Televisión en Cuba: Obligada a combatir desde la diferencia

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

 

Televisión cubana

Paquita Armas Fonseca


No existe un lugar en este país en el que el tema televisivo no devenga asunto de discusión o por lo menos de conversación. Serios problemas en el transporte, bajos niveles adquisitivos como para hacer vida nocturna, y el envejecimiento de la población, entre otros factores, son a mi juicio los que determinan que la pequeña pantalla haya venido a ser el principal medio de entretenimiento, aunque algunas veces no cumpla con esa función.

Y si se debate acerca de la calidad de programas humorísticos, de orientación social o incluso deportivos, son los dramatizados los que generalmente despiertan una mayor polémica.

Para algunos la hora de la telenovela es sagrada; y con los ingredientes puros del género: un triángulo amoroso, un grupo de malvados, otro de personas buenas, un poco de humor y unos escenarios bonitos para recrear la vista, elementos que en una “suerte de batidora” se mezclan, y al final los buenos son felices y los malos pagan por su actitud.

Es la hora de “relajarse” según no pocas personas, aunque la palabra que pega es enajenarse o quizás entretenerse para “olvidar” la cotidianidad. Esas reglas han sido respetadas por casi todas las televisoras, especialmente las latinoamericanas, porque tienen un público seguro y los anunciantes aprovechan esos espacios para “vender” sus mercancías más caras.

Por la manera de producir los espacios y por sus contenidos, la Televisión Cubana no se parece a ninguna de este continente y, en sentido general, es mejor que todas ellas. El que lo dude que pregunte a personas que viajan mucho; y si lo hacen ustedes, pues enganchen los televisores de los hoteles y comprueben. Aunque, igualmente, en cualquier barrio cubano encontrará hoy a grupos, incluidos los de menores, viendo los famosos Casos cerrados o telenovelas como Gotica de gente. Si se les pregunta no dicen que son buenos, sino que con esos programas se pasa un buen rato.

Ahora bien, cuando se trata de historias cubanas, en las encuestas realizadas a la población y en conversaciones, más que pedir se exige ver nuestra realidad en la pequeña pantalla. Lo increíble es que cuando sucede, entonces comienzan las llamadas histéricas a la televisión con la cantaleta de que hay muchas palabras obscenas, o que se han puesto de moda los homosexuales, o que los desnudos no deben verlos los niños (¿y qué hacen levantados a esa hora?) y mil quejas más. Pero, ¿quiénes llaman? Por investigaciones tan viejas como los medios de difusión, se sabe que un alto por ciento de las personas que se dirigen a estos, sólo tienen poco que hacer y les encanta “chocar” con “el vidrio” aunque sea dando una opinión.

Otro termómetro interesante son los debates en las web. Por ejemplo, en Cubadebate donde he publicado comentarios o entrevistas acerca de los espacios dramatizados, las opiniones a favor o en contra se balancean, pero generalmente son mayoritarias aquellas que defienden la inclusión de temas punzantes en las propuestas televisivas. Mas todos sabemos que si bien Cubadebate es el sitio cubano más visitado, no todo el mundo tiene acceso a él porque no hay computadoras y mucho menos acceso a Internet para los miles de solicitantes, debido aún a la capacidad de navegación existente (la cual podría aumentar sólo cuando se realicen las inversiones necesarias para utilizar el famoso cable de fibra óptica traído desde Venezuela).

Soy de las que pienso que nuestra realidad tiene que estar en la pantalla y no sólo en los dramatizados, aunque especialmente en ellos por el impacto que tienen en la población.

Bajo el mismo sol, la serie que no es una telenovela clásica, escrita por Freddy Domínguez, actualmente en pantalla, despertó una algarabía que fue bajando su nivel en la medida que la “inaceptable lesbiana” se convirtió a los ojos del televidente en lo que es: una muchacha con una opción sexual diferente a los heterosexuales. Claro, quien hizo a ese personaje creíble es el escritor, para mí uno de los mejores guionistas de la actualidad.

A propósito, le pregunté por qué su interés en temas del hoy y me dijo: “No tengo nada contra las novelas de época. Al contrario, soy de los que piensan que es necesario conocer el pasado para comprender el presente y enfrentar el futuro, pero únicamente si el punto de vista, la dramaturgia y la puesta en escena la acercan a la realidad actual. Del mismo modo que con frecuencia vemos telenovelas y radionovelas ubicadas en el contexto actual, pero con un punto de vista bastante añejo, que poco aportan al receptor al que van dirigidas. Por otra parte, vivo en esta sociedad, me tocan muy de cerca, como a todo cubano, sus bondades y sus defectos, por tanto me siento comprometido a trabajar para mis contemporáneos, desde una óptica contemporánea y a través de conflictos que nos son comunes a la mayoría”.

Comparto totalmente esa opinión. Entrando en la segunda década del siglo XXI, renunciar en nuestra televisión al reflejo de los problemas y alegrías de quienes decidimos quedarnos en esta Isla, sería dar no dos, sino diez pasos atrás en las propuestas televisivas.

Porque no nos llamemos a engaño: el facilismo y el deseo de copiar modelos que pueden funcionar en otros países con formas de producción comerciales, está latente en una u otra intervención que hemos escuchado durante años. Que si O Globo de Brasil trabaja de tal manera, o Televisa en México lo hace de forma “más económica”.

El lío es que en Cuba no existen los dineros con que cuenta O Globo y con lo que ellos le dedican a una telenovela, nosotros podríamos hacer dos o tres con calidad. La televisión cubana no puede competir con esas televisoras sobre la base de la imitación, debe confrontarlas desde la diferencia, haciendo historias bien escritas y que le digan algo interesante al televidente. Porque cuando se intenta caer en los recursos manidos -y ejemplos recientes tenemos-, se pierde la posibilidad de captar un público que ya tiene en DVD cualquier cantidad de historias cursis y poco creíbles aunque con la atracción de lo comercial.

Con los programas unitarios, la televisión cubana dio serios pasos en búsqueda de que lo propuesto para que llegue a cada hogar, además de una historia, lleve una estética que le haga crecer. Esos espacios han propiciado en los últimos años que, sentados en sus casas, cubanas y cubanos puedan ver, por ejemplo, Santa Cecilia, una obra de Abilio Estévez llevada al teatro por Carlos Díaz y de la que Tomás Piard hizo una versión televisiva extraordinaria. O han disfrutado del filme para televisión La vida en rosade Ernesto Daranas o del polémico Los aretes que le faltan a la luna, dirigido por Charlie Medina.

Pero en los últimos tiempos, hay dos factores que han lacerado la propuesta de los programas unitarios: primero, no todos los guiones seleccionados han sido los mejores, ni su puesta en pantalla ha resultado de altos valores; y segundo, han sido programados en un horario muy tarde, los domingos, cuando los trabajadores generalmente se acuestan temprano para enfrentarse al otro día en la mañana a la tortura de tomar un ómnibus. Si a esta desafortunada decisión se une que el apenas reciben promoción, una se pregunta para qué se invirtió el dinero en esas obras.

Estas entregas que abarcan cuentos y teatros, permiten una experimentación que también debe tener su espacio en la televisión. Incluso, pienso en la utilidad de que se puedan comprar propuestas televisivas realizadas de forma independiente por los directores o que se les suministre a ellos un presupuesto determinado con el que hacer un unitario o una serie, para romper esquemas que muchas veces entorpecen el trabajo. El país está cambiando ¿por qué no puede diversificar la TV su manera de realizar sus programas, especialmente aquellos que necesitan grabarse, editarse y tener una post producción?

Una vez más escribo en estas páginas que niñas y niños deben ir a la cama temprano y que no se puede hacer una televisión para menores después de las ocho de la noche. Los adultos y no la televisión son los responsables de que los más pequeños vean escenas violentas o eróticas. Además ¿qué sucede en casa con los DVD?, ¿acaso no es común que en la sala o los cuartos se vean escenas de pura violencia y otras con alto componente sexual, mientras los niños entran y salen o se ponen a “disfrutar” de la TV?

Bajo el mismo sol es un excelente ejemplo de cómo se puede competir con la propuesta extranjera. Cada personaje de esta entrega le ha resultado mucho más interesante al televidente que “la santita” o “el hijo del diablo” de Ciudad Paraíso, clara muestra de cómo se puede dilapidar una buena cantidad de dinero en historias insulsas, alargadas como chicles, pero que tienen detrás una buena inversión. Y hablando de inversión, ¿fue una compra o un regalo? Porque quien la adquirió, si pagó por ella, parece no tener idea que nuestros programas se filman a un alto costo humano porque apenas existen recursos para el rodaje y todo lo demás que lleva un espacio.

Espero que los unitarios recuperen aquel aplauso de la crítica y la mayoría del publico de hace unos años y que las teleseries que se hagan sean capaces de ganarle por su cubanía en lo que dicen a las telenovelas extranjeras que, sin dudas, con atracción para algunos públicos, dejan mucho que desear en cuanto a aportes estéticos.

La televisión es industria y debe producir, pero si aspira a ser el octavo arte entonces no puede renunciar a buscar maneras de decir que brillen por su estética y por su ética.


(Tomado de El Caimán Barbudo)

Cubadebate

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