Semprún se va envuelto en los colores republicanos

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

El escritor recibe sepultura en una ceremonia íntima y sin exequias religiosas

ÁLEX VICENTE   12/06/2011

El ataúd de Jorge Semprún cubierto por una bandera republicana, Garentreville, Francia.

El ataúd de Jorge Semprún cubierto por una bandera republicana, Garentreville, Francia.AFP


No descansará en Biriatou, sino junto a su esposa, como si ciertas cosas pasaran por encima de su infatigable compromiso político. Jorge Semprún fue enterrado en Garentreville, a una hora al sur de París, donde tenía una residencia de verano y donde ya reposaba su mujer Colette Leloup, montadora ocasional de Alain Resnais y Francesco Rossi, con la que convivió durante cinco décadas.

En este paraje cercano al bosque de Fontainebleau, medio centenar de familiares y amigos dieron el último adiós a Semprún en una ceremonia íntima y sin exequias religiosas. Los asistentes, entre los que se encontraban el ex presidente Felipe González y la ministra de Cultura Ángeles González-Sinde, recordaron anécdotas de su vida y leyeron fragmentos de su primera novela, El largo viaje.

Un rojo español

Fue en ese debut tardío publicado en 1963, cuando ya sumaba cuarenta años donde Semprún relató por primera vez la escapada que vivió junto a su padre, diplomático republicano, huyendo del imparable avance del enemigo en 1936. Cruzó la frontera cantábrica y descubrió su nueva condición de exiliado. "En Bayona oí por primera vez decir que éramos rojos españoles. Ya no dejé de ser un rojo español", escribió.

Desde entonces, dejó dicho que quería ser enterrado en esa tierra de nadie, fiel a un apelativo que no le abandonaría nunca. La muerte de su esposa, hace cuatro años, habría alterado su deseo. Lo que no impidió que su féretro fuera envuelto en una bandera tricolor, como había pedido Semprún, en señal de "fidelidad al exilio y al mortífero dolor" de los suyos. Los colores republicanos le acompañaron hasta unos segundos antes de internar el ataúd bajo tierra.

También asistieron a la ceremonia personalidades cercanas a Semprún, como el crítico literario Bernard Pivot, el actor Michel Piccoli o el escritor Javier Pradera.

"Fue el único escritor de quien fui amigo íntimo", expresó Pivot, miembro del jurado del premio Goncourt junto a Semprún, así como presentador del célebre programa televisivo Apostrophes, en el que entrevistó repetidamente al escritor y político.

A su lado, se encontraba Carmen Claudín, hija del dirigente del PCE Fernando Claudín y uno de los que participó con su testimonio en Las dos memorias, el documental sobre la Guerra Civil y el exilio que Semprún realizó en 1972, actualmente en fase de restauración.

También asistió al entierro Florence Malraux, hija del escritor y político francés André Malraux, que trabajó con Semprún en La guerra ha terminado. "El único homenaje que podemos hacerle es leerle y releerle", afirmó Malraux.

 

Publico.es


 

Jorge Semprún: un gran intelectual europeo
Juan Goytisolo · · · · ·
 
10/06/11
 



En mayo de 1962, a mi paso por Madrid, enviado por el semanario France Observateur, para cubrir de forma anónima la oleada de huelgas que sacudía España, a partir del movimiento de protestas de los mineros de Asturias, uno de mis contactos con los organizadores de aquellos, el novelista Armando López Salinas, me llevó a una terraza de la Castellana en la que, como evoqué más tarde, nos esperaba Federico Sánchez, perfectamente adaptado a su papel de burgués desenfadado y ocioso: su increíble aplomo, en unos momentos en que era el hombre más buscado por todas las policías de España, me impresionó en la medida en que se ajustaba cabalmente a su leyenda de invisible y burlón pimpinela escarlata.

Había conocido a Jorge Semprún meses atrás, en las reuniones de Orientación Cultural Marxista, celebradas en el domicilio parisiense del escultor Baltasar Lobo, a las que asistí más de una vez en calidad de "compañero de viaje" del PCE clandestino. Aunque por aquellas fechas nadie me había informado de la verdadera identidad del misterioso Federico Sánchez, no tardé en atar cabos y adivinarla. A diferencia de sus camaradas de militancia, cuya estricta formación política e ideológica les convertía en meros portavoces de la anquilosada doctrina oficial, Semprún, como su colega en la dirección del partido Fernando Claudín, mostraban un gran interés por los temas literarios y artísticos y, cuando a instancias suya pasé a formar parte del comité de redacción de Realidad, la revista cultural del PCE, integrada por ellos, Francesc Vicens, Juan Gómez, Jesús Izcaray, el pintor Pepe Ortega y otros cuyo nombre no recuerdo, nuestras afinidades personales y políticas se afianzaron y convirtieron en una verdadera y durable amistad.

En 1963 Jorge y su esposa Colette, junto al matrimonio Claudín, devinieron comensales asiduos de las cenas organizadas por Monique Lange, Enric Poissoniere. Fue así, como bajo la traza del militante y del Robin Hood urbano, descubrimos que se ocultaba un gran escritor. Monique le convenció para que le pasara el manuscrito de El largo viaje, y su lectura nos impresionó. La experiencia condensada en el libro de su incorporación juvenil a la Resistencia Antinazi, y su detención y siguiente deportación a Buchenwad, es el mejor testimonio de un autor español -aunque escrito en francés- de la barbarie hitleriana, y fue recompensado meses después con el premio Formentor, por su denuncia de aquella y su excepcional calidad literaria.

No voy a referir aún las vicisitudes de su oposición y la de Fernando Claudín a la línea oficial del partido, descritas ya en Autobiografía de Federico Sánchez, (1977). Evocaré tan solo una anécdota reveladora del sectarismo y arbitrariedad de la difunta Unión Soviética, en cuanto que le concierne. Según me contó en 1965, uno de los niños de la guerra, durante mi viaje a la URSS, invitado por la Unión de Escritores, tenía a cargo la preparación de una antología de literatura española, para una editorial soviética, y un cuadro del partido le ordenó que incluyeran en ellas unas páginas del recién editado libro de Jorge. Meses después, el mismo cuadro se presentó en la redacción de la editorial para exigir que la suprimieran, sin dar explicación alguna de tan sorprendente cambio. Aquello me demostró que el mecanismo de demonización del disidente, funcionaba en la URSS de idéntica forma a la de la España de Franco.

La creación literaria de Jorge Semprún, elaborada a partir de su cuádruple experiencia de exiliado republicano español, resistente francés, deportado a los campos nazis y conocedor de los entresijos de un PCE no espurgado todavía de las escorias del estalinismo, se enriqueció posteriormente con novelas de la envergadura de El desvanecimiento y La segunda muerte de Ramón Mercader, hasta alcanzar con Aquel domingo, esa dimensión histórica, ética y cultural, que la convierte en una obra de referencia en el ámbito de la mejor novela europea. Frente al provincianismo imperante no solo en España sino en otros países del viejo continente -este petit contest del que habla Milan Kundera-, Semprún encarna como pocos una mezcla fecunda de experiencias ajenas a todo credo nacional o ideológico, y que funda en ella su propia ejemplaridad. La reflexión política recogida en la pasada década en El hombre europeo y Pensar Europa, corona su labor de persona y escritor a todas, como pedía Manuel Azaña, testigo sereno de los horrores y grandezas de la época convulsa en la que vivió.

Mi estima y amistad por él abarcan un lapso de casi medio siglo. Ninguna fundación estatal, provincial ni autonómica podrá adueñarse del legado de Jorge: lo que pervive en el ánimo del lector, ligero e inasible como el aire o la nube, no se deja atrapar.

 

Juan Goytisolo es escritor, ganador del Premio Nacional de Literatura en 2008. 

 


 

El País, 8 de junio de 2011

Sin Permiso

 
Jorge Semprún (1923-2011). “La amnesia de la transición no puede ser eterna”. Última entrevista
Jorge Semprún · · · · ·
 
10/06/11
 



Del campo de Buchenwald al desencanto del PCE, el escritor e intelectual repasa los hechos claves de su vida recogidos en el libro Lealtad y traición


Entrevista realizada por Peio H. Riaño  


En el infierno también hay bibliotecas. Jorge Semprún leyó ¡Absalón, Absalón! en el campo de concentración de Buchenwald. Faulkner se le agarró a la piel, "cada línea era un triunfo". Los libros los sacaba en préstamo de la biblioteca de prisioneros, que tenía cerca de 14.000 ejemplares en 1945, aportados por los prisioneros y sus familiares. Había cinco docenas de Mein Kampf, pero nadie los leía. En la primera página de cada libro aparecía el sello "K. L. Buchenwald", seguido de las normas y una advertencia que devolvía aquel paraíso a las cavernas del horror: "¡Si pierdes un libro, estás obligado a reponerlo! ¡Si no obedeces la orden, serás castigado!".

Jorge Semprún (Madrid, 1923) recuerda a Franziska Augstein, autora de la biografía que recorre su intensa vida en Lealtad y traición, publicada por Tusquets, que leía en el turno de noche de la Estadística Laboral del campo. A esas horas no había trabajo. El resto del día, la tarea del joven veinteañero Semprún consistía en borrar los nombres de los asesinados en las fichas para que los números de los prisioneros pudiesen ser asignados a nuevos nombres. Jorge había evitado trabajar al aire libre gracias a sus contactos en el PCE.

Como repetirá varias veces a lo largo de esta entrevista en su apartamento parisino: "Soy un hombre con suerte". Cualquiera podría pensar lo contrario, pero se agarra a hechos para verle la cara buena a su vivencia: al llegar a Buchenwald el 29 de enero de 1944 fue inscrito como "estucador", no como "estudiante". Una palabra que le salvó la vida, una palabra que le convirtió en miembro útil para la comunidad del campo.

"Cada año me llega una traducción al alemán de la misma edición de ¡Absalón, Absalón! que yo leí en aquel campo, que era de reeducación, no de exterminio. Buchenwald fue construido para presos políticos, no había cámaras de gas. Eran los propios presos los que organizaban la vida del campo. Los libros enviados por las familias debían ser en alemán, era la única restricción. Ahora bien, esa biblioteca estaba reservada a unos pocos privilegiados. La mayoría de las personas del campo no sabía ni quiera que allí, entre el barracón cinco y el secretariado, había una biblioteca. Y si alguien lo sabía, debía tener tiempo para leer. En ese sentido, mi trabajo era privilegiado, porque por las noches podía leer", cuenta.

Pero usted nunca leyó el Mein Kampf' allí. 

Nadie leía el Mein Kampf. Pero era el mejor lugar para esconder las cosas. Hasta el punto de que el gran dibujante italoesloveno Zoran Music, en el campo de Dachau, escondía detrás de esos ejemplares sus dibujos, retratos de la muerte, testimonios fotográficos. Yo leía, y ¡Absalón, Absalón! me impactó muchísimo. Por haberla leído allí y porque es una novela grandísima.

¿Eran esas lecturas un medio de supervivencia? 

No digo que sin lecturas no habría sobrevivido, pero desde luego ayudaron a sobrevivir.

Otra terapia que usted ha recomendado para gestionar la memoria y los recuerdos es la amnesia, ¿cómo debe hacerlo España con la Guerra Civil? 

Siempre he dicho que una dosis de amnesia deliberada era necesaria durante la Transición, pero también he pensado que eso tiene un precio. Por eso la amnesia no puede ser eterna. En 1973 hice un documental, Las dos memorias, una encuesta sobre las memorias republicana y franquista. La desmemoria era una medida urgente pero provisional.

¿A qué debemos estar dispuestos para poder recuperar la memoria de la Guerra? 

Es que España es un país muy extraño: el régimen de monarquía parlamentaria está construido sobre los valores que defendió la Segunda República, y la memoria está construida en torno a los valores de los vencedores. Debemos aspirar a un reequilibrio. Y está claro que el argumento de la derecha para no hacerlo es revivir las heridas del pasado y tal y cual... Pero hoy la democracia está lo suficientemente consolidada como para permitirse el lujo de tener las dos memorias. No es fácil. Recuerdo que a Hemingway le enfurecía que llamáramos a la Guerra Civil "nuestra guerra". Él, que hablaba un perfecto castellano con un acento muy americano, decía que lo único que unía a los españoles era "nuestra guerra".

¿Hemos esperado demasiado a recuperarla, cuando apenas quedan testigos? 

Creo que la recuperación empezó con las grandes novelas, que son la de Hemingway y la de Malraux. La esperanza, de Malraux, es muy discutible literariamente, porque es muy deslavazada y antigua, pero como testigo es apasionante porque tiene la osadía intelectual de respetar la disciplina comunista y la obediencia comunista. Malraux tuvo que vérselas con la lucha real, no sólo con la ideológica. Además, es el autor de uno de los mejores ensayos sobre Goya, y sobre el Saturno devorando a su hijo: acaba diciendo que con las pinturas negras empieza la pintura moderna.

La autora del libro menciona que le dolió más la expulsión del PCE que la estancia en el campo de concentración. ¿Se considera una persona marcada por la política, señalado y retirado por sus ideas? 

Lo mantengo, pero me gustaría matizarlo un poco. El campo es hambre, agotamiento y frío, muchísimo frío. Eligieron con un sadismo propio del nazismo una ladera este para levantar Buchenwald, donde paraba el viento de Siberia. Físicamente el dolor del campo era infinitamente superior. De hecho, todavía arrastro la manía de evitar el frío de los pies y la humedad. Pero moralmente sabíamos por qué estábamos allí: éramos rebeldes, éramos enemigos y merecíamos estar allí. Lo que no es lógico es que te expulsen de un partido que has ayudado a construir porque tengas ideas distintas; una expulsión sin debate, como si fueras agente de la CIA.

Usted se ha movido de un lado a otro, de la literatura a la realidad.  

El paso de un lado a otro me ha ayudado mucho. Dejar que la política me absorbiera fue la mejor terapia. Pero cuando ese proyecto político dejó de ser válido, rompo porque creo que no conseguiremos nunca una victoria real en la que participe el pueblo. Durante años he tenido sueños, que en realidad eran como pesadillas, en los que conseguía la mayoría necesaria para transformar la política del PCE, que años más tarde se utilizó con el nombre de Eurocomunismo. Podría haberse hecho antes, pero antes habría sido una política inventada por Claudín y apoyada por Sánchez y no la política de Carrillo. En la última entrevista que tuve con Carrillo, ya fuera de partido, le dije eso: un día te encontrarás con que esas ideas que ahora criticas las defenderás y estarás solo. Y él contestó con mucha razón, pero con mucha arrogancia, porque es un hombre muy seguro de sí mismo y engreído: "Sí, pero serán mis ideas".

¿Cuál es el lugar para un no comunista como usted, dónde se queda? 

El lugar hay que inventárselo cada día. Hay que partir del hecho de que el fracaso de la revolución comunista no significa que la sociedad actual sea una sociedad justa. Significa que por esos métodos no podremos y que hay que inventar otros. La economía de mercado provoca cada día injusticias y focos de desigualdad. El hecho del fracaso ideológico y moral del leninismo no te autoriza a cualquier cosa. Hay que reconocer que el mercado es fuerte, pero no se puede capitular ante la realidad capitalista. Lo importante es reconocer que existe y elaborar una estrategia que no tiene nada que ver con el leninismo. Tengo como definición de la dialéctica una frase mejor que la de Mao. Es de ScottFitzgerald: "Deberíamos saber que las cosas que no tienen remedio deberíamos estar decididos a cambiarlas". Una frase justa, pero imposible de utilizar como eslogan. Es perfecta como moral. Al final de una de mis películas, el protagonista decía: "He perdido mis certidumbres, he conservado mis ilusiones". Sólo con ilusiones no movilizas a nadie, debes apuntar cuáles son los objetivos de la lucha, pero la ilusión de que se puede conseguir mayor igualdad en este mundo no podemos perderla.

¿El capitalismo se ha quedado con todo, basta con la ilusión o la moral? 

No se puede moralizar el capitalismo. El capitalismo no se ha inventado para eso. Se puede regular, limitar. Pero no se puede moralizar: el beneficio máximo, por definición, es inmoral y no puede ser otra cosa. Los partidos dicen que las cosas no se pueden cambiar, pero que hay que luchar por ello... Pues llámenme cuando tengan alguna propuesta más concreta.

¿Es la poesía el lenguaje de la ilusión? 

Podría ser, pero volvemos a lo mismo: con poesía no se desencadena un movimiento social. El papel de la poesía a lo largo de mi vida es fundamental porque está presente desde la infancia. Estaba acostumbrado a oír recitar en mi casa a Lorca después de una cena. Y a Alberti. Además, mi carrera política se debe en parte a la poesía, porque conocí a Carrillo cuando en 1952 me piden que me ocupe de un poeta español que prepara en Francia un libro explosivo de ruptura con el régimen: Blas de Otero. Blas de Otero me llevó a tratarme con intimidad con Carrillo.

¿Se considera un hombre afortunado? 

Para mí, la vida ha sido muy fácil. Si comparo mi salida con la de Fernando Claudín, es jauja. Él lo perdió todo, se quedó en la calle con mujer y dos hijas. Sin nada. Me considero un hombre con muchísima suerte. Yo lo que mejor he hecho en la vida ha sido el trabajo de clandestinidad: nadie ha sido detenido por mi culpa o por haber organizado mal un trabajo en diez años. Del partido, yo le puedo contar a Carrillo lo que quiera.

Hay un apartado que no se trata en el libro: ¿Cómo recuerda su paso por el Ministerio de Cultura?

Fue un momento muy interesante, porque tuve que encargarme de toda la descentralización heredada del franquismo hasta grados inconcebibles. Cuando llegué al ministerio, el Museo del Prado no podía comprar una goma y un lapicero sin permiso del ministerio. Hacerlo un ente autónomo lo conseguí yo. En ese sentido, recuerdo la última provocación de Dalí. Cuando murió, dejó toda su obra que no estaba en museos ni vendida al Estado español. Dalí fue el único español que públicamente felicitó a Franco por las últimas ejecuciones del 75. Yo entonces tenía una buena relación con Pujol, porque era un hombre de derechas antifranquista. Había una manera de entendimiento con él. Al salir de la iglesia, el día de su funeral, le dije: "President, no voy a cumplir con el testamento de Dalí". Y el me miró con aquel aire de campesino suspicaz. "Nombraremos un comité de expertos que dictaminará qué obras de Dalí se quedan en Catalunya y cuáles van al Reina Sofía, que no hay ni uno allí". Y así se hizo: se repartió. Había un cuadro que quería quedarme para el Reina Sofía, El gran masturbador, pero él no sabía de qué le hablaba. La cosa se hizo bien, y al día siguiente, sonó el teléfono temprano en el ministerio. La secretaria, alertada, me dijo: ¡El vicepresidente al habla! Cogí el aparato, y me dijo: "Así que nos bajamos los pantalones ante los catalanes". Descentralizar la burocracia española fue complicadísimo. El Ministerio de Cultura lo inventó la democracia imitando a Francia, pero allí era importante y tenía presupuesto, en España no. Y cuidado, que he obtenido cosas que no estaban previstas de Felipe y Solchaga. Pero era un ministerio de segunda mano y de tercer orden.

La luz se apaga en la buhardilla. La fría tarde le ha privado de "la luz de los pintores", como dice Jorge Semprún. En la despedida, recuerda que oyó decir a Picasso que quería que el Guernica estuviera en El Prado. Y él remata que justo después de las pinturas negras de Goya.


Jorge Semprún nació en en Madrid el año del golpe de Estado de Primo de Rivera. La vida y la obra de Jorge Semprún estuvieron marcadas desde entonces por la experiencia del totalitarismo. Pasó la guerra civil en Bruselas, donde su padre era embajador, pero al llegar al París de la posguerra (española) y la ocupación (nazi), se enroló en la resistencia. Detenido, acabó internado en un campo de concentración nazi, Buchenwald, y sobrevivió. Durante los años cincuenta y principios de los sesenta fue, sobre todo, Federico Sánchez, su nombre en la clandestinidad de dirigente del PCE. Entre 1988 y 1991, fue ministro de Cultura del PSOE.


 


Público, 23 de noviembre de 2010

Sin Permiso

 


 

 

Muere a los 87 años el político y escritor español Jorge Semprún. Exdirigente del PCE y militante antifranquista
Semprún,fue dirigente del Partido Comunista de España, bajo el seudónimo de Federico Sánchez, y expulsado en 1964. Entre 1988 y 1991 fue ministro de Cultura con el Gobierno de Felipe González.
Kaos. Memoria historia e Izquierda a debate | Para Kaos en la Red | 7-6-2011

El escritor y ex ministro de Cultura, Jorge Semprún, ha fallecido en París a los 87 años de edad, según ha confirmado el Ministerio de Cultura.

Semprún nació en Madrid (1923) y, al finalizar la Guerra Civil, se exilió junto a su familia en Francia, donde estudió Filosofía en La Sorbona y participó en la Resistencia francesa, siendo detenido en 1943 por la Gestapo y deportado a Buchenwald.

Además, fue dirigente del Partido Comunista de España, bajo el seudónimo de Federico Sánchez, y expulsado en 1964. Entre 1988 y 1991 fue ministro de Cultura con el Gobierno de Felipe González.

La mayor parte de su obra literaria ha sido escrita, en su mayor parte, en francés y está fuertemente influida por sus peripecias vitales, en particular su paso por el campo de concentración de Buchenwald.


Fallece a los 87 años el escritor y político Jorge Semprún

Figura esencial para comprender el siglo XXI, su vida estuvo marcada por su deportación al campo de concentración de Buchenwald.

GUILLERMO RODRÍGUEZ

PUBLICO

El escritor, intelectual, luchador antifranquista en la clandestinidad y exministro de Cultura Jorge Semprún ha fallecido hoy a los 87 años en su domicilio parisino de la rue de l'Université, acompañado de sus hijos y de sus sobrinos, según ha confirmado el Ministerio de Cultura a Público.

Intelectual y, sobre todo, superviviente del campo de concentración de Buchenwald —una agonía desesperante y desesperada que se prolongó durante 15 meses y que evocó en varias de sus obras, como El largo viaje o La escritura y la vida—, Semprún será también recordado por su otro nombre, Federico Sánchez, aquel que se vio obligado a utilizar en su lucha contra el franquismo desde la clandestinidad como dirigente del PCE. En 1964 fue expulsado del partido junto con Fernando Claudín por discrepar con la línea oficial, que marcaba Santiago Carrillo.

Precisamente Federico Sánchez protagonizó dos de sus obras más reconocidas: Autobiografía de Federico Sánchez, con la que ganó el premio Planeta en 1977, y Federico Sánchez se despide de ustedes, en la que narraba su paso por el Ministerio de Cultura del Gobierno de Felipe González, entre 1988 y 1991, con palabras que en realidad eran dardos envenenados contra Alfonso Guerra.

Sus libros, sus recuerdos, sus palabras, siempre fueron el remedio más eficaz contra la amnesia

Jorge Semprún, muy enfermo en los últimos meses, nació el 10 de diciembre de 1923 en una familia de clase alta. No en vano fue nieto del político conservador Antonio Maura, presidente del Gobierno durante el reinado de Alfonso XIII en cinco ocasiones. Su padre, el catedrático de Derecho José María Semprún Gurrea, llegó a París en 1936 como encargado de negocios del Gobierno republicano, antes de convertirse en ministro de la República en el exilio. En la capital francesa Semprún echó raíces hasta convertirla en su primer hogar y dominar a la perfección el francés. 

Aparte de las memorias, el ensayo o la novela, cultivó los guiones de cine para directores como Alain Resnais (La guerra ha terminado) o Costa Gavras (Z, La confesión). Fue además uno de los protagonistas de Los Caminos de la Memoria (2009), de José Luis Peñafuerte, descendiente de exiliados españoles nacido en Bruselas.

Su dilatada trayectoria le hizo merecedor de los premios Formentor (1964), Planeta (1977), Fémina (1969 y 1994), el Premio de la Paz de los libreros alemanes (1994), el Jerusalén (1997), el Premio Nonino (1999), la medalla Goethe (2003), el Fundación Lara (2003), el Annetje Fels-Kupferschmidt (2006) y el Terenci Moix (2010).

La muerte, la vida

En un artículo publicado el año pasada en el diario francés Le Monde y titulado Mi último viaje a Buchenwald, Semprúm dejó escrito: "Ni resignado a morir ni angustiado por la muerte, sino irritado, extraordinariamente incómodo ante la idea de que pronto ya no estaré…".

En una de sus últimas entrevistas, concedida al diario Público con motivo de la publicación de la biografía que recorre su intensa vida en Lealtad y traición, publicada por Tusquets, el intelectual español que vivió en París hacía balance de su vida: "Para mí, la vida ha sido muy fácil. Si comparo mi salida con la de Fernando Claudín, es jauja. Él lo perdió todo, se quedó en la calle con mujer y dos hijas. Sin nada. Me considero un hombre con muchísima suerte. Yo lo que mejor he hecho en la vida ha sido el trabajo de clandestinidad: nadie ha sido detenido por mi culpa o por haber organizado mal un trabajo en diez años".

Hombre cultísimo, su muerte es la de la memoria del siglo XX. Porque Semprún lo vivió todo: la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial, el franquismo, la Transición y la etapa plenamente democrática. Nunca desde un lugar en la sombra; jamás escondido. Fue una figura esencial para comprender el siglo pasado, ese que Semprún contempló siempre con sus ojos vidriosos y un espíritu crítico, nunca displicente. Sus libros, sus recuerdos, sus palabras, siempre fueron el remedio más eficaz contra la amnesia.

 

 


 

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Roberto Lehn Fortuny 06/14/2011 07:14



Te fuiste poeta de la vida, nos dejaste inmensamente tristes y tu recuerdo rondará entre nosotros por mucho tiempo. Fuiste un escritos universal y tu nombre estará asociado a los grandes de la
literatura, de la militancia y de los que hacen de su existencia un motivo de permanenciia y lucha. Adiós, te granjeaste el aprecio y el amor de una inmensa cantidad de gente y no te olvidaremos
jamás.