Somos de abajo hasta que no existan los niveles

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

Estoy hasta las mismísimas narices del discurso neoliberal. Estoy muy harto de la demagogia de los clasistas. Pero de lo que realmente estoy cansado es de los ciegos que se creen sus propias mentiras.

El credo liberal ha hipnotizado a muchísimos trabajadores que no han dedicado el tiempo suficiente a analizar lo que significa una propuesta pensada para esclavizarlos. Embelesó primero con sus superficialmente atractivas ideas de sueño americano (prefabricado en Austria y rematado en Chicago, para expandirse por el mundo), hasta que empezamos a despertar de esa pesadilla.

¿Cómo no iba alguien a verse tentado por la posibilidad de vivir a todo tren, de ser servido y agasajado (por otros), y disfrutar de las mieles del poder del dinero, con viajes, yates, aviones privados, hombres o mujeres siempre dispuestos, lujo, relax, exclusividad y dominio? Está escrito en mayor o menor medida en nuestros genes. No importa si la motivación es hedonista, egocentrista o ambas.

Por si no teníamos el instinto suficientemente desarrollado, nos han bombardeado durante toda nuestra vida con las peripecias de todos aquellos vividores, grandes empresarios y aristócratas; con sus fiestas, sus palacios, su glamour, su protocolo, su “dignidad”, su educación, y su savoir-faire. ¡Y todo eso estaba a nuestro alcance! Solo consistía en esforzarse más que los demás, porque el Shangri-La no está al alcance de todos: solo de los elegidos que sepan competir, y de aquellos a los que la naturaleza haya dotado de condiciones especiales para vencer. Así ha sido hasta para el que no se veía capacitado, pues asumía que no era importante la diferencia de clase mientras se mantuviera ese estado del bienestar (una casita, un coche, unas vacaciones y una jubilación a cambio de toda una vida de servicio y trabajo).

Ha sido la excusa perfecta para hacernos cómplices morales de sus desvaríos y su enfermedad, y lo han redondeado –para darle veracidad–, dejando entrar en su selecto club a algunos agraciados (nadie jugaría a la lotería si no tocase de vez en cuando a alguno).

Por si no fuera poco todo esto, han vestido su doctrina de academicismo, y la han dotado de recursos y pensadores. La han disfrazado de derechos individuales, de libertad, de diferencia (tan llamativa para el ego). Y han encumbrado a los altares a inmorales que como Hayek, Von Mises o Milton Friedman estructuraban una sociedad basada en el darwinismo social con fórmulas económicas que ni ellos mismos creían, o a facilonas populistas como Ayn Rand, que parecía decir lo que todos queríamos leer sin profundizar realmente en el significado de su propuesta. También el arte y el cine han acabado de hincar la pica hasta el magma gris. Y han colocado en el poder a sus acólitos, desde presidentes como Reagan o Thatcher, a directores de orquesta económica como Greenspan o el actual artista: Ben Shalom Bernanke.

Han sabido jugar con ese demonio que todos llevamos dentro. Y para ello se han valido de los estudios de auténticos genios como Lewin, Adler, Wundt o incluso Freud. Y han convertido toda esa sopa en un producto que pulverizar a través de las ondas hertzianas.

Hay que reconocerles el soberbio trabajo que han hecho. Han conseguido que todos nos creamos con mayor derecho que otros, dejando para el final de la cadena a la gente del tercer mundo.

Pero esto tiene que acabar, no podemos permitirnos seguir viviendo engañados. Una sociedad no funciona así, y tenemos el mejor argumento del mundo como antídoto para su ponzoña utilicen lo que utilicen para intentar convencernos:

En un planeta con recursos finitos, para que alguien tenga más, otro debe tener menos.

Esto es un axioma matemático, no admite discusión. De nada vale su pueril excusa de que es envidia (lo confunden con justicia). Debemos empezar a pedir lo que es nuestro, e irnos olvidando de nuestro derecho individual cuando entre en competencia con lo colectivo. Debemos empezar a rechazar que no se ponga límite a la riqueza y las posesiones (defender lo contrario es seguir creyendo que algún día podemos ser “el califa en lugar del califa”). Debemos empezar a ser radicalmente críticos con las diferencias de clases (y esto no te convertirá en comunista, por si alguien siente reparos).

Debemos quitarnos de encima ya los complejos y toda esa carga monumental que nos han infiltrado en vena desde el día en que nacimos.

Hoy no hay una lucha de izquierda y derecha, hay una guerra de arriba y abajo. Pero hay que recuperar la tan manida “conciencia de clase”. ¿Qué pasa, que no sabes a qué clase perteneces? Es fácil: ¿crees que todos tenemos los mismos derechos? Pues eres de abajo.

Eres de abajo, somos de abajo.

P.B.

  • Iniciativa Debate

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