En Austria “queremos una revolución”

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

Contra la xenofobia

En Austria “queremos una revolución”

En Salzburgo invitamos a otra gente de izquierda y le ofrecemos una plataforma para informar sobre sus luchas y vamos a otros foros para discutir sobre nuestra situación.

Comité de Solidaridad México- Salzburgo

Austria, Salzburgo

Salzburgo, Austria.Tres jóvenes  hablan desde sus diferentes frentes de la rebelión contra la realidad racista y conservadora de su país.

 ”Yo quisiera un mundo en el que las personas no estén expuestas a la discriminación” 

Soy austriaca y formo parte de un colectivo en Salzburgo, que se moviliza para mejorar las condiciones de vida. Luchamos desde diversos frentes para lograr lo que consideramos una vida digna.

Soy feminista, anarquista y no creo en los Santos Reyes. Vivo en comunidad y desgraciadamente estoy condenada de por vida a vender mi trabajo por un salario. Contribuyo desde hace años con diversos grupos (Centro de Información, Hermanas en Resistencia, Termita). Nos vemos como parte de una red mundial de movimientos emancipadores de izquierda, y tenemos estrecho contacto e intercambio con otros grupos en Austria, Alemania, Suiza e Italia. En el fondo queremos una revolución, pero desgraciadamente el capitalismo ha sido muy terco hasta ahora.

Después de la quiebra de los bancos en los Estados Unidos, la izquierda europea temió que la crisis afectara a la modesta población trabajadora, y que seríamos nosotros quienes finalmente la pagaríamos. En Austria, la resistencia contra esa situación apenas se sintió, fue imposible movilizar masas más amplias. La gente tenía miedo, pero sólo unos pocos salían a las calles. A fin de cuentas sí sentimos la crisis. Desde el cambio de gobierno de 1999 reina en Austria un rudo clima conservador. Tal clima se recrudeció durante la crisis. Eso fue evidente por el rápido desmantelamiento de las prestaciones sociales con el pretexto de la necesidad del ahorro. Gran parte de la población se dio cuenta, pero no consideró la posibilidad de defenderse.

En Austria, los medios oficiales y la política fomentaron el odio, o cuando menos la incomprensión, hacia la gente que se rebelaba contra la crisis en Grecia, España y Portugal. En muchos casos, esto reforzó el racismo cotidiano y la xenofobia, que en Austria tienen raíces profundas en la historia y que se expresa casi en todos los estratos sociales.

Austria, Salzburgo

Nosotros tratamos de combatir estos y otros prejuicios mediante discusiones con la gente. Sin embargo, en muchos los prejuicios casos están profundamente arraigados. Un ejemplo de ello es el miedo a las bandas rumanas de mendigos. Hace aproximadamente un año proliferaron en las calles de Salzburgo pordioseros que pedían dinero. Después de que algunos diarios convocaron a no darles nada porque aparentemente estaban organizados (supuestamente eran traídos a Austria en camiones y obligados a pedir limosna, la cual tenían que entregar a sus patrones). Desde ese momento, el público lo discute permanentemente y si quiere dar algo, se le conmina a que no lo haga porque no está permitido. Nosotros vemos a esas bandas de mendigos como un signo de que en muchos países de Europa ya no se puede sobrevivir mediante el trabajo.

Así, la mayor parte del tiempo lo pasamos hablando con la gente para trasmitir nuestras ideas a la población. Para nosotros es importante no agitar, sino invitar a la reflexión sobre su parecer y a participar con nosotros. Para [2] ello organizamos foros de debate, cineclubes, exposiciones, cocinas populares y festivales. Invitamos a otra gente de izquierda y le ofrecemos una plataforma en Salzburgo para informar sobre sus luchas y vamos a otros foros para discutir sobre nuestra situación.

Otra lucha concreta en Salzburgo – que ya lleva años – es la movilización por el derecho de toda mujer a decidir libremente sobre su cuerpo (en Austria no existe el derecho al aborto, que formalmente es ilegal pero no es penado). Desgraciadamente, esto no es entendido en Austria y sobre todo en Salzburgo (ciudad ultra católica). Luchamos por la igualdad de género de las mujeres y contra la discriminación en cualquiera de sus formas.

Los problemas cotidianos a combatir por cada uno son la gran carencia de viviendas y las rentas caras, los altos costos de los servicios y las malas condiciones de trabajo. Salzburgo es una ciudad que vive del turismo, en la que su población habitual normalmente no gasta mucho.

Yo quisiera un mundo más allá de los apremios laborales y productivos que resultan del pertinaz desarrollo moderno. Un mundo en el que las personas no estén expuestas a la discriminación y que se presten entre sí un mínimo de respeto.

Personalmente deseo vivir en un mundo de colectivos que decidan en cada caso sobre sus asuntos más importantes. En la convivencia con otras personas de izquierda experimento constantemente que en conjunto se puede avanzar mejor y más rápido hacia la producción de ideas creativas. Creo que los colectivos son la forma más útil de una estructura de decisión. En el fondo vivimos esta vida en Salzburgo, en nuestros espacios de izquierda, como si no existiera un sistema estatal que nos impone su jerarquía en forma de obligaciones y represiones sin sentido con todo lo que no corresponda a la norma.

“Precisamente por esas injusticias debemos seguir luchando”

 

Soy austriaca y tengo 20 años, acabo de mudarme a la pequeña ciudad turística centroeuropea de Viena, la capital de Austria, para estudiar. Aquí vivo en comunidad con dos amigos. Estudio ciencias políticas, un estudio que nadie inicia con perspectiva laboral, pero mis padres me apoyan y tengo tiempo para participar en grupos políticos. Así, participé durante el último año en el SUB, un espacio libre, en el que veo – a fin de cuentas – una posibilidad de arrancar a la gente de su indiferencia y de combatir su falta de participación.

La feria de San Ruperto se celebra en el centro de Salzburgo durante los últimos días soleados, antes de que el invierno y la nieve caigan sobre nosotros. La carpa de cerveza, los caballitos y el túnel del terror ya están armados, se ofrecen salchichas fritas, la banda toca y las familias acuden en masa, vestidas con sus trajes austriacos tradicionales. Las mujeres llevan su vestido con mandil, llamado dirndl (o vestido tirolés aunque Salzburgo no está en el Tirol) y los hombres lucen su pantalón corto de cuero. A mí y a la gente de izquierda, tal atuendo nos produce de inmediato asociaciones negativas: la clara distribución de los roles de género y el orgullo nacional – rápidamente transformado en xenofobia – nos disgustan. Aquí no se trata de personas oprimidas, sino de un sentimiento de superioridad basado en la cultura.

Mis luchas abarcan trabajo político con el que espero mejorar en algo el mundo, mientras que  me confronto con mis privilegios personales, los que poseo gracias a mi origen: ¿qué significa para mi vida tener un pasaporte austriaco o piel clara? ¿Y qué significa esto para aquellos que no los tienen? ¿Y qué significa para mí obtener protección y asistencia de un Estado al que quiero combatir por su complicidad en la violación de los derechos humanos?

Los temas que me preocupan son sobre todo la horrenda política de asilo y el racismo existentes en Austria, aunque también asuntos como la igualdad de mujeres y hombres, por ejemplo el hecho de que aquí la interrupción del embarazo todavía sea ilegal aunque no sea castigada, pero siga siendo ilegal.

A pesar de todo, frecuentemente me resulta fácil comprometerme políticamente. Una hace un poco por acá, un poco por allá, firma una petición, colecta donativos, participa en asambleas o distribuye volantes. El tiempo está saturado, y a pesar de ello al final no ha cambiado nada. Pero cuando los y las activistas actúan de verdad, evitan una deportación o le producen un golpe  a la economía, entonces el Estado se quita la máscara asistencialista y reprime a esos movimientos sociales. En Austria, esto significa procesos largos, caros y desgastantes para los afectados. Para aquellas personas que no tienen la ciudadanía austriaca, todo resulta más difícil porque les amenaza la deportación. Pero precisamente por esas injusticias debemos seguir luchando.

Austria, Salzburgo

Soñar contra la realidad

 “El futuro depende de la gente comprometida”

Una sociedad en la que el trato mutuo sea solidario, igualitario y respetuoso. En la que haya libertad irrestricta de movimiento y acceso universal a los recursos. Donde las personas puedan decidir con libertad cómo organizar su vida. En la que las mujeres ya no estén expuestas a la violencia, la pobreza y la discriminación. Donde la palabra “dominación” haya quedado en desuso. Esos son mis sueños, claro que se contradicen con la realidad. Ésta se muestra totalmente diferente, tanto en Europa como en el contexto internacional.

Las fronteras que se cierran para excluir a personas que huyen de los efectos de la guerra y la destrucción son parte cotidiana de la política europea. Muchos de los afectados mueren durante la travesía de la costa norafricana en dirección de tierra firme europea. Y si llegan son detenidos en campamentos donde apenas hay dormitorios y alimentos, y donde su viaje es detenido o al menos obstaculizado. Los documentos provisionales que les expiden no valen ni la tinta con la que están escritos. En la frontera con el país siguiente son detenidos nuevamente. Sus posibilidades de conseguir un permiso de estancia o de obtener un trabajo son muy pocas. Los países participantes no les dan ninguna respuesta hasta que se les termina el plazo, luego son apresados y deportados a su país de origen. Lo que allá les suceda poco importa a las oficinas burocráticas.

Junto a una “política de asilo” racista y misántropa, Europa también se distingue por su ceguera ante las evoluciones de la extrema derecha. Los partidos políticos cuya orientación ideológica se ocupa esencialmente de ambiciones autoritarias, de azuzar contra las minorías, de la aclamación nacional y de la patria, pueden acudir sin problemas a la contienda electoral. Las marchas nazis, las declaraciones antisemitas, las agresiones y expulsiones de personas pueden llevarse a cabo sin la intervención oficial.

Lo que es bueno para la economía también es bueno para la gente. En el contexto internacional poco se modifica el efecto de la realidad: regiones destruidas, agua contaminada, personas desplazadas y amenazadas aquí y allá. Empresas transnacionales -frecuentemente arraigadas en Europa- llevan a cabo sus pequeñas y grandes guerras en complicidad con los gobiernos, contra los países y pueblos que pierden la tierra y la vida.

Los medios que pudieran informar están en manos de los poderosos o expuestos a la represión masiva. A fin de cuentas, el futuro depende de la gente comprometida. Soy fotógrafa “por la libre” y enseño en una escuela técnica. Parte del programa es el análisis crítico de imágenes y contenidos de los medios, para ver quiénes o qué están detrás. El conocimiento de proyectos que informan acerca del revés de la medalla, que no se doblegan ante las corrientes en boga, sino que informan con valor sobre las causas y correlaciones, ésa es otra parte del programa docente. Otro aspecto es el hecho de que la producción en los medios independientes ofrece la posibilidad de influir, de poder influir, de ser parte activa de la sociedad. La mayoría de mis trabajos fotográficos se ubican en el ámbito de la documentación. Movimientos sociales y sus formas de acción, individuos y mayorías, cambios imperceptibles de lugares y su efecto sobre la gente, esos son los temas que me ocupan.

Me parecen esenciales las redes de izquierda -tanto en el contexto nacional como internacional- como gérmenes en resistencia contra este sistema El intercambio de informaciones, las acciones conjuntas y la actuación solidaria que traspasa los alambrados y murallas de los poderosos, de modo que algún día caigan y no puedan ser reconstruidas. Sueño con la palabra “dominación” como conjunto desconocido de letras que nadie entiende porque ya no tiene uso práctico.


 

Gegen Ausländerfeindlichkeit

In Österreich „wir wollen eine Revolution“

Im Grunde wollen wir eine Revolution, aber leider war der Kapitalismus bis jetzt sehr hartnäckig.

 

 

Salzburg, Österreich. Ich bin Feministin, Anarchistin, glaube höchstens an das „fliegende Spaghettimonster“, lebe in einer Wohngemeinschaft und bin leider dazu verdammt mein Leben lang meine Arbeitskraft für Lohn verkaufen zu müssen. Ich arbeite seit mehren Jahren in verschiedenen lokalen Gruppen mit (Infoladen, Sisterresist, Termit). Wir sehen und als Teil eines weltweiten Netzwerkes linker emanzipatorischer Bewegungen und sind in engen Kontakt und Austausch mit anderen Gruppen in Österreich, Deutschland, Schweiz und Italien. Im Grunde wollen wir eine Revolution, aber leider war der Kapitalismus bis jetzt sehr hartnäckig.

Nach der Pleite der Banken in den USA wurde von den europäischen Linken befürchtet, dass die Krise auf die einfache arbeitende Bevölkerung abgewälzt werden und dass wir es sein würden, die letztlich die Krise bezahlen würden. In Österreich war der Widerstand dagegen kaum spürbar, es war nicht möglich größere Massen zu mobilisieren. Die Menschen hatten zwar Angst, aber es gingen nur wenige auf die Straße. Letztlich ist die Krise doch für uns spürbar. Bereits seit dem Regierungswechsel 1999 herrscht in Österreich ein raues konservatives Klima. Dieses Klima hat sich in der Krise weiter verstärkt. Spürbar war dies in einem schneller vorangetriebenen Sozialabbau, der damit gerechtfertigt wurde, dass wir nun sparen müssen. Ein Großteil der Bevölkerung erkannte dies an und kam nicht auf die Idee, dass man sich dagegen wehren könnte.

In Österreich wurde seitens der öffentlichen Medien und der Politik Hass oder zumindest Unverständnis gegen die Menschen in Griechenland, Spanien, Portugal geschürt, die gegen die Krise rebellierten. In vielen Fällen verstärkte das den alltäglichen Rassismus und Ausländerfeindlichkeit, die in Österreich geschichtlich tief verwurzelt ist und quasi in allen Schichten ausgeprägt zu finden ist.

Wir versuchen diesen und anderen Vorurteilen durch Diskussionen mit den Menschen entgegenzuwirken. In vielen Fällen sind die Vorurteile aber sehr tief angesiedelt. Ein Beispiel dafür ist die Angst vor rumänischen Bettler-Banden. Vor circa einem Jahr gab es in Salzburg vermehrt Bettler_innen, die auf der Straße um Geld baten. Nachdem einige Zeitungen dazu aufriefen, dass man den Leuten nichts geben sollte, weil jene scheinbar organisiert wären (sie würden in Lastwagen nach Österreich gekarrt und hier zum betteln gezwungen und müssten sowieso alles an ihre Bosse abliefern). Seit diesem Zeitpunkt wird in der Öffentlichkeit ständig darüber diskutiert und wenn man ihnen etwas geben will, wird man von Leuten ermahnt, dass man das nicht tun dürfe. Wir sehen diese Bettler- Banden als Zeichen dafür, dass es in vielen Ländern Europas nicht mehr möglich ist durch Arbeit zu überleben.

Die meiste Zeit verbringen wir also damit, mit Menschen zu reden und unsere Ideen unter die Bevölkerung zu bringen. Es ist uns wichtig Menschen nicht anzuagitieren, sondern sie einzuladen ihre Meinung zu reflektieren und bei uns mitzumachen. Dazu organisieren wir Diskussionsveranstaltungen, Filmabende, Ausstellungen, Volxküchen und Feste. Wir laden andere linke Menschen ein und bieten ihnen eine Plattform in Salzburg über ihre Kämpfe zu berichten und fahren selbst auf andere Diskussionsveranstaltungen um über unsere Lage zu diskutieren. Ein weiterer konkreter Kampf in Salzburg, der schon Jahre andauert ist, dass wir uns für das Recht jeder Frau über ihren eigenen Körper frei zu entscheiden einsetzen (in Österreich gibt es kein Recht auf Abtreibung, eine Abtreibung ist formal illegal, aber straffrei). Leider ist das ist Österreich und vor allem in Salzburg (erzkatholische Stadt) nicht selbstverständlich. Wir kämpfen für eine Gleichstellung der Frauen und gegen Diskriminierung in jeglicher Form. Probleme die jede_r von uns tagtäglich in Salzburg ausfechten muss, sind eine große Wohnungsnot bei ehr hohen Mietpreisen, sehr hohe Betriebskosten für Wohnungen und prekäre Arbeitsbedingen.

Salzburg ist eine Stadt, die vom Tourismus lebt und in der für die normale Bevölkerung normalerweise nicht viel Geld ausgegeben wird. Ich wünsche mir eine Welt jenseits kapitalistischer Arbeits- und Produktionszwänge, die moderne und zugleich nachhaltige Entwicklung forciert. In der Menschen keinen Diskriminierungen ausgesetzt sind und sich gegenseitig ein Mindestmaß an Respekt zollen.

Ich persönlich möchte in einer Welt aus Gemeinschaften leben, die jeweils für sich selbst die wichtigsten Belange entscheiden. In der Gemeinschaft mit anderen linken Menschen erlebe ich es ständig, dass man gemeinsam produktiv kreative Ideen schneller und besser vorantreiben kann und ich glaube, dass dies die sinnvollste Form einer Entscheidungsstruktur ist. Im Grunde leben wir dieses Leben in Salzburg in unseren linken Räumen. Wäre da nicht ein staatliches System, dass uns seine Hierarchie in Form von sinnlosen Zwängen und Repressionen gegen alles was nicht der Norm entspricht aufdrückt.

,,Genau wegen dieser Ungerechtigkeiten müssen wir weiter kämpfen‘‘

Mit den letzten sonnigen Tagen bevor Winter und Schnee über uns hereinbrechen findet in Salzburgs Stadtzentrum der Rupertikirtag statt. Bierzelt, Kettenkarussell, Geisterbahn sind schon aufgebaut, Bratwurst wird angeboten, Blasmusik spielt und Familien strömen in österreichischer Tracht gekleidet herbei. Frauen tragen das sogenannte Dirndl, ein Kleid mit Schürze und die Männer Lederhosen. Bei mir und Leuten aus der linken Szene löst die Kleidung sofort negative Assoziationen aus. Die klare Rollenverteilung der Geschlechter und der Nationalstolz, der zu schnell in Fremdenhass übergeht behagen uns nicht. Es geht hier nicht um Leute, die unterdrückt werden, sondern um ein Überlegenheitsgefühl aufgrund der Kultur.

Aber genug von Salzburg, mit meinen 20 Jahren bin ich gerade von der kleinen, touristischen Stadt im Zentrum Europas nach Wien, Österreichs Hauptstadt, zum studieren umgezogen. Hier lebe ich in einer Wohngemeinschaft mit zwei Freunden. Ich studiere Politikwissenschaft, ein Studium, das mensch nicht wegen der Jobaussichten anfängt, aber meine Eltern unterstützen mich und mir bleibt Zeit mich bei politischen Gruppen zu beteiligen. So habe ich im letzten Jahr im SUB, einem „Freiraum“ mitgearbeitet, nicht zu Letzt, weil ich darin eine Möglichkeit sehe, Menschen aus ihrer Gleichgültigkeit zu reisen und ihre Teilnahmslosigkeit zu bekämpfen.

Meine Kämpfe beinhalten nach außen politische Arbeit mit der ich hoffe etwas in der Welt zu verbessern und nach innen Auseinandersetzungen mit meinen persönlichen Privilegien, die ich aufgrund meiner Herkunft habe. Was bedeutet es für mein Leben einen österreichischen Pass zu haben oder eine helle Haut? Und was bedeutet es für jene, die es nicht haben? Und was bedeutet es für mich von einem Staat Schutz und Fürsorge zu bekommen, den ich eigentlich wegen der Menschenrechtsverletzungen an denen er beteiligt ist, bekämpfen möchte.

Themen, die mich in meinen Kämpfen nach außen beschäftigen sind vor allem die fürchterliche Asylpolitik und der Rassismus, der in Österreich vorherrscht, aber auch Themen wie die Gleichstellung von Frauen und Männern, zum Beispiel ist Schwangerschaftsabbruch hier immer noch illegal, zwar straffrei gestellt, aber illegal.

Trotzdem erscheint es mir oft viel zu einfach mich politisch zu engagieren, mensch macht ein bisschen was, dort und da, unterschreibt eine Petition, sammelt Spenden, nimmt an Plena teil oder verteilt Flyer, die Zeit ist ausgefüllt und geändert hat sich danach trotzdem nichts. Doch handeln AktivistInnen einmal wirklich, Verhindern eine Abschiebung oder fügen der Wirtschaft einen blauen Fleck zu, lässt der Staat seine fürsorgliche Maske fallen und geht restriktiv gegen solche sozialen Bewegungen vor. In Österreich heißt das vor allem lange, zermürbende, kostspielige Prozesse für die Betroffenen. Für Leute, die keine österreichische Staatsbürgerschaft haben, ist das Ganze dann noch schwieriger, weil ihnen die Abschiebung droht. Aber genau wegen dieser Ungerechtigkeiten müssen wir weiter kämpfen.

Träumen im Widerspruch zur Realität

Eine Gesellschaft die solidarisch, gleichberechtigt und respektvoll miteinander umgeht. Es uneingeschränkte Bewegungsfreiheit und Zugang zu Ressourcen für alle gibt. Menschen sich frei entscheiden können, wie sie ihr Leben gestalten möchten. Frauen nicht mehr Gewalt, Armut und Diskriminierung ausgesetzt sind. Das Wort „herrschen“ im Sprachgebrauch verschwunden ist, weil es in der Praxis keinen Gebrauch mehr findet. Davon träume ich, allerdings im Widerspruch zur Realität. Diese zeichnet ein völlig anderes Bild, im internationalen, wie im europäischen Kontext.

Grenzen die dicht gemacht werden, um Menschen draussen zu halten, die auf der Flucht sind vor den Auswirkungen von Krieg und Zerstörung, gehören zur europäischen Alltagspolitik.Viele der Betroffenen kommen bereits bei der Überfahrt von der afrikanischen Küste in Richtung europäisches Festland, ums Leben. Wenn sie es erreicht haben, werden sie angehalten in Lagern, wo es kaum Schlafplätze gibt, die Versorgung mit Nahrungsmitteln nur schlecht funktioniert und ihre Weiterreise verhindert oder zumindest erschwert wird. Die Papiere die man ihnen vorübergehend ausstellt, sind nicht die Tinte wert, mit der sie geschrieben werden. An der Grenze zum nächsten Land, werden sie wieder angehalten. Ihre Chancen eine Aufenthaltbewilligung oder Arbeit zu bekommen, stehen schlecht. Die beteiligten Länder schicken sie im Kreis, bis ihre Frist abgelaufen sind, dann geht’s in Schubhaft und zurück ins Herkunftsland. Was dort mit ihnen passiert, kümmert die Behörden wenig.

Neben einer rassistischen, menschenfeindlichen „Asylpolitik“ zeichnet sich Europa auch durch seine Blindheit gegenüber rechtsextremen Entwicklungen aus. Parteien deren idelogische Ausrichtung sich im Wesentlichen mit autoritären Führungsansprüchen, der Hetze gegen Minderheiten, dem Hochleben der Nation und der Heimat beschäftigen, dürfen ohne weiteres zur Wahl antreten. Naziaufmärsche, antisemtische Äusserungen, Übergriffe und Vertreibungungen von Menschen, dürfen statt finden, ohne Einspruch der offiziellen Politik.

Was für die Wirtschaft gut ist, ist auch für die Menschen gut. Im internationalen Kontext verändert sich das Abbild der Realität nicht wesentlich, kaputte Landsstriche, verseuchtes Wasser, vertriebene und bedrohte Menschen, hier wie dort. Multinationale Konzerne, nicht selten mit europäischen Wurzeln, führen im Verbund mit den Regierungen der Länder, ihre kleinen und grossen Kriege gegen die Menschen, die Land und Leben verlieren.

Medien die darüber berichten könnten, sind entweder in Händen der Herrschenden oder massiver Repression ausgesetzt. Letztendlich kommts auf die Leute an, die dahinter stehen, deshalb erscheint mir euer Projekt um so wichtiger. Ich bin Freelance Fotografin und unterrichte an einer technischen Schule. Bilder und andere Medieninhalte kritisch zu analysieren und zu sehen wer oder was dahinter steckt, ist Teil des Programms. Das Kennen lernen von Projekten, die von der Kehrseite der Medailie berichten, die sich nicht dem Mainstream beugen, sondern couragiert über Hintergründe und Zusammenhänge berichten, ein weiterer. Der Aspekt dass emanzipative Medienproduktion, ihnen die Möglichkeit bietet Einfluss zu nehmen, sich als aktiven Bestandteil der Gesellschaft einbringen zu können. Meine fotografischen Arbeiten sind meist im dokumentarischen Bereich angesiedelt. Soziale Bewegungen und ihre Aktionsformen, einzelne Menschen und Mehrheitsgesellschaft oder schleichende Veränderungen von Orten und deren Auswirkung auf die Menschen, sind Themen die mich beschäftigen.

Wesentlich erscheinen mir darüber hinaus linke Netzwerke, im lokalen wie internationalen Kontext, als Keimzellen, im Widerstand gegen dieses System. Der Austausch von Informationen, gemeinsame Aktionen und solidarisches Handeln, dass sich über die Grenzzäune und Mauern der Mächtigen hinwegsetzt, sodass sie irgendwann fallen und nicht mehr aufgebaut werden können. Sich das Wort „herrschen“ wie eine unbekannte Ansammlung von Buchstaben anhört, die kein Mensch versteht, weil es in der Praxis keinen Gebrauch mehr dafür gibt.

 

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