Uruguay: El Che vive porque es revolución

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

 

Al cumplirse 44 años del fusilamiento del Comandante Ernesto Che Guevara de la Serna y 42 de los fusilamientos de los Compañeros Jorge Salerno, Ricardo Zabalza y Alfredo Cultelli,
Gabriel Carbajales | Para Kaos en la Red |

 

Al cumplirse 44 años del fusilamiento del Comandante Ernesto Che Guevara de la Serna y 42 de los fusilamientos de los Compañeros Jorge Salerno, Ricardo Zabalza y Alfredo Cultelli, Coordinación Hasta la Victoria desea compartir estas palabras nuestras y del Ché, que quieren fundamentar por qué no es una simple frase la afirmación de que EL CHÉ VIVE PORQUE ES REVOLUCIÓN:

El flamante siglo XXI abrió los ojos como los había cerrado el siglo XX: viendo cómo, con creciente alarma y en medio del esplendor decadente del sistema, la cruda realidad va dando la razón a los pronósticos del Comandante Guevara sobre el futuro --nuestro presente-- que le esperaba a la humanidad asediada por la barbarie y la insaciabilidad imperiales.

En abril de 1967 --seis meses antes de la caída en combate en Bolivia--, el Ché nos advertía de los extremos de terrorismo expansionista y genocida a que irían llegando indefectiblemente las fuerzas imperialistas vanguardizadas militarmente por los EE.UU.

 

* Las múltiples y sucesivas violaciones a la autodeterminación de los pueblos ocurridas desde el final de la segunda gran guerra interimperialista (1939-1945), hasta mediados de los ´60 --muy especialmente contra Corea (1958) y Vietnam (desde 1954)--, ponían en evidencia el mayor y más ambicioso ensayo general guerrerista de la corta aunque tenebrosa historia del capitalismo, convertido en un par de siglos en enemigo número uno de los oprimidos del planeta entero y no ya el  “paradigma" del desarrollo y el progreso de la humanidad.

En el arrogante belicismo yanqui que no amainaba con la descomunal derrota sufrida en territorio coreano, --ni amainaría después, con la vergonzante paliza de Vietnam de 1975--, el Comandante Guevara veía la concreción dramática y culminante --ya nada teórica ni libresca-- del imperialismo como fase terminal de la triste vida del capitalismo.

La invocación hipócrita de la defensa del “mundo libre” y la “democracia occidental y cristiana” usada tratando de justificar sus crímenes, no podría ocultar ya más el hecho sustancial de que las fuerzas imperiales se han propuesto el dominio económico y el control político universales, que les garantice que ningún pueblo pueda alcanzar la liberación nacional o al menos cierto debilitamiento de los lazos de dependencia impuestos por la casta monopólica multinacional responsable de todas las agresiones antinacionales y antipopulares de ayer, de hoy y de mañana.

  Pero, también, la gigantesca y terrorífica incursión contra la nación y el pueblo de Vietnam y las características ejemplares e inusuales de la resistencia de los obreros y campesinos de ese país, daban sustento a la idea del Ché de que el futuro, además de ser necesariamente un símil ampliado de estas agresiones imperiales por doquier, podía tener, asimismo, la misma potencialidad de resistencia combativa como la que exhibía el pueblo vietnamita --y que antes habían exhibido los aguerridos coreanos--, y, por lo mismo, un caudal tremendo de posibilidades de convertirse de simple lucha de resistencia, en lucha revolucionaria triunfante, por la liberación nacional y el socialismo, muy especialmente en América, Asia y África (Cuba, a pesar de su peculiaridad casi única, ya había sido un buen ejemplo, el que más había perturbado a los yanquis y sus miserables socios que habían apostado a un tramposo cambio de caretas “democráticas” en la isla).

No obstante esas potencialidades revolucionarias, el Ché también señalaba críticamente la soledad en que estaba Vietnam a mediados de los ´60, y advertía que de no producirse un reflejo verdaderamente internacionalista y profundamente solidario ante cada agresión imperial, cada pueblo y cada nación agredidos, quedarían a su vez necesariamente librados a su propia suerte, y todos los demás, quedarían trágicamente condenados de hecho al mismo destino de soledad y desamparo que los vietnamitas podrían superar recién diez años después (sin que el Ché pudiera verlo), gracias a su temple y heroísmo indoblegables, y, finalmente, también, gracias al apoyo soviético, el tardío apoyo chino y a una “opinión pública” mundial --mejor dicho, a las protestas populares internacionales-- que paulatinamente fue repudiando la agresión imperial (sin desconocerse la agudización de las contradicciones internas del sistema, para el que Vietnam resultó un auténtico callejón sin salida condenado a la exposición pública de las peores inmoralidades de la filosofía y la práctica del capitalismo).

Hoy, todo el mundo sabe que atrás de toda su verborragia anticomunista y terrorista-“antiterrorista”, el imperialismo pretende disfrazar el gran sueño mercantilista que en los tiempos del Ché aún no era tan visible como ahora: el robo y la mercantilización totales de los recursos y las fuentes de materia prima que son bienes naturales pertenecientes a toda la humanidad. Y, por si esto fuera poco, además, por un lado, el sometimiento en cada pueblo a condiciones de explotación prácticamente esclavistas, y, por otro, con cada aventura bélica, imponer una “regulación demográfica” de exterminio de “no consumidores” descontentos --e “indignados”, cabría agregar--, a semejanza de la “regulación demográfica” dejada por los más de 50 millones de víctimas de la segunda guerra mundial.

No queda más, pues, en estos dramáticos días de humillación del pueblo haitiano, del pueblo iraquí, del congoleño, de los afganos, de Palestina, de prepotencia y atropello imperialista sin ton ni son, y, también, de falsos progresismos y gobiernos claudicantes que encubren o hacen la vista gorda al ataque neo-nazi, que transcribir algunas de las palabras del Ché en su “Mensaje a los Pueblos del Mundo”, del 16 de abril de 1967.

Naturalmente que buena parte de las apreciaciones del Comandante Guevara de entonces (en vísperas de la experiencia boliviana y de los despliegues guerrilleros en América Latina y África) están altamente condicionadas por una fuerte  efervescencia antiimperialista y por un auge notable de los movimientos populares continentales.

Pero no hay hoy un solo hecho, un solo cambio político contemporáneo tan importante ni tan significativo --absolutamente nada--, que pueda poner en duda la puntería certera de su diagnóstico y su pronóstico respecto a la voracidad y la insania criminal del capitalismo, que no se detuvo con el fracaso en Vietnam ni se detiene con el fracaso ya indiscutible de todas sus aventuras bélicas (incluida la posibilidad nada remota de promover una nueva y desastrosa conflagración mundial).

Del mismo modo, no hay nada tampoco que pueda demostrarnos que es posible derrotar al imperialismo y abolir el capitalismo, sin que la lucha adquiera el carácter de lucha única, frontal y dura, verdaderamente internacional e internacionalista, que arracime regiones y continentes enteros enfrentando las hordas sin moral de un ejército también internacional e “internacionalista” sin otra “moral” que la del parasitismo burgués y la imbecilidad del poder de las armas por encima de la razón y los sentimientos humanos más elementales.

El Ché, como lo afirmamos y tratamos de reafirmarlo día a día, barrio a barrio, minuto a minuto, a pesar de todas las contras y todos los contrarevolucionarios deschavados y disfrazados, vive porque ES REVOLUCIÓN sin transas y sin falsas ilusiones de capitalismo bueno e imperialismo “sensato” y asistencialista promoviendo el progreso y el bienestar con inversiones que no son otra cosa que la quimera imperial de ser dueños del planeta y patrones y amos de toda la humanidad.

Es como lo señala el Ché: la independencia y la libertad, son posibles si globalizamos el espíritu combativo y libertario, mancomunando toda la lucha con cabeza y corazón rebeldes que transformen las respectivas resistencias particulares en resistencia general organizada.

Y que no perdamos de vista bajo ninguna circunstancia, lo fundamental:

La resistencia solamente triunfará si ella apunta a instalar en todas partes una lucha insurreccional que será verdaderamente antiimperialista, verdaderamente emancipadora, si se encauza hacia una liberación nacional-internacional con el objetivo claro y firme de la toma del poder político, económico y militar que se le arrebate a la clase dominante, que expulse de todas partes al gran capital monopólico y sus agentes, y que coloque en primer plano el deber revolucionario ineludible de construir una sociedad socialista universal y una patria socialista fraterna que hermane a los pueblos más allá de reservas materiales estratégicas y jerarquice la reserva estratégica clave que nos dejó como desafío el Ché con su ejemplo heroico que jamás podrá emular el más temerario ejército mercenario:

LA RESERVA ESTRATÉGICA DE LOS VALORES HUMANOS EN LOS QUE RADICA LA ESENCIA DEL HOMBRE NUEVO QUE EL CHÉ MISMO FUE Y ES EN CUERPO Y ALMA, y que sigue llamándonos a la lucha junto a todos los caídos heroicamente por un mundo y una sociedad de trabajadoras y trabajadores verdaderamente libres, justos y solidarios.

Las palabras de Ernesto Ché Guevara de 1967, son un mensaje realista y combativo, vigente y portentoso, que nadie puede acallar 44 años después del fusilamiento imperialista en la selva boliviana.

Transcribimos algunos párrafos que nos invitan a conmemorar esta fecha como algo del presente, comprometido y comprometedor, y lo hacemos homenajeando también, como corresponde, a los Compañeros Tupamaros Jorge Salerno, Alfredo Culelli y Ricardo Zabalza, fusilados el 8 de Octubre de 1969 en la ciudad de Pando por las mismas FF.AA. mercenarias que hoy comparten el atropello contra los pueblos de Haití y el Congo con los demás mercenarios al servicio del imperialismo y las oligarquías obsecuentes del mundo entero.

 

Decía el Ché:

  “(…) Hay una penosa realidad: Vietnam, esa nación que representa las aspiraciones, las esperanzas de victoria de todo un mundo desheredado, está trágicamente solo. (…) La solidaridad del mundo progresista para con el pueblo de Vietnam semeja a la amarga ironía que significaba para los gladiadores del circo romano el estímulo de la plebe. No se trata de desear éxitos al agredido, sino de correr su misma suerte; acompañarlo a la muerte o la victoria.

(…) El imperialismo norteamericano es culpable de agre-sión; sus crímenes son inmensos y repartidos por todo el or-be. ¡Ya lo sabemos, señores! Pero también son culpables los que en el momento de definición vacilaron en hacer de Viet-nam parte inviolable del territorio socialista, corriendo, sí, los riesgos de una guerra de alcance mundial, pero también obli-gando a una decisión a los imperialistas norteamericanos. Y son culpables los que mantienen una guerra de denuestos y zancadillas comenzada hace ya buen tiempo por los represen-tantes de las dos más grandes potencias del campo socialista.

Preguntemos, para lograr una respuesta honrada: ¿Está o no aislado el Vietnam, haciendo equilibrios peligrosos entre las dos potencias en pugna?. Y ¡qué grandeza la de ese pueblo! ¡Qué estoicismo y valor, el de ese pueblo! Y qué lección para el mundo entraña esa lucha (…).

Todo parece indicar que la paz, esa paz precaria a la que se ha dado tal nombre, sólo porque no se ha producido ninguna conflagración de carácter mundial, está otra vez en peligro de romperse ante cualquier paso irreversible e inaceptable, dado por los norteamericanos. Y, a nosotros, explotados del mundo, ¿cuál es el papel que nos corresponde? Los pueblos de tres continentes observan y aprenden su lección en Vietnam. Ya que, con la amenaza de guerra, los imperialistas ejercen su chantaje sobre la humanidad, no temer la guerra, es la respuesta justa. Atacar dura e ininterrumpidamente en cada punto de confrontación, debe ser la táctica general de los pueblos.

Pero, en los lugares en que esta mísera paz que sufrimos no ha sido rota, ¿cuál será nuestra tarea?. Liberarnos a cualquier precio.

(…) Bajo el slogan, «no permitiremos otra Cuba», se encubre la posibilidad de agresiones a mansalva, como la perpetrada contra Santo Domingo o, anteriormente, la masacre de Panamá, y la clara advertencia de que las tropas yanquis están dispuestas a intervenir en cualquier lugar de América donde el orden establecido sea alterado, poniendo en peligro sus intereses. Esa política cuenta con una impunidad casi absoluta; la OEA es una máscara cómoda, por desprestigiada que esté; la ONU es de una ineficiencia rayana en el ridículo o en lo trágico, los ejércitos de todos los países de América están listos a intervenir para aplastar a sus pueblos. Se ha formado, de hecho, la internacional del crimen y la traición.

Por otra parte las burguesías autóctonas han perdido toda su capacidad de oposición al imperialismo -si alguna vez la tuvieron- y sólo forman su furgón de cola.

No hay más cambios que hacer; o revolución socialista o caricatura de revolución.

(…) Nuevos brotes de guerra surgirán en estos y otros países americanos, como ya ha ocurrido en Bolivia, e irán creciendo, con todas las vicisitudes que entraña este peligroso oficio de revolucionario moderno. Muchos morirán víctimas de sus errores, otros caerán en el duro combate que se avecina; nuevos luchadores y nuevos dirigentes surgirán al calor de la lucha revolucionaria. El pueblo irá formando sus combatientes y sus conductores en el marco selectivo de la guerra misma, y los agentes yanquis de represión aumentarán.

(…) Es el camino de Vietnam; es el camino que deben seguir los pueblos; es el camino que seguirá América, con la característica especial de que los grupos en armas pudieran formar algo así como Juntas de Coordinación para hacer más difícil la tarea represiva del imperialismo yanqui y facilitar la propia causa.

América, continente olvidado por las últimas luchas políticas de liberación, (…) tendrá una tarea de mucho mayor relieve: la de la creación del segundo o tercer Vietnam o del segundo y tercer Vietnam del mundo.

En definitiva, hay que tener en cuenta que el imperialismo es un sistema mundial, última etapa del capitalismo, y que hay que batirlo en una gran confrontación mundial. La finalidad estratégica de esa lucha debe ser la destrucción del imperialismo. La participación que nos toca a nosotros, los explotados y atrasados del mundo, es la de eliminar las bases de sustentación del imperialismo: nuestros pueblos oprimidos, de donde extraen capitales, materias primas, técnicos y obreros baratos y a donde exportan nuevos capitales -instrumentos de dominación-, armas y toda clase de artículos, sumiéndonos en una dependencia absoluta. El elemento fundamental de esa finalidad estratégica será, entonces, la liberación real de los pueblos; liberación que se producirá, a través de lucha armada, en la mayoría de los casos, y que tendrá, en América, casi indefectiblemente, la propiedad de convertirse en una revolución socialista.

Al enfocar la destrucción del imperialismo, hay que identificar a su cabeza, la que no es otra que los Estados Unidos de Norteamérica.

(…) Pero este pequeño esquema de victorias encierra dentro de sí sacrificios inmensos de los pueblos, sacrificios que debe exigirse desde hoy, a la luz del día, y que quizás sean menos dolorosos que los que debieron soportar si rehuyéramos constantemente el combate, para tratar de que otros sean los que nos saquen las castañas del fuego.

Claro que, el último país en liberarse, muy probablemente lo hará sin lucha armada, y los sufrimientos de una guerra larga y tan cruel como la que hacen los imperialistas, se le ahorrarán a ese pueblo. Pero tal vez sea imposible eludir esa lucha o sus efectos, en una contienda de carácter mundial y se sufra igual o más aún. No podemos predecir el futuro, pero jamás debemos ceder a la tentación claudicante de ser los abanderados de un pueblo que anhela su libertad, pero reniega de la lucha que ésta conlleva y la espera como un mendrugo de victoria.

Es absolutamente justo evitar todo sacrificio inútil. Por eso es tan importante el esclarecimiento de las posibilidades efectivas que tiene la América dependiente de liberarse en formas pacíficas. Para nosotros está clara la solución de este interrogante; podrá ser o no el momento actual el indicado para iniciar la lucha, pero no podemos hacernos ninguna ilusión, ni tenemos derecho a ello de lograr la libertad sin combatir. Y los combates no serán meras luchas callejeras de piedras contra gases lacrimógenos, ni de huelgas generales pacíficas; ni será la lucha de un pueblo enfurecido que destruya en dos o tres días el andamiaje represivo de las oligarquías gobernantes; será una lucha larga, cruenta, donde su frente estará en los refugios guerrilleros, en las ciudades, en las casas de los combatientes -donde la represión irá buscando víctimas fáciles entre sus familiares- en la población campesina masacrada, en las aldeas o ciudades destruidas por el bombardeo enemigo.

Nos empujan a esa lucha; no hay más remedio que prepararla y decidirse a emprenderla.

(…) Y que se desarrolle un verdadero internacionalismo proletario; con ejércitos proletarios internacionales, donde la bandera bajo la que se luche sea la causa sagrada de la redención de la humanidad (…)

Es la hora de atemperar nuestras discrepancias y ponerlo todo al servicio de la lucha.

(…) Y si todos fuéramos capaces de unirnos, para que nuestros golpes fueran más sólidos y certeros, para que la ayuda de todo tipo a los pueblos en lucha fuera aún más efectiva, ¡qué grande sería el futuro, y qué cercano!

(…) Toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo y un clamor por la unidad de los pueblos contra el gran enemigo del género humano: los Estados Unidos de Norteamérica (…)”.

[Tricontinental. Suplemento especial, 16 de abril de 1967]

Tomado de: Escritos y discursos, tomo 9 , Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 1977, páginas 355-372

http://elmuertoquehabla.blogspot.com/
 

Etiquetado en Uruguay y sus cosas

Comentar este post