La mala hora en Colombia

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

Reseña del libro del investigador norteamericano Forrest Hylton

La mala hora en Colombia

“Tras observar el pasado colombiano, lo que florece es la esperanza por el hecho que, de tiempo en tiempo, los movimientos populares radicales han sabido hacer acopio de fuerzas para levantarse bravíos en pos de la autodeterminación en una polis más pacífica, equitativa y justa” Forrest Hylton, La Mala hora en Colombia.[1]

forrest-hylton.jpgForrest Hylton es un joven investigador y profesor norteamericano apasionado con Colombia. Una pasión -lo sabemos bien los colombianos- que acaba con frecuencia atravesada por la tragedia, el dolor y la resistencia. Y no pocas veces el compromiso. Además, es una pasión cruzada por el tópico que define nuestra identidad: la violencia. El profesor Hylton se vinculó a la Universidad de los Andes en Bogotá para poder vivir, conocer y trabajar en este país que lo desvela. A pesar de estar inmerso en un entorno académico de reconocida tradición al lado de las élites, Hylton es en lo fundamental un investigador serio y objetivo. No tendrá ninguna dificultad para llamar las cosas por su nombre, algo que en nuestro país implica tomar posición. Adelantando sus indagaciones a partir de una simple inquietud por los colonos cultivadores de coca en las selvas, la trama de los acontecimientos lo lleva nada más y nada menos que a revisar los últimos dos siglos de historia nacional, con sus atroces ciclos de guerras, despojos y matanzas. “La mala hora en Colombia”, como se tradujo y publicó la exhaustiva investigación de Hylton, deviene en un abarcador pero a la vez conciso análisis sobre los sucesos políticos y económicos que constituyen el proceso de formación de la república cafetera hasta el gobierno de Uribe Vélez. Política, economía y violencia parecen un mismo demonio de tres gargantas. Tal como relató García Márquez en su novela homónima “la mala hora”, la huella de la violencia oficial y sus repercusiones acaban por instalarse cómodamente en nuestra realidad desgarrada. La anormalidad, el estado de excepción, el toque de queda, la barbarie incoherente e ilógica, se convierten en el orden “normal” y aceptado de una tierra cuyo desangre no promete tener fin, y lo que es peor, tampoco aparenta tener principio. Esa mala hora dura doscientos años: es la terrible noche del himno nacional que nunca cesó. Colombia se define, según Hylton, como una república completamente atípica en el concurso de las naciones latinoamericanas, más parecida a Irak o a Afganistán que a sus vecinos tropicales.

evil-hour-in-colombia.jpgEn los descubrimientos del autor hay unas repeticiones cíclicas que vuelven a través de las épocas. Son los levantamientos y rebeliones populares radicales que de una u otra manera han intentado disputar a las élites el poder. Ese otro proyecto de nación, el de los campesinos y obreros, el de los negros y los indios, el de las feministas y los luchadores por los Derechos Humanos, el de la izquierda, ha sido aplastado de forma sangrienta una y otra vez. Para Hylton, la violencia en Colombia se explica entonces a través de un proceso doble de revolución y reacción. La imposibilidad de lograr la primera -una revolución aplazada y ahogada- produce como consecuencia notoria la radicalización así como la perseverancia de insurgencias armadas que ya han desaparecido en el resto del continente. Igualmente la reacción va acompañada de los mismos símbolos macabros con que el Estado y los poderosos vengan desde hace dos siglos la afrenta de disputar su dominio: matanzas y despojos, mutilaciones y descuartizamientos, desplazamientos y amenazas son componentes repetitivos de la historia colombiana; sólo cambian de forma y circunstancias dependiendo de los tiempos. Eso sí, conservan una semejanza indiscutible: son violencias lanzadas desde arriba hacia abajo.

Siguiendo este marco conceptual Hylton demostrará cómo las revoluciones liberales del siglo XIX tuvieron como contraparte una poderosa contrarrevolución represiva robustecida por el clero y los terratenientes hacia 1880: la “regeneración” que retrocedió el país a dinámicas políticas y culturales propias de la colonia, para confluir en 50 años de hegemonía de los atrasados conservadores. En medio de esta oleada represiva una sublevación del liberalismo político supone la confrontación más cruel del siglo XIX que inaugura la entrada del país en el nuevo siglo; es la “guerra de los mil días” en la cual las esperanzas de transformación son definitivamente extirpadas y donde por cada 25 colombianos uno caerá muerto.

Hacia la década de los 30 nuevos vientos de rebelión harán tambalearse y finalmente caer a la hegemonía conservadora. Se intenta una reforma agraria, aparece el sindicalismo y el movimiento obrero así como los primeros partidos de izquierda. Se emprende una modernización del país. Las exportaciones cafeteras junto a la colonización del eje cafetero habrán trastocado muy hondo la composición agraria y feudal del país: está naciendo el capitalismo colombiano. Esta nueva corriente de transformación encontró su respuesta brutal y desmedida en la guerra civil nunca declarada que regó la nación en sangre durante el periodo 1948-1957, bautizada sin más como “la violencia”. Los latifundios se extendieron con el despojo de los campesinos, las ciudades crecieron a un ritmo caótico y acelerado por la enorme cantidad de refugiados, las élites institucionalizaron el asesinato político, el terrorismo de Estado y las masacres generalizadas como mecanismo preferente de gobierno. Este mecanismo cumple también una función económica definiendo nuevos límites a la propiedad de la tierra y la producción cafetera. 300.000 colombianos cayeron y más de un millón fueron desplazados a las ciudades.

A partir de entonces una violencia perpetua, hija de la anterior, llega hasta nuestros días con intervalos de negociaciones de paz, aparición o desaparición de grupos guerrilleros, e incursión de nuevos actores en la vida nacional como son los narcotraficantes y paramilitares. El exterminio institucional de la oposición desarmada y los partidos de izquierda únicamente refuerzan la frustración, la brutalidad y la sin salida democrática.

Dos aspectos son claves dentro del recuento hecho por Hylton: primero, que el paramilitarismo y su gigantesca estela de crímenes atroces son consecuencia de políticas de Estado orquestadas desde Washington, en parte inspiradas en doctrinas del anticomunismo de la guerra fría, en parte avivadas por la vieja tradición feudal de los terratenientes del país; un nuevo ropaje para antiguas tácticas de bandidaje y genocidio. Segundo, que el narcotráfico distorsionó de principio a fin toda la composición social colombiana desde los años 80 insertándose como un factor económico determinante en la vida nacional, permitiendo una contención del problema agrario y un fortalecimiento de la subversión pero a la vez generando un “para-estado” -sobre todo en Antioquia y el norte del país- controlado a cabalidad por la ultraderecha y los terratenientes. El autor define al paramilitarismo correctamente como “nuevo feudalismo”, el de las motosierras y los ganaderos.

En alguna medida las conclusiones del autor sobre la lucha popular en el país son erradas. Por un lado, acertadamente define a los movimientos indígenas, afrocolombianos y campesinos como alternativas de resistencia pacífica al modelo neoliberal militarista, movimientos inspirados en la movilización social de los países andinos. Contrapone estos movimientos sociales con la insurgencia armada. Sin embargo, Hylton olvida que la insurgencia no sólo coincide con estas comunidades rurales en territorios de influencia sino además en su programa: en esencia -y sin que esto signifique una relación directa- las reivindicaciones históricas de las guerrillas no difieren ni entran en contradicción con las reivindicaciones de las comunidades rurales. Hylton, quién logra comprender el carácter atípico y particular de la realidad colombiana no extrae una conclusión inaplazable: que los modelos de movilización de la nueva izquierda latinoamericana aunque posibles y necesarios en nuestro país no resuelven en sí mismos el problema fundamental de la historia reciente, éste es, la confrontación armada.

Igualmente Hylton está preso de una idea que se repite varias veces en su texto, según la cual el origen de que Uribe Vélez y su programa llegasen al poder con gran popularidad fueron las acciones desmesuradas de los grupos guerrilleros. Pero Hylton obvia dos asuntos importantes que a pesar de todo ha señalado antes: independientemente de quién estuviera en el poder la ofensiva paramilitar llevaba para 2002 más de una década consolidándose y Uribe fue su resultante natural; mientras que el Plan Colombia, ataque despiadado contra la guerrilla y las comunidades, se diseñó y comenzó a implementar antes del gobierno Uribe. El comodín de turno con el discurso antisubversivo de la “mano dura” sólo era la figura que más convenía a la encrucijada y la fuerza de los acontecimientos, no un circunstancial resultado del accionar insurgente en los últimos dos o tres años.

El autor no parece enterado que Uribe fue electo con un porcentaje que no representa siquiera el 30% de los potenciales votantes ya que la abstención endémica siempre ronda el 50%. Tampoco revela que dentro del porcentaje de votantes una escandalosa masa está comprada de antemano por el aparato burocrático, igualmente en poblaciones de influencia paramilitar las votaciones se hicieron con la amenaza en ciernes de masacres y represalias contra las comunidades que no apoyasen al candidato de los paras. Rasgos criollos de nuestra democracia sólida y ejemplar.

El libro publicado en 2006 no alcanza a recoger ni a prever momentos cruciales de la realidad colombiana que le sobrevinieron: efectivamente la guerrilla fue golpeada y debilitada tras el Plan Colombia, y más asombroso aún, logró en cierto modo readaptarse a las nuevas condiciones. Los movimientos indígenas, afros y campesinos, junto con las protestas estudiantiles pasaron a la primera escena de la resistencia en 2008 y años posteriores cómo Hylton predijo, también fueron duramente perseguidos y golpeados. Y lo que es inédito por completo: el régimen de Uribe se desmoronó completamente para dar paso a un renacimiento de los dos partidos tradicionales de la élite, proceso que no sucedió por las presiones populares sino por las intrigas y pujas internas en las altas esferas del poder.

Si el esquema de desarrollo de revolución y contrarrevolución que Hylton describe es coherente con la realidad colombiana, al país le esperan turbulencias y rebeliones, nuevos movimientos de indignación que volverán a tomar la agenda proscrita de los insumisos. Nuevos intentos por solucionar el conflicto agrario y la desigualdad. Y también nuevas respuestas violentas de los poderosos. Colombia ostenta la terrible tragedia de haber sufrido dos contra-reformas agrarias sanguinarias en menos de medio siglo. Dos concentraciones impúdicas de la propiedad sobre la tierra en un país que nunca la repartió equitativamente.

La mala hora no pasa. Como en esa novela de García Márquez, el principal drama de la violencia no radica en la oscura presencia de los muertos, en las llagas mutiladas de los enterrados, en los desaparecidos. No. La sombra desastrosa de la infamia anida en su amenazante concubinato con los vivos. La tensión crítica de este momento no reside en el dolor de los que murieron sino en la tenaz resistencia de nosotros, los que quedamos.

Camilo de los Milagros



[1] Forrest Hylton, La mala hora en Colombia: el conflicto armado en perspectiva histórica, Monte Ávila Editores.

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constanza baquero 04/15/2012 18:01


Este es uno de los mejores escritores, articulistas que he leido en mucho tiempo.


Gracias por contar con él.