El Stalingrado colombiano II

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

 “Nosotros, al igual que la inmensa mayoría del pueblo colombiano, pertenecemos a la estirpe mundial de mujeres y hombres a quienes un soberbio poder celestial desterró del paraíso. Siempre nos negaremos a aceptar la imposición de verdades absolutas. Nuestro destino es recuperar lo que nos pertenece. Proclamamos nuestra verdad: este conflicto no tendrá solución mientras no sean atendidas nuestras voces.”

Timoleón Jiménez

 

En líneas anteriores analizábamos la difícil posibilidad de una rendición incondicional por parte de la insurgencia ante la última fase del Plan Colombia, el Plan Consolidación, que ya cobró la vida de su máximo comandante Alfonso Cano. Un factor clave en el desenlace de toda guerra es la fuerza y decisión de sus combatientes; es la única tuerca que no acaba de encajar en el engranaje maquinado por Washington y la mafiosa élite colombiana, que espera infructuosamente deserciones masivas y el derrumbe de las estructuras subversivas sometidas a la más dura presión, al peor asedio de su historia. La guerrilla no era, cómo se creía, un conglomerado de bandoleros corrompidos por el narcotráfico, sino una muralla edificada con la paciencia de medio siglo que caerá de pié, si cae.


Los estrategas

En la cúspide de esa muralla se encuentra un hábil intelectual que puede ser más intransigente aún que su antecesor. Como un juego de las coincidencias, Timoleón Jiménez –cuyo nombre verdadero es Rodrigo Londoño Echeverri- asume el mando de las FARC en un momento crítico decisivo, con el mismo nombre de guerra que tuvo uno de los generales famosos de la batalla de Stalingrado: Timochenko. La zona de influencia de sus hombres en el Catatumbo (Nororiente, frontera con Venezuela), es según el diario El Espectador la segunda en número de ataques y hostigamientos guerrilleros después del Cauca.

 

TIMOCHENKO.jpg

Timoleón Jiménez “Timochenko”, su verdadero nombre es Rodrigo Londoño Echeverri. Oriundo de Calarcá, un pueblo en la región cafetera, este médico cardiólogo especializado en la Unión Soviética y veterano de la insurgencia es ahora el máximo comandante de las FARC. Miembro de la dirección de la guerrilla desde hace décadas, se le tiene por el artífice de la contra-inteligencia guerrillera.

 


Por otra parte, en el Cauca se encuentra Miguel Ángel Pascuas, un campesino de presunto origen indígena que fue fundador de la guerrilla comunista al lado de Manuel Marulanda y Jacobo Arenas. Es el último “histórico” en las filas de las FARC. Este guerrillero septuagenario es el responsable de ejecutar la nueva táctica subversiva que diluyó la guerra a niveles incontrolables por las fuerzas armadas, metidas en un pantanal en el que los únicos resultados convincentes los proporcionan golpes de la aviación y asesinatos selectivos de comandantes gracias a las labores de inteligencia. El “sargento” Pascuas como se le conoce en la zona, despliega una ofensiva continua desde hace por lo menos cuatro años en series de ataques atomizados y asimétricos dónde a veces participan sólo cuatro o cinco efectivos, que golpean los contingentes militares causando alguna baja y se repliegan rápidamente entre las montañas. Recientemente se supo que a raíz de la muerte de Alfonso Cano, Miguel Pascuas envió una grabación a Caracol Radio, la principal cadena de emisoras del país, insistiendo en la necesidad del diálogo. La grabación, obviamente, no ha salido a la luz pública.

MWSnap018.jpgEl segundo de izquierda a derecha es Miguel Ángel Pascuas o “Sargento Pascuas”, el hombre más viejo dentro de las FARC. Este combatiente de 70 años es el cerebro detrás de la encrucijada que hace arder la región montañosa del Cauca, al suroccidente del país, una zona de difícil acceso que la guerrilla ha defendido con una tenacidad asombrosa.

 


En el lado opuesto el estratega es un cachorro de gorila, Juan Carlos Pinzón, joven y apuesto miembro de una reputada familia de militares, quién no ha tenido mucho contacto directo con la crudeza del conflicto, aunque creció dentro de uno de sus bandos. De férrea tradición castrense, es un hombre de plena confianza dentro de las fuerzas militares, compleja red de poderes que no siempre se entiende con la autoridad civil. Resulta inverosímil imaginar a este muchacho de clase acomodada diseñando planes y contemplando mapas con sus generales (que tampoco van al combate) desde el Ministerio de la guerra en Bogotá mientras su opositor es un astuto anciano campesino proveniente de lo más profundo de las cordilleras, que no duerme dos días en el mismo sitio y encaneció con el resonar de medio siglo de balaceras. Ninguna imagen resume mejor la naturaleza del conflicto colombiano. Ninguna nos explicará mejor porque parece una confrontación eterna e irresoluble.

 

MWSnap017.jpgEl nuevo Ministro de la guerra, Juan Carlos Pinzón es un joven y aguerrido defensor de la institución castrense. De una familia acomodada de militares, es un hombre de plena confianza para las fuerzas armadas que tuvieron serios roces con los anteriores ministros Rodrigo Rivera y Gabriel Silva Luján. Su política mezcla una prudencia hermética en las palabras con una mano de hierro en los actos.

 

La estrategia

En un consejo de seguridad esta semana el Ministro Pinzón anunció un cambio de estrategia para contener la insurgencia, fundamentado en inundar de tropas las áreas guerrilleras y distribuir grupos pequeños de soldados que operen de igual forma como lo hacen los subversivos, lo que hipotéticamente busca cierta invulnerabilidad ante el desgaste producido por la guerra asimétrica de baja intensidad y los continuos hostigamientos. Igualmente ofreció cuantiosas recompensas a cambio de información sobre las ubicaciones de los comandantes rebeldes.

La guerrilla por su parte necesita mantener sus estructuras intactas a pesar de las bajas, algo que ha conseguido aún en contra de enormes dificultades. Mientras tanto desarrolla una serie de hostigamientos continuos y ataques a las avanzadas militares en los pueblos, fortaleciéndose en las zonas urbanas. Los insurgentes no parecen interesados en volver al modelo de confrontación de los años 90 donde movilizaban hasta mil combatientes para la toma de poblaciones o la destrucción de guarniciones militares, entre otras cosas porque aquello es irrealizable en la situación actual. Se encuentran concentrados en reorganizar estructuras de milicias y redes de acción urbanas o semi-urbanas que son prácticamente imposibles de combatir en el esquema convencional para el cual el Ejército colombiano se apertrechó con los miles de millones de dólares del Plan Colombia. De hecho, de migrar la confrontación hacia los perímetros urbanos, medio millón de hombres en armas quedarán emboscados en laberintos de callejuelas y miserias como sucedió a los norteamericanos en Fallujah o Mogadiscio, improvisando lo que será una olla a presión a la colombiana que nadie quiere imaginarse. Una guerra dentro de las ciudades en el país más violento del hemisferio occidental sería la antesala del infierno. El gobierno colombiano se prepara para ello implementando fuertes cinturones de control de la población urbana, aumentando el pie de fuerza en antidisturbios y técnicas de seguridad por cuadrantes. Ya nos avisó Mike Davis: el nuevo escenario de confrontación global está en las barriadas de las grandes urbes tercermundistas.

 

Las ruinas de la batalla

Volvemos al análisis de Antony Beevor sobre Stalingrado; lo que inicialmente se creyó era un éxito rotundo de los nazis en la batalla se convirtió luego en su perdición: la destrucción desmedida y premeditada de la ciudad por los bombardeos transformó el área en un descomunal campo de ruinas de las cuales se sirvieron los soviéticos para tender la brutal zancadilla a un Ejército que aunque mejor armado y preparado, no estaba en condiciones de asumir un tipo de confrontación irregular que le quebró definitivamente.

Las élites colombianas cantan victoria porque su camino de “secarle el agua al pez” desalojó tras sucesivas masacres y operaciones de gran envergadura a millones de campesinos en las zonas rurales, para que las guerrillas quedaran definitivamente sin sustrato. El doble propósito, tal que suele suceder siempre, era tanto político como económico: dejar sin base social a la insurgencia y abrirle paso a las aplanadoras multinacionales y terratenientes en regiones llenas de riquezas y potencialidades. Esa es la cara de la guerra que vemos hoy: una guerrilla aislada y acorralada, mientras cinco millones de campesinos trashumantes se apilan coqueteando con el hambre y la desesperación en los suburbios de las ciudades.

Y esas son, precisamente, las ruinas de la batalla. El reto de la insurgencia, comprendido por Alfonso Cano y por su sucesor, consiste en romper el aislamiento político y militar manteniendo las estructuras intactas, para lograr un posicionamiento en las grandes urbes. Ya no se trata de ganarle la pelea al Ejército en las montañas, sino de llevar la guerra al corazón mismo de los núcleos urbanos. No es un reto fácil, contando ahora con que las estructuras guerrilleras se revelan más débiles que nunca. El Ejército colombiano aplica así la costumbre israelí de atacar blancos estratégicos (“objetivos de alto valor” según la jerga local) con asesinatos selectivos de sus comandantes para “descabezar” a los rebeldes.

¿Quién ganará la guerra? Alfredo Molano habló el año pasado de un “empate estratégico” donde ninguno de los dos bandos podía definir nada. Tras la muerte de Cano tal apreciación parece falsa, flota en el ambiente la sensación de que son momentos claves y decisivos. Sin embargo hacer afirmaciones apresuradas conlleva incurrir en errores. Mil veces se ha proclamado el fin de la insurgencia, para que vuelva y resurja en las condiciones más improbables, lo que hace pensar que la violencia en Colombia no es sólo un problema de voluntad política o de intransigencia, ni siquiera de condiciones técnicas o geográficas, sino fundamentalmente un rostro diáfano de la composición social con sus terribles desigualdades. Parece que todo depende del desenlace del conflicto en el Cauca principalmente, y otras regiones como el Catatumbo. Si la guerrilla reconvierte su estrategia el poderoso Estado Colombiano entenderá que no ha ganado nada todavía, pero entonces no será un conflicto que se libra a muchos kilómetros de sus oficinas en zonas agrestes y selváticas, sino que estará resonando en sus narices, agazapado a la vuelta de cualquier esquina.

 

 

Camilo de los Milagros.

Nota anterior

 

Comentar este post