Uruguay: Historia de un hallazgo.- Julio Castro

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

Fotorreportaje que da cuenta de lo sucedido desde Octubre de 2011 a Mayo de 2012, en torno al hallazgo de los restos del compañero Julio Castro. En Octubre de 2011 fueron hallados sus restos en el Batallón 14 de Infrantería. Luego de realizados los análisis pertinentes, se anunció públicamente la identidad del compañero; los maestros le realizaron un homenaje; se realizó un escrache a Ricardo Zabala, uno de sus secuestradores; y en Mayo de 2012 se realizó un velatorio público, dónde el maestro estuvo rodeado de sus compañeros, familiares y militantes por los derechos humanos.

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Militares en el Batallón 14

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foto: Militares en el Batallón 14 foto: Tierra removida en el Batallón 14 foto: Alrededores del Batallón 14 foto: Militares en el Batallón 14 foto: Ingreso al Batallón 14 foto: Prensa ingresa al Batallón 14 foto: Zapato de Julio Castro foto: López Mazz junto a su equipo de antopólogos foto: Batallón 14 foto: Zapato de Julio Castro foto: López Mazz brinda declaraciones a la prensa en el Batallón 14 foto: Conferencia de Prensa de López Mazz haciendo pública la identidad de Julio (...) foto: López Mazz brinda declaraciones a la prensa luego de la conferencia foto: Concentración de ADEMU en homenaje a Julio Castro foto: Concentración de ADEMU en homenaje a Julio Castro foto: Concentración de ADEMU en homenaje a Julio Castro foto: Concentración de ADEMU en homenaje a Julio Castro foto: Concentración de ADEMU en homenaje a Julio Castro foto: Concentración de ADEMU en homenaje a Julio Castro foto: Escrache de Plenaria Memoria y Justicia a Ricardo Zabala, secuestrador de (...) foto: Escrache de Plenaria Memoria y Justicia a Ricardo Zabala, secuestrador de (...) foto: Escrache de Plenaria Memoria y Justicia a Ricardo Zabala, secuestrador de (...) foto: Escrache de Plenaria Memoria y Justicia a Ricardo Zabala, secuestrador de (...) foto: Velatorio de Julio Castro foto: Velatorio de Julio Castro foto: Velatorio de Julio Castro foto: Roberto Castro, nieto de Julio, en el velatorio de su abuelo

«Se recuerda que presionando "Desplegar todas las fotos" debajo de las fotografías, todas las imágenes se despliegan para hacer más fácil su visualización.»

Julio Castro nació en Florida en 1908. Fue maestro, y desde los inicios de su vida se comprometió con la lucha de su pueblo. Militó en la Unión Nacional del Magisterio, en la Federación de Asociaciones Magisteriales del Uruguay, y a partir de 1945, en la Federación Uruguaya de Magisterio. Además de su labor como maestro, se desenvolvió como periodista siendo responsable del Semanario Marcha.

Según el Informe Final de la Comisión para la Paz , Julio Castro fue detenido en la vía pública el 1 de Agosto de 1977 y trasladado a un centro clandestino de detención de la Avenida Millán Nº 4269, donde fue sometido a torturas a consecuencia de las cuales falleció el 3 de agosto de 1977 sin recibir atención médica.

Ésta Historia de un hallazgo da cuenta de diversas situaciones en torno al hallazgo de los restos del compañero Julio Castro:

  • El 21 de Octubre de 2011, se hallan en el Batallón 14 de Infantería, en Toledo, Canelones, restos humanos. El Antropólogo López Mazz hace público el hallazgo luego de meses de intenso trabajo junto a su equipo. Comienzan las hipótesis, las idas y vueltas, las certezas y las incertidumbres. Se adelanta que serían los restos de un hombre porque se halla un zapato con horma masculina y ropa con iguales características.
  • El 1 de Diciembre de 2011, López Mazz hace público en conferencia de prensa -luego de realizadas las investigaciones pertinentes- que los restos son del maestro Julio Castro.
  • El 2 de Diciembre de 2011, se realiza un acto homenaje a Julio Castro en Plaza Libertad convocado por ADEMU (Asociación de Maestros del Uruguay). Entre túnicas y moñas de los maestros, y la participación de cientos de personas, se desarrolla la actividad con rostros sentidos por la noticia, entre emoción y tristeza.
  • El 10 de Diciembre de 2011, se realiza un escrache a Ricardo Zabala -uno de los secuestradores de Julio Castro-. Plenaria Memoria y Justicia convoca a trasladarse al domicilio del torturador a hacer carne la condena social ante la falta de justicia. -Cabe mencionar, que el 6 de Marzo de 2012, Ricardo Zabala fue procesado y encarcelado por “complicidad en homicidio especialmente agravado” por el caso de Julio Castro-.
  • El 11 de Mayo de 2012, se realiza el velatorio público del compañero Julio Castro. Rodeado de familiares, compañeros y militantes por los derechos humanos, Julio Castro fue "despedido" en el Museo Pedagógico ubicado en Plaza Cagancha. Luego de realizado el velatorio público, los familiares realizaron un sepelio y el Sábado 12 de Mayo, los restos del Maestro fueron llevados al cementerio.

Existen, están, nos gritan, callan. Los desmemoriados, los impunes y sus cómplices se desviven en negarlos impunidad tras impunidad, pero ellos existen, están, nos gritan, callan.

Un maestro que estaba desaparecido, aparece en todos los rincones de una marcha que otros maestros organizaron para que Julio, esté codo a codo. Una semana después, Julio vuelve a aparecer en todos los carteles que un nutrido grupo de manifestantes porta en sus manos, camino a escrachar y a condenar al torturador y ex policía Ricardo Zabala, quien fuera uno de los secuestradores del maestro. Julio aparece en la memoria de miles, en la conciencia de un joven o una muchacha que se aprestan a luchar por las mismas causas que él sostuvo, otro compañero desaparecido se impone en una bandera, en un póster, en los recuerdos y charlas con los compañeros más veteranos; aquel compañero o compañera que mataron en tal año, grita presente en los sueños rebeldes de esta joven compañera o de aquel viejo militante. La vecina de la esquina recuerda al muchacho o a la muchacha que mataron los milicos, o lo torturaron, o la desaparecieron.

La verdad se hace impostergable, el castigo necesario. Nuestra memoria lo exige, nuestra dignidad lo reclama.

¡Salud Julio Castro!


Entierro de un maestro, que dejó la túnica en la memoria de su pueblo.

Julio Castro era maestro rural, periodista, militante, un hombre de su pueblo, lúcido, y entregado de lleno a la lucidez de ese pueblo del que era parte. Todo eso ya lo sabemos, lo hemos leído, escuchado, charlado con compañeras y compañeros, lo hemos meditado en la más solitaria de nuestras noches y en el más colectivo de nuestros días.

Hoy el Museo Pedagógico anocheció estremecido. No estremecido de solemnidad; quedó asombrado al ver irse los restos de un hombre que jamás será sus restos. Hay hombres que quedan impregnados en la memoria de su pueblo, son los hombres que lo entregaron todo por su pueblo, incluso su vida. Es el caso del nunca ido Julio Castro, ese que estará presente en la memoria de miles y en los estandartes de otros tantos. La barbarie miliquera se empeñó en matarlo, ignorando que los compañeros que murieron luchando, no se despegan de la memoria colectiva, por lo tanto viven en cada lucha. Compañero de la túnica y la pluma, siempre vivo, va un hasta siempre de ésos llenos de memoria; "por eso tu muerte no se llora, simplemente la izamos en el aire".


Todo está guardado en la memoria.

El sol ilumina con baja intensidad los árboles de Plaza Libertad, una de sus esquinas está llena de gente. El clima del sitio es extraño. La gente charla en grupos reducidos. Afuera de la puerta se oye un murmullo general, perceptible y suave; adentro del Museo no, el silencio reina.

Al pasar la puerta un cartel menciona un nombre y tres fechas: 1908, 1977, 2011.

Un hall de distribución da la bienvenida al ingresar. A la izquierda una pared y a la derecha se vislumbra otra sala a unos 10 pasos. Un paso y otro, y otro, y entre paso y paso se entrecruzan rostros conocidos. Los saludos se suceden de las más diversas formas: unos se levantan las cejas, otros se abrazan, otros se besan, otros se palmean el hombro; todas estos métodos de saludo, aunque cordiales, evitan las charlas de rigor. Nadie, ni los más veteranos que predominan, ni los más jóvenes que dicen presente, quieren romper la unanimidad del silencio.

El techo alto como los de antes, encierra la calidez de la luz. El piso de parquet opaca, insiste en la necesidad de lo solemne, pero no esa solemnidad del cementerio, sino la otra, la de de la admiración.

El salón se prolonga hacia la izquierda de la puerta que lo separa del hall; es realmente largo y fino, como un contenedor portuario, como un Chile sufrido. Un túnel de rostros se forma con los cuerpos que apostados codo a codo, se extienden estrechando aún más la sala. Cada persona que ingresa al salón es detenidamente inspeccionada por decenas de miradas en búsqueda de ojos compañeros, con los que compartir estos pesares colectivos. El túnel es recto, excepto a su inicio en la puerta, donde se genera una leve curva repleta de miradas notablemente sentidas.

Detrás del túnel, las paredes son cortadas por cuatro grandes ventanas con vitró. Cuelgan de la pared -entre ventana y ventana- pequeñas esculturas con rostros de sujetos que por su porte deben ser muy importantes, aunque este cronista desconozca completamente sus identidades.

Las canas peinan las cabezas de la mayoría de los presentes, aunque algunas sean ocultas por los tintes de pelo; otros ostentan cabelleras naturales. Termos y mates calientan la nochecita que paulatinamente comienza a enfriar. Muchos vinieron directo desde el trabajo; camisas no correspondidas los delatan. Los más veteranos se pusieron el mejor traje del armario para la ocasión. Buzo y jean visten los mas jóvenes.

En medio de la sala el silencio es total y ensordecedor. Las miradas son limpias y llenas de entereza, quizás porque así era también la mirada del homenajeado, a quien todos rinden tributo y traen de vuelta en sus ojos.

Al fondo del salón, José Pedro Varela discute con otros cuatro hombres sentados a una mesa. Los cinco visten esmoquin y Varela extiende su mano derecha como dando explicaciones. No se lo escucha, pero parece estar hablando sobre educación, al menos así lo indican los preconceptos. El debate reside en un óleo gigante, debajo del cual hay una decena de sillas de roble con evidentes años de experiencia. Las sillas están vacías, advirtiendo la ausencia de muchos que podrían estar ahí sentados, pero que por motivos que aún no vienen al caso, no están físicamente presentes.

Delante del óleo y las sillas sobresale una mesa rectangular y marrón, que se eleva dos escalones por encima del suelo. Sobre ella se extiende una tela roja de un rojo intenso, fuerte, no el rojo de la puesta o salida del sol en verano, no el rojo de los labios, es un rojo que nos impacta y nos hiere, es quizás un rojo parecido al de la sangre que muchos ofrecieron sin ceremonias. Sobre la tela hay un florero con margaritas amarillas y blancas. Junto a las flores, reposa un hombre en blanco y negro, resguardado en un retrato desde el que mira fijo, como hasta el alma, dando muestra de la vitalidad que acuñó en su tiempo. A la derecha, en el extremo opuesto al florero, descansa un cajón de madera brillante con una pequeña inscripción en su centro.

La solidaridad de los presentes se hizo carne; las miradas se encontraron con sus pares para afrontar la presencia de un muerto que no lo es. Hay muertos que quedan impregnados en la memoria colectiva, eso lo saben todos los presentes, pero además lo recuerda cada rostro que mira hacia ese cajón. No eran miradas vagas, eran otras miradas, intensas.

La barbarie tiñó de rojo nuestra América Latina, el odio con gorra militar y sin ella se empeñó en matar, ignorando bestialmente que los que murieron peleando con banderas justas se instalan en conciencias, estandartes y otras noblezas.

Pensándolo bien, quizás Varela mirando desde atrás de la escena, le explicaba a sus pares lo que debía ser un maestro y señalaba con su mano hacia más abajo. Desde al lado del florero un hombre vinculado a su pueblo, lúcido, armado de una pluma en la cintura, un corazón al costado, y más arriba las ideas claras como una hoja en blanco, intenta escribir una historia todavía en redacción.

El cartel de la entrada al Museo Pedagógico es el mismo que a la salida. Menciona un nombre y tres fechas: 1908, 1977, 2011. ¡Será tan fuerte, tan intensa, la memoria de los que no olvidan, que tres fechas separadas por más de un siglo, siguen intactas en el recuerdo de los memoriosos!.

En 1908 nació en Florida el maestro y periodista. En 1977 la barbarie lo mató de un disparo de odio. En 2011 su pueblo se reencontró con sus restos. Julio Castro mira desde un retrato en blanco y negro al lado de sus propios restos, pide a los presentes que no olviden. Sus ojos claman desde lo más digno, que esa mirada limpia y esa frente ancha, no sean guardadas en el cajón de los impunes, y vuelvan como vuelven en cada pelea, a decir presente. El pequeño cartel del cajón dice: “Maestro Julio Castro Pérez”, y debajo menciona tres fechas que ya conocemos, y esos doce números divididos en tres partes iguales, ya no se podrán olvidar ni abandonar, quizás es por eso, maestro siempre presente, que “tu muerte no se llora, simplemente la izamos en el aire”.

RebelArte

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