Sarkozy impone al nuevo presidente de Costa de Marfil

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

En lugar de imponer «democracia» a otros, ¿por qué no se dedican primero a arreglar la suya?


Lunes 6 de junio de 2011

Por Ricardo López Dusil

Alassane Ouattara fue impuesto en el cargo a sangre y fuego. ¿Qué dice haber defendido Francia con tanto denuedo? Por supuesto, la democracia. ¿Qué recursos económicos tiene Costa de Marfil? Por supuesto, petróleo.

Gerald Ford, según la despiadada mirada de Lyndon Johnson, era tan inútil que no podía caminar y mascar chicle al mismo tiempo. No parece ser el caso de Sarkozy, que se ha dado maña para bombardear con la misma eficacia, y con equivalentes daños colaterales, tanto en Libia como en Costa de Marfil. Todo ello, sin abandonar la participación militar de su país en Afganistán, iniciada por su predecesor.

En cada uno de estos escenarios, la participación militar francesa tiene características diferenciadas: en Afganistán aporta bombarderos y tropas terrestres, mientras que en Libia su ofensiva está centrada en los ataques aéreos, como punta de lanza del ejército irregular que intenta derrocar a Khadafy, y en Costa de Marfil participa directamente en el territorio, es decir, con tropas ocupantes, detalle que por supuesto pronto caerá en el olvido.

¿Qué dice defender Francia con tanto denuedo en Costa de Marfil? Por supuesto, la democracia. ¿Qué recursos económicos tiene Costa de Marfil? Por supuesto, petróleo. Pero como los placeres hay que dárselos en vida, además de petróleo también hay cacao y café.

Laurent Gbagbo La síntesis que aportan las agencias internacionales de noticias sobre la naturaleza del conflicto es simple: dicen que en las elecciones presidenciales de noviembre último, las fuerzas opositoras al presidente Laurent Gbagbo, encabezadas por Alassane Ouatarra, ganaron los comicios, pero que el mandatario se negó a entregar el poder, lo que originó una crisis que se fue saldando como se saldan habitualmente estas cuestiones en países bajo dominio occidental: con sangre.

La realidad, sin embargo, siempre es más rica y más compleja. Y requiere de explicaciones que difícilmente entren en los tres minutos del telediario.

Costa de Marfil tiene, en su nombre mismo, las señas de su tragedia. Es el nombre que le dieron los colonos franceses llegados al territorio con la misma avidez presente en estos días: para expoliar los recursos ajenos en beneficio propio. Matar elefantes o someter poblaciones es solo parte del mismo negocio.

Francia hizo su primer contacto con Costa de Marfil en 1637, cuando llegaron misioneros a Assinie, en la frontera de la actual Ghana. Luego, a mediados del siglo XIX, París convirtió el territorio en un protectorado y más adelante, en 1893, la sometió oficialmente como colonia.

Sus fronteras fueron trazadas, como en todo el continente africano, en función de los intereses de las potencias coloniales y el posicionamiento de sus empresas o explotaciones. Eso explica que en un territorio de solo 20 millones de personas se hablen 65 idiomas, aunque el oficial es el francés. Que la población tenga una expectativa de vida que no supera los 56 años, el analfabetismo ronde el 50 por ciento y el nivel de ingresos por persona ubique al país en el poco auspicioso puesto 195 en el ranking mundial, todo ello contando con recursos naturales suficientes para alcanzar índices considerablemente altos de desarrollo, no parece haber sido motivo de preocupación de los colonizadores, anteriores y actuales.

Formalmente, Costa de Marfil se convirtió en Estado independiente en 1960. Su primer presidente, Félix Houphouët-Boigny, gobernó desde entonces hasta su muerte, en 1993. Fueron 33 años en los cuales las \«preocupaciones democráticas\» que desvelaban a París fueron compensadas con ingentes cargamentos de cacao y café. El país es hoy el primer productor mundial de cacao, industria que funciona con aporte de mano esclava infantil perfectamente documentada por el Primer Mundo. Tanto cacao produce Costa de Marfil que no solo logra aplacar los sinsabores de la conciencia de los franceses, sino también la de suizos y norteamericanos, cuyas compañías de chocolate están provistas de la materia prima marfileña.

A la muerte de Houphouët-Boigny, Costa de Marfil era un país próspero, pero lleno de pobres, y la caja de Pandora que se abrió tras su desaparición no hizo más que añadir nuevos padecimientos a su pueblo. El Parlamento designó a Henri Konan Bédié para sucederlo, pero en diciembre de 1999 fue derrocado por el general Robert Güei, un excomandante que había sido expulsado del ejército por Bédié. Güei convocó a elecciones al año siguiente, pero cuando éstas fueron ganadas por Laurent Gbagbo, se rehusó a entregarle el poder, aunque masivas protestas callejeras lo obligaron a dimitir y aceptar el mandato de las urnas.

Gbagbo, que es considerado por Occidente como un populista de izquierda, debió enfrentar durante su mandato una rebelión de militares que se hicieron fuertes en el norte y el oeste del país, la región de menor desarrollo. Desde entonces, se han verificado asesinatos masivos de civiles perpetrados tanto por las fuerzas gubernamentales como por las irregulares.

La virtual guerra civil que viene desangrando a Costa de Marfil no impidió que las potencias siguieran interesadas en el devenir de sus negocios, que se acrecentaron cuando en 2005 comenzó a extraerse el petróleo. Gbagbo comenzó a hacer méritos para ganar el respaldo europeo para su gobierno y a finales de 2008 estableció con la Unión Europea un convenio que abrió el mercado local a las importaciones, cubiertas en un 80 por ciento por el Viejo Continente. También aceptó atar la moneda local al euro e invirtió en importantes proyectos de infraestructura, como obras viales, puertos y redes de comunicación, y en 2010, accedió a dejar la explotación de un importante campo petrolífero en manos de la multinacional francesa Total en sociedad con la local Yam\’s Petroleum.

Desde que Costa de Marfil se ha establecido como uno de los países más prósperos de África occidental, comenzó a recibir una marcada afluencia de inmigrantes y actualmente el 20% de su población está conformada por trabajadores de Liberia, Burkina Faso y Guinea. Este hecho ha creado una tensión constantemente creciente en los años recientes, no solo por diferencias económicas y culturales sino también religiosas: la mayor parte de los inmigrantes son musulmanes mientras que la población nativa es mayoritariamente cristiana y animista.

Elecciones controvertidas

La segunda vuelta de las elecciones presidenciales celebradas en noviembre de 2010 concluyeron con un virtual empate entre el mandatario, Laurent Gbagbo, y el líder de la oposición, Alassane Ouattara, un ex funcionario del Fondo Monetario Internacional de origen burkinés.

Alassane Ouattara Pese a que el consejo electoral marfileño dio ganador al presidente, la comunidad internacional reconoció como ganador a Ouattara. Con llamativa velocidad, tanto la UE como la ONU no dudaron lo más mínimo en reconocer la victoria de Ouattara. Aunque los comicios contaron con observadores internacionales, el mismo Ouattara y sus compañeros de partido, todos ellos prooccidentales, no permitieron su presencia en los sectores del país bajo su dominio. Ni Francia, que tiene en el país 1650 soldados de la fuerza Licorne, ni las Naciones Unidas, que mantiene desplegados a unos 8000 cascos azules, hicieron nada para vencer la resistencia de su aliado Ouattara para que permitiera la verificación de los comicios en las zonas bajo su control. No obstante, se sabe que en algunas mesas escrutadas en la región votaron hasta tres veces más la cantidad de personas empadronadas.

Para comprender mejor la dimensión de la presencia de militares extranjeros en Costa de Marfil, basta con consignar que duplican la cantidad de tropas regulares que respondían a Gbagbo, quien, además, sufrió la pérdida completa de su fuerza área en 2004, destruida por los franceses por disposición del entonces presidente galo, Jacques Chirac, en represalia por la muerte de 9 soldados franceses durante un ataque que le fue atribuido al ejército marfileño.

Desde el momento mismo que Francia decidió intervenir activamente en el conflicto marfileño, la suerte de Laurent Gbagbo quedó sellada. Y pese a su tenaz resistencia, el lunes último (11/4) se vio obligado a dejar el poder. En el transcurso de los enfrentamientos se verificaron innumerables violaciones a los derechos humanos. Los investigadores de la Oficina de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos desplegados en el país reportaron el asesinato de 536 personas en los últimos días, la mayor parte de ellos de etnia gueré, partidarios del ahora expresidente, asesinadas por las tropas del actual mandatario con el inestimable apoyo francés.

Alassane Ouattara, el candidato de Occidente, es un tecnócrata que dedicó gran parte de su vida laboral al Fondo Monetario Internacional. En los años 80 dirigió la sección de África del organismo, desde donde participó en la aplicación de los programas de ajuste estructural en el continente, con los resultados conocidos. En esa década, y con la ayuda de Ouattara, Europa logró introducir en África su producción excedente de alimentos, que tuvo nefastos resultados en la agricultura de varios países del continente.

Suena razonable inferir para quién gobernará el nuevo presidente marfileño. Pero si acaso quedaran dudas, el mandatario lo dijo en su primer mensaje a la nación, pronunciado el 12 de abril. Ouattara admitió que los dos objetivos centrales de su agenda serían la reconciliación nacional y el procesamiento de su rival y que para ello recurrirá \«al apoyo de las tropas francesas\». Bombones para Sarkozy, que de inmediato prometió invertir 400 millones de euros para recuperar la economía marfileña. El marido de Carla Bruni ya tiene aseguradas para la patria las dosis necesarias de chocolate, café y petróleo.


Fuente: Ricardo López Dusil es el director periodístico de elcorresponsal.com.

 

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