Un homenaje a Félix de Guarania El hombre que tradujo El Quijote al guaraní

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

Publicado el 22 de Mayo de 2011


Fue escritor, investigador, traductor y, sobre todas la cosas, militante de su lengua de origen. Nacido en Paraguay, pasó gran parte de su exilio en la Argentina y murió hace unos meses en su tierra natal. La autora de esta nota fue su alumna.

Tiempos de descubrirnos como latinoamericanos, de tomar conciencia de que nuestra historia no comienza con la llegada de los barcos, de descubrir entre nosotros a los pueblos originarios con sus reclamos pero también con sus riquezas, creaciones y particular manera de ver el mundo. ¿2010-2011? No, eran los años que siguieron a la Guerra de las Malvinas, en esa época estaba entre nosotros un escritor paraguayo, profundo investigador de su primera lengua: el guaraní, conocedor de varias parcialidades guaraníes de Paraguay, no sólo por haber andado mucho sino por ser hijo, según contaba, de una aborigen. Muchos de sus veinticinco años de exiliado los pasó en Argentina. Murió en su tierra natal el 14 de marzo de este año. Se llama Félix de Guarania (Félix Giménez Gómez) y merece ser recordado y valorado por su obra y por la coherencia de sus pensamientos y acciones. Ha muerto “Karaí arandu” tituló la prensa de su país (karaí: señor, al que se le reconoce autoridad, arandu: sabio). El presidente Lugo manifestó al saberlo: “Todos los honores nunca serán suficientes para él.”
Félix de Guarania nació en Paraguarí, en 1924. Tuvo, como él mismo dice, “una infancia de campesino”. De una inteligencia poco común, supo aprender en los padecimientos de su gente, pero también del extraordinario maestro que resulta el perfecto dominio de dos idiomas, su primera lengua: el guaraní, y el castellano de la escuela y las lecturas. Lo que sería ese niño genial fue profetizado por una tía abuela aborigen que lo llamaba “kavichu paje”, esto es: avispa mágica, que tiene poderes.
En su juventud, varias veces fue encarcelado, torturado, fue allanada su casa y desaparecieron sus textos literarios e investigaciones y reflexiones escritas sobre el estudio del guaraní. Las razones de esta persecución se pueden encontrar en su poesía, que revelaba los sufrimientos y las luchas populares, y en la coherencia que lo llevaba a exponerse cuando lo consideraba necesario.
Pasó por la crueldad del campo de concentración más tristemente famoso de la dictadura de Morínigo (Puesto Muñeca), junto con otros miles de presos políticos: estudiantes y obreros que participaban de huelgas y protestas. Los mantenían en condiciones inhumanas (casi sin alimentación, semidesnudos, trabajando a destajo, asediados por serpientes, piques, garrapatas) y aun así refiere: “Parte de las noches las pasábamos alrededor de fogatas, contando cuentos, chistes, experiencias de luchas, problemas de la vida. Y hubo muchos, analfabetos y semianalfabetos, que terminaron escribiendo poemas y cartas por sí mismos.” Liberado gracias a la llamada “primavera democrática”, que resultó sólo un interregno entre persecuciones y gobiernos de facto, volvió a la universidad y, por su poesía combatiente y compromiso explícito en contra de las dictaduras debió pasar a la clandestinidad durante el gobierno de Stroessner. Sus escritos de esa época nunca fueron recuperados, pero quizá se encuentren alguna vez en los archivos recientemente abiertos de la dictadura. En 1964, cuando estaba a punto de finalizar su carrera de Letras, debió exiliarse junto con su esposa y sus cuatro hijos.
Félix anduvo por el ancho mundo hasta llegar a la Argentina. Lo conocí en aquel despertar a lo latinoamericano que se dio en los ’80. Enseñaba guaraní, había publicado varios libros de poemas y tenía materiales propios de reflexión y análisis de esa lengua. Tenía la dulzura de los sabios y era un referente para la comunidad paraguaya. En su trajinar por el mundo había producido textos literarios diversos que originarían libros de cuentos, teatro, poesía, géneros tradicionales, etcétera.
Al poco tiempo, mis clases de guaraní se convirtieron en encuentros especiales para leer juntos las recopilaciones registradas por León Cadogan entre las diversas parcialidades guaraníes. Félix llamaba a esos trabajos “adentrarse en la selva mágica”. Nos reuníamos en algún bar de Morón y pasábamos horas deslumbrados por la extraordinaria producción verbal y por las connotaciones que se podían descubrir al leer los textos en los dialectos originales. Produjimos así algunos artículos sobre esta literatura etnográfica. Un día la dictadura de Stroessner cayó, como es el destino de todas las tiranías. Félix volvió a su país en 1989 y a partir de entonces comenzó una carrera contra el tiempo, publicando decenas de libros, sacando de su valija proyectos y proyectos que lograba dar a luz contra todo: contra la falta de recursos económicos, contra la cerrazón de muchos, y a favor siempre del idioma guaraní, porque aunque escribió muchas veces en castellano, su más grande aporte es su creación literaria en guaraní. Junto con otros autores ha ido abriendo caminos y demostrando que escribir en esta lengua no es aislarse, como señalaban muchos, ya que existe la posibilidad de la publicación bilingüe y la traducción de obras, mucho más en un mundo de cultura globalizada como el actual. Félix de Guarania debatió, escribió, luchó por demostrar algo que un estudioso de cualquier idioma sabe, pero que sigue siendo cuestionado estereotipadamente por los que ignoran qué es una lengua: que en todos los idiomas puede expresarse cuanto el ser humano quiera expresar con la sola limitación que todas las lenguas tienen ante lo incomunicable, que se traduce en símbolo, en metáfora abierta a la multiplicidad de sentidos.
Diccionarios, libros de gramática, textos y materiales grabados para la enseñanza del idioma, fueron surgiendo de la mano de Félix y, en los últimos años, con la ayuda de devotos seguidores, su cada vez más completo diccionario enciclopédico de la cultura guaraní. Hay aún otro aporte en el que es precursor: la traducción al guaraní de textos literarios o de valor intrínseco como el bíblico, o la Constitución Nacional de Paraguay. Así tradujo, entre otros, a Bécquer, García Lorca, Marcos Ana, José Martí, Molière, el Martín Fierro y, recientemente, parte de El Quijote en una traducción libre en versos octosílabos que lo debe haber divertido mucho, ya que él era una especie de Quijote en sí mismo.
En los últimos años de su vida comenzó a cosechar reconocimientos en Paraguay: fue condecorado con la máxima distinción que puede recibir un ciudadano en su país y recibió el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de Asunción. Nada de esto lo cambió en lo más mínimo. Rodeado del amor de su familia y amigos y de la admiración de sus discípulos, con su dulce sonrisa mezcla de bondadosa comprensión e ironía, dejándonos más pobres y más solos, se fue por fin a la selva mágica con su pajé y su sabiduría… pero marcando caminos. 

 

Publicado en Tiempo Argentino.

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