Historia de vida: El lugar del no retorno.- Por Graciela Azcárate

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

Historia de vida

El lugar del no retorno

 

 

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¨El lugar del no retorno, es ese punto del espíritu donde la vida y la muerte; lo real y lo imaginario; el pasado y el futuro; lo comunicable y lo incomunicable cesan de ser percibidos contradictoriamente. Esa conciliación entre los opuestos es el lugar de no retorno¨.

 

Autor desconocido


 

Esto copié en mi cuaderno de notas el miércoles 8 de junio. Cuatro días después salí de viaje. Primero fui a Buenos Aires a buscar la herencia de mis padres. Desde 1977, no había regresado a la Argentina. Desde el 12 hasta el 19 de junio escribí día por día lo que esa ciudad, la gente, el recuerdo, mi presente y mi pasado, mis hijos,  mi vida fuera de ese país desde los 28 años en que me fui, los hechos que como la historia de esa otra Argentina desaparecida explicaban por qué he tardado tanto en recibir lo que me corresponde. Me dejó perpleja comprobar que yo había sido desaparecida en los registros civiles para que los de la familia de mi madre se quedaran con las casas legadas por mi padre. Así de terrible y así de sencillo. En Argentina te desaparecían en los setenta y en  el nuevo siglo también te desaparecen porque se quieren quedar con tus bienes. No hay ninguna historia mítica de guerra nacional ni de lucha por la patria, ni de izquierda ni derecha. Son unos vulgares ladrones. Punto

 

No fue como dice y escribió Sergio Ramírez Mercado en ¨Adiós muchachos¨ ni magnifico ni terrible, no fue como el relato de Dickens que él menciona para contar el tiempo del sandinismo y  la revolución de 1979. No. Para mí solo fue sanador. Sentí alivio.  Durante siete días recorrí  los lugares de la memoria acompañada de Juan Miguel, mi hijo menor. Busqué calles, las casas,  los frentes de las iglesias, las escaleras de la basílica donde me bautizaron un 5 de marzo de 1948, la  basílica  que guarda la imagen de la virgen del Pilar, que era un banco de sangre y la cárcel para los indios presos y ¨las chinitas¨ enviadas al destierro después de la Guerra del Desierto…

 

Enjuagué mis dedos en el agua bendita de la pila en que me bautizaron hace 63 años y  yo que soy atea, recé.  Fue una plegaria muy mía, tal vez con la misma ternura que me dio esa pobre y desdichada familia. Esa familia emparedada viva por una sociedad enferma en una casita humilde del oeste de Buenos Aires.

 

Desanduvimos las callecitas donde vivió mi maestro de pintura, busqué la  casa de mis tías y la casa de mis padres. Esa casa que finalmente fue vendida. Y cuando me paré frente a esa casa de mi infancia comprendí con todo el dolor de mi alma, con una serena convicción que era necesario ese viaje, ese recuerdo hecho presente, ese pararme frente a esa humilde ¨casita peronista¨ como dijo mi amiga de la adolescencia,  la dueña de la inmobiliaria que hizo las gestiones y al mismo tiempo me la compró.

 

 No pude entrar a la casa de Tuyuti 1083. Alguien había construido un muro por dentro. La puerta de entrada daba a un muro de concreto, la entrada lateral estaba tapiada también por una pared  de ladrillo. Mis padres, mi infancia, habían sido emparedados vivos…

 

Y no derramé una lágrima. No sentí nada más que agradecimiento por esos pobres padre míos  encerrados en una “casa tomada”, metáfora, alegoría siniestra de la sociedad argentina, tapiada, violada, sometida a la sevicia de sus propios hijos. En Buenos Aires ha estallado el escándalo de Las madres de Plaza de Mayo, de Shocklender, de Hebe Bonafini y de un fraude multimillonario a nombre de los desaparecidos de 1976 y el tan batido asunto de los derechos humanos utilizados mediáticamente por los Kirchner.

 

Como la casa tapiada de mis padres, en Argentina todo es un caos, un desorden, una corrupción sin freno disimulada en proclamas guerrilleras de hace treinta años. Ni asco, ni indignación, ni enojo. Nada. Me di cuenta que de a poco con este viaje  iba descubriendo mi lugar de no retorno.

 

Regresé. Al domingo siguiente, el 26 de junio viajé  a Cuba para participar con un grupo de consultores de  OPS en una visita a la Representación en La Habana.   Debíamos dar  asistencia técnica para el proyecto de patrimonio histórico y cultural de la salud pública  y visitar la  Casa  y el Museo Finlay que es además  de museo y  archivo,  la sede de la  Academia de Ciencias  de Cuba.

 

Mi primer viaje a Cuba fue en 1985,  invitada a la Bienal de Arte de La Habana. El último, fue en 1991, a Santiago de Cuba, invitada al Festival del Fuego junto a la delegación dominicana que era el país homenajeado.

 

Durante una semana recorrimos instituciones, casa de niños discapacitados, el Museo Finlay, bibliotecas, universidades…

 

Sentí latir el corazón del pobre pueblo cubano. Sentí piedad. En una de las instituciones visitadas un colectivo de ancianas nos dio la  bienvenida. Las Mariposas  tienen un coro de sesentaisiete ancianas que cantaron Cachita, nos sacamos una foto…

 

Mi cabeza canosa se perdió en aquella marea de cabelleras blancas. Se me hizo un nudo en la garganta y yo que no lloré frente a la casa de mis padres contuve las lágrimas por un montón de gente buena que está muy mal. Están cautivos desde hace 53 anos y sin embargo tratan de dar lo mejor de sí, tratan de mostrar que son trabajadores leales, agradecidos…

 

Uno de los integrantes del equipo de asistencia técnica es cubano. Un hombre sensible, culto, preparado… contó las mil una peripecias de estar como consultor en Brasil y no poder disponer de su salario por las burocracias del régimen. Nos invitó a cenar a su casa, nos cocinó unas pastas de ensueño y cuando  al día siguiente  terminamos nuestra misión nos llevó a pasear por la vieja Habana.

 

Ninguno de ellos se imagina ni sabe lo que pasó por mi cabeza  y menos por mi corazón. Detrás de ellos  desanduve esas calles que en 1987, me celebraron  los cuarenta años frente al mar de La Habana, ellos me llevaron sin saberlo de la mano por ese barrio donde está  la casita de José Martí, donde un cubano me besó bajo la lluvia,  sin rumbo, recorrimos las arcadas de esa ciudad que como dice Alejo Carpentier se puede recorrer en los mil artilugios de una columna jónica o dórica.

 

Lo que ellos ni se imaginan es que me reencontré con Amanda Gautier, la vieja de ochenta  años que en Suite Habana vende maní y ya no tiene sueños.

 

Les pedí que nos fotografiaran. Nuestras dos cabezas blancas se unieron, me vendió un cucurucho de maní.  No es la Amanda Gautier del documental. No. Pero como las ancianas de mi memoria, como la anciana de la casita peronista tapiada, como la cubana que vende maní en La Habana del 2011  esas dos mujeres,  la argentina y la cubana disuelven mis contradicciones, me sanan… sin saberlo, ellas me marcan el lugar del no retorno

 

Cuando regrese el 2 de julio, Santo Domingo estaba como ese relato de Naipul. El de las hormigas cíclicas, donde todo empieza y termina y se repite como una rueda sin fin, donde los presidentes se repiten, en  los fraudes, en  el narcotráfico, en donde llegó papá, o  donde el otro quiere hacer “un laboratorio de ideas” mientras el cólera, los impuestos, las tarifas de la luz, la hecatombe los acerca al precipicio de su abyección, a ese lugar común donde  estas elites compiten entre ellas a ver quién le pone más  trampas y encerronas a al pobre  pueblo bueno y sufrido. Una repetición agónica en cualquier lugar del planeta.

 

Al sábado siguiente en Guatemala mataron a tiros a Facundo Cabral. Me quedé muda de espanto. Había intentado escribir algo de todo lo vivido. Como a  Sabina yo pensé que “las musas han pasao de mi” hasta que esta mañana, varias amistades escribieron preguntando si estaba bien. También hace días Atea y sublevada preguntó por mí.

 

Si. Estoy bien. Solo salí de viaje y en un periplo que va desde Santo Domingo a Panamá, de  Buenos Aires  a  La Habana  descubrí que para mí,   la isla  de Santo Domingo es ese punto donde la vida y la muerte; lo real y lo imaginario; el pasado y el futuro; lo comunicable y lo incomunicable se concilian  y  aunque parezca mentira se convierta  en mi lugar del no retorno”.

 

Graciela Azcárate

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