La muerte del Che

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

 


 

che_bolivia.jpgLa muerte del Ché Guevara permite recordar las ilusiones frustradas de la revolución latinoamericana, proyecto de unidad que fue desgarrado en sangre y decepciones. A menudo se asume que la esperanza de un mundo nuevo, con sus múltiples voces y propuestas, lleno de tantas experiencias e intentos, es una esperanza inútil que fracasó por su propio peso.

Ese argumento no es válido para América latina: en nuestro continente tales esperanzas fueron abortadas por la vía de los golpes de Estado, las Juntas Militares, los desaparecidos, las fosas comunes y los chorros de dinero genocida desde Washington. No hubo fracaso: fuimos derrotados. El Ché asesinado, su vida, su ejemplo, vienen a ser como un símbolo grandioso de esa misma unidad latinoamericana pero también de su derrota, de sus limitaciones. La transformación de nuestra sociedad no era, por mucho que se crea, una simple cuestión de voluntad. Pocas figuras como la suya tienen el poder del mito y del signo, y pocas despiertan tanto furor aún entre los pueblos del mundo.

Che-muerto.jpgMás que volver sobre las frases conocidas o las famosas anécdotas, la escritura discrepa de los mundos posibles para divertirse con los imposibles. Alguien sugirió que luego de las andanzas de Guevara en África y tras salir definitivamente de Cuba para convertir sin éxito la cordillera de los Andes en “la Sierra Maestra” de América, el Ché recorrió varios países del sur buscando una base de operaciones desde donde ensanchar su proyecto revolucionario. Se dice que pasó por Colombia y que visitó la ciudad de Pereira y su zona montañosa, pero que finalmente se enfrascó en la aventura Boliviana que le iba a llevar al cerco y luego a la muerte.

Me gusta más la primera hipótesis. Me gusta especular que hubiera pasado si el Ché, en lugar de Bolivia, hubiese iniciado una guerra más entre tantas en las cordilleras colombianas. Me gusta imaginarlo en el páramo de los Nevados, al lado de la laguna del Otún, en los filos de los Santanderes o entre las cañadas bajas llenas de cafetales. Me gusta recordar a ese Ché sin barba y de sombrero sentado -como lo estuvo- tomando tinto en cualquier cafetín con olor a orina del centro de Pereira o recostado en alguna banca de la Plaza mientras las palomas lo miran estúpidamente. Prefiero creer que de haber llegado a Colombia se hubiese convertido en otra leyenda, pero en una leyenda viva y no en una tumba anónima. Quizá hubiera aparecido en esa foto histórica que salió en una solapa de la revista Alternativa por los ochenta, al lado de Jacobo Arenas, de Tirofijo, del cura español Manuel Pérez, todos viejos y juntos.

che-guevara-risa.jpgQuizá se hubiera conocido con Bateman o el Turco Fayad o Julio Guerra, y le hubiéramos visto envejecer en entrevistas sucesivas a través de las décadas con una barba más canosa y un acento cubano-argentino-colombiano, con imágenes de selva al fondo y una boina más raída. Habría recitado versos con Juvenal Herrera, habría cantado Vallenatos. Me duele pensar que de haberse quedado en Colombia el Ché hubiera sido indestructible, invencible, atrincherado en la resistencia tenaz de nuestro pueblo, en sus impenetrables maniguas, en sus sierras capaces de enterrarle la paciencia a cualquier Presidente, de romper los huesos al más poderoso de los ejércitos. Los estudiantes no deberán entonces conmemorar su muerte con tropeles cada 8 de octubre, ni esperaremos ver más su rostro pintado en las paredes de los sindicatos, en los muros de las barriadas o las camisetas de obreros y campesinos. Hasta que un día de estos aguardaríamos a esa otra versión del Ché para encontrarlo bajando en su mula de cualquier camino de montaña, con el tabaco en la boca, viejo igual que un abuelo bonachón para saludarlo con el puño levantado y todo lo rojo que tiene la sangre: “Comandante: ¡acá seguimos, hasta la victoria siempre!”

 

Camilo de los Milagros.

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