El movimiento pacifista en la Transición española

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

arton4607.jpgPedro Oliver Olmo

Introducción: la peculiar radicalidad del movimiento pacifista desde la Transición

Desde 1975, con las nuevas oportunidades que generaban las expectativas y las realidades del cambio político, se fue creando una red de colectivos cuyo repertorio de acciones y mensajes políticos eran los propios de un movimiento pacifista. No obstante, en un país que dejaba atrás una larga dictadura resultante de un golpe militar y una guerra civil, necesariamente, el pacifismo iba a desarrollar algunas características muy peculiares.

En el catálogo de peculiaridades del pacifismo militante que emerge en la Transición, en principio básicamente integrado por grupos de No Violencia, antimilitaristas y objetores de conciencia, destacan dos que se complementan para retratarlo de cuerpo entero e ilustrar el perfil que iba a adquirir desde muy temprano. La primera de las singularidades nos sitúa ante un movimiento pacifista ideológicamente radicalizado, en dos vertientes trascendentes para la época y para el futuro: por un lado, el uso de la desobediencia civil frente al servicio militar obligatorio, cuyo significado, de por sí radical y provocador, se amplificaba aún más de manera circunstancial porque se ejercía frente al ejército heredado de la dictadura; y por otra parte, el hecho de que ganara un peso tan importante la impronta antimilitarista del pacifismo, un rasgo que en otros países nunca adquirió esa relevancia. La segunda peculiaridad importante nos muestra a un movimiento pacifista que tuvo que crecer en solitario pero dentro del imaginario de la izquierda política, algo que no debe interpretarse como sinónimo de aislamiento (buena parte del movimiento pacifista nunca dejó de estar entramado con otros movimientos sociales). El desencuentro estaba servido. La izquierda moderada no se sentía concernida por aquel radicalismo pacifista [1] . Y la izquierda revolucionaria no lo entendía [2] .

El inicio del pacifismo como nuevo movimiento social y sus problemas de enfoque

La experiencia del movimiento pacifista en la Transición ya había sido abordada en los años ochenta por investigadores ligados a ese movimiento [3] . Pero en gran medida sigue siendo un tema pendiente de la historiografía [4] . La sociología se ha empleado más a fondo. Son muy útiles los análisis que han realizado de Jaime Pastor y Enrique Laraña, aunque sus interpretaciones sean discutibles [5] . Igualmente hay estudios sociológicos que, al observar el movimiento de objeción e insumisión, arrojan luz sobre la formación de la primera red de grupos pacifistas [6] . Y por último, en la escasa historiografía que aplica las teorías de los nuevos movimientos sociales, destacan los modelos interpretativos propuestos por los profesores Pérez Ledesma y Álvarez Junco. Es útil el enfoque de Pérez Ledesma sobre la relación entre partidos políticos y movimientos sociales en la Transición, porque incide en un aspecto clave del movimiento pacifista: la independencia de objetores y antimilitaristas respecto de los partidos políticos [7] .

A pesar de estos tratamientos, y quizás en parte por culpa de su escasez, se produce y reproduce una narrativa convencional sobre el movimiento pacifista español que arrastra algunos problemas de enfoque. O no se tiene en consideración su existencia histórica y se elude o menosprecia (lo que casi siempre ocurre con el período de transición de la dictadura a la democracia), o sólo se recogen los episodios que tuvieron cierto impacto político y mediático. Indudablemente, hubo bastante más. Cuando aplicamos las herramientas de la sociología de los nuevos movimientos sociales colegimos que el movimiento pacifista ha sido y sigue siendo mucho más que grandes o pequeñas reacciones, algo más que oportunidades para las grandes movilizaciones [8] . El movimiento pacifista es una experiencia histórica de décadas, con estructuras de movilización construidas, con grupos esporádicos y con recursos y compromisos perdurables, desde el ejemplo vivo de las largas militancias a los grupos de referencia para el resto del movimiento, o las fundaciones (una forma de institucionalizar lo informal), los centros de investigación, las revistas o las páginas WEB. Incluso las movilizaciones ritualizadas [9] . Así han dado sentido a la movilización sus propios activistas. Con marcos de referencia compartidos, lugares de la memoria, figuras históricas, emblemas, músicas… Quizás no sea fácil calibrar el impacto sociocultural de un nuevo movimiento social, pero es imposible no percibirlo. El movimiento pacifista ha creado cultura política. En ella conviven tendencias (como la noviolencia y el antimilitarismo) que interactúan con otras subculturas alternativas -el ecologismo, el feminismo o la contrainformación-, e influyen en los programas de los partidos y en las agendas institucionales (no sólo como grupos de presión hacia instancias de decisión política, sino como dinamizadores de valores y estilos de vida).

Por todo ello sería un error explicar el devenir del movimiento pacifista dejándose encandilar por su eclosión en el período 1983-1986, cuando tomó cuerpo la Coordinadora Estatal de Organizaciones Pacifistas (CEOP). Así no contemplaríamos como iniciadores a grupos que empezaron a luchar por la paz y contra la OTAN mucho antes que muchos colectivos de la campaña OTAN No, Bases Fuera (la cual tampoco descuidó el plus de legitimidad que añadía a la protesta anti-OTAN ese pacifismo –digamos, con todos los respetos- “más genuino” de los grupos de No Violencia y antimilitaristas organizados en los ‘70) [10] . Y tampoco entenderíamos el papel del movimiento pacifista en el cambio sociocultural (en la transición social), en la dinamización de valores de paz y en la construcción de una cultura política pacifista.

Pacifismo militante y pacifismo sociológico: el movimiento pacifista en el cambio social

En los primeros años ochenta la sociología académica se atrevió a medir con rigor los trazos gruesos de lo que categorizó como “pacifismo social”, y ya no pudo dejar de hacerlo durante mucho tiempo. Al escrutar las encuestas realizadas desde los años de la Transición, el perfil del pacifismo socialmente aceptado también tenía unos rasgos ciertamente peculiares [11] .

Por aquel entonces, cuando aún estaba muy fresco el recuerdo del 23-F y todavía brotaban noticias oficiales y oficiosas acerca de supuestas tramas golpistas, al tiempo que arreciaba el movimiento pacifista y anti-OTAN, crecía una honda preocupación entre los mandos militares y los responsables gubernativos del Ministerio de Defensa. En las encuestas de esos años la opinión pública no sólo mostraba un claro “rechazo de la guerra” y una vívida oposición a la OTAN y a las bases americanas. Lo que se hacía evidente era un fondo de desafección mucho más profundo que había ido creciendo desde los años de la Transición y ahora obligaba, tanto a desterrar definitivamente las viejas retóricas militaristas, como a pulir el tono de los nuevos discursos civilistas acerca del papel democrático de las Fuerzas Armadas y su nacionalismo constitucional. Era un problema que debía ser reconocido con un crudo enunciado: “la defensa nacional no preocupa” a los españoles. No obstante, en el estudio del profesor Díez Nicolás se lee otra forma más benévola de describir y atemperar la preocupación principal: el pacifismo español “no es militante“, “el pacifismo de los españoles no es antimilitar” [12] .

Algunos análisis de aquel pacifismo sociológico, más aún los que fueron tenidos en cuenta por los nuevos altos mandos militares, adolecían, cuando menos, de falta de perspectiva histórica, y en todo caso, no iban bien dotados de crítica historiográfica. Desconsideraban la trascendencia de dos factores que hubieran completado el diagnóstico del problema y quizás también su tratamiento: por un lado se soslayaba el descrédito de un ejército que seguía recordando a la Guerra Civil y al golpismo reciente, cuando todavía en los cuarteles permanecían las señales de su pasado franquista; y por otro, se despreciaba la capacidad de influencia del pacifismo militante en la nueva estructura de oportunidades que ofrecía el sistema democrático, entre otras cosas, porque aquel pacifismo social (al fin detectado y explicado) indicaba un fuerte desapego juvenil hacia el sistema de reclutamiento, el que poco más tarde iba a sufrir una crisis sin parangón, azuzada por activistas que, evidentemente, sí profesaban un pacifismo “antimilitar”, más bien antimilitarista. Hay estudios sociológicos que valoran el papel proactivo de los nuevos movimientos sociales en la gestación y desarrollo de ese conflicto social y en la construcción de identidades pacifistas [13] .

Comprender el origen histórico de aquel pacifismo sociológico no hubiera exigido echar la vista demasiado atrás. Al recordar o al analizar los años centrales de la transición del franquismo a la democracia es prácticamente imposible negar la importancia de los asuntos relacionados con la paz y la seguridad y, más aún, con la función política que las Fuerzas Armadas ejercían de facto. Antes y aún después de 1977 la “cuestión militar” pesaba demasiado. La presencia imaginaria del ejército de Franco en el proceso de cambio político nunca pudo obviarse. Ni ante el auge gigantesco de la protesta laboral, ni en el vertiginoso proceso político de reforma institucional impulsado por Suárez, ni mucho menos cuando se afrontó la legalización del PCE (junto a la no legalización de otros partidos republicanos y de izquierda), ni tampoco después, ya traspasado el umbral legitimador de las primeras elecciones democráticas, cuando bajo el influjo del “partido militar” se fueron sobrellevando algunos de los debates, acuerdos y pactos (a veces abiertos, a veces soterrados) que dieron a luz la Constitución de 1978 [14] .

En todo aquello que afectaba a la escala de valores que los militares franquistas y sus mentores consideraban propios del ámbito de competencia del ejército se les hubo de tener directa o indirectamente en cuenta. Lo que conmovía al sentimiento militar, lo que trastocaba la cultura militar del momento, rápidamente se convertía en material político altamente sensible: la conciencia enquistada de un creciente autonomismo militar que idealizaba al ejército como fiel vigilante de la integridad de la patria y de la unidad nacional; y la representación de los enemigos internos de España y del propio ejército, aunque algunos fueran muy minoritarios (desde comunistas a separatistas, pasando por la UMD, los objetores, los pacifistas o los antimilitaristas, sin olvidar a las organizaciones de soldados que protestaban en los cuarteles).

En definitiva, bajo el sobrepeso de la cuestión militar brotaron posiciones políticas y actitudes socioculturales de todo tipo, entre las que destacó la emergencia de un peculiar pacifismo social -digamos- a la española. Al mismo tiempo, a pesar de (y frente a) la presión de la cuestión militar, también se fue tejiendo un nuevo movimiento social pacifista que, en gran medida por esa misma razón, desarrolló las dos importantes peculiaridades ya señaladas: el sentido que atribuyeron a la radicalidad de la desobediencia civil y el peso ideológico del antimilitarismo. Evidentemente, aquel pacifismo sociológico, convertido en un rasgo inteligible de la cultura política del momento, soplaba a favor de la movilización pacifista.

La primera red de grupos pacifistas

La formación de una primera red de grupos pacifistas hundía sus raíces en algunas experiencias colectivas que tuvieron lugar durante los últimos años del franquismo, al menos desde 1971, con la campaña de apoyo a Pepe Beunza, el primer objetor de conciencia que no era Testigo de Jehová y defendía su actitud desobediente por motivos éticos y políticos [15] . Además de algunos actos de solidaridad llevados a cabo en capitales europeas, los primeros objetores recibieron muestras públicas de apoyo en Valencia, Barcelona y Santander, lo que nos permite trazar un primer mapa de la incipiente movilización pacifista, sin olvidar Alcoy, donde vivía Jordi Agulló, un militante de la JOC que también se declaró objetor en 1971. Pero será ya en el período 1974-75, y sobre todo en 1976, cuando los primeros grupos de No Violencia y de apoyo a los servicios civiles alternativos al servicio militar obligatorio tomaron un impulso palpable y significativo. Así se estructuró con cierta entidad la movilización pacifista, la que de una u otra forma nunca dejaría de estar activa, aunque su red de grupos se fuera renovando, a veces creciendo, o estancándose, e incluso desapareciendo y reapareciendo en localidades concretas [16] .

La primera red del movimiento por la paz en España empezó a tejerse desde la década de los sesenta con grupos y asociaciones de católicos pacifistas -estamos hablando de Pax Christi y Justicia y Paz- y con los promotores de la educación para la paz (los que organizaban el Día Escolar por la No Violencia y la Paz cada 31 de enero, fecha que conmemora el asesinato de Gandhi). Junto con ellos llegaba la irradiación desde Francia de las llamadas Comunidades del Arca fundadas por Lanza del Vasto, un discípulo cristiano de Gandhi, cuyo compromiso vivencial con la paz y la no violencia inspiró a los primeros pacifistas franceses (objetores y refractarios a la guerra de Argelia), y poco después, también a los que promovieron la objeción de conciencia en España. En el camino, y ya en los inicios de la década de los setenta, fueron creándose grupos específicos de No Violencia, muchos de ellos también con una fuerte inspiración católica, destacando entre su militancia curas obreros y miembros de comunidades cristianas populares (como Pope Godoy en Granada, entre otros).

Todo aquello se fue entramando. Creció casi desde la nada, con impulsos a veces demasiado voluntaristas e individuales. Hasta que empezó a hacerse algo más visible a partir de 1974, cuando Gonzalo Arias y Pepe Beunza, con la cobertura de una organización eclesial como Justicia y Paz, recorrieron España dando charlas para impulsar el llamado Voluntariado para el Desarrollo, en realidad, la primera gran campaña colectiva a favor de la objeción de conciencia al servicio militar obligatorio, que llegaron a suscribir públicamente más de 1.200 personas (400 de ellas, mujeres), y que de facto sirvió como pantalla y también caldo de cultivo de la preparación de la desobediencia civil colectiva a través de un “servicio social” alternativo, al mismo tiempo que se presionaba al gobierno, al que presentaron la propuesta y las firmas en mayo de 1975. El ejecutivo de Arias Navarro contestó pidiendo a los objetores que esperaran. Pero la desobediencia ya estaba en marcha. Pepe Beunza, al recordar aquel ambiente de activismo, nos dibuja la red de la movilización a la altura de 1975:

Estábamos bien organizados y coordinados en 1975. Viajábamos mucho y nos reuníamos con frecuencia. Había grupos en Barcelona, Tarragona Vic, Valencia, Bilbao, Pamplona, Madrid, Málaga, etc. También nos reuníamos con grupos franceses. Nos jugábamos mucho y por eso dedicábamos mucha energía a preparar grupos de apoyo[17] .

Fruto de aquellas iniciativas coordinadas sería el servicio civil alternativo del barrio de Can Serra en L’Hospitalet de Llobregat (Barcelona) entre 1975 y 1976, la primera experiencia de objeción de conciencia colectiva. Sin perder el sentido de la mesura podemos afirmar que Can Serra fue un verdadero hito en la pequeña historia española del movimiento por la paz. En los mensajes de los objetores de Can Serra se relacionaban los valores de la no violencia y el antimilitarismo con la reclamación de libertades democráticas y con el rechazo del capitalismo por sus efectos injustos, empobrecedores y alienantes [18] .

El pacifismo en España se impulsó desde el principio en gran medida a golpes de heterodoxia y desobediencia, gracias al compromiso de los primeros objetores de conciencia y de los grupos de apoyo que se creaban cuando aquéllos eran encarcelados, así como al respaldo de las plataformas que se organizaban en asociaciones de vecinos con el fin de apuntalar el reto que lanzaban al Estado quienes, no sólo no acudían a los cuarteles para hacer la mili sino que hacían pública su desobediencia y su presencia en los barrios donde realizaban servicios civiles alternativos. El radicalismo de la desobediencia civil exigía fuertes dosis de sacrificio personal pero asimismo obligaba a evitar el aislamiento, a buscar la comprensión social. A pesar de las distancias con el PSOE y con el PCE, o con la izquierda revolucionaria (que rechazaba la objeción y promovía la lucha de los soldados dentro de los cuarteles), los primeros objetores mantuvieron contactos con todas las fuerzas que empujan a favor del cambio político y democrático:

Creo que fue ya en el 75 cuando comenzó a conocerse que había un cierto movimiento aperturista también en el ejército… muy pronto nos pusimos en contacto con los líderes de la UMD, con quienes llegamos a tener una relación muy franca y respetuosa[19] .

Poco a poco, pero desde muy pronto, a aquella primera red de grupos y de gente que se identificaba con ellos, cuyo signo cristiano cercano a la Teología de la Liberación era bastante palpable, se fue uniendo una serie de colectivos antimilitaristas de orientación libertaria y de izquierda, junto a algún que otro grupo de feministas pacifistas y ecopacifistas o activistas antinucleares, todo lo cual se engarzaba con campañas colectivas y publicaciones que relacionaban el pacifismo y el antimilitarismo con otras luchas sociales.

No faltaba tampoco el capital político acumulado por ciertas personas, como los ya citados Pepe Beunza, Gonzalo Arias y Pope Godoy, o el sacerdote catalán Lluís Mª Xirinacs (candidato al Nobel de la Paz, precisamente, entre los años 1975 y 1977), todos ellos convertidos en referentes morales del pacifismo por su labor pionera de agitación y por su fuerte compromiso con la no violencia política durante el tardofranquismo. La red pacifista fue creciendo e incluso creó estructuras específicas con un potencial movilizador más alto, sobre todo cuando –con el antecedente de la creación en 1974 del llamado G.O.C.E. (Grupo de Objetores de Conciencia del Estado Español)-, en enero de 1977 se fundó el MOC, cuyo decidido activismo a través de la desobediencia civil, al interactuar con la presión que en sentido contrario ejercían unos mandos militares que seguían viendo a los objetores como un peligro para la defensa nacional, debe valorarse como una contribución decisiva en el proceso de “transición militar”, pues, aunque la objeción de conciencia no acabara siendo considerada un derecho constitucional (sino un motivo de exención del servicio militar), logró impedir la regulación legal de la misma y de esa manera ayudó a crear un campo de fuerzas favorable para el MOC [20] .

A la reunión de fundación del MOC acudieron miembros de grupos que mostraban una gran variedad de valores alternativos: cristianos pacifistas y no violentos, antimilitaristas y libertarios, o nacionalistas partidarios de la autodeterminación de los pueblos e internacionalistas promotores de la solidaridad Norte-Sur y la mediación para la solución pacífica de los conflictos. Procedían de las tres capitales vascas, de dos capitales andaluzas (Córdoba y Málaga), del País Valenciano (Valencia, Alicante y Alcoi) y de Cataluña (Can Serra en L`Hospitalet de Llobregat, Vic y Tarragona), además de Mallorca, Madrid, Zaragoza, Valladolid y Oviedo. Pero el movimiento de objeción ya hervía en otros tantos sitios, desde Barcelona a Sevilla, pasando por Pamplona y por otras zonas en las que muy pronto también estaría activado (Cáceres, Salamanca, Murcia, Galicia, Canarias, etcétera).

Desde luego que no ha de perderse de vista la estructura propia del MOC en el mapa territorial del pacifismo que emerge durante la Transición (del que se hablará en el siguiente apartado), pero para entender su inevitable presencia tampoco es necesario detallar su historia específica, entre otras cosas porque cuenta ya con una importante bibliografía que indaga en sus orígenes y en su primera movilización, y con estudios que abarcan un ciclo de tres décadas de protesta y desobediencia [21] . Aunque la cuestión de la objeción de conciencia fuera con mucho la más destacada en la agenda del movimiento pacifista durante la Transición, hubo otras que también generaron opinión y movilización. Los grupos del incipiente movimiento por la paz, y los mismos objetores, no dejaban de lado otras vertientes del trabajo pacifista, desde un rosario de iniciativas encaminadas a la educación por la paz (por ejemplo, las campañas contra el juguete bélico) hasta acciones callejeras (como los encartelamientos que denunciaban la violencia de los grupos armados de la izquierda) y los encierros y ayunos públicos (a veces en silencio) contra las causas del hambre, pasando por los saltos de la verja de Gibraltar (que impulsó Gonzalo Arias desde La Línea), y otras muchas tareas de concienciación contra la carrera de armamentos, la política de bloques militares y las causas de los conflictos bélicos, incluida la investigación sistemática de los mismos, como la que desde 1974 empezó a realizar el Centre d’Analisi de Conflictes (CAC) bajo el impulso de Vicenç Fisas, uniéndose a la labor que en 1968 había empezado a realizar el Institut Víctor Seix de Polemología.

A la altura de 1977-78 aquél era ya un movimiento pacifista cada vez más variopinto, pero identificable como tal. Su irradiación era estatal, y también su pretensión de influencia política, aunque la movilización hubo de estructurarse siempre desde abajo, en ciudades, barrios y pueblos. Nunca tuvieron una amplia repercusión mediática, pero tampoco en eso fueron irrelevantes. No obstante, usaron su propios medios o se sirvieron de medios amigos (desde Cuadernos para el Diálogo a las radios libres y las revistas anarquistas, como Bicicleta y en menor medida Alfalfa y Ajoblanco, pasando por El Ecologista y El Viejo Topo) [22] . Además de utilizar las actas y otros documentos internos y publicaciones puntuales (por ejemplo, las que difundía Justicia y Paz para hacer pública su postura sobre la necesidad de regular el derecho a la objeción de conciencia), algunos grupos crearon fanzines y revistas que se distribuían o se difundían a nivel estatal (dos de ellas, La Puça i el General y Oveja Negra, acabarían siendo casi míticas para la militancia pacifista y antimilitarista).

No es difícil encontrar señales del prestigio y el respeto que se iban ganando los primeros pacifistas y antimilitaristas al interactuar con otras culturas políticas, más allá de los desacuerdos y los desencuentros con los partidos de izquierda y las organizaciones anarquistas, no pocas veces sorteados a base de buena relación personal y experiencia compartida, incluso en momentos o en espacios de represión. Esto se comprobó muy pronto, con motivo de las muestras de solidaridad que llegaron a los objetores represaliados de Can Serra, porque algunas desvelaban un fondo de permeabilidad entre disidencias de muy distinto signo, incluso en las que provenían de esa izquierda que estaba lejos de asumir el ideario de la noviolencia.

El primer mapa del pacifismo en construcción

Si hacemos un recorrido breve por el primer mapa estatal del movimiento pacifista, para entresacar las claves más importantes de su estructura de movilización y de su identidad militante, en primer lugar hay que destacar, desde luego, la pluralidad y cantidad de grupos y personas que se organizaron en Barcelona. A finales de los ’60 ya se realizaban algunas actividades públicas gracias a Pax Christi, donde militaban jóvenes pacifistas como Arcadi Oliveres. El activismo subió de nivel hacia 1975 y 1976, con la contribución de Justícia y Pau. Pero el momento fundacional del pacifismo estructurado en Barcelona (y en cierta manera, también en Cataluña) llegó cuando en 1976 se creó el Casal de la Pau, un lugar y una de las experiencias más fructíferas para el encuentro entre tendencias políticas pacifistas y otros movimientos sociales. Prueba del peso creciente del antimilitarismo en el pacifismo organizado y movilizado fue el ingreso, también en el año 1976, de buena parte de los grupos pacifistas de Barcelona en la Internacional de Resistentes a la Guerra, desde el Equip O.C., los Servicios Civiles, pasando por el CAC, la librería l’Arc de Santa Maria, el Grupo Anti-Centrales Nucleares y el Grup de Dones Pacifistes [23] . Con el empuje de Xirinacs, aquel ánimo coordinador de la protesta pacifista, no violenta, antimilitarista, antinuclear y feminista se plasmaría en la creación del CANVI (Co-lectiu d’Acció No-Violenta).

Poco después, al panorama del antimilitarismo catalán llegarían el MOC, fundado a nivel estatal en enero de 1977, aunque en Barcelona al principio se llamaba COLLO (Comitè Llibertat Objectors). Después, desde la primavera de 1978, hubo que añadir la decisiva presencia del GANVA (Grup d’Acció No Violenta Anti-OTAN), cuya influencia ideológica irradiaría con el tiempo a otros colectivos antimilitaristas del Estado, ayudando a que se incorporara a la movilización gente proveniente del anarquismo e incluso de un marxismo completamente heterodoxo. El GANVA también agregó a su repertorio de acciones antimilitaristas la lucha contra la OTAN y las bases militares norteamericanas a través de protestas colectivas celebradas en 1978, 1979 y 1980. Publicaba la revista La Puça i el General y a partir de 1981 (reconvertido en GAMBA, Grupo Antimilitarista de Barcelona), además de continuar coordinándose con el MOC a nivel estatal, también lograría influir en el cambio de postura de la izquierda extraparlamentaria, sobre todo MC y LCR, partidos que pocos años después impulsarían los colectivos Mili KK [24] . Quico Porret, al recordar los objetivos que se plantearon alcanzar con la creación del GANVA destaca tres: “movilizar a gente, grupos, partidos, etc. para impedir la entrada en la OTAN; denunciar las Bases norteamericanas en el Estado español y exigir su desmantelamiento; e iniciar un debate sobre temas como la defensa, la existencia del ejército, alternativas a la defensa…”. También nos recuerda cómo resolvieron el problema de las diferencias ideológicas sobre la cuestión de fondo entre violencia y no violencia, una solución que usarían muchos grupos antimilitaristas en otros lugares, a veces de forma recurrente:

Aunque en el grupo había gente que se definía ‘no-violenta’ también había otra gente (yo mismo) que pensábamos que todas las formas de lucha pueden ser útiles y legítimas, por lo tanto, llegamos al acuerdo de no definirnos ‘no-violentos’ pero sí partidarios de la acción directa no-violenta, entendida como acción radical contra el sistema y proponiendo actuaciones como la desobediencia civil, la no-cooperación y especialmente todo tipo de intervención directa en la calle (teatro de guerrilla, pasacalles, etcétera)[25] .

Muy ligados a Cataluña, los pacifistas del País Valenciano se organizaron en las capitales de Valencia y Alicante y en el pueblo alicantino de Alcoi. No era ajeno a todo ello el hecho de que, precisamente en esos sitios hubieran nacido, allá por 1971, las primeras iniciativas individuales de objeción de conciencia por motivos no religiosos, la de Pepe Beunza y la Jordi Agulló, y que en años posteriores también fuera en Valencia donde desarrollara su actividad Rafael Rodrigo, objetor de conciencia desde 1973, muy ligado después a las propuestas de Luís Mª Xirinacs, a los grupos de objetores de Valencia y a otras iniciativas (algunas de ellas con carácter comunal) que se impulsaron en esa capital, como la librería Agredolç, especializada en anarquismo y contracultura y lugar de animación, encuentro y debate sobre temas alternativos, que acabaría siendo cerrada después de ser incendiada dos veces por grupos fascistas. Recuerda Rafael Rodrigo que en Valencia y en otros puntos del Estado, durante la Transición, además de las distintas formas de abordar la violencia y la no violencia o el antimilitarismo, o de los debates que se suscitaron acerca de si realizar o no servicios civiles, y de las polémicas internas sobre otras cuestiones aparentemente menores (como la de legalizar o no legalizar el MOC), hubo una curiosa pluralidad a la hora de armonizar la manera de pensar y la manera de vivir: por un lado estaban los grupos de objetores que vivían en comunas rurales, y por otro, los objetores que crearon comunas urbanas [26] . En Valencia, a partir de 1975-76, junto a las comunas de objetores (la de la librería Agredolç y otra más en la calle Blanquerías), también se organizaron servicios civiles (en el barrio del Cristo y en Nazaret) y se realizaron acciones (las de 1977 estuvieron coordinadas con CANVI, el grupo pacifista catalán ya citado, para pedir la libertad de los objetores) [27] . En Alicante, con gente interesada en la no violencia desde los primeros ‘70, también hubo un buen caldo de cultivo para la creación del MOC, y para otras iniciativas pacifistas, como la revista La Oca (editada desde 1981).

Desde Valencia al País Vasco y Navarra pasando por Barcelona (donde el GANVA también se convirtió en una especie de comuna urbana), durante los ‘70 se desarrolla entre la militancia de la no violencia y el antimilitarismo una suerte de ethos vivencial que pretende dar sentido (radical y alternativo) a la lucha política. Precisamente, en el País Vasco, y en uno de sus grupos más activos, el de Bilbao (con gente tan relevante dentro del ámbito estatal del MOC como Mabel Cañada), el arraigo de esa actitud colectiva –no exenta también de discrepancias internas- animó a una parte de sus integrantes a dejar la ciudad en la primavera de 1980 para ocupar un pueblo navarro llamado Lakabe y formar allí una comunidad rural. Tal y como ya se ha destacado, en Bilbao hubo actividad a favor de la no violencia y la objeción de conciencia desde finales del franquismo, y en la asamblea de fundación del MOC hubo grupos de objetores bilbaínos junto a otros provenientes de Guipúzcoa y Álava. Ya desde finales de 1975 y principios de 1976, con el nombre de Bakearen Etxea (Casa de la Paz), los grupos de No Violencia y objeción de conciencia estrenaron sede tanto en Bilbao como en Pamplona. Desde entonces y en adelante, además de la puesta en marcha de algunos servicios autogestionados, no cesaron las acciones organizadas por grupos de No Violencia en el País Vasco y en Navarra, con encarteladas, encierros o ayunos, casi siempre para airear temas propios -las primeras manifestaciones contra la mili se convocaron en San Sebastián en otoño de 1977-, pero otras veces para relacionar la no violencia y el antimilitarismo con otros movimientos, como el vecinal, el antinuclear o el obrero (de lo que da fe el encierro y ayuno de veinte personas en marzo de 1976 dentro de la parroquia de San Antón de Bilbao, para protestar por la represión del 3 de marzo en Vitoria y hacer un llamamiento en pro de los métodos de lucha no violenta) [28] . Además de aquellos primeros grupos de No Violencia, también el antimilitarismo vasco comenzaría muy pronto a organizarse como tal, concretamente, desde 1977, con el nacimiento de los llamados Comités Antimilitaristas [29] . Sabino Ormazabal, que estuvo en su creación, recuerda algunas de sus reuniones, como la que se celebró en Tolosa en abril de 1977, con una alta participación de gente y colectivos que acudían desde muchos pueblos:

“(…) se trataba de un organismo autónomo, cuyos integrantes eran antimilitaristas con una amalgama que iba desde el apoyo a la deserción hasta la no violencia (…) Las principales líneas de actuación (de los Comités Antimilitaristas) se dirigían no sólo contra la mili obligatoria sino contra el Ejército y la sociedad militarista y autoritaria en la que vivimos. Si bien anualmente las campañas se centraban en las tallas y los sorteos, en los que se convocaban todo tipo de actos y movilizaciones, también había una labor pedagógica que incluía publicaciones, semanas antimilitaristas, charlas, etcétera, coincidente con la denuncia que hacían los Comités Antinucleares de la ocupación del espacio y de las maniobras militares”.

El antimilitarismo avanzaba y al mismo tiempo el valor de la no violencia política continuaba estando presente, incluso en iniciativas posteriores, como la creación de la Asamblea de No Violencia de Euskadi, ya en 1981. Por su parte, el peso específico y el prestigio político del KEM (las siglas en euskera del MOC), junto con algunas personas y unos pocos colectivos (Txustarra, Begi Haundi… y en los ’80 Kakitzat), fue un factor decisivo en el tránsito hacia la movilización pacifista de los primeros ’80, lo que explica su capacidad de liderazgo en un mapa de tendencias fuertemente mediatizado por el peso de la izquierda extraparlamentaria y por la impronta de la izquierda abertzale, cuyo apoyo a la lucha armada siempre estuvo en abierta contradicción con la objeción de conciencia, entre otras razones porque, en el paisaje político vasco, la presencia de colectivos antimilitaristas como el KEM ayudaba a cuestionar de raíz el militarismo de ETA. No hubo de ser fácil difundir ese tipo de valores en una tierra en la que adquiría tanta fuerza la práctica de la violencia política, incluso cuando (ya en la década de 1990) los jóvenes de Herri Batasuna y Jarrai cambiaron de actitud y abrazaron la causa de la insumisión. Sin embargo, tampoco son irrelevantes las acciones colectivas que durante la Transición se inspiraron en métodos no violentos para impulsar otros nuevos movimientos sociales, sobre todo las protestas contra el polígono militar de las Bardenas Reales (a veces reprimidas muy duramente) y las campañas antinucleares contra la central de Lemóniz, en las que se utilizaron métodos inspirados en la no cooperación, el boicot no violento y la desobediencia civil (como el impago masivo de recibos de electricidad a la empresa Iberduero y, desde el otoño de 1979, los apagones de luz coordinados a la misma hora) [30] .

Madrid no sólo estuvo en la lista de los primeros sitios de la movilización por la paz y la no violencia. Tampoco se limitó a ser la capital de la coordinación estatal, aunque este rasgo siempre le otorgó una relevancia evidente. Con el impulso y la experiencia de Ovidio Bustillo (objetor del primer grupo de Can Serra) y con algunos otros nuevos objetores se organizó un servicio civil en el barrio de Tetuán. Además de enlazar la lucha por la paz con el trabajo de base que se desarrollaba tanto en la parroquia como en la asociación de vecinos (con fuerte implantación del PTE y la ORT), aquella experiencia serviría de “campamento base” para el trabajo por la desmilitarización social, la no violencia y la objeción de conciencia. Desde allí se coordinaban campañas y se planificaban acciones, a veces locales (circunscritas a Madrid), a veces con proyección estatal (hacia el ámbito MOC). Crearon el CAN (Colectivo de Acción No Violenta) y, hacia 1980, editaron la revista Oveja Negra (muy influyente en el movimiento antimilitarista), y organizaron movilizaciones públicas, como las “sentadas de los sábados en la Plaza de Ópera contra el militarismo y la OTAN”, lo que introducía un matiz de hondura política y de cierta distancia con la campaña OTAN No, Bases Fuera que impulsaba la izquierda [31] .

En Andalucía, donde en los últimos años del franquismo fueron procesados algunos sacerdotes jesuitas que, alegando motivos pacifistas, se negaron a jurar bandera (única obligación militar que se les imponía), durante la Transición cobraron importancia los grupos de No Violencia, en Almería, Granada, Málaga, Cádiz, Algeciras, Córdoba, etcétera [32] . Dentro de esos grupos siguió siendo importante la presencia de las comunidades cristianas populares, esa “Iglesia no jerárquica” que durante aquellos años de cambio y aperturismo, además de lo que ella misma fue capaz de organizar, se convirtió en una suerte de recurso vital para muchos jóvenes cristianos, los cuales, operando dentro del imaginario heredado (el católico, en el que se habían socializado desde la infancia), se encontraron con un modelo alternativo de Iglesia de base que les ayudaba a adquirir conciencia social y, en la práctica, a construir un nuevo imaginario político normalmente escorado hacia la izquierda transformadora, incluso hacia sus opciones más revolucionarias. Así también se explica el impulso que dieron a la idea de noviolencia como filosofía de vida y de acción, por ejemplo, en Málaga (donde se creó el Grupo de Acción Noviolenta), pero también a nivel andaluz, en el seno de la Asamblea Andaluza de Noviolencia:

En los años setenta había en todos estos movimientos una fuerte influencia de la Iglesia no jerárquica, a través de los curas obreros que ponían a nuestra disposición, de una manera no oficial, las instalaciones de las parroquias, y se conjugaba bastante bien la ideología de izquierda revolucionaria de aquel momento, con el uso de las instalaciones de la Iglesia Católica y el mensaje evangélico [33] .

Además, la apertura ideológica del MOC hacia otros nuevos movimientos sociales (manifiestamente a partir de su primer congreso estatal celebrado en 1979), también explica algunas experiencias comunes y no pocas dobles militancias [34] . Todo un trasvase de energías y valores en el activismo de base que no debe soslayarse. Según viene a decir Adrián Collado, militante del MOC desde la década de 1980 y participante en muchas acciones de solidaridad con otros movimientos sociales, el movimiento pacifista y antimilitarista ha discurrido en Andalucía desde la Transición claramente entramado con otras experiencias radicales y populares, como la del movimiento jornalero autónomo, cuyo repertorio de acciones siempre ha sido sustancialmente no violento [35] .

Evidentemente, aunque en el repaso territorial destaque Cataluña, País Vasco, País Valenciano, Andalucía y Madrid, habría que dibujar con más detalle ese primer mapa del pacifismo y el antimilitarismo para no excluir otros sitios, a veces aislados y efímeros, a veces en recurrente agitación pero poco o menos estructurados. Además de las primeras iniciativas de los objetores de Zaragoza en 1975, se puede hablar, y por cierto con mucha entidad, del movimiento por la paz en Aragón, con un fuerte auge del antimilitarismo en la capital zaragozana desde finales de los ‘70 [36] . Por otro lado, Extremadura fue pionera en la organización de campamentos de No Violencia, en los que se formaron la mayor parte de los activistas de todos los territorios durante décadas. Y asimismo se debería añadir el relato de los orígenes del movimiento por la paz en Murcia (con irradiación hacia Albacete), en Valladolid y en otras zonas castellanas, sin olvidar la extensión del MOC hacia zonas como El Ferrol, Santiago, Badajoz, Santa Cruz de Tenerife, etcétera. Por último, también las islas figuran en el mapa de las primeras etapas del movimiento pacifista, a veces con reivindicaciones muy específicas. Cristino Barroso, al secuenciar la evolución del pacifismo canario, distingue un “primer período” que abarca de 1976 a 1986, en el que los temas centrales fueron “la objeción de conciencia al servicio militar, la presencia de la Legión; la OTAN, las bases militares y campos de tiro; la situación del Sahara” [37] .

En conclusión: un movimiento pacifista y antimilitarista que se gesta en la Transición

Es verdad que se ha podido hablar de la existencia del movimiento pacifista desde 1975 porque ya había colectivos que promovían la no violencia y la objeción de conciencia, a los que se fueron uniendo otros con una orientación básicamente antimilitarista; y sobre todo porque se movilizaron personas que se identificaban como miembros del “movimiento por la paz”, como activistas por la paz y el desarme, por la desmilitarización y la no violencia, o con otras fórmulas equivalentes. Pero, para concluir, reparemos en un detalle de la identidad militante que resulta ser altamente significativo: no pocos integrantes de ese tipo de colectivos rechazaron el término pacifismo para anteponer el de antimilitarismo; mientras que otros, los que preferían la no violencia como principal seña de identidad, empezaron a eludir términos como no-violencia para poner en su lugar noviolencia (con las dos palabras juntas), demostrando así que su rechazo radical de la guerra y la violencia en absoluto podía ser asimilable a conformidad, pasividad o sumisión al orden establecido [38] . Paradójicamente, el hecho de que aquellos activistas no quisieran identificarse como pacifistas a secas, al menos sin que se les concediera la oportunidad de matizar el concepto, a la luz de las categorías que aplican las teorías sociológicas de los nuevos movimientos sociales, se convierte en el mejor indicador de la existencia del movimiento pacifista y de su orientación radical, porque esa actitud, aunque expresada en negativo, ayudaba a construir un valor compartido y una identidad colectiva [39] .

Conforme fueron encontrándose en los mismos locales y viviendo las mismas experiencias, los no violentos y los antimilitaristas trazaron un mismo camino. Cobró fuerza –en palabras de Rafael Sainz de Rozas- “la perspectiva unificante en que se insertan el antimilitarismo y la  noviolencia, entendida ésta tal y como la trabajamos y la entendimos en nuestra teoría y nuestra práctica, que no es sino la forma en que la trabajaron y entendieron tantos otros/as en la línea de la tradición gandhiana, la ‘nonviolent revolution’ de la que habla la Internacional de Resistentes a la Guerra”. Unos y otros jamás discursearon sobre un pacifismo acrítico que no rechazara la guerra y las causas de la misma, que no asociara el valor de la paz al de la justicia, que no objetara al servicio militar sin contradecir la idea misma de ejército y defensa militarizada, y que no promoviera la desobediencia civil como herramienta de acción política. Eran, pues, militantes de un pacifismo genuino, y se movilizaron por y para ello. De esa forma crearon una identidad perdurable, un marco referencial que, aunque trasformándose, siempre ha inspirado al movimiento por la paz desde entonces. En la práctica los discursos ofrecían una orientación ideológica con signos inequívocos, lo que nos permiten concluir que en España el movimiento pacifista deviene antimilitarista desde la Transición.

Enfocar correctamente la historia del movimiento pacifista exige verlo en toda esa trayectoria, desde que comenzó a desarrollarse a partir de 1975, no sólo para comprender la envergadura y el interés de sus propias peculiaridades radicales, sino para explicar la perdurabilidad cambiante de sus valores, estructuras de movilización y repertorios de acción. Así también podremos explicarnos algunos desarrollos posteriores de ese movimentismo, etapas en las que, muy a las claras, seguían reverberando los ecos de sus inicios. El movimiento pacifista ha necesitado una y otra vez reconocerse en los valores que lo habían dinamizado y constituido, desde la no violencia a la no colaboración con la preparación de la guerra, lo que seguía dando sentido al rechazo antimilitarista de los ejércitos, los impuestos militares, la industria armamentística, el comercio de armas y, por supuesto, el reclutamiento. No es otra cosa lo que ocurrió cuando, con el declinar de la movilización por la paz tras el fiasco del referéndum de la OTAN -además de que muchos activistas anti-OTAN y de otros movimientos sociales o de una izquierda radical cada vez más transformada encontraron en el movimiento de objeción e insumisión una suerte de movimiento refugio-, el movimiento pacifista continuó construyendo cultura política y siguió enlazándose todavía más con el ecologismo político, la investigación para la paz, el enfoque feminista del militarismo y la guerra, la denuncia de los gastos militares y de la industria bélica, y el rechazo de todos aquellos proyectos y normativas que fomenten la militarización, la violencia punitiva institucional y los mecanismos de exclusión y control social.

Los grupos y personas del movimiento pacifista de la Transición no fueron el precedente de nada. Estuvieron en el inicio de todo.



[1] Mientras que el PCE apoyaba la mili obligatoria como una forma de evitar el golpismo y conectar con la juventud, el PSOE, aún con mensajes anti-imperialistas y neutralistas, preparaba una nueva “teoría de Defensa” para ofrecerse como alternativa de gobierno y alejarse de su propia tradición “pacifista” y “antimilitarista”. Véase: Alfonso Guerra (ed.), XXVII Congreso del Partido Socialista Obrero Español, Editorial Avance, Barcelona, 1977 (en la pág. 291 se dice: “La historia de nuestro partido está llena de muestras de una ideología teñida de antimilitarismo y pacifismo”).

[2] Para quienes sopesaban la posibilidad de la vía armada y anteponían el ideal de un ejército del pueblo, el pacifismo aún no gozaba de la buena prensa que tendría más tarde, al calor del éxito político de los Verdes alemanes y de las movilizaciones contra los euromisiles. Recuerda Vicenç Fisas que “[…] en los años 75, 76 y 77, algunos miembros de los grupos [del movimiento por la paz] de Barcelona mantuvimos reuniones secretas con los responsables de temas ‘militares’ de algunos partidos (PSUC, Bandera Roja, Partido del Trabajo, PSAN, etc.), y sólo Dios sabe lo que nos costó entendernos mínimamente” (Vicenç Fisas, Anotaciones sobre el movimiento por la paz en España durante los años setenta”, Estudis sobre Pau y Conflictes, n.° 1, Centro Internacional de Documentación de Barcelona (CIDOB). Secció d`Estuis sobre Pau i Conflictes, Barcelona, noviembre de 1985, pág. 15).

[3] Vicenç Fisas, “Anotaciones…”; VV.AA., “El movimiento pacifista en España”, Dossier Estudis del CIDOB, Barcelona, 1984. Véase también John Lederach, La no violencia a l’Estat espanyol, Barcelona, La Magrana, 1983.

[4] El estudio más elaborado, aunque limitado a Cataluña, lo ha realizado el historiador Enric Prat (véase Enric Prat, Moviéndose por la paz. De Pax Christi a las movilizaciones contra la guerra, Hacer, Barcelona, 2006, capítulos 1-3).

[5] En realidad, sólo Jaime Pastor valora el pacifismo de la Transición, por su importancia como precedente del movimiento pacifista de los ‘80, una estimación positiva que, sin embargo, desenfoca el papel iniciador del movimiento por la paz que se crea en los ‘70 (por cierto, también movilizado contra la OTAN). Por su parte, la interpretación de E. Laraña, a pesar de la solidez de su marco teórico de cara a estudiar unos nuevos movimientos sociales que hundían sus raíces en el antifranquismo, no nos ayuda a hacer inteligible la emergencia del pacifismo como nuevo movimiento social desde 1975. Si supeditar los marcos de acción colectiva a un marco dominante (master frame) no siempre ha de ser el patrón analítico más apropiado, en este caso parece inadecuado. Quizás por eso la interpretación de Laraña sobre el marco anti-régimen “unitario” descuida un aspecto empírico-histórico capital en la experiencia pacifista española: su peculiar radicalidad -entendida como dinámica constituyente del propio movimiento (y no como un mero referente ideológico)- chocó con la cultura política de la izquierda a lo largo de la Transición, porque en el imaginario de ésta –quizás también radical, pero de otra índole- no cabían ni el pacifismo, ni el antimilitarismo, ni mucho menos la no violencia. Véase Jaime Pastor Verdú, “El movimiento pacifista (1977-1997), en Manuel Ortiz Heras, David Ruiz González, Isidro Sánchez Sánchez (coords.), Movimientos sociales y estado en la España contemporánea, Universidad de Castilla-La Mancha, 2001, págs. 457-472); y Enrique Laraña, La construcción de los movimientos sociales, Alianza Editorial, Madrid, 1999, págs. 275-330.

[6] Víctor Sampedro, Movimientos sociales: debates sin mordaza. Desobediencia civil y servicio militar, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1997; Xavier Aguirre, Rafael Ajangiz, Pedro Ibarra y Rafael Sainz de Rozas, La insumisión, un singular ciclo histórico de desobediencia civil, Tecnos, Madrid, 1998; Rafael Ajangiz, “Objeción de conciencia, insumisión, movimiento antimilitarista”, Mientras Tanto, nº 91-92, Verano-Otoño 2004; etcétera.

[7] En cambio, la sugerente periodización de ciclos de protesta que realiza Álvarez Junco (la que inspira a E. Laraña su enfoque constructivista de marcos de acción colectiva en el movimentismo antifranquista y en la emergencia de los nuevos movimientos sociales), pierde brillo cuando el autor, obviando todo un caudal de experiencias pacifistas que irían ganando intensidad hasta la eclosión de la movilización anti-OTAN, afirma sin matices que en España no se produjo “un fenómeno de movilización pacifista paralelo al que recorrió Europa a comienzo de los ochenta”. Hubo peculiaridades españolas pero también paralelismos, en tiempos casi inmediatos y en todo caso complementarios. Indudablemente en la España de los primeros ‘80 hubo una gran movilización pacifista que no debe desagregarse de la movilización pacifista que sacudió Europa en ese mismo período. Véase Manuel Pérez Ledesma, “<<Nuevos>> y <<viejos>> movimientos sociales”, en Molinero, C. (ed.), La transición, treinta años después, Península, Barcelona, 2006, págs. 117-151; José Álvarez Junco, “Movimientos sociales en España”, Laraña, E.; Gusfield, J. (eds.), Los nuevos movimientos sociales. De la ideología a la identidad, CIS, Madrid, 1994, págs. 413-442.

[8] Se consideran distintas tendencias de la sociología de los nuevos movimientos sociales, en las que nos inician muy bien, entre otros: Enrique Laraña, La construcción…; Pedro Ibarra, “¿Qué son los movimientos sociales?”, en Elena Grau y Pedro Ibarra (coords.), Anuario de Movimientos Sociales. Una mirada sobre la red, nº 1, Icaria-Betiko Fundazioa, Barcelona, 2000; etcétera.

[9] N. Bergantiños; P. Ibarra, “Eco-Pacifismo y antimilitarismo. Nuevos Movimientos Sociales y Jóvenes en el Movimiento Alterglobalizador”, en http://www.injuve.mtas.es/injuve/co....

[10] Rafael Sainz de Rozas, miembro y abogado del KEM-MOC de Bilbao durante los años ochenta y noventa, recuerda bien quién estuvo en la gestación de la gran movilización pacifista de los primeros ’80. Aunque habla del País Vasco la información es representativa y extrapolable a la realidad de otros territorios: “En el 82-83, coincidiendo con el boom pacifista europeo al hilo de la crisis de los euromisiles, aparecen una serie de iniciativas por el desarme nuclear, y ya en el 83 participamos en reuniones internacionales como la que se celebró en Berlín, la European Nuclear Desarmament (END). Yo estuve allí, y pude comprobar que quienes asistían desde Euskadi eran, además de gente de grupos de No Violencia y antimilitaristas en torno al MOC, los impulsores de plataformas y campañas promovidas por los elementos más lúcidos de la izquierda extraparlamentaria, además de aquel intento de renovación de la izquierda que en su día quiso ser Euskad

iko Ezkerra” (entrevista escrita remitida el 13/09/2009).

[11] Juan Diéz Nicolás, “La transición política y la opinión publica española ante los problemas de la defensa y hacia las Fuerzas Armadas”, Reis: Revista española de investigaciones sociológicas, 36, Madrid, 1986, págs. 13-24 (también en Internet: http://www.reis.cis.es/REISWeb/PDF/..., véase sobre todo las págs. 15-18).

[12] Hubo otros análisis de encuestas que indagaban en la conexión del pacifismo militante con la conciencia antibelicista de una mayoría social. Véase Antonio Izquierdo, “La conciencia pacifista española: un aporte estadístico”, Anuario sobre Armamentismo en España 1986, Fontamara – Centro de Investigación para la Paz, Barcelona, 1986).

[13] Rafael Ajangiz, Servicio militar obligatorio en el siglo XXI: cambio y conflicto, CIS, Madrid, 2003. Véase también Jorge Riechmann y Francisco Fernández Buey, Redes que dan libertad. Introducción a los nuevos movimientos sociales, Barcelona, Paidós, 1984; y Cristino Barroso, Lola Rio y Arantxa Santacara, “¿Dónde están los pacifistas? Notas sobre el pacifismo en España”, Papeles para la Paz, 45, 1992, págs. 237-247.

[14] Pedro Oliver Olmo, “El nacionalismo del ejército español: límites y retóricas”, en Carlos Taibo (dir.), Nacionalismo español. Esencia, memoria e instituciones, Madrid, Los Libros de La Catarata, 2007, pp. 213-230.

[15] Pedro Oliver Olmo, La utopía insumisa de Pepe Beunza. Una objeción subversiva durante el franquismo, Virus editorial, Barcelona, 2002; y Pedro Oliver Olmo, “Los iniciadores del movimiento de objetores de conciencia (1971-1977)”, en Manuel Ortiz Heras (coord.), Culturas políticas del nacionalismo español. Del franquismo a la transición, La Catarata, Madrid, 2009, pp. 219-243

[16] Siempre hubo colectivos que dieron a la red una cierta estabilidad, convirtiéndola en “red fundamental”, y nunca faltaron tampoco ese tipo de iniciativas puntuales o testimoniales, en todo caso menos militantes y comprometidas, que son las propias de una “red instrumental”. Pedro Ibarra observa dentro del movimiento pacifista y antimilitarista una “red fundamental” de grupos permanentes de activistas y una “red instrumental” de grupos que actúan de forma más coyuntural (véase Pedro Ibarra, Manual de sociedad civil y movimientos sociales, Madrid, Síntesis, 2005).

[17] Entrevista realizada a Pepe Beunza (15/07/2009).

[18] Los objetores de Can Serra elaboraron un libro colectivo (Los Objetores: Historia de una acción) y un reportaje que ilustra su compromiso con un pacifismo no violento, antimilitarista y anti-OTAN que se coordinara con otros movimientos sociales. Véase Can Serra: la objeción de conciencia en España (1976), Cooperativa de Cinema Alternatiu (disponible on line: http://www.archive.org/details/obje...). En la cinta puede oírse la voz de Pepe Beunza –entonces comprometido con la Comisión nacional Justicia y Paz- defendiendo un servicio civil que fuera “una contribución a las luchas que desde diferentes sectores (la lucha obrera, la lucha campesina, los colegios profesionales, la lucha de barrios) trabajan en este país desde hace más de treinta años para conseguir unas estructuras justas y democráticas que nos permitan vivir como personas”.

[19] Esteban Zabaleta Cestau, del grupo de objetores de Can Serra (entrevista escrita remitida el 11/10/2009).

[20] Rafael Sainz de Rozas, “Objeción de conciencia al servicio militar”, en Juan Ramón Capella (coord.), Las sombras del sistema constitucional español, Trotta, Barcelona, 2003, pp. 249-292; Carmen Gordon-Nogales, “La transición desarmada: objetores, política y prensa en la transformación de las Fuerzas Armadas en la España democrática”, @mnis: Revue de Civilisation Contemporaine de l’Université de Bretagne Occidentale EUROPES / AMÉRIQUES (http://www.univ-brest.fr/amnis/); y Pedro Oliver Olmo, “Los iniciadores del movimiento de objetores…”.

[21] A la bibliografía que venimos citando habría que añadir el libro colectivo que firma el propio MOC para hacer balance de su trayectoria: Movimiento de Objeción de Conciencia,

En legítima desobediencia: tres décadas de objeción, insumisión y antimilitarismo, Traficantes de Sueños, Madrid, 2001 (para completar la información referida al antimilitarismo durante la Transición, véase el capítulo firmado por Ramón Carratalá, págs. 91-135).

[22] Durante la dictadura algunas revistas de la Iglesia, como Vida Nueva y El Ciervo, ya habían servido como refugio y soporte del mensaje y de la práctica desobediente de los primeros objetores de conciencia (véase Pedro Oliver Olmo, “Los iniciadores del movimiento de objetores…”.

[23] Enric Prat, Moviéndose por la paz… pág. 51.

[24] Más habría que decir sobre la experiencia pacifista catalana, y por ello remitimos al lector al libro citado de E. Prat.

[25] Entrevista escrita realizada a Quico Porret (remitida el 13/12/2009).

[26] Entrevista escrita realizada a Rafael Rodrigo Navarro (remitida el 01/11/2009).

[27] Agradezco a AA-MOC de Valencia la consulta del documento titulado “Memoria Histórica del MOC de València (1970 – 2000), elaborado en diciembre de 2000. Ahí se detalla la información referida a los ’70, recabada con fuentes orales y documentales producidas por el propio MOC (actas, notas, panfletos, etcétera).

[28] Sabino Ormazabal, 500 ejemplos de no violencia. Otra forma de contar la Historia, Manu Robles-Arangiz Institutua, Bilbao, 2010, pág. 59.

[29] Entrevista escrita remitida por Sabino Ormazabal el 21/10/2009. También nos recuerda que, en 1978, la organización juvenil Gaztedi Abertzale Iraultzaileak (GAI) ya había publicado un monográfico antimilitarista.

[30] Sabino Ormazabal, 500 ejemplos de no violencia… págs. 64 y ss.

[31] Entrevista oral realizada a Ovidio Bustillo García en Madrid el 28/11/2009.

[32] Pope Godoy, destacado participante en las célebres protestas de la albañilería en la Granada de 1970, recuerda que organizaron un grupo de No Violencia con el que, además de cuestiones específicas relacionadas con la paz y la objeción de conciencia (aunque no tuvieron objetores en su seno), en la práctica dedicaron sus esfuerzos a causas sociales muy concretas, como la lucha contra la subida de los billetes del transporte urbano. Asimismo no se obviaba la dimensión más personal de la noviolencia como filosofía de vida (entrevista realizada a Pope Godoy, 14/11/2009).

[33] Son palabras de Antonio Ruiz Zamora, militante de los grupos de No Violencia y del movimiento antinuclear en Andalucía (entrevista escrita remitida el 05/11/2009).

[34] Lo explica May Ruiz de la Rosa con su experiencia, la que es extensible a otras mujeres que militaban en el MOC “Mi militancia empezó en el año 79 en el Grupo de Objetores de Conciencia de Sevilla. En paralelo, participaba en el Movimiento Feminista Estatal desde el Grupo Feminista de Sevilla” (entrevista escrita remitida el 15/11/2009).

[35] Para Adrián Collado Elías no es pura casualidad que en la lista de apoyos a los objetores de Can Serra figurara un maestro andaluz que firmaba como Juanmanué (véase Los Objetores. Historia de una Acción, p. 117). Al parecer, era Juan Manuel Sánchez Gordillo, el futuro alcalde de Marinaleda, uno de los líderes carismáticos del SOC (Sindicato de Obreros del Campo), fundado en agosto de 1977, en el que militaron también algunos curas obreros, como el emblemático Diamantino García (entrevista escrita remitida por Adrián Collado el 16/10/2009).

[36] Zaragoza rebelde. Movimientos sociales y antagonismo 1975-2000″, Colectivo ZGZ Rebelde, Zaragoza, 2009.

[37] Cristino Barroso Ribal, “El movimiento pacifista en Canarias”, Disenso, número 45, , Santa Cruz de Tenerife, noviembre 2004, págs. 14-17

[38] Jesús Castañar Pérez, Breve historia de la noviolencia, Ediciones Pentapé, Madrid, 2010.

[39] Dice Ramón Carratalá (comprometido durante décadas con la no violencia y la objeción de conciencia) que en los años ’70 “no nos gustaba llamarnos pacifistas”, y que no recuerda que hubiera grupos, partidos, plataformas, coordinadoras o asociaciones que se autodenominaran de esa manera (entrevista escrita remitida el 22/02/2010).

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