Loco, que te vaya mil!.- Por Gonzalo Solari

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

Han pasado casi treinta años y hoy puedo decir que la frase pronunciada por César me trajo suerte.

Claro, eso lo supe muchos años después, a la hora del balance. Pero en aquel momento me acompañó durante todo el vuelo, hasta que el enorme pájaro de KLM cerró sus alas metálicas en el aeropuerto de Ámsterdam. Y siguió retumbando en mis oídos a lo largo de aquella noche interminable de lecturas al borde de una cama de hotel que no destendí por temor a dormirme y perder, al otro día, el único vuelo a Roma. 

Tenía fundadas razones para velar mi equipaje en una pieza del Hotel Ibis del Schipol, el enorme aeropuerto holandés. Podía ostentar un prontuario legendario en esas lides. No es chica cosa dormirse  sentado en un water o viajar de Montevideo a Fray Bentos en un ómnibus de Sabelin, llegar a destino sin enterarse y, siguiendo de largo, bajarse en una ciudad a la que le faltaba la parada en la plaza: Young. 

La última caída de párpados estaba aún demasiado fresca: a pesar del hambre que yacía bajo el sueño, la simpática holandesita, desde su uniforme de azafata no había logrado despertarme para la cena de un vuelo que aterrizó en Lisboa sin que yo me enterara. 

En mi vida estuve dos veces en tierras portuguesas: una, dormido en el aeropuerto de la capital y la otra, con los ojos bien abiertos en la bellísima y tórrida isla de Cabo Verde, un retazo africano del trasnochado colonialismo portugués.

Llegué al otro día a la ciudad milenaria de Rómulo y Remo y las cincuenta mil liras-ah, los viejos billetes italianos como alfombritas de papel!- que me costó el taxi hasta la estación de Roma Termini , fueron el tijeretazo de gracia que se abatió sobre el ralo plumaje de mis bolsillos.

Entré en aquel hormiguero pateado como embotado. El viaje, una noche entera sin dormir, gente que iba y venía como un enjambre de abejas y un zumbido en el que no reconocía los giros y las entonaciones del terruño, me hacían sentir como encerrado en una burbuja.

Subí al tren. A dos horas de viaje me esperaban Siena y su legendaria Accademia Musicale Chigiana. Allì, el Maestro Andrès Segovia había fundado en los años cincuenta un curso de alto perfeccionamiento guitarrístico al que asistían jóvenes concertistas de todo el mundo. Para ello, era necesario sortear una dura prueba de selección. Yo, era uno de esos becarios, llegado desde las pampas orientales del Uruguay.

Mi viaje pudo haber terminado allí, ruinosamente, como un monito desnudo contra unas vías que no conducían a ningún lado. 

Sin pena ni gloria; si la memoria visual, vieja aliada cultivada con paciencia de orfebre a través de años de estudio, no me hubiera sacado las castañas del fuego. Cometí el error ingenuo de bajarme del vagón para dar una vueltita, cuando faltaban diez minutos para la salida del tren. Veinticinco andenes no son moco de pavo y un escalofrío me corrió por la espalda cuando en pleno paseo, escuché aterrorizado por los parlantes de la estación, el aviso de que en cinco minutos partía mi tren. Yo no recordaba ni siquiera el número del andén. Y empecé a correr sin rumbo, empujado por un reflejo que me dictaba el instinto de conservación; cuando vi aquella cara contra la ventanilla. Era la de un anciano al que yo, venciendo mi pudor de machito rioplatense, le tendría que haber dado un beso por haberse quedado quietito como gurí cagado. El viejo seguía en la misma posición y en el mismo lugar en el que estaba cuando me había bajado.  En el tren habían quedado la guitarra, el equipaje, mis documentos, los traveller checks y un pasaje de vuelta a Uruguay que no llegué a utilizar. En un instante me podría haber transformado en un desalojado de mi propia casa ambulante, pues esas eran todas mis pertenencias.

César Cosimini estudiaba guitarra conmigo allá en el Montevideo de los años setenta. Era, además, íntimo amigo de Eduardo Mateo, con el que compartía una barra bohemia de músicos que se asomaban a los días desde el borde de la noche.

Poseedor de un lenguaje florido que aún conserva, un día me lo presentó en la calle, la morada habitual de Mateo.

-Loco, este pibe es Mateo.

-Eduardo, este loco es mi profe de guitarra del que siempre te hablo.

Mateo alargó su mano para estrechar la mía mientras apretaba con el brazo una botella de cerveza debajo del sobaco.

Un día grisón de 1982, después de juntar penosamente el dinero necesario para el viaje, me fui de Uruguay. La beca me cubría los gastos de estadía durante un mes y con lo que me quedaba-esto lo supe al desembarcar de este lado del "río color león"-podía pagar una pieza de hotel por una semana.

Y la comida?

Bien, gracias.  

La familia y unos pocos amigos me fueron a despedir el aeropuerto.

Entre ellos, César. Viéndome con la guitarra y escaso de equipaje, se habrá imaginado el malambo que le esperaba en el norte a aquel pajuerano del sur.

Se pasó la mano por los ojos húmedos y abrazándome fuerte, bien fuerte, me susurró al oído:

- Loco, que te vaya mil!   

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Gonzalo Solari

Arezzo, Italia, abril de 2012

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