Guatemala: Rigoberta no será presidenta… pero debería

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

Rigoberta Menchú, candidata del Frente Amplio –una coalición de partidos y movimientos de izquierda-, no será presidenta. Sin embargo, es la única que podría hacer algo por sacar a Guatemala del marasmo en el que se encuentra.


Rafael Cuevas Molina/Presidente AUNA-Costa Rica

rafaelcuevasmolina@hotmail.com


El 11 de septiembre próximo habrá elecciones generales en Guatemala, ese pequeño pájaro herido enclavado en la esquina norte de Centroamérica, centro geográfico de Mesoamérica, una de las áreas civilizatorias prehispánicas más esplendorosas.

El virtual ganador es el general retirado Otto Pérez Molina quien, como muchos de sus antecesores desde el siglo XIX, ofrece mano dura para resolver los problemas del país. Mano dura ha tenido Guatemala toda la vida, y el ejecutor central de esa política sempiterna ha sido el ejército guatemalteco y los grupos paramilitares de extrema derecha que la troglodita clase dominante del país ha organizado, financiado y protegido hasta hoy.

El general Pérez Molina fue uno de los conspicuos ejecutores de las horribles masacres que se llevaron a cabo en el altiplano occidental guatemalteco durante los primeros años de la década de los 80. El general niega que tales masacres hayan existido a pesar de las contundentes evidencias que han sido puestas al descubierto desde la década de los 90.

Rigoberta Menchú es, como todos saben, una indígena de la etnia maya quiché que, desde los 22 años, lucha en diferentes planos en contra de las injusticias abismales de su país. En 1992 se le confirió el Premio Nobel de la Paz, y una década después un antropólogo norteamericano de apellido Stolz, junto a otros académicos de esa nacionalidad y uno guatemalteco, trataron de desprestigiarla diciendo que mucho de lo que decía en el libro testimonial que la dio a conocer, Me llamó Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia (Premio Casa de las Américas 1984), era falso.

Rigoberta es una mujer que como tal, más por el hecho de su origen pobre e indígena, ha sufrido todo tipo de discriminaciones. En su temprana juventud mataron a varios miembros de su familia. Su padre, Vicente, murió calcinado en la Embajada de España después que la policía le prendiera fuego (con el embajador adentro) para terminar con la ocupación que un grupo de campesinos llevaban a cabo. Su hermano fue asesinado públicamente frente a su comunidad para escarmiento de todos los presentes. Trabajó como empleada doméstica en la capital del país, y sus patrones la alimentaron –según ella cuenta- peor que al perro de la casa.

Vivió varios años en el exilio y recorrió el mundo no solo denunciando las atrocidades que ocurrían en su país sino que, además, participó en algunas de las más importantes decisiones que ha tomado la ONU en los últimos 20 años en relación con los indígenas del mundo.

Rigoberta es descendiente directa de un pueblo que logró construir, en el pasado, una de las civilizaciones más brillantes del planeta: los mayas. Los rastros de esta civilización fueron arrasados en tiempos de la conquista española que, en el marco de su gesta “civilizatoria”, destruyó sus ciudades, quemó sus libros y masacró a sus pobladores. A pesar de todo ello, los mayas sobrevivieron hasta nuestros días guardando mucho de su cosmovisión original. Han sido, desde la conquista, los marginados entre los marginados, los vilipendiados, los tratados peor que animales, los caracterizados como haraganes, viciosos, tontos, feos y tramposos. Ser “indio” en Guatemala es estar condenado a vivir en la pobreza y la ignorancia por siempre.

La guerra que sacudió al país durante 36 años tuvo, entre sus efectos, que grupos de indígenas tomaran conciencia de su situación. Hoy, existe un creciente movimiento étnico que paulatinamente va ganando derechos.

Rigoberta Menchú es candidata presidencial por el Frente Amplio. Éste, es una coalición de partidos y movimientos de izquierda que, según las encuestas y la experiencia anteriores, no tiene la más mínima posibilidad de ganar las elecciones. Su plan de gobierno es coherente con lo que ha sido su experiencia de vida: apuesta por una sociedad menos desigual, más equilibrada, en la que todos tengan oportunidades. En un país como su país, esto es sinónimo de comunismo, y pone en alerta roja a una sociedad que se mueve con valores arcaicos.

Por eso, Rigoberta no será presidenta. Es la única, sin embargo, que podría hacer algo por sacar a Guatemala del marasmo en el que se encuentra. El país continuará en caída libre y las cosas, por lo tanto, estarán cada vez peor. Los mismos que mantienen el estatus quo sufrirán cada vez más los efectos de la situación que han creado: la violencia, la inseguridad, el caos, pero, miopes como son, le echaran el muerto a los designios divinos, la fatalidad del destino o al hecho de ser una “república de indios”. Su capacidad autocrítica que les permitiría darse cuenta que son ellos mismos los que, con su forma de actuar, se están suicidando, es nula.

Por eso, Rigoberta no será presidenta… pero debería.


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