Trabajar, aunque sea por menos dinero.

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

Las adversas condiciones laborales que la crisis impone a los trabajadores hacen de la desesperación un arma en manos de los patronos.


Maribel Martínez
Jueves 5 de mayo de 2011.
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Trabajadores en lucha

Días pasados me encontré con un amigo de la Red de Apoyo a los Sin Papeles. Hacía bastante que no lo veía y pronto supe el porqué: había estado trabajando en Navarra, en una explotación agrícola, no diré dónde.

Al preguntarle como había ido la cosa, solo me respondió con una enigmática sonrisa: «Una experiencia». Curiosa manera, pensé, de verbalizar cómo le habían ido las cosas. Al indagar un poco más me enteré de cómo había sido esa experiencia. Muchas horas de trabajo al sol, raciones raquíticas de comida, y un sueldo más bien escaso. Además, todos los días el jefe les descontaba de su salario un euro en concepto de comida y cama. «Es lo que hay», comentaba mi amigo. No podemos aspirar a nada mejor, la crisis ha puesto los salarios por los suelos y las condiciones laborales decentes han desaparecido de las contrataciones.

“Os estaban explotando”, le digo. “Sí, ya lo sé, ¿pero qué podemos hacer? Muchos de nosotros estamos en paro, no encontramos curro y cuando sale algo, es de esta calaña. No hay más que dos opciones: o lo tomas o lo dejas, porque si tú no lo quieres, hay otros muchos, tan desesperados como tú, que están dispuestos a trabajar incluso por menos dinero”.

Hablo con trabajadores inmigrantes que tienen la suerte de tener trabajo, y sus condiciones laborales no distan mucho de las que relata mi amigo. Casi siempre trabajan en peores condiciones y con salarios más bajos. Los jefes intenta aprovecharse de ellos y siempre pretenden rebajar los salarios. Se quejan de que con los españoles es diferente. Con ellos no se atreven a racanear hasta esos extremos y a la hora de echar a alguien a la calle, si no hay curro, primero se van los de fuera.

Otra trabajadora me cuenta su experiencia. Con pocas esperanzas de poder hacer una jornada completa, va trabajando por horas donde y como puede. Incluso ha valorado la posibilidad de trasladarse a otra provincia o a la playa. Tras contestar a una oferta de trabajo, recibió de su posible jefa esta oferta: «Interna, limpiando la casa y al cuidado de dos abuelos, un día de fiesta a la semana y un salario de 400 euros». De Seguridad Social, ni mencionarla. Ante tan vergonzante propuesta mi amiga le comentó el bajo salario y las condiciones, a lo que su interlocutora con mucho desparpajo y poca vergüenza le contestó: «No estarás muy desesperada cuando rechazas mi oferta»

La desesperación, esa es una de las motivaciones que rigen las condiciones de contratación que sufren muchos trabajadores. Aprovecharse de quien la sufre a la hora de hacer la oferta de trabajo está a la orden del día. Usarla como instrumento para rebajar salarios o condiciones laborales. Cada vez son más los trabajadores que ya han llegado al momento de la desesperación, tras meses e incluso años en paro, acabadas las ayudas y con graves cargas familiares a las que hacer frente.

Y ante la desesperación de unos aparece la desvergüenza y el abuso de otros. Es la ley de la oferta y la demanda. Mientras muchos de nosotros sufrimos la crisis en nuestros salarios e incluso vemos peligrar o desaparecer el puesto de trabajo, hay otros que aprovechan para enriquecerse exprimiendo la desesperación y el miedo de los trabajadores.

Hace pocos días fue el Primero de Mayo, un buen momento para recordar a nuestros políticos y a los sindicatos la situación de millones de trabajadores de este país. Pocos acudieron a las manifestaciones convocadas, el desánimo cunde entre las filas de los currantes. Se impone cada vez más el «sálvese quien pueda». Mientras perdemos nuestros derechos, y con ellos salarios y beneficios sociales que tanto constaron conquistar, hay quien se está aprovechando para aniquilar lo poco que nos va quedando a los trabajadores: la dignidad y la fuerza para combatir las desigualdades.

Cuando estas falten, ¿qué quedará?

 

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