La revolución y las mujeres: Una reflexión desde Guatemala

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

 

POR PATRICIA CASTILLO HUERTAS   

Ana Silvia Monzón, en su escrito Entre Silencios y Olvidos afirma que “Recuperar, elaborar y difundir la memoria tiene un sentido vital y político que ha impulsado a las mujeres a superar el silencio y el olvido de las distintas memorias que hasta ahora conforman las culturas patriarcales y que generalmente, relegan el espacio para la expresión de esa memoria…..esta condición de retener, traer al presente y hacer permanente el recuerdo está indudablemente determinada por relaciones de poder que dictan quién recuerda, qué recuerda y qué se registra de esos recuerdos….y entonces tiene sentido la pregunta ¿se permite recordar a las mujeres? ¿se ha dado valor a los recuerdos de las mujeres?”. 

 

La respuesta es clara y compleja.  Clara porque ahora ya sabemos que la historia ha sido contada desde quienes ejercen el poder, por lo tanto las mujeres hemos sido excluidas sistemáticamente de ese recuerdo colectivo, que es la historia.

 

Sin embargo la respuesta se vuelve compleja cuando a partir de la vocación insumisa del feminismo militante, nos negamos a pedir permiso para recordar y perdemos el interés en que se nos valore desde la perspectiva patriarcal, oficial e institucionalizada, reconociéndonos sujetas de esa historia; con derecho a recordar e interpretar los procesos de los que hemos sido parte, desde la autonomía de nuestras propias vidas.  Lo que implica el reto de reescribir la historia, articulando el pensamiento y la acción revolucionaria de las mujeres a lo largo de todas las épocas, en las distintas latitudes y desde las diversas culturas.  Así la tarea se vuelve compleja, colectiva y permanente.

 

Es por ello que realizar esta actividad, es parte de un compromiso autoasumido que nos honra, reviviendo la memoria y aporte de Rosa Luxemburgo, quien junto con Clara Zetkin y Alejandra Kolontay se constituye en una de las más profundas pensadoras, activistas y organizadoras de la lucha revolucionaria, en los albores del Siglo XX.

 

Siglo que no sin razón se ha llamado el Siglo de las Mujeres, precisamente por la irrupción de las mujeres en la acción política, en la vida económica y en las transformaciones sociales, en las que las mujeres, especialmente las feministas radicales cuestionan de fondo las causas estructurales que sustentan la hegemonía patriarcal, racista y capitalista impuesta al conjunto de las sociedades y culturas.

 

Paradójicamente esta exclusión, nos ha posibilitado a las mujeres una extraordinaria libertad de pensamiento que hoy se traduce en la articulación de un amplio movimiento feminista que desde diversas experiencias y posiciones es parte de los movimientos sociales más radicales del Siglo XX y lo que va del Siglo XXI. 

 

Tomo prestada la definición que hace Eli Bartra, quien precisa que el feminismo “es la lucha consciente y organizada de las mujeres contra el sistema opresor y explotador que vivimos: subvierte todas las esferas posibles, públicas y privadas de ese sistema que no solamente es clasista, sino también sexista y racista, que explota y oprime de múltiples maneras a todos los grupos fuera de las esferas de poder”.  Desde esta perspectiva, vamos descubriendo a través de los hechos, que la lucha de las mujeres y el avance con relación al ejercicio pleno de nuestros derechos y realización humana, está intrínsecamente ligada a los procesos revolucionarios. 

 

Ejemplo de ello fue el 8 de marzo de 1917, cuando en la barriada obrera de Viborg, en Rusia las mujeres obreras de las fábricas textiles iniciaron la huelga que encendería la chispa de la huelga general que desembocó en la revolución de 1917.  Vale decir que la huelga fue autoconvocada por las mujeres, a pesar de que la dirigencia revolucionaria dudaba de su pertinencia.

 

En nuestro país en otro octubre, en 1944, las movilizaciones populares, entre ellas la marcha de las mujeres de luto, en las que la profesora María Chinchilla cayera abatida por la caballería del dictador Ubico, cambiaron la correlación de fuerzas y crearon condiciones para que el 20 de octubre fuera derrocada la dictadura y se diera paso a un profundo proceso de transformaciones revolucionarias, entre ellas la reforma agraria, la reforma educativa y la institucionalización de la seguridad social.

 

En medio de acalorados debates en el Congreso, fue aprobado el voto para las mujeres alfabetas, como resultado de la amplia organización y movilización de las mismas mujeres, a pesar de la oposición de muchos dirigentes políticos, que afirmaban que esta decisión podría poner en peligro a la misma revolución, atribuyendo a las mujeres una tendencia religiosa y conservadora por naturaleza, en argumentos esgrimidos por el Secretario General del Partido Guatemalteco del Trabajo.  En la práctica mujeres como Consuelo Pereira, Esther de Urrutia, María Jerez, Dora Franco, Laura Pineda, Marta Delfina Vásquez, Otilia Ordóñez, Julia Urrutia, Atala Valenzuela y una lista interminable de mujeres demostraron que por el contrario, las feministas no sólo contribuyeron a profundizar los logros de la revolución, sino que más tarde, fueron capaces de estar en la primera línea de lucha, cuando la intervención norteamericana y la oligarquía impusieron de nuevo las dictaduras militares y los gobiernos antipopulares, en nuestro país.

 

Nuevas generaciones de mujeres estuvimos presentes en más de 40 años de lucha popular y revolucionaria; desde las calles, las huelgas y las ocupaciones de tierras hasta las montañas y selvas de nuestro país.  Esta etapa de nuestra vivencia, individual y colectiva igual que la de nuestras ancestras del 44, está todavía poco visibilizada e insuficientemente reconocida por la sociedad, por las mismas mujeres e interesadamente ignorada por el poder patriarcal.

 

La firma de los Acuerdos de Paz, marca un parteaguas histórico para las mujeres en nuestro país. Particularmente el Acuerdo Socioeconómico y Situación Agraria, el de Identidad y Derechos de los Pueblos Indígenas, Derechos Humanos y Esclarecimiento Histórico, Reasentamiento de la Población Desarraigada y el de Incorporación de la URNG a la Legalidad, en los cuales se precisan compromisos específicos que de cumplirse íntegramente, tendrían importantes repercusiones con relación a la situación, posición y condición de las mujeres.

 

Para las mujeres revolucionarias también significó un antes y un después; que perfila de manera muy significativa las características de nuestra participación durante la guerra popular revolucionaria y las condiciones que vislumbramos en medio de la “nueva legalidad” a la cual nos incorporábamos.

 

Repetidas veces hemos señalado que la participación política de las mujeres dentro de las organizaciones revolucionarias y en general dentro del proceso revolucionario ha sido un derecho que hemos tenido que conquistar desafiando los obstáculos que nos imponía una sociedad patriarcal, profundamente conservadora y opresiva.   Durante la guerra no hubo ninguna tarea que no pudiéramos realizar, en la militancia revolucionaria conocimos nuestros derechos y en la práctica fuimos construyendo relaciones más igualitarias y solidarias con nuestros compañeros.  También vivimos expresiones de discriminación y violencia machista dentro de nuestras organizaciones; unas veces estas situaciones fueron abordadas, otras se asumieron como incidentes que se producen dentro de cualquier colectividad humana y otras quedaron ocultas en el silencio, como cosa privada o ignorada.

 

Nosotras cambiamos, pero la sociedad y el entorno político al que nos incorporamos por el contrario, no sólo había fortalecido su naturaleza patriarcal, sino además había incorporado las concepciones y prácticas contrainsurgentes, militares y antidemocráticas; exacerbando las expresiones machistas más violentas contra las mujeres.

 

Para las mujeres revolucionarias nuestra participación política en las nuevas condiciones era un reto, no siempre compartido por nuestros compañeros.  En estas nuevas condiciones, muy pronto experimentamos que también dentro de la izquierda partidaria prevalecía la desigualdad, la exclusión, la discriminación y la violencia de género.  Unas veces expresadas abiertamente, otras de manera más sutil pero siempre de manera institucionalizada; es decir a través de estructuras, mecanismos de funcionamiento, disposiciones y decisiones orgánicas.

 

Esta situación nos ha llevado a cuestionar de fondo el sistema político patriarcal y redefinir los términos de nuestra participación como mujeres, reconstituyendo la autonomía de nuestro pensamiento, organización y acción, para encontrarnos como parte del movimiento feminista y de mujeres en nuestra diversidad, ratificando que nuestra lucha es una lucha antisistémica, frente al sistema patriarcal, racista y neoliberal.

 

 

 http://www.clate.org/

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