consequences of the November 26 attack on Pakistan. Pakistani director general of military operations, Major General Ashfaq Nadeem told the federal cabinet and the parliament's defense committee last week in a detailed briefing in Islamabad that the NATO attack bore the hallmark of a well-planned "plot" by the US and NATO command in Afghanistan.

If the likely US intention was to "engage" the Pakistani military leadership with a mild stimulus of "shock and awe", it proved counter-productive. The civil-military leadership in Pakistan still continues to talk in the same voice. Gilani's "ex-post facto" endorsement of army chief General Ashfaq Kiani's decision to deploy the defense systems on the Afghan border to "detect any aircraft or helicopter and to shoot it down", at their meeting in Islamabad on Saturday is the latest evidence of this.

But the crux of the matter is that the Obama administration has once again ceded policy to the Pentagon. With the Central Intelligence Agency also headed by an army general, David Petraeus, the Pentagon is pushing through a long-term military presence in Afghanistan although a political solution is Obama's stated goal. The US military aims to step up the fighting. The "drawdown" strategy outlined by Obama last year is being conveniently reinterpreted for this purpose.

The US's most recent statements have shed the strategic ambiguity over the "drawdown" and it is now crystal clear that tens of thousands of American combat troops are after all going to remain in Afghanistan beyond 2014 for an indeterminate future in addition to the trainers and advisers devoted to "capacity-building" of the Afghan armed forces.

The New York Times noted that Pentagon had been "quietly pushing" for this policy shift for some time. In essence, even as the negotiations over the US-Afghan strategic pact paving the way for the establishment of American military bases in Afghanistan have come to the final stage, the US is discarding the strategic ambiguity about the scope and nature of its long-term military presence.

Demand-driven partnership
This shouldn't have come as a surprise. But Pakistan is facing a difficult situation. Contrary to Pakistan's line of thinking that the military path is futile, the US is sticking to the "fight-talk" approach, which is to go on fighting while exploring the scope for opening talks with a militarily degraded Taliban from a position of strength.

Two, the US is not willing to concede a central role for Pakistan in the peace talks and is non-committal about Pakistan's wish to have a "friendly" government in Kabul, because it seeks to choreograph a settlement that first and foremost would meet the needs of its regional strategies.

Three, paradoxical as it may seem, the continued fighting actually suits the US in the coming period, because it not only provides the justification for the long-term deployment of combat troops in Afghanistan despite regional (and Afghan) opposition but also gives the raison d'etre for the Northern Distribution Network (read US-NATO military presence in Central Asia), which Russia is showing signs of linking to the resolution of the dispute over the US's missile defense system and the dissipation of the US-Russia "reset".

Over and above all this, Obama's decision to keep a large force of combat troops in Afghanistan needs to be viewed against the backdrop of the growing tensions in the US-Iran relations. In the eventuality of any conflict with Iran in a near future, this sort of massive military presence on Iran's eastern flank would be a great strategic asset for the US and NATO.

Make no mistake, the US intends to use the military bases in Afghanistan as a springboard to invade eastern Iran if conflict erupts, no matter what President Hamid Karzai may think or say. By the way, Shamsi is also key air base close to the Iran border. Unsurprisingly, NATO is considering a "joint center" in the Persian Gulf region with the Gulf Cooperation Council countries. Thus, the US hopes to "box in" Iran militarily from the Persian Gulf on one side and Afghanistan on the other.

Indeed, NATO is fast transforming as a "smart alliance" based on a security partnership between the 28 members and the rest of the world, thanks to the military intervention in Libya. Ivo Daalder, the US ambassador to NATO, put it explicitly in a recent briefing:

The Libya operation was a logical outflow of the view that we need to have partnerships with countries around the world ... The United Arab Emirates, Qatar, Jordan and Morocco not only supported the operation, but also participated in it ... Lebanon was also a key in the operation, as it was president of the UN Security Council at that time and enacted the 1973 resolution ... This is a demand-driven partnership. A demand by Arab countries.
All in all, therefore, the "hidden agenda" of the Afghan war is out in the open. Pakistan finds itself between the devil and the deep blue sea. First of all, the Pakistani military distrusts the US's intentions behind such large-scale intelligence penetration of its security apparatus in the recent years under the pretext of the "war on terror", including the Inter-Services Intelligence and the military. In particular, the military leadership fears that the US harbors intentions of seizing Pakistan's nuclear assets at an opportune moment.

Obama's unprecedented decision to promote Petraeus as the Central Intelligence Agency head rang alarm bells in the Pakistani mind. Second, US interests and priorities in Afghanistan are increasingly in conflict with Pakistan's. Third, Pakistan simply cannot afford to alienate China and Iran (or Russia for that matter). Finally, the US will sooner or later deploy its missile defense system in the region, which will threaten Pakistan's strategic capability.

Shaking the albatross
The message of the US strike of November 26 was a test case intended to "soften up" the Pakistani military leadership and compel it to fall in line with the US's strategy. Sheikh Nahyan tried to talk some good sense into the minds of the Pakistani generals. But the Shamsi episode underscores that the contradiction in US-Pakistan relations is far too acute to be reconciled easily or in a near term.

The point is, it is turning out to be contradiction of a fundamental character. The implications are serious. Pakistan is "obstructing" the US's regional strategy. Put differently, Pakistan is a vital cog in the wheel of the US strategy.

Pakistan dissociated openly from the agenda of the recent Istanbul conference (November 2), which aimed at creating an Organization for Security and Cooperation in Europe-type regional security mechanism for Central and South Asia and launching the New Silk Road project aimed at rolling back Russian and Chinese influence in Central Asia. Pakistan also boycotted the Bonn conference (December 5) that was expected to legitimize the long-term US military presence in Afghanistan. To be sure, the two events floundered.

Washington is now left guessing whether Pakistan's strategic defiance is for real. Its historical experience is that the Pakistani elites eventually buckle under American pressure. But the "strategic defiance" over Shamsi would come as a surprise. Meanwhile, by ceding Afghan policy to the Pentagon (and CIA), Obama has taken the precaution of minimizing the scope of this problem area causing controversy during his re-election bid next year. Petraeus is also well liked by the Republicans.

This is an "Ayub-Khan moment" in the US-Pakistan relationship. Once again, popular opinion in Pakistan threatens to intrude into the relationship. But then, there are key differences, too. Kiani is far from the jovial Sandhurst-trained general Ayub Khan was, who was fond of his drink and all good things in life and was used to obeying orders.

Besides, China is not only not the Soviet Union or an adversary of Pakistan, but is in reality its one and only "all-weather friend". How can or why should Pakistan possibly collaborate with the US's containment strategy toward China?

The most important difference between 1958 and 2011, however, is, firstly, that Kiani's "nativist traditions" require him to act within the collegium of corps commanders who are acutely conscious of the mood within the armed forces, which is that Pakistan should shake off the albatross that was hung around its neck in late 2001.

Second, the Pakistani army is taking great and meticulous care that while traversing the shark-infested waters in the months ahead, it holds the hands of the country's civilian leadership at every stage, every moment.

The challenge facing the US is to locate an Ayub Khan, but it is an improbable challenge.

Ambassador M K Bhadrakumar was a career diplomat in the Indian Foreign Service. His assignments included the Soviet Union, South Korea, Sri Lanka, Germany, Afghanistan, Pakistan, Uzbekistan, Kuwait and Turkey.
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