Historia de vida: La loca de la 27 soy yo - Por Graciela Azcárate

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

 

Historia de vida

 


La loca de la 27 soy yo

 


Por Graciela Azcárate


Para Joan, Morelia y Jesús: ellos saben…

 

 

Querido director:
Si supiera don Rada*. Ella no tenía ninguna intención de escribirle.

Es más, ese día se levantó con la "loca de la casa" desatada y anduvo entre dilemas no sabiendo si ponerse vengativa o simplemente "desmelenarse", ponerse en vena lírica y preparar un almuerzo para unos cuantos fantasmas literarios.

La pobre profesora ese día se levantó atribulada y  con desasosiego, don Rada.  Desde hacía unos meses  se le aparecían en sueños, le decían cosas, le hacían señas. Ella de manera confusa sabía que tenía que hacer algo, que tenía que reparar el dolor de esas criaturas. Supo que  aquella vaga aparición de los chiquillos era símbolo y metáfora.

El fantasma de los tres adolescentes le removió el alma y los recuerdos.

Y entre sus libros, su memoria arcaica, la transformación que se le venía encima como una ola,  justo ahora a los sesenta años, le hizo comprender como diría su adorado novelista italiano "que un ánima que erraba en el espacio del éter me necesitaba para relatarse, para describir una elección, un tormento, una vida"

Por eso, le repito don Rada, usted no aparecía en sus proyectos y ni siquiera lo iba a invitar al almuerzo.

Ella, esa mañana supo que para describir el tormento de unas vidas, simplemente tenía que llamar a sus amigos escritores y pedirles consejo.

Convocar esa "confederación de las almas, y dejar que ese nuevo yo hegemónico como "Sostiene Pereira" dice, hiciera aparición y le indicara la acción justa y honrosa para escribir con propiedad.

Pedirles la receta para descifrar el tormento de unos niños y saber traducirlo en palabras.

Porque necesitaba la clave, el tono justo para contar ese dilema. Por eso llamó a los fantasmas de la literatura   y los convocó a un almuerzo.

Mire don Rada, a mí me daba pena verla  porque ese jueves desde temprano la pobre profesora se afanó para preparar una almuerzo que les diera gusto a sus invitados. Le cocinó un risotto de excepción al más puro estilo toscano a Tabucchi, se esmeró y eligió un buen vino para Carl Gustav Jung, puso un cerveza helada como le gusta beber a Ana María Matute, en el ático de su casa, mientras le contaba al periodista cómo era la Barcelona gris del franquismo de su juventud y cómo se vengó de esos cuarenta años de fascismo a través de la literatura. No supo con qué bocadillo o entremés homenajear al vasco, porque Ramiro Pinilla no bebe,  no fuma, nunca tuvo coche y desde que cumplió sesenta años se encerró en su casita de Guecho, en el norte del país vasco nada más que para escribir con ternura de sus criaturas literarias, echar leña en la estufa, descifrar la diferencia entre literatura y periodismo, pero sobre todo para escribir filoso y acerado como un metal  noble,  del nacionalismo vasco, de los curas, de los capitalistas, de los fascistas que todavía no han muerto y hacerlo a través de la ficción para darse el  gusto de matar a los canallas.

Con el polaco se quedó en babia y pensó en alguna receta africana porque él, Rizard Kapucinski, siempre se había puesto del lado de los sin voz  y en un género muy de él, una receta entre novela, autobiografía y reportaje había encontrado el resorte literario para hacer saltar por los aires la dictadura caricaturesca de Selasie y su corte asesina y rumbosa a través de la descripción de su perro con moños.

Con el que no tuvo dudas fue con el  dominicano. A él  debía hornearle unas galletitas de mantequilla como esas que le preparaba Leda veinte años atrás.

Fueron llegando de a poco, se instalaron en la sala del departamento, husmearon como sabuesos el olor delicioso del rissoto que derramaba el aroma del caldo con arroz, la mantequilla, las cebollas y las especias.  La risotada del suizo retumbó en el pequeño apartamento mientras cataba el borgoña y le  aconsejaba que siguiera su ejemplo.  Le dijo que no le tuviera miedo a la edad, porque él, a los 83 años, en la torre de Bolingen seguía reconstruyendo su identidad y la de  esa Europa cargada de la culpa colectiva por los desmanes de la guerra. Y todo eso lo hacía mientras tomaba vino, mucho, mientras escribía del inconsciente colectivo, vivía como un campesino suizo, remando, cortando leña y  labrando la genealogía de su familia en una roca a la entrada de su torre  simbólica.

Cuando llegó el portugués, se armó un entrevero literario, don Rada.

Le diré: el asunto versó sobre la lánguida memoria de una  Lisboa que era evocada de distintas maneras pero siempre sentida, entre Pessoa, Saramago y Tabucchi.

Hasta ahí todo iba bien, don Rada, pero la conga se armó cuando llegó el dominicano: ¿me comprende?* El caribeño* habló de que él escribía un cuento de una sola sentada, y que debía ser como el salto de un tigre. Limpio, ágil, elástico  y magnífico. Y ahí fue, con el salto del tigre ese de don Juan, don Rada, ahí fue que se armó el despelote.

Porque en ese momento fue que la vieja profesora, por esas manías de vieja periodista cultural abrió el ordenador, y ahí don Rada,  vio la foto de la loquita de la 27 que usted publicó en el diario de la tarde.

Todo se desordenó. Los seis escritores fantasmas, como los "Seis personajes en busca de autor" de Luiggi Pirandello se asomaron a la pantalla y la vieja profesora como una versión de "Sostiene Pereira" o  como el "Yo soy kosovar" del italiano  admirado interpretó el dilema que venía desde el sueño recurrente de unos adolescentes abandonados  hasta la imagen de esa mulata desnuda, enajenada  y loca.

DESNUDA.jpg Una loca, mujer, no importa la etnia ni la edad,  en la encrucijada de dos avenidas de un trópico ardiente a fines de febrero.

Una loquita en el cruce de la 27 es como una bofetada en la cara, en el morro alienado de esta sociedad hipócrita y farandulera.

No viera don Rada el reperpero entre los seis escritores fantasmas y la vieja profesora asomados a la pantalla del ordenador. No viera las pasiones encontradas que usted desató con su portada.

Cada uno, desde la vida de sus personajes, desde sus historias en distintas épocas, desde las letras que se hacen sangre y vida le dictaron en voz baja lo que encarnarían en sus libros para interpretar la desnudez, la locura y la soledad de una mujer.  De una mujer que es la suma de  todas las mujeres.

Una desnudez que en realidad representa "esa mujer que está sola y espera" como en el cuento del argentino, tan al sur y tan aséptico, que espera que el sistema atropelle, torture y mate a sus más indefensas criaturas.

Ahí fue don Rada, que la vieja profesora se acordó de usted.

Con la "novelera" a mil, con la imaginación hirviendo, con Pereira dictándole cada paso,  con el italiano murmurando que "él era kosovar"  ella supo que a esa loquita había que cubrirle el rostro y como a los muertos cerrarle los párpados. Para hacerle justicia. Y como además de vieja es romántica,  se acordó de "Los ojos de los enterrados" que están abiertos y que sólo serán cerrados cuando se les haga justicia.

Mire don Rada,  como diría Pablo Mackinney,  "ella sostiene"  que usted es maestro del periodismo pero ella le quiere pedir, que entre tanto la confederación de almas encuentran su yo hegemónico y sobre todo la ciudadanía  y sus escritores encuentran la receta o la vía para hacer justicia es imprescindible cerrarle los ojos, y que por favor  le tape el rostro a esa pobre desquiciada.

Ella sabe que usted está indignado y que quiere denunciar una  sociedad salvaje de burócratas asesinos. Pero es que ella quiere que usted comprenda  que esa imagen de mujer enloquecida es una suma de todas las mujeres de esta isla. Que nos incluye y  nos abarca.  Todas  somos esa imagen desvalida, vulnerable, desnuda, violada  y  sin privacidad…

Ahí fue,  don Rada, con los seis escritores fantasmas, con su portada de la loca de la 27 en pelotas,  que  ella, la vieja profesora  encontró la clave de su relato y sobre todo el título para su historia.

Los seis personajes encontraron un autor y solo restó, cubrir el rostro del impudor.  No es el rostro de la loquita lo que cuenta sino la desnudez, el sexo, los pechos de una sociedad inhumana.  Por eso la vieja profesora  encontró el título para el  relato que la venía buscando desde el tormento de unos adolescentes  abandonados. Lentamente, con morosidad de vestal se fue quitando la ropa frente a los seis escritores fantasmas, se despojó de cada  prenda como en un ritual de cabaret, sacudió la melena canosa, se quitó  los bifocales y con lentitud deliberada se  metió en la pantalla del procesador, se mimetizó en la piel de la mulata enloquecida y se hizo eco  de las voces que desde el éter le dictaban que  “ella, era  la loca de la 27".

Con deferencia
Claudia Testa

    Radhames Gomez Pepín, director del periódico El Nacional. Santo Domingo.RD.

    ¿Me comprende? Un giro muy común en la expresión oral de Juan Bosch.

    Juan Bosch.

Periódico El Nacional: Graciela Azcarate –Historia de vida - La loca de la 27 soy yo. 12 Marzo 2007-Santo Domingo.

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