La esperanza filosófica de Ratzinger y la política de Benedicto

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

 
Antoni Domènech · · · · ·
 
29/08/11
 


Antoni Domènech escribió hace dos años para SP-papel la reseña de la encíclica de Benedicto XVI Spe salvi. La reciente visita de Ratzinger a Madrid nos ha parecido una ocasión oportuna para reproducir también aquí, electrónicamente, ese texto.


Spe salvi, la segunda carta-encíclica de Benedicto XVI, confirma la voluntad de especulación filosófica y filológica mostrada ya por Ratzinger en la primera. Si Deus caritas est se explayaba en las sutilezas de una  distinción propia y desleídamente católica entre el amor clásico (eros) y el amor específicamente evangélico (agape, caritas) –una distinción clave en la teología luterana contemporánea desde la gran aportación de Anders Nygren—, Spe salvi no se queda corta, y aun va más allá.

Hay, por lo pronto, un esfuerzo de aggiornamento filosófico. Coquetea (superficialmente, al estilo de muchos filósofos alemanes de su generación) con el léxico de la filosofía analítica: el mensaje novotestamentario no sería sólo un acto "informativo", sino que tendría fuerza ilocucionaria o "performativa"; no sería sólo acción de decir algo nuevo, sino que, en decirlo y por decirlo, generaría realidad, "esperanza real", "positiva"; "vida nueva". Coquetea con la escuela de Francfort, bien es cierto que con la peor: la que más acabó influyendo en la pseudoizquierda académica relativista postsesentaiochesca, la que confundió modernización capitalista con Ilustración, e Ilustración con apología acrítica del pretendido despliegue de una fantasmal "ciencia-técnica" instrumental. Pero ningún pensador ha conseguido imprimir en el siglo XX la colosal huella dejada por Marx en el XIX. Ratzinger es demasiado inteligente para ignorar eso, y a su manera, rinde tributo intelectual a la bicha: se confiesa impresionado por el "vigor de lenguaje y pensamiento", la "agudeza de análisis" y "la clara indicación de los instrumentos para el cambio radical" de Marx, quien "fascinó y fascina todavía hoy de nuevo".

Por qué "fascina hoy de nuevo" es pregunta que queda en el aire. No decepcionará Spe salvi a quien sepa buscar respuesta por vía rodeada. Lejos de la optimista moda conservadora que, à la Lord Desai, celebra ahora a Marx como "genial anticipador de la globalización", se diría que, para Ratzinger, el que Marx "fascine de nuevo" se debe sobre todo a su calidad de profeta moral y a la inopinada actualidad que, en nuestro "presente fatigoso", parecen cobrar sus recomendaciones de "cambio radical". De aquí la insistencia en los "errores de Marx", no como "agudo analista" –¿quien negará a estas alturas que, tras el paréntesis del capitalismo "keynesiano", socialmente reformado y conscientemente desmundializado, ha vuelto, con la contrarreforma remundializadora neoliberal del último cuarto del siglo XX, un capitalismo belicista y desembridadamente codicioso, harto parecido al estudiado por Marx?—, sino como crítico político de lo existente que no rinde la esperanza en lo venidero.

Los yerros de Marx son entonces los de quienquiera espere en la Tierra un "reino de Dios instaurado sin Dios" y busque transformar las condiciones materiales del existir humano: "el cristianismo no traía un mensaje socio-revolucionario como el de Espartaco que, con luchas cruentas, fracasó".

Eso se declara desde el comienzo con franca llaneza. Luego se dice también de otros modos, no exentos de pompa y aun cursilería académicas. Así en su discusión sobre la interpretación de la fe como hypostasis, que, contra la teología luterana, Ratzinger traduce por "substantia", algo real y objetivo, no mera expectativa subjetiva. Lo que prepara el terreno para una digresión filológica sobre los hyparchonta (bienes materiales reales: la base de la libertad política republicana clásica), a fin de oponerles, con el Pablo de Hebreos, los "bienes permanentes" de la fe (hyparxin), "base mejor para la existencia" humana, y no menos "reales".

Habría podido ahorrarse algunas de esas digresiones, si en vez de complicarse en Hebreos –la epístola que menos gustaba a Lutero—, se hubiera acordado del Pablo de Colonenses (3: 22-24), tan explícito: "Esclavos: obedeced a vuestros amos (...) porque Cristo es el verdadero Amo al que servís" . O del Pablo predilecto de Lutero (y de Hobbes), el de Romanos, apologético de toda dominación: "Los poderes que son, de Dios son ordenados" (13: 1).

Pero Ratzinger no es teólogo protestante, y no puede reducirse a especular filosóficamente sobre la inanidad y aun la intrínseca maldad de todo intento de corregir terrenalmente la opresión y la injusticia. Está obligado a componendas cismundanas, ancilares de un activismo católico inveteradamente dispuesto al terrenalísimo troquelamiento de la vida política. Eso sitúa seguramente al teólogo Ratzinger en una contradicción genuinamente "performativa" ("llueve , pero no creo que llueva"; "mi Reino no es de este mundo, pero hago tal que si lo fuera").  No a Benedicto, jefe de un pequeño Estado teocrático que, por ejemplo, mantiene todavía hoy, sin solución radical de continuidad en ningún caso, concordatos urdidos en su día con las dictaduras de  los cinco países europeos que sucumbieron al fascismo (Italia, Austria, Alemania, Portugal y España). De aquí que, aunque no haya nada doctrinalmente nuevo en Spe salvi, resulte acaso reveladora de una época propicia a actos (¿"performativos"?) como el de aquel rey famoso del Conde de Lucanor que, resuelto a evitar interpretaciones capciosas, mandó que donde el Magnificat dice: «Deposuit potentes de sede et exaltavit humiles» (derribó de sus tronos a los poderosos y ensalzó a los humildes), figurara esta traducción a clara fabla castellana:  «Dios ensalçó las siellas de los sobervios poderosos et derribó los omildosos.» 

 


Antoni Domènech es el editor general de SinPermiso.

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