Uruguay: El hombre que hablaba demasiado

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

 
No soy, lo que se dice, devoto de Antonio Pippo.
Pero, como decía José Martí "honrar honra". Y esta pieza, que debería compararse con un artículo aparecido en El País el sábado donde se intenta un recuento de los (insignificantes) logros del "plan juntos", es excelente.
A  pesar del brutal "viento de cola" desde el exterior, básicamente las ínfimas tasas de interés en las economías centrales que mueven una aceptable tasa de inversión en nuestra economía y facilitan un auge consumista en gran parte de la población, afirmado éste por una veloz expansión del crédito,  se nota un agotamiento del prestigio del gobierno nacional.
Cuando, dichas condiciones ultra favorables de modifiquen (y lo harán, siempre lo hacen)....Jorge Batlle y su "gobierno divertido" van a ser un poroto.
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Enviado por Economìa Politica y Trabajadores

 


TIEMPOS MODERNOS |

La historia del hombre que no paraba de hablar

Antonio Pippo

 
 

Alguna vez el presidente Mujica dijo que durante su gobierno se construirían cien mil viviendas.

Alguna vez corrigió esa cifra, sin pestañear, envuelto en su propia, retroalimentada y traicionera verbosidad, reduciéndola a la mitad.

Alguna vez aludió con énfasis de barricada a una suerte de torrente solidario, al que buscó un nombre corto, sencillo y claro, para acabar, en un plazo de entre seis meses a un año, con la indignidad de los uruguayos "que viven en el barro".

Alguna vez admitió, con cierto pudor, que donaría gran parte de su sueldo para ayudar a la creación del fondo de recursos necesario, desprendimiento con el que cumplió y que esperó ver reflejado en otros hombres del gobierno, aunque, tristemente, con resultados escasamente favorables.

Alguna vez anunció que había ocurrido el parto con felicidad y el nuevo bebé estaba dando sus primeros pasos. ¡Albricias!, fue el grito que recorrió la patria y sacudió a las gentes.

Pero fue eso, un grito, una esperanza, unos cuantos bloques por aquí, unas cuantas puertas por allá, camiones de Ancap trasladando materiales y centenares de buenos vecinos desfavorecidos esperando el nuevo maná que caería entre sus manos desde el cielo.

Alguna vez los ciudadanos sabremos qué pasa con el Plan Juntos ­título registrado para esa anunciada inundación de buena voluntad­, porque el Presidente, si bien no ha dejado de hablar, hace rato que discursea de otras cosas.

He postulado hasta el cansancio, mío y ajeno, que no existe mejor instrumento que el cooperativismo de ayuda mutua para liquidar el déficit habitacional que castiga a las personas de menores recursos, más desprotegidas, marginadas.

Sin embargo, la catarata de palabras presidenciales llevó la cuestión por otro rumbo, definido a medias, de incierto final, enmalezado de voluntariedad.

¿Acaso es necesario que el Presidente detenga su alocada marcha verbal, reflexione y vuelva sobre esto? ¿Tal vez alguien de su confianza debería recordárselo?

Ah, no estoy seguro.

Hay una leyenda sobre un anciano en un lejano poblado de China. Hablaba tanto y de tantas cosas que sus palabras lo envolvieron en un remolino que se lo tragó.

Pero las palabras, entreveradas, siguieron ahí, revoloteando loquísimas. Lograron armar, reformar y deshacer proyectos, fijar ideas a las que sustituían otras en un proceso interminable y llevar a los habitantes del poblado a enloquecer o suicidarse por desconcierto, que, dicho sea de paso, es un modo desconcertante de suicidarse.

Desde aquellos lejanos tiempos sobrevive esta leyenda del anciano al que se lo devoró su propia verborrea, aunque ni así ­según los chinos por lo menos­ paró de hablar.

 
 

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