Mujeres objetoras de conciencia en Estados Unidos y Reino Unido durante la segunda guerra mundial

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

Internacional de Resistentes a las Guerras (IRG-WRI)

Objetoras de conciencia estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial

Cuando Woodrow Wilson introdujo la Ley de Conscripción [1] en Estados Unidos, ésta afectaba a todos los hombres de 21 a 30 años de edad. Popularmente, se la conoció como el servicio militar o la leva. Suscitó una resistencia impresionante en los colectivos obreros, pacifistas y progresistas. Miles de personas fueron encarceladas y algunas torturadas. La fiebre patriótica y la represión a grupos que se oponían a la guerra creó una fisura importante en la sociedad estadounidense.

Cuando Franklin Roosevelt reintrodujo esta ley en 1940, afectaba ya a hombres de 18 a 45 años. Se contemplaba el derecho a la objeción de conciencia para creyentes, pero los objetores tenían que ayudar en la guerra en posiciones no combatientes. A algunos los llevaban a los campos de objeción de conciencia [2] que se montaron por todo el país, para trabajar en psiquiátricos, de guardabosques o en otros servicios que el gobierno considerara relevantes. Muchos de estos hombres, pacifistas u objetores por motivos religiosos o no religiosos, empezaron a considerar aquellos campos como campos de concentración. Se dieron cuenta de que no querían ofrecer su ayuda en tiempos de guerra, sino justamente, ponerle fin a la guerra. Así fue como comenzó su lucha: empezaron a fugarse, y a pasar a estar bajo una orden de búsqueda y captura. A algunos los localizaban, iban a juicio y después a la cárcel. La mayoría de las condenas eran duras y los resistentes tuvieron que soportar aislamiento e intimidaciones tanto a manos del personal de prisiones como de los otros presos.

Las mujeres en esta época, como en el pasado y en el presente, no tenían que hacer el servicio militar ni el civil. Podían ayudar en la guerra como voluntarias no combatientes. Muchas entraron en el ejército así. Algunas trabajaban en fábricas y en empleos relacionados con la guerra, porque todo era parte del gran esfuerzo de ayudar en la guerra. Aunque la ley no obligaba a las mujeres a “servir”, la presión social para mostrar apoyo a los soldados y no cuestionar la guerra era impresionante. Antes de la guerra, existía un movimiento por la paz inmenso, con pacifistas, aislacionistas, comunistas y socialistas, tanto hombres como mujeres.

Cuando estalló la guerra, la mayoría de los hombres en edad de servicio fueron reclutados o enviados a los campos de objeción de conciencia, o a la cárcel por resistirse a esto. Las mujeres quedaron al frente de las organizaciones pacifistas de todo el país. Apoyaban a los hombres que estaban en los campos de objeción y a los que iban a la cárcel. Dirigían organizaciones pacifistas como la Liga de Resistentes a la Guerra (WRL) y el Movimiento de Reconciliación (FOR). Le buscaban un lugar donde dormir a los objetores de conciencia cuando se fugaban de los campos, lo que equivalía a desobedecer la ley porque estaban protegiendo a criminales. Muchas organizaban y asistían a manifestaciones y reuniones anteguerra; otras iban a los juicios de los objetores fugados y luego a visitarles a la cárcel cuando les hallaban culpables. Las mujeres eran objetoras de pensamiento y de hecho.

Jean Zwickel

Se mudó al Ashram de Harlem, en Nueva York, cuando la despidieron por negarse a reclutar estudiantes durante la Segunda Guerra Mundial. Casada con el objetor judío Abe Zwickel, estuvieron activos en el movimiento por la paz hasta la década de los ochenta. Ésta es su historia:

Estaba terminando mi segundo curso cuando estalló la guerra. A las profesoras, nos pidieron que ayudáramos con el enlistamiento. Hablé con el superintendente y le dije que yo no quería participar o cooperar con la guerra. Yo no incitaba a los estudiantes a oponerse a la guerra, pero no quería desempeñar ningún papel de apoyo a algo así. Me dijo que no pasaba nada. Volvieron a llamarnos por segunda vez para ayudar con el registro. Era algo más urgente y algo más obligatorio. Se esperaba que las profesoras arrimaran el hombro. Consentí en lo de ayudar con el racionamiento de la gasolina pero no podía con la idea del reclutamiento. Y cuando llegó el momento de renovar nuestros contratos, me quedé fuera. La excusa que me dieron fue que iba a bajar el número de estudiantes en Alemán y Francés, por lo que ya no había trabajo para mí. Pero estoy segura de que la causa principal fue mi oposición a la guerra.

Erna Harris

Erna Harris era una periodista negra que se unió a los movimientos pacifista y de derechos civiles en Los Ángeles, California, durante la Segunda Guerra Mundial.

Yo formaba era de la Liga de Resistentes a la Guerra y del Movimiento de Reconciliación. Era miembra, estaba allí. No lo formalizamos como los grupos de apoyo, pero estaba allí, arriesgándome a ir a la cárcel… incitando a que desobedeciera la Ley de Conscripción y también después, cuando metían a los chicos en los campos de objeción y cuando algunos saltaban la colina [3]. Muchos pasaban varias noches en el suelo de mi salón, en el apartamento que había alquilado con Ella, una amiga mía alemana. Teníamos un apartamento pequeñito y yo me iba a su cuarto para que el objetor pudiera dormir en el suelo de mi cuarto. Ellos no tenían dinero y nosotras escondíamos a criminales.

Lo que hacíamos sobre todo era intentar cuidar a los chicos que iban a los campos de objeción: asegurarnos de que no se sintieran abandonados, un sentimiento que surgía enseguida; y también cuidábamos a los que no eran clasificados o a los que decidían no registrarse [4]. Por aquello iban a juicio o a la cárcel. Asistí a un montón de juicios, e intenté darme a conocer a las autoridades como persona que estaba metida en esto, porque no encontraba razón alguna para que aquellos chicos sufrieran más que las mujeres. Las mujeres buscábamos el dinero para las fianzas, llevábamos los contactos, corríamos de aquí para allá para averiguar si se podría pagar fianza para sacar a los chicos, pensábamos las defensas de los casos, cosas así… Nos asegurábamos de que los abogados hacían su trabajo. Las que sabían escribir a máquina, escribían para los chicos. Yo visitaba los campos, pero no para rezar con ellos o llevarles galletas. Les animaba y les decía que allá fuera estábamos intentando parar la guerra. Así que supongo que les gustaba más verme a mí que otra gente. Las galletas, las visitas, las oraciones por ellos, todo eso estaba bien, pero lo que necesitaban sobre todo era que alguien le sacudiera bien al gobierno. Las historias de Jean Zwickel y Erna Harris son de “Against the Tide: Pacifist Resistance in the Second World War” (contra la marea: la resistencia pacifista en la Segunda Guerra Mundial), historia oral editada por Deena Hurwitz y Craig Simpson. Del calendario de 1984 de la Liga de Resistentes a la Guerra (WRL).

Introducción y notas de Joanne Sheehan y Craig Simpson, Liga de Resistentes a la Guerra (WRL)

Notas

[1] La Ley de Conscripción del gobierno estadounidense se llama el Selective Service Act.

[2] Campos de objeción de conciencia (Civilian Public Service camp): donde los objetores realizaban un servicio civil, o alternativo.

[3] saltar la colina (go over the hill): escapar de los campos, pues sentían que se habían ingresado voluntariamente en prisión.

[4] a los que no eran clasificados o a los que decidían no registrarse: según la Ley de Conscripción los hombres de la Segunda Guerra Mundial (ocurre también ahora), tenían que enlistarse para la guerra. A algunos les concedían el estatus de objetor de conciencia. Los que no lo conseguían, o si no se registraban, eran detenidos y condenados a a prisión.

http://www.wri-irg.org/es/node/13108


Dijeron “No” a la guerra: las objetoras de conciencia británicas en la Segunda Guerra Mundial

Por Mitzi Bales, activista pacifista de la Internacional de Resistentes a la Guerra (WRI-IRG)

Cuando el 15 de enero de 1943 Nora Page era conducida a la cárcel en la Black Maria (sobrenombre del furgón policial en Inglaterra), se iba diciendo a sí misma: “Tengo que llegar hasta el final”. Nora Page no era la primera objetora de conciencia británica, ni tampoco la primera en ir a la cárcel por ello, pero su historia sí nos ha llegado, en la forma de una extensa entrevista grabada en 1980 en el Imperial War Museum (museo de las guerras imperiales). En ella, Nora expresa sus creencias poderosa y claramente: al fin y al cabo, desde 1937 había sido activista en la Peace Pledge Union (PPU, organización pacifista inglesa) y había trabajado como voluntaria asesorando a quienes hicieron objeción de conciencia entre 1941 y 1945.

La historia de Nora Page ilustra cómo afectó la cuestión de la conscripción a las mujeres que dijeron “no” a la guerra como resultado de sus creencias o ideas durante la Segunda Guerra Mundial. Asimismo, nos permite conocer qué opinión tenía la sociedad de la objeción de conciencia.

El movimiento por la paz se desarrolló durante los años de creciente desasosiego con la dictadura y los avances militares de Hitler. Nora se había topado con un vendedor de Peace News (PN) en la calle. Era el periódico de la PPU, una organización pacifista. Leyó sobre la misma y al poco tiempo, se unió a ella y empezó a vender el periódico también. El movimiento contra la conscripción surgió en 1939 en el seno del movimiento por la paz. Nora se enteró por el Peace News que había una reunión sobre ese tema y decidió asistir. Le impresionó que el fundador del movimiento no fuera pacifista y que estuviera contra la conscripción. Cuando empezaron a reclutar a la gente, participó en los piquetes informativos que se montaron en los puestos de Intercambio de Empleo, que era donde debían registrarse las personas en situación de poder ser reclutadas. Los piquetes le planteaban la posibilidad a estas personas de que se declarasen objetoras de conciencia.

Nora explica que hasta que de hecho empezó la guerra, el público en general tenía una actitud indulgente hacia el pacifismo, del estilo “me es indiferente”. Cuando se juntaban varias personas en la calle para informarse o charlar con quienes vendían el Peace News o repartían literatura pacifista, la policía les obligaba a transitar. Sin embargo, Nora y sus compañeros conseguían siempre estar en buena relación con el público y la policía en el área de Londres. Tenía bastante desarrollada la técnica de desarmar a quienes se acercaban para criticarles respondiéndoles con alguna información que les era desconocida. Con la extensión restringida de la conscripción militar a las mujeres en 1941, y con la ampliación de la obligación para hombres y mujeres de trabajar en fábricas y como guardafuegos, la historia de Nora pasó a ser la historia de una objetora de conciencia. Se produjo el problema concreto de que podías declararte objetora de conciencia al servicio militar, pero no a la obligatoriedad de trabajar en fábricas (trabajos industriales) o como guardafuegos.

El camino de Nora a la cárcel es un ejemplo de lo que era ser objetora de conciencia en la Segunda Guerra Mundial. Primero la “orientaron” (Orientación Laboral, lo llamaba la ley) a un trabajo en una frutería. Como “absolutista” –así se llamó a las personas que tampoco aceptan realizar el servicio sustitutorio al servicio militar–, se negó a hacerlo. No le quitó importancia al trabajo, según explica en su entrevista: “Yo partía de que no iba a aceptar ningún trabajo que no me hubieran dado en tiempos de paz”. Al parecer, y esto no era lo habitual, las autoridades no reaccionaron en ningún sentido: el ministerio de Trabajo y el Servicio Nacional tenían que perseguir a tanta gente para que “arrimara el hombro en el esfuerzo de la guerra” que había quienes se libraban.

Sin embargo, sabemos por ella misma que la pillaron después, con otras normativas: “Me habían asignado labores de guardafuegos en la patrulla de mi calle e hice mi turno la noche que me tocó. Después nos indicaron que debíamos registrarnos como guardafuegos… Escribí a las autoridades para comunicarles que no lo había hecho porque no estaba de acuerdo con la conscripción”.

Su juicio fue en Tottenham, norte de Londres, y la condenaron a 14 días en Holloway, la cárcel de mujeres. Cuando la bajaron al calabozo, le llevó a las presas pudieron comida elaborada por las mujeres que habían ido a apoyarla a sus juicios. Explica que las oficialas de prisiones fueron amables y que incluso salieron a despedirlas cuando se las llevaron después en la Black Maria. En esto, la experiencia de Nora fue muy distinta a la de muchas otras objetoras de conciencia, que fueron humilladas y maltratadas verbalmente durante los juicios así como después.

Objetoras al trabajo en fábricas y como guardafuegos

Nora cumplió sus 14 días de cárcel al mismo tiempo que Kathleen Lonsdale, la eminente científica cuáquera, que había sido condenada a un mes por negarse a registrarse como guardafuegos. No llegaron a conocerse pero Nora menciona que fue “agradable saber que alguien importante” estaba en la cárcel al mismo tiempo que ella.

Kathleen Lonsdale era cristalógrafa, y había desarrollado varias técnicas para los rayos X. Este trabajo junto con otras aportaciones a la química y la física le proporcionaría más tarde un lugar en la Royal Society. Estaba casada y era madre de dos hijas y un hijo menores de 14 años, por lo que estaba exenta de registrarse; sin embargo, había decidido hacerlo para poder negarse por razones de conciencia. Fue la primera cuáquera encarcelada como objetora. Declaró que no tenía nada en contra de actuar como guardafuegos, pero que pensaba que el tema de la guerra en sí mismo y el recorte de las libertades civiles inherentes a las obligaciones que ésta imponía eran lo que entonces prevalecía.

Mientras Kathleen estuvo en Holloway organizó la reunión cuáquera semanal, protestó por la mejora de las condiciones carcelarias y ayudó a mantener la moral alta entre las presas de su galería. Cuando quedó en libertad escribió sus memorias de su paso por la cárcel, una de las pocas obras de esta naturaleza publicada en aquel periodo. Las publicó el Prison Medical Reform Council (consejo para la reforma médica en las cárceles), y es una valiosa fuente de datos sobre las penurias que soportaban las presas, aunque el énfasis se centra en la cuestiones de sanitarias.

Connie Bolam, doncella de Kitty Alexander, fue la primera objetora de conciencia. La encarcelaron en enero de 1942. Procedía de una familia de objetoras y objetores de conciencia de Newcastle, al norte de Inglaterra. Las autoridades “orientaron” a Connie a trabajos en el campo, en comedores u hospitales, pero ella, absolutista convencida, se negó a realizarlos, por lo que fue condenada a un mes de prisión por un tribunal de Newcastle. Lo cumplió en la cárcel de Durham. En junio de aquel mismo año se presentó ante el tribunal de Durham y Northumberland como objetora de conciencia a la conscripción militar. El presidente del tribunal, que le era hostil, declaró: “Este tribunal tiene un sentido común del que usted carece. Deje de decir tantas tonterías”. Le otorgaron la exención bajo la condición de que realizara trabajos en granjas, hospitales o comedores. Ella lo recurrió sin éxito, aceptando finalmente la exención condicional, al parecer. Es posible que para entonces tuviera otras cosas en la cabeza: había recibido numerosas cartas de apoyo gracias a la publicidad que suscitó su caso, y se había casado con uno de los hombres que la apoyaba.

Kitty Alexander, por su parte, se había negado a registrarse, y la condenaron a un mes de cárcel. Además, la despidieron de su empleo remunerado en una oficina de seguros.

Ivy Watson también pasó por una experiencia agotadora. Habiéndose negado a registrarse, su juicio fue en Startford (este de Londres) tres días antes de la Navidad de 1943. La condenaron a pagar una multa de £25 o bien a tres meses de cárcel. Eligió la cárcel, pero al cabo de cuatro semanas su salud había quedado tan mermada que le pidió a su familia que pagara la multa para salir de allí.

Su narración, publicada en el boletín del CBCO (comité central para la objeción de conciencia), se suma a lo que cuenta Kathleen Lonsdale en sus memorias. Cuenta que a las presas le daban una vez al mes un pequeño trozo de jabón y unas medias; que no tenían pañuelo, abrigo o papel higiénico. Como las demás, usaba una manta sucia como abrigo, y el único papel que podían utilizar para limpiarse procedía de una biblia. Soportó la tortura psicológica hasta lo que sería el último golpe, que no pudo asimilar, cuando pidió que la visitara un párroco de la Iglesia No Conformista, y al llegar éste a la prisión, las autoridades le dijeron que ella ya no quería verle, por lo que se marchó, desconcertado.

Joan Williams (de soltera, Locke) era auxiliar de bibliotecas en la Biblioteca Pública de Shoreditch. Dejó una crónica titulada Experiencias de una objetora 1939-43. Le había llegado la llamada a que se registrara en agosto de 1941, como al resto de mujeres de 26 años. Se negó a hacerlo con una carta al ministro de Trabajo. Tuvo noticia de que su carta había llegado a su destino, pero no volvió a saber nada del caso hasta junio de 1942, cuando volvieron a comunicarle que debía registrarse. Volvió a negarse. Misiva va, misiva viene hasta marzo de 1943, cuando la convocaron a juicio en Clerkenwell, acusada de negarse a recibir la Orientación Laboral. Como persistía en su postura, se la retuvo bajo custodia dos semanas más para que se lo pensara. Se mantuvo firme. El nuevo juicio que se celebró ilustra bien cómo se defendían las objetoras de conciencia ante el tribunal:

Joan W: Reconozco que el país ha sido muy generoso en su trato a las objetoras y objetores de conciencia, pero se echa en falta la cláusula de conciencia en la Ley de Conscripción Industrial, y yo objeto al principio de esa ley.

Magistrado: ¿Objeta usted a la ley?

Joan W: Porque implica la organización del país para el propósito de la guerra, y yo no puedo participar en la guerra.

Magistrado: ¿Se niega usted a aceptar la Orientación Laboral? Si es así, tendrá que ir a la cárcel.

Joan W: Prefiero ir a la cárcel.

La condenaron a dos meses de cárcel, condena que fue conmutada por seis semanas más tarde. Narró su paso por Holloway: nos cuenta que entre las objetoras que conoció al llegar allí había tres o cuatro testigas de Jehová, una metodista, una persona sin denominación religiosa, y una cuáquera. Podían reunirse y hablar un poco durante los periodos de ejercicio físico y recibían la visita de personas cuáqueras. Joan trabajaba en la biblioteca, limpiando el suelo, ocupándose del traslado de libros y pasando a máquina el catálogo de publicaciones. Después de su puesta en libertad, recibió tres notificaciones más para ser entrevistada, pero no ocurrió nada más.

Como Joan Williams, otras mujeres se negaban a recibir la Orientación Laboral. Se las multaba o se las enviaba a la cárcel, en ocasiones reiteradas veces. Las estadísticas publicadas en 1948 ofrecen los siguientes datos:

M. M. Day: 1942: £8 de multa o 2 meses de cárcel. Multa pagada. Reincidente, 28 días y 3 meses concurrente.

Margaret Prendergast, Liverpool: 1941, £3 de multa, impagada. 1942, juicio, 1943, 1 mes de cárcel.

Betty Brown, Scunthorpe, Lincs: 1942, £5 de multa o 28 días de cárcel, cumplida. 1944, £10 de multa o 1 mes, cumplida.

J Fermer: 1944, £5 de multa, pago anónimo. Reincidente, £10 de multa o un mes.

Aunque estas cifras frías no revelan el lado humano de las historias de estas mujeres, la razón de las repetidas multas o amenazas de cárcel es que cada negativa de cumplimiento era, por ley, una nueva ofensa. El verdadero crimen fue el fracaso del Estado para reconocer la objeción de conciencia a la conscripción industrial.

Objetoras al servicio militar

Gran Bretaña fue el primer país de los Aliados que reclutó a las mujeres para la Segunda Guerra Mundial y por lo tanto, fue el primer país en tener objetoras de conciencia. El 18 de diciembre de 1941, el Parlamento aprobó una ley por la que las mujeres solteras de 19 a 31 años serían llamadas a servir en el Servicio Naval Real Femenino, el Servicio Auxiliar Territorial, la Defensa Civil o la Fuerza Aérea Auxiliar Femenina. A ninguna se le requeriría usar un arma letal. Las reglas de objeción de conciencia para los hombres se trasladaron en términos idénticos a las mujeres.

La causa de las mujeres fue también adoptada por el CBCO (comité presidido por Fenner Brockway, objetor encarcelado en la Primera Guerra Mundial, ex presidente del británico No More War Movement, o movimiento No Más Guerra, y de la IRG, aunque ya en la Segunda Guerra Mundial había renunciado al pacifismo). El CBCO había sido fundado en 1939 por un grupo de organizaciones pacifistas para ayudar a las personas que objetaban. Se trabajaba por las objetoras y los objetores de muchas formas, como por ejemplo, ofreciendo asesoramiento sobre el procedimiento de registro, los juicios y demás procedimientos legales, y presionando a favor de las personas objetoras en el Parlamento y ante el gobierno.

Aunque la ley de 1941 permitía que se llamara a filas a las mujeres entre 19 y 31 años de edad, sólo se llamó a mujeres de hasta 24 años. Primero se las convocaba a una entrevista, y quienes ya trabajaban en la enseñanza, enfermería o en el campo, o las mujeres que se ofrecían a hacer esos trabajos, quedaban libres y no tenían que registrarse formalmente como objetoras, aunque podían hacerlo si lo deseaban. Se podía llamar a filas a otras mujeres, a no ser que consiguieran algún tipo de exención, incluida la de objeción de conciencia.

Las mujeres que se registraban como objetoras de conciencia lo hacían en principio en el Intercambio de Empleo, y después presentaban su declaración en un tribunal de su zona, donde se celebraba una vista y se resolvía su caso. Los tribunales de zona se formaban con un presidente legalmente habilitado y cuatro personas más, nombradas por el ministro de Trabajo, de las cuales al menos tenía que ser de sindicatos y una, mujer. Si la solicitante era mujer, el tribunal podría adoptar una de las siguientes tres decisiones: registrar a la mujer como objetora de conciencia en modo incondicional, registrarla como objetora bajo condiciones específicas (por ejemplo, en la enseñanza, enfermería, en el campo o en la defensa civil), o sacarla del registro de objetoras de conciencia, esto es, rechazar su solicitud.

Si la objetora no estaba de acuerdo con la decisión del tribunal, podía llevar su caso al Tribunal de Apelaciones. De 1.000 mujeres que se presentaron a los tribunales de zona, aproximadamente la mitad apelaba. Es interesante saber que la proporción de mujeres que lo hacía era mayor que la de hombres en su misma situación: se trataba aquí de apelaciones de las absolutistas, quienes deseaban dar el paso formal porque, debido a aquella entrevista informal inicial descrita antes, muchas mujeres en una posición equivalente a la de los hombres, que habían aceptado la exención condicional, no constaban en las estadísticas de la objeción de conciencia.

Algunos tribunales de zona no simpatizaban con las objetoras. En la vista de Hazel Kerr, por ejemplo, un miembro del tribunal le espetó que si llevara su argumento a una conclusión lógica, debería negarse a comer y aceptar morir de hambre. “Quizá eso sea lo más útil que pueda usted hacer.” Veinte personas del público que asistían a la vista en apoyo de la objetora abandonaron la sala en señal de protesta. En la misma vista se le hizo este mismo comentario a Connie Bolam.

Otros momentos señalables

La primera objetora de conciencia fue formalmente reconocida como tal el 2 de abril de 1942. Fue Joyce Allen, de 21 años, y estaba en el PPU de East Horndon. Quedó exenta a condición de que continuara en la enseñanza, y lo aceptó, a pesar de que hacia el final de la guerra la transfirieran al Servicio de Socorro Cuáquero de Liverpool. Más adelante en su vida, participaría en el movimiento radical antiguerra nuclear, y sería entrevistada como antigua objetora de conciencia por The Guardian en 2005.

En las dos semanas que siguieron al caso de Joyce, M. E. Wells, de Scarborough y Alma Gillinder de Swalwell-on-Tyne pasaron al registro condicional por sus labores de enfermería o en hospitales. El 16 de abril, tres mujeres más se registraban condicional. Dos eran testigas de Jehová, aceptaron trabajar en hospitales, y la tercera aceptó trabajar a tiempo completo en la panadería de su padre o en el campo.

Marjorie Whittles, de Liverpool, fue la primera objetora de conciencia incondicional, declarada así el 20 de abril de 1942. Se unió a la Unidad de Ambulacias Cuáquera, y después se la transfirió al Servicio de Socorro Cuáquero. Más adelante, se casaría con otro objetor de conciencia, Michael Asquith, nieto de Herbert Asquith, el primer ministro que, en 1916, introdujo por primera vez en Gran Bretaña la conscripción (con reconocimiento de la objeción de conciencia).

El 21 de marzo de 1944, Rita Matthews, de 27 años de edad y de la isla de Wight, testiga de Jehová, fue condenada a 12 meses de cárcel por no cumplir con las condiciones de su exención (enfermería o restantes trabajos hospitalarios). La condena quedó reducida a seis meses tras su apelación a un tribunal penal inferior, y el ministerio de Trabajo se hizo cargo de las costas de la apelación.

Historias nunca contadas

Han pasado 69 años desde que Gran Bretaña aprobó la conscripción para mujeres en 1941. Es mucho tiempo y esto dificulta las investigaciones sobre el tema. Las objetoras de conciencia más jóvenes que pudieran estar vivas ahora tendrían más de ochenta años y es muy difícil localizarlas. Pasaron 37 años desde lo que vivió Nora Page cuando se declaró objetora hasta la entrevista que le hicieron en el Imperial War Museum, que preservó sus palabras para generaciones futuras. Por suerte, grabaron a once objetoras más, incluida Marjorie Whittles, pero lo evidente es que existen cientos de historias no contadas.

Las cifras son un tema complicado. El número total que se da de mujeres que pasaron por los tribunales es de 1.056 (incluidas 59 enjuiciadas por negarse a cumplir con las condiciones), pero esto no incluye a las mujeres que aceptaron una asignación informal a trabajos no militares, quienes, con toda probabilidad, si las circunstancias hubieran sido diferentes, habrían solicitado el reconocimiento como objetoras de conciencia. Las cifras de la conscripción industrial y de las labores obligatorias de guardafuegos son más complejas aún, pero sabemos que hubo 430 casos de mujeres perseguidas por crímenes de objeción de conciencia a estas tareas. Si estas cifras parecen insignificantes comparadas con los 60.000 objetores de conciencia que hubo durante la Segunda Guerra Mundial, es porque la proporción de mujeres que podía ser reclutada era mucho menor, y además porque aquello duró un periodo de tiempo mucho menor.

Si valoramos el papel de las objetoras en el movimiento de objeción de conciencia británico habría que incluir su trabajo fuera de lo que fue objetar propiamente dicho. Nancy Browne, primera secretaria del CBCO, era un contacto que agradecían todos y todas las objetoras que buscaban la ayuda del comité. Myrtle Solomon, su última secretaria (función que desempeñó al tiempo que llevaba la Secretaría General de la PPU y después la presidencia de la IRG), fue un contacto fundamental para los objetores de conciencia que estaban enfrentándose a problemas en muchas partes del mundo. Tampoco deberíamos olvidar a las primeras activistas, las de la Primera Guerra Mundial: Catherine Marshall, Joan Beauchamp y Margaret Hobhouse.

Respecto al presente y el futuro, deberíamos recordar que el actual derecho a solicitar la baja de las fuerzas armadas británicas por objeción de conciencia es aplicable tanto a mujeres como a hombres, aunque aún no conocemos ningún caso de mujeres que lo hayan ejercido.

Hubo objetoras de conciencia desconocidas que llevaron pancartas pacifistas junto a esas mujeres cuyos nombres e historias conocemos hoy. Podríamos, al menos, llevarlas en nuestro pensamiento, por la fortaleza y la su firmeza que mostraron a la hora de defender sus ideas críticas con la guerra.

Fuentes:

Barker, Rachel: Conscience, Government and War (Conciencia, gobierno y guerra). Routledge & Kegan Paul, 1982

Benjamin, Alison: “Voices of Reason” (Las voces de la razón). Guardian, 3 agosto 2005

Central Board for Conscientious Objectors (CBCO; comité central para la objeción de conciencia): archivos, Friends’ House Library (Biblioteca cuáquera)

Hayes, Denis: Challenge of Conscience (Problema de conciencia), publicado para CBCO por George Allen & Unwin 1949

Imperial War Museum (museo de las guerras imperiales): archivo sonoro, objetores/as de conciencia

Lonsdale, Kathleen: Prison for Women (Cárcel de mujeres), Prison Medical Reform Council, 1943

Peace Pledge Union: base de datos de OC británicos, con la inclusión de 150 objetoras

Williams, Joan: Experiences of a Woman CO 1939–43 (experiencias de una objetora), manuscrito no publicado, Friends’ House Library (Biblioteca cuáquera)

http://www.wri-irg.org/es/node/13107

 

Tomado de

Grupo Antimilitarista Tortuga

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