Iraq: Una educación bajo ocupación

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

Un importante aporte de Gusterson basado en documentación verificable, ajeno al manejo deshonesto del periodismo oligopólico occidental.
Iraq, Libia, Siria, Palestina, El Sahara Saharaui son territorios devastados por el accionar de los poderes imperiales. Pero: resisten, siempre resisten. Un sólo ejemplo: Siria, nunca pudo ser ocupado; hasta los ejércitos de Carlomagno fueron humillados por este aquelarre de grupos tribales que milenariamente se atacan ente sí. Aunque, a la hora de la verdad, no confunden al enemigo, a través de los tiempos, siempre están unidos contra el conquistador.
Para los docentes distraidos y para la izquierda boba en Indoamérica deberían ser un aporte que
los convoque para construir un camino común para enfrentar al neoliberalismo.

roberto dante
Lánus, Argentina, 09 02 2012

 

Una educación bajo ocupación

 

Hugh Gusterson*
Bulletin of the Atomic Scientists (www.thebulletin.org), 2 de febrero de 2012

Traducido para IraqSolidaridad por Ricardo García Pérez
Edición de IraqSolidaridad

Cuando en diciembre salieron de Iraq los últimos soldados estadounidenses, también salieron muchos periodistas que habían cubierto la guerra, lo que dejó poca cobertura informativa sobre el Iraq de la posguerra. Aunque hubo notables excepciones (entre ellas dos artículos excelentes de John Tirman del MIT [1], quien se preguntaba cuántos iraquíes habían muerto como consecuencia de la invasión estadounidense [2]), en general, la prensa de Estados Unidos publicó muy pocos artículos sobre los efectos de la ocupación, especialmente sobre las consecuencias para los iraquíes.

Como profesor universitario que soy me interesa particularmente lo sucedido en las universidades iraquíes bajo la ocupación estadounidense. No es una historia agradable.

Entrada principal al campus de la Universidad de Bagdad. Foto de Pedro Rojo, Bagdad, 2009.

Entrada principal al campus de la Universidad de Bagdad. Foto de Pedro Rojo, Bagdad, 2009.

 

Hasta la década de 1990, Iraq tal vez contara con el mejor sistema universitario de Oriente Próximo. El gobierno de Saddam Hussein utilizaba los ingresos procedentes del petróleo para financiar la enseñanza gratuita de los estudiantes universitarios iraquíes, que suministraba médicos, científicos e ingenieros, quienes se incorporaban a la próspera clase media del país y sustentaban su desarrollo. Si bien la disidencia política estaba estrictamente prohibida, las universidades iraquíes eran instituciones seculares y profesionales abiertas a Occidente, además de uno de los entornos en los que se mezclaban hombres y mujeres, suníes y shiíes. También las escuelas se esforzaban por educar a las mujeres [3], que hasta 1991 representaban el 30 por ciento de las plantillas universitarias iraquíes, una proporción, dicho sea de paso, mejor que la de Princeton nada menos que en el año 2009. Dada su fama de excelencia, las universidades iraquíes atraían a muchos estudiantes de los países vecinos; los mismos países que ahora dan cobijo a los millares de profesores iraquíes que huyeron del Iraq ocupado.

Las universidades iraquíes iniciaron su declive en los 12 años posteriores a la Guerra del Golfo de 1991. Cuando el régimen internacional de sanciones prohibió las suscripciones a revistas y las adquisiciones de equipamiento, los salarios universitarios se desplomaron y 10.000 profesores iraquíes abandonaron el país [4]. El profesorado que se quedó se vio cada vez más aislado de las evoluciones y de los nuevos desarrollos de sus respectivos campos.

En 2003, tras la invasión, muchos profesores iraquíes confiaban en que su sistema universitario renacería bajo la ocupación estadounidense; esperaban recibir financiación para comprar libros, sustituir equipamiento y reparar los daños causados por las sanciones. Y esperaban que una tolerancia renovada favoreciera el debate y la investigación. En realidad, sucedió lo contrario.

Todo comenzó durante el caos subsiguiente a la invasión. Mientras los soldados estadounidenses protegían los ministerios del Petróleo y del Interior, pero ignoraban los enclaves que albergaban bienes del patrimonio cultural, los saqueadores expoliaban las universidades [5]. Por ejemplo, todas las colecciones de la biblioteca de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Bagdad y de la Universidad de Basora quedaron destruidas [6]. Rajiv Chandresekara, del diario The Washington Post, describía [7] en 2003 una escena en la Universidad de al-Mustansiriya: «El 12 de abril, el campus de edificios de ladrillo amarillo y explanadas de hierba fue despojado de sus libros, ordenadores, equipos de laboratorio y mesas. Hasta el cableado eléctrico fue arrancado de las paredes. Lo que no se robó, ardió en llamas, cuyas columnas de humo negro inundaron ese día la capital.»

Al mismo tiempo, Estados Unidos despojó a las universidades iraquíes de su posición de liderazgo. En su primer decreto ejecutivo [8] como nuevo jefe de la Autoridad Provisional de la Coalición de Iraq, Paul Bremer apartó de los cargos de dirección de todas las instituciones públicas a quienes pertenecieran al partido Baaz. Como para ascender en el Iraq de Hussein era necesario afiliarse al partido Baaz (tanto si se le apoyaba de veras como si no), la orden tuvo como consecuencia inmediata la desaparición de la mayor parte de los gestores y profesores universitarios. En palabras de la periodista Christina Asquith [9], tras la purga “[…] la mitad de los intelectuales y académicos más destacados había desaparecido”. El control sobre las universidades iraquíes pasó a residir entonces en manos de Andrew Erdmann, estadounidense de 36 años de edad, con buenas relaciones en las redes de influencia del Partido Republicano estadounidense, quien fuera asesor del Ministro de Educación de Iraq. Erdmann no hablaba árabe y no tenía la menor experiencia en gestión universitaria.

En septiembre de 2003, a Erdmann le sucedió en el cargo John Agresto, antiguo presidente del St. Johns College de Nuevo México, un conservador que se opuso a la educación multicultural durante las guerras culturales estadounidenses de la década de 1980. Agresto fue escogido para dirigir el sistema universitario iraquí porque tenía buenas relaciones con Lynney Cheney y Donald Rumsfeld. Tampoco hablaba árabe y, cuando Chandresekaran, del The Washington Post, le preguntó qué había leído para prepararse para su misión, el nuevo máximo mandatario educativo de Iraq dijo que había decidido no leer ni un solo libro sobre Iraq porque así tendría una “[…] mentalidad abierta”.

Agresto calculó que harían falta 1.200 millones de dólares para reconstruir 22 grandes universidades y 43 escuelas e institutos politécnicos de Iraq. Dado que en 2004 el Congreso estadounidense había destinado más de 90.000 millones de dólares a las labores de reconstrucción y a lucha contra la resistencia en Iraq, no se trataba de una cifra exorbitante, sino significativamente inferior a los 2.000 millones de dólares que Naciones Unidas y el Banco Mundial habían estimado que sería el mínimo necesario. Para hacerse una idea de las magnitudes, 1.200 millones de dólares es el presupuesto anual [10] de la Universidad estatal de Carolina del Norte. Sin embargo, el Congreso estadounidense solo aprobó ocho millones de dólares: menos del uno por ciento de lo que Agresto solicitó. Dicho de otro modo, el Congreso estadounidense le dijo a las universidades iraquíes que se las arreglaran por su cuenta.

La Agencia estadounidense para el Desarrollo Internacional (USAID, en sus siglas en inglés) sí reservó 25 millones de dólares para contribuir a revitalizar las universidades iraquíes, pero el dinero acabó en las universidades estadounidenses para promover el desarrollo curricular. Por ejemplo, USAID entregó cuatro millones de dólares (la mitad de la cantidad destinada por el Congreso para restaurar la totalidad del sistema universitario iraquí) a la Universidad estatal de Nueva York en Sony Brook, que se destinarían a establecer un nuevo currículo de arqueología para cuatro universidades iraquíes.

En 2004, las universidades iraquíes saqueadas, depauperadas y despojadas de sus cuadros intelectuales y administrativos encarnaban uno de los últimos espacios, en un país cada vez más sumido en tensiones sectarias, en lo que se podían reunir personas de diferente credo. No obstante, el compromiso fundamental de muchos miembros de las comunidades universitarias con el cosmopolitismo y la tolerancia interreligiosa convirtió a las propias universidades en blanco de los extremistas sectarios y fundamentalistas. Milicias armadas amenazaban a las mujeres que no se cubrieran la cabeza e intimidaban a los profesores que dijeran cosas que nos les agradaran. Según el The Washington Times [11], a finales de 2006 habían sido asesinados 280 profesores iraquíes [12], y otros 3.250 habían huido del país. Entre los asesinados se encontraban Muhammad al-Rawi, [vice] rector de la Universidad de Bagdad ; Isam al-Rawi, un profesor de geología que fue asesinado [13] cuando recopilaba información y elaboraba estadísticas sobre los profesores universitarios iraquíes asesinados; y Amal Maamlaji, profesora shií de Tecnología de la Información y defensora de los derechos de las mujeres en una universidad de mayoría suní, que fue asesinada [14].

El profesorado que tuvo la fortuna suficiente de poder desplazarse al extranjero pasó a formar parte del gran éxodo de clase media que salió de Iraq bajo la ocupación estadounidense. Se calcula que entre los años 2003 y 2007, el 10 por ciento de la población de Iraq y el 30 por ciento de sus profesores, médicos e ingenieros se marcharon a países vecinos: fue el desplazamiento [15] de refugiados árabes más importante desde la huida de palestinos de Tierra Santa, acaecido varias décadas antes.

Así pues, en solo 20 años el sistema universitario iraquí pasó de ser uno de las mejores de Oriente Próximo a ser uno de los peores. Este descomunal acto de destrucción institucional fue llevado a cabo en buena medida por los dirigentes estadounidenses, quienes nos dijeron que la invasión estadounidense de Iraq llevaría al país modernidad, desarrollo y derechos para las mujeres. En cambio, como ha señalado el politólogo Mark Duffield, ha desmodernizado parcialmente el país. En palabras de John Tirman [16], la incapacidad de Estados Unidos para reconocer el sufrimiento que la ocupación ha impuesto a Iraq “[…] Es un fracaso moral, además de un error estratégico garrafal”. Iraq representa un punto ciego de nuestro discurso nacional, un elemento que obstaculiza el crecimiento cultural y se deriva del doloroso reconocimiento de un error; y perjudica  la evaluación racional de la intervención extranjera. ¿Es demasiado tarde para asomarse al espejo?

 


Notas del autor y de IraqSolidaridad:

1.- John Tirman, The Forgotten Wages of War, The New York Times, 3 de enero de 2012.
2.- John Tirman, Why do we ignore the civilian killed in American wars?, The Washington Post, 6 de enero de 2012.
3.- Souad Al Azzawi, Decline of Iraqi Women Empowerment Through Education under the American Occupation of Iraq, 2003-2011, ponencia del Seminario Internacional sobre la situación de los académicos iraquíes, celebrado en la Universidad de Gante y coorganizado por el Tribunal Bruselas. Un resumen de la ponencia está disponible en español en
4.- The Christian Science Monitor, Iraq losing its best and brightest, 21 de septiembre de 2004.
5.-Véase Narrar la destrucción de un país, nota informativa sobre la edición del libro Iraq bajo Ocupación: la destrucción de la identidad y la memoria, Edición de Carlos Varea, Paloma Valverde y Ester Sanz, 23 de enero de 2009. Véase también Dirk Adriansens et al. Cultural cleanisng in Iraq, Why museums were looted, libraries burned and academics murdered, Pluto Press, London, 2010.

6.- Michale Otterman et al. Erasing Iraq: The human costs of Carnage, Pluto Press, New York, 2010.
7.- Rajiv Chandrasekaran, An Educator Learns the Hard Way: Task of Rebuilding Universities Brings Frustration, Doubts and Danger, Washington Post Foreign Service, 21 de junio de 2004.
8.- Véase el texto completo en inglés del primer decreto ejecutivo del procónsul Paul Bremer, 16 de mayo de 2003.
9.- Cristina Asquith, What the US Didn’t Do in Iraq Education, Education News, 15 de junio de 2004.
10.-Véase NC State University.
11.- James Palmer, Students, professors flee violence, The Washington Times, 19 de enero de 2007, citado por International Military Forums.
12.-El número de profesores universitarios asesinados en Iraq hasta agosto de 2011 asciende a 317.
13.- Véase relación de profesores asesinados en Iraq. Ambos profesores asesinados aparecen en la relación con los números 81 y 67 respectivamente.
14.- Véase relación de profesores asesinados en Iraq. La profesora Amal, de la Universidad privada de Al-Mansour, aparece en dicha lista con el número 161. Véase también, Iraq’s deadly brain drain, IraqiAmerican Chamber of commerce & Industry, 11 de mayo de 2008.
15.- Iraq’s Quiet Exodus, The Dailybeast.com, 15 de abril de 2007.
16.-Véase nota número 1 de este artículo.

*Hugh Gusterson es profesor de antropología y sociología en la Universidad George Mason. Fue también profesor del programa de Ciencias, Tecnología y Sociedad del MIT. Es autor de varios libros, entre ellos Nuclear Rites: A Weapons Laboratory at the End of the Cold War (University of California Press, 1996) y People of the Bomb: Portraits of America’s Nuclear Complex (University of Minnesota Press, 2004), y coeditor de Why America’s Top Pundits Are Wrong (University of California Press, 2005) y de su continuación, The Insecure American (University of California Press, 2009).

Texto original en inglés en: http://www.thebulletin.org/web-edition/columnists/hugh-gusterson/education-occupation

 

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