¿Qué tiene de malo desear a la mujer del prójimo?

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

Antonio Aramayona. Religión

Nos contaron en la niñez que hace muchos años, en el desierto del Sinaí, Moisés tuvo un gran encuentro con Dios. Un día, a los pies del monte del Safsafá aguardaba el pueblo, mientras Moisés ascendía la montaña. Allí su dios le entregó, en unas tablas de piedra, el Decálogo, los mandamientos. El décimo dice así:  “No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él”.

Como se observará, en el décimo mandamiento que muchos, ya talluditos, hemos debido memorizar y recitar, según los dictados del Catecismo (“No codiarás los bienes ajenos”), no se alude explícitamente a los esclavos, bueyes, asnos y demás; mucho menos, a las mujeres del prójimo.

Ateniéndome a la literalidad del texto bíblico, sigo sin comprender qué o quién es "mi prójimo". Se supone, en principio, que es alguien de tu misma especie, que te es "próximo" (bien espacialmente, bien consanguíneamente, bien de algún otro modo ignoto). Echo una ojeada a mi alrededor y puedo identificar a unos cuantos amigos, quizá menos de los que quisiera. Cuento también con unos cuantos conocidos y colegas, con una anónima multitud de desconocidos, y quizá -qué vamos a hacerle- con algún enemigo que otro. Sin embargo, sigo sin saber quién o quiénes son mis prójimos.

Acudamos entonces al clavo ardiendo de vincular prójimo y próximo. Si mi prójimo es mi próximo, ¿puedo desear en tal caso a la mujer de quien no me es próximo? Por ejemplo, la mujer de alguien que no conozco o que esté de viaje por el Caribe, o que ni siquiera sepa quién soy o cómo me llamo o simplemente que le importe un rábano que la desee o no? ¿Puedo, pongamos por caso, desear a Salma Hayek? ¿O a una mujer que no es de nadie? ¿Es que hay mujeres de alguien? ¿O no puedo desear a ninguna?

El mandamiento prohíbe codiciar, que, según el Diccionario, significa "desear con ansia". Sin embargo, desear es de lo poco que aún nos queda a los que apenas tenemos algo o casi nada. Si además pretenden privarnos de nuestro derecho a desear, apaga y vámonos. Y es que desear no hace daño a nadie, que yo sepa. ¿Por qué se me prohíbe entonces desear, con o sin ansia? ¿Por qué el deseo (ése en concreto) es malo? Si no causa demasiada frustración (ya se sabe, desear implica que no se tiene lo deseado), puede ser incluso buenísimo. Más aún, no desear a alguien puede llegar a ser síntoma de anemia psíquica, amén de no poco aburrimiento, rutina o indiferencia.

Por el contrario, desear a alguien (con o sin ansia, ése es mi problema) significa en cierto modo valorarlo, tenerlo en cuenta, hacerlo objeto de mi aprecio. En cualquier caso, la persona deseada no tiene por qué enterarse de nada. Y aun en el caso de que tuviera noticia de mis deseos, siempre está en su mano responder con un no, que sería de agradecer fuese amistoso y a ser posible adornado con una sonrisa.

Entendería un mandamiento que dijese, por ejemplo, "no desearás mal, daño, perjuicio, soledad, llanto… a nadie" (incluida la mujer o la prima hermana del prójimo), pero desear (a secas) no veo qué puede tener realmente de malo. Probablemente todo se debe a que en los desiertos suelen soplar vientos malhumorados y aumenta la mala leche de los que por allí pasan y los padecen. Y los mandamientos se entregaron en un desierto, el del Sinaí. Como se ve,  al final hay explicación para casi todo.

El mandamiento olvida (¿o no?) también la posibilidad de que las mujeres sean capaces de desear (hasta con ansia) a quien consideren conveniente. ¿Por qué no dice entonces "no desearás al varón de tu prójima"? El décimo mandamiento comete, pues, el error de caer en favoritismos (las mujeres quedan exentas de la prohibición y a los hombres, en cambio, se les reconoce explícitamente como seres deseosos), e incurrir en desprecios (las mujeres aparecen como un saco de mortadela, mas no como personas con capacidad de desear, y los hombres son quizá tenidos por tan feos y horribles que no son capaces de despertar el deseo femenino). Crece y crece así mi mosqueo a medida que pienso en este décimo mandamiento, pues -por poca cosa que sea uno-, tampoco es para que en la propia legislación divina se me tache de tan poco apetecible.

Y eso no es todo. Me parece sumamente improcedente presuponer un mundo de mujeres y de hombres que sean de alguien. La gente no es de nadie, con independencia de la clase de gónadas, inclinaciones y expectativas sexuales que tenga cada cual. Prefiero creer y esperar que el mundo esté habitado simplemente por mujeres y hombres. Libres, iguales, autónomos, independientes. Claro que mientras dios sea tres dioses que propenden siempre a adoptar el género masculino (Padre, Hijo, Espíritu Santo), en vez del femenino (Madre, Hija, Espíritu Santa), hay muy poco que hacer.

En resumidas cuentas, sigue pendiente de dilucidar dónde estriba realmente la maldad del deseo de la mujer del prójimo para que se nos prohíba entre rayos y truenos, entre las terribles nubes del Safsafá.

¡Angelina Jolie, te deseo!

Tomado de

Izquierda Digital


 

Hablando de los 10 mandamientos… dejo un extracto que me encanta del libro de Umberto Eco “La misteriosa llama de la Reina Loana”

 

Yambo es un pre adolescente en la Italia fascista de Mussolini (el pelado), que ha encontrado en su amigo mayor Gragnola, un anarquista librepensador, una forma diferente de ver y entender el mundo. En esta oportunidad conversan sobre dios y los diez mandamientos:

“Los fascistas han existido siempre. Desde los tiempos... desde los tiempos de Dios.

Sin ir más lejos, Dios. Un fascista.

- ¿Pero tú no eras un ateo, que dice que Dios no existe?
- ¿Quién lo ha dicho, ¿el padre Cognasso, que está más en la inopia que un besugo? Yo creo que Dios existe, desgraciadamente. Sólo que es un fascista.
- ¿Y por qué va a ser Dios un fascista?
- Oye eres demasiado joven para que pueda hacerte un discurso de teología. Empecemos por lo que sabes. Recítame los diez mandamientos, ya que en el Oratorio te los que tienes que aprender de memoria.

Se los recitaba.

- Bien –decía, ahora presta atención. Entre estos diez mandamientos hay cuatro, fíjate, no más de cuatro, que aconsejan cosas buenas, aunque también esos, en fin, luego volveremos sobre ellos. No matarás, no hurtarás, no levantarás falsos testimonios y no desearás a la mujer ajena. Este último es un mandamiento para hombres que saben qué es el honor; por un lado, no les pongas los cuernos a tus amigos y, por el otro, intenta mantener en pie a la familia, y eso puedo asumirlo; es verdad que la anarquía quiere eliminar también a la familia, pero no podemos conseguirlo todo de una sola vez. En cuanto a los otros tres, de acuerdo, es lo mínimo que te aconseja también el sentido común. Que, bien pensado y juzgando, mentiras las decimos todos, a veces con buenas intenciones, pero matar no, no hay que matar nunca.
- ¿Ni siquiera si el rey te manda a la guerra?
- Ahí está el busilis. Los curas dicen que si el rey te manda a la guerra puedes, es más, debes matar. A fin de cuentas, la responsabilidad es del rey. Así se justifica la guerra, que es una mala cosa, sobre todo si a la guerra te manda el Pelado. Fíjate que los mandamientos no dicen que puedes matar en la guerra. Dicen que no matarás y se acabó. Pero, claro, luego...
- ¿Luego?
- Veamos los demás mandamientos. Yo soy el Señor tu Dios. Esto no es un mandamiento, si no, serían once. Es el prólogo. Pero es un prólogo que te tima. Intenta entenderlo: a Moisés se le aparece un tío, qué digo, ni siquiera se le aparece, se oye su voz y quién sabe de dónde sale, y luego Moisés va a contarles a los suyos que los mandamientos hay que obedecerlos porque proceden de Dios. ¿Y quién dice que proceden de Dios? Esa voz: “Yo soy el Señor tu Dios”. ¿Y si resulta que no lo era? Imagínate que yo te paro por la carretera y te digo que soy un carabinero de paisano que me tienes que dar diez liras de multa porque por esa carretera no se puede pasar. Tú eres listo y me dices_ pues quién me asegura a mí que tú eres un carabinero; a lo mejor eres uno que vive de porculear a la gente. Déjame ver los documentos. En cambio, Dios le demuestra a Moisés que es Dios porque se lo dice, y punto pelota. Todo empieza con un falso testimonio.
- ¿Tú crees que no era Dios el que le dio los mandamientos a Moisés?
- No, yo creo que era precisamente Dios. Digo solo que usó un truco. Siempre lo ha hecho: tienes que creer en la Biblia porque está inspirada en Dios, ¿pero quién dice que esté inspirada por Dios? La Biblia. ¿Entiendes el timo?

Bueno, sigamos adelante. El primer mandamiento dice que no tendrás a otro Dios más que a él. Así ese señor te prohíbe pensar, qué sé yo, en Alá, en Buda o incluso en Venus, que, la verdad, tener como diosa a una tía que está más buena que un pan no está nada mal. Pero quiere decir también que no tienes que creer, qué sé yo, en la filosofía, en la ciencia, y que no debe ocurrírsete que el hombre desciende del mono. Sólo él, nadie más. Ahora presta atención, que todos los demás mandamientos son fascistas, están hechos para obligarte a aceptar la sociedad tal cual es. Acuérdate de santificar las fiestas... ¿qué me dices?
- Bueno, en el fondo manda que vayamos a misa los domingos, ¿qué hay de malo?
- Eso te lo dice el padre Cognasso, que, como todos los curas, no sabe de la biblia la media. ¡Despierta! En una tribu primitiva como la que Moisés llevaba de paseo por el desierto, esto significa que debes observar los ritos, y los ritos sirven para atarugar al pueblo, desde los sacrificios humanos a las concentraciones del Pelado ante el balcón del Palacio Venecia! ¿Y luego? Honra a tus padres, eso vale para los niños que deben ser guiados. Honrar al padre y a la madre quiere decir respeta las ideas de los ancianos, no te opongas a la tradición, no pretendas cambiar la forma de vida de la tribu. ¿Entiendes? No le cortes la cabeza al rey como Dios manda; es decir, perdón, como deberíamos hacer si la cabeza, la nuestra, la tuviéramos bien plantada en los hombros, sobre todo con un rey como el enanejo ese del Saboya, que ha traicionado a su ejército y mandando a sus oficiales a la muerte. Entonces entiendes que incluso el no hurtarás no es ese mandamiento uno inocente que parece, porque lo que manda es que la propiedad privada no se toca, que es la propiedad de los que se han enriquecido robándotela a ti. Si sólo fuera eso. Faltan aún tres mandamientos. ¿Qué significa no cometerás actos impuros? Los varios padres Cognasso quieren hacerte creer que sirve sólo para impedirte menear lo que te cuelga entre las piernas y, la verdad, ir a marear las tablas de la ley por alguna paja pues me parece un derroche. ¿qué tendría que hacer yo, que soy un fracasado, que esa buena mujer de mi madre no me hizo guapo, por añadidura me he quedado cojo y una mujer que sea una mujer no la he tocado nunca? ¿Y me quieres quitar también ese desahogo?

Por aquel entonces yo sabía cómo nacían los niños, pero creo que tenía ideas vagas sobre lo que sucedía antes. De pajas y otros tocamientos había oído hablar a mis compañeros, pero no me atrevía a profundizar. Claro que no quería que Gragnola pensara que me chupaba el dedo. Asentí mucho, con compunción.

- Dios podía decir, qué sé yo, puedes follar, pero sólo para tener niños, sobre todo porque entonces en el mundo eran aún demasiados pocos. Pero los diez mandamientos no lo dicen: por una parte, no debes desear a la mujer de tu amigo, y por otra, no debes cometer actos impuros. En fin, ¿cuándo se folla? Hay que ver, tienes que hacer una ley que le vaya bien a todo el mundo, y mira tú, los romanos, que no eran Dios, cuando hicieron las leyes tal fundamento les pusieron que siguen funcionando aún hoy, ¿y Dios va y te manda un decálogo que no te dice lo más importante? Tú me dirás: sí, pero la prohibición de los actos impuros prohíbe follar fuera del matrimonio. ¿Estás seguro que de verdad era así? ¿Qué eran los actos impuros para los judíos? Ellos tenían reglas severísimas, por ejemplo, no podían comer cerdo, y tampoco bueyes sacrificados de una determinada manera y, por lo que me han dicho, ni siquiera boquerones. Entonces los actos impuros son todo lo que el poder ha prohibido. ¿Qué? Todo lo que el poder ha definido como actos impuros. Te los inventas y ya está: el Pelado considera impuro hablar mal del fascismo y te mandaba al confinamiento. Era impuro ser soltero, y pagabas el impuesto sobre el celibato. Era impuro agitar una bandera roja, etcétera, etcétera, etcétera. Y ahora lleguemos al último mandamiento, no codiciarás los bienes ajenos. ¿Te has preguntado tú el porqué de este mandamiento, cuando ya estaba no hurtarás? Si tú deseas tener una bicicleta como la de tu amigo, ¿has pecado? No, si no se la robas. El padre Cognasso te dice que ese mandamiento prohíbe la envidia, que sin duda es una cosa fea. Pero hay una envidia mala, esa envidia que, cuando tu amigo tiene una bicicleta y tú no, querrías que se partiera el cuello bajando por una cuesta; y está la envidia buena, cuando tú deseas también una bicicleta y te pones a trabajar como un loco para podértela comprar, auque sea de segunda mano, y es la envidia buena la que hace progresar al mundo. Y luego hay otra envidia, que es la envidia de la justicia, la que hace que no te resignes a que alguien lo tenga todo y otros mueran de hambre. Y si sientes esa bella envidia, que es la envidia socialista, te pones en marcha para construir un mundo donde la riqueza esté mejor distribuida. Pero es precisamente esto lo que el mandamiento te prohíbe: no desees más de lo que tienes, respeta el orden de la propiedad. En este mundo hay quienes tienen dos campos de trigo sólo porque los han heredado y hay quienes los labran por un trozo de pan, y el que labra no tiene que desear el campo del amo, si no, el Estado se desmorona y estamos en la revolución. El décimo mandamiento prohíbe la revolución. Así es que, querido chico mío, no mates ni robes a los desarrapados como tú, pero desea todo aquello que los demás te han quitado. Éste es el sol del porvenir y por eso nuestros compañeros están allá arriba en el monte, para quitar de en medio al Pelado, que subió al poder pagado por los latifundistas, y, claro, a los teutones de Hitler, que quería conquistar el mundo para que el tal Krupp vendiera más cañones, que mecacho con los pedazos de Bertas que construye. Pero qué entenderás tú de estas cosas, a ti que te han educado haciéndote aprender de memoria juro obedecer las órdenes del Duce ...
- No, yo entiendo, aunque no todo.
- Esperemos

Aquella noche soñé con el Duce."

Umberto Eco
La Misteriosa Llama de la Reina Loana

 

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