El bochorno del Congreso de Estados Unidos. Por Lorenzo Gonzalo*

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

 

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El bochorno del Congreso de Estados Unidos
 
Por Lorenzo Gonzalo*/Foto Virgilio Ponce -

   Lorenzo foto © Virgilio PONCE
Foto Virgilio PONCE
 
Miami, 21 de Julio del 2011
 
Los procesos revolucionarios tienen muchas caras y están enriquecidos por las intervenciones de quienes participan en ella, dirigiendo la embarcación por la ruta que demandan los acontecimientos.
 
En Estados Unidos una de esas intervenciones fue la de Thomas Jefferson, cuando recibió el bosquejo de la Constitución firmada en Philadelphia el 17 de Septiembre de 1787.
 
Luego de leerla con detenimiento le escribió a James Madisson, su gran amigo en pensamiento y afecto, para manifestarle que estaba de acuerdo con la división del gobierno en tres cuerpos, definidos cada uno por su aspecto legislativo, judicial y ejecutivo, en dependencia de sus funciones. Indicó que le agradaba la provisión que facultaba al poder legislativo para imponer impuestos, porque eso garantizaba que ninguna persona u institución podría hacerlo, excepto aquellas y aquellos, elegidos por los ciudadanos que iban a ser gravados. En esa época de un fiero nacionalismo manifiesto en cada una de las Trece Colonias, recibió con beneplácito el obligado compromiso que se establecía entre el gran Estado, representado por el gobierno central y los pequeños Estados, representados por cada una de las Trece Colonias. Sin embargo para alguien como Jefferson, quien pensaba que la libertad personal era tan importante como podría serlo en todo caso el derecho a la propiedad, el gran vacío de aquel documento, luego de firmado por “consentimiento unánime de los Estados presentes”, o sea las Colonias en cuestión, era su silencio sobre los derechos humanos, porque aquella Constitución no garantizaba las libertades civiles a la altura del esfuerzo realizado para el establecimiento de una república.
 
En Setiembre de 1789, fueron enviadas a las legislaturas de los Estados doce enmiendas, de las cuales dos no fueron aprobadas. Las diez enmiendas que permanecieron se convirtieron en Ley Fundamental de la República y en ellas se garantiza la plena libertad de los ciudadanos estadounidenses y sus derechos a la religión, su práctica, a una prensa libre, al derecho de reunión y solicitar del gobierno la reparación de agravios. Otros muchos aspectos sensibles a las libertades personales fueron abordados en esa Enmiendas.
 
Abstrayéndonos del hecho, que el proceso de instauración de la república de Estados Unidos de Norteamérica, no fue un movimiento de reivindicaciones sociales, y excluyó de sus bases preliminares a los negros, las mujeres y aquellos que no pagaban impuestos, su Constitución reflejó criterios muy objetivos referentes al ser humano dentro del contexto del Estado, la sociedad y sus leyes. La Constitución estadounidense significó un salto fundamental en el reconocimiento del ciudadano dentro de circunstancias sociales que se habían transformado sustancialmente con el desarrollo del proceso de producción.
 
Esas bases y el devenir de nuevas circunstancias, convocaron las energías de los actores sociales y a partir de sus luchas, lentamente fueron introducidos cambios que universalizaron el criterio de humanidad del cual careció la Carta Fundamental en sus orígenes y las leyes que de ella se derivaron.
 
Han transcurrido 224 años desde aquel inicio, donde múltiples luchas sociales han tenido lugar, y durante los cuales, la razón ha ido venciendo sobre las pasiones. Sin embargo, la más desmedida de las irracionalidades y la más baja y ruin, ha sido la presencia, en el Congreso estadounidense, de a penas una decena de personas de origen cubano, que han logrado servirle de coro a algunos intereses que aún subsisten dentro de los grupos de Poder en Washington, y que aspiran a convertir a Cuba en una parte estratégica del territorio de Estados Unidos. Este criterio anexionista, quizás ya sea solamente un vago recuerdo, sostenido por la inercia del tiempo, de lo que pudo ser una necesidad geopolítica de la nueva república del Norte, cuando en sus comienzos, enfrentaba las amenazas de una Europa que ya presentía la pérdida de sus
colonias. Si dudas que en aquellos tiempos, Europa había perdido la brújula ante los cambios de las nuevas relaciones sociales, con la ligera excepción de Inglaterra, quien pretendió ocasionalmente, aprovecharse de su pequeña ventaja parar imponer su hegemonía.
 
Cuba, como parte del territorio de Estados Unidos, no puede ser ya ni siquiera una quimera, porque de llegar a suceder se convertiría en un gran inconveniente.
 
Solamente la supuesta pretensión de integrar la Isla a Estados Unidos, la idea misma de que semejante criterio pueda flotar por los pasillos del Congreso de Washington, abre brechas y distanciamientos que pueden resultar irreparables, dentro de las necesidades actuales de Estados Unidos, para asegurarse vecinos con quienes pueda sostener, no solamente relaciones estables, sino confiables.
 
Estas personas de origen cubano, llegadas a altos cargos dentro de la política de Estados Unidos, como resultado de pasadas circunstancias surgidas durante la llamada Guerra Fría, tienen orígenes anticonstitucionales, aprendidos a partir de la violación del sistema constitucional cubano en el años 1953,  a escasos trece años de haberse aprobado en Cuba una constitución que enfatizaba los derechos sociales e individuales. Referente a Estados Unidos, consideran ese país como una maquinaria de poder omnímodo, tras cuya bandera los más astutos tienen el derecho de imponer sus condiciones. Para ellos, la Ley Fundamental de la República, conocida en inglés como Bill of Rights, es apenas la pincelada de una leyenda. De aquí que quieran imponerle a los estadounidenses la prohibición de movimiento que, desde los Artículos de la Confederación, fue considerada como un derecho básico para la constitución de una gran nación.
 
Con insistencia impúdica, intentan incluir en el paquete de la Ley del Presupuesto de Estados Unidos, que debe ser aprobada en el próximo agosto, la prohibición de viajar a Cuba, a los cubanos emigrados que tienen familias o que simplemente deseen disfrutar a ratos de su tierra. Ni qué decir del criterio que tienen de los estadounidenses que generacionalmente han vivido en esta porción del continente americano. Para ellos, esos nacionales estadounidenses tienen aún menos derecho a viajar.
 
La historia  no nos dice cómo gobernar y pensar, pero sin dudas que ayuda mucho en esos menesteres. El conocimiento de las problemáticas y virtudes desencadenadas en el fluir de historias que se han entretejido, por el elemento común de su geografía y por acciones realizadas al calor de sus relaciones, ayudaría mucho para disolver demonios que hoy no son otra cosa que falsas visiones de tarados.
 
Prohibirle a un emigrado cubano que visite su país es una bajeza; prohibirles visitar a su familia, es un crimen.
 
Ni Jefferson, ni Washington y ninguno de los más de un centenar de hombres preclaros, ponderados y al mismo tiempo apasionados defensores de sus criterios, que sentaron las bases del Estado de Estados Unidos de América, admitiría sentarse a la vera de ninguno de estos advenedizos, detractores de una democracia cuyo sentido desconocen y cuya esencia intentan destruir.
 
Estos señores son el bochorno de un Congreso que merece mucho más que puros alabarderos de ignominias y falsos valores.
 

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