Uruguay: Indigentes a la intemperie en las frías noches de junio

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

En la maravillosa sociedad uruguaya siguen existiendo estos casos ¿PORQUÉ? en tanto se da un subsidio de 4 pesos por cada litro de cerveza producida... para provocar mas casos como el de la nota


Enrique Cuadrado



 

EL DRAMA COTIDIANO DE QUIENES VIVEN EN LA CALLE
Indigentes a la intemperie en las frías noches de junio


Las heladas noches de junio son implacables. Debajo de una maraña de cartones, frazadas y nylons, que ocupan media vereda, una pareja de mediana edad duerme abrazada. En calles, baldíos, recodos, plazas, la indignidad se personifica y al mismo tiempo deshumaniza un poco a quienes pasan por el costado.


Muy atentos a las cifras, los uruguayos están muy bien informados que, según datos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), la indigencia se redujo un 1,1% entre 2006 y 2009. No obstante, la mayoría ignora que las personas sin hogar tienen los mismos derechos, obligaciones y dignidad que el resto de los ciudadanos. Miguel, un indigente de 32 años, pone el ejemplo: "Yo hace pocos años era peón en el Mercado Modelo y vivía con mi novia en un ranchito más o menos". Ahora está solo y duerme en la intersección de avenida Italia y bulevar Artigas, a las puertas de una iglesia. También fue soldado, dice, e insiste que allí hay lugar suficiente como para "meter a todos los pastabaseros" que les roban sus escasas pertenencias, que acarrea para todos lados. Se trata de lo que va recolectando de contenedor en contenedor, donde va "requechando cosas para venderles a los feriantes, y de paso buscando alguna cosita para comer".

Pablo es mucho más joven, y su aspecto mucho más deteriorado. La barba y el pelo apenas dejan entrever un par de ojos que procuran sustraerse a las miradas. En Río Negro y Cerro Largo, sentado entre bolsas que va deshaciendo y hurgando, completamente cubierto de frazadas, sorbe una caja de leche chocolatada y dice: "Hay hambre, ¿no? Hay mucha hambre". Hace "un año y pico" que está viviendo en la calle, antes estuvo cinco años preso. Durante el día lleva todas sus cobijas consigo, para que no lo roben mientras duerme. Pablo es consumidor de pasta base y no tiene familia. Nunca trabajó. "Cuando puedo, fumo", dice, devuelve el pedazo de fruta que estaba exprimiendo entre sus labios y sigue hurgando. Para combatir el frío se va "a las carpas de la Cutcsa, allá abajo" y señala hacia la rambla portuaria. Se despide, negándole al fotógrafo la posibilidad de retratarlo, y dice que pronto se va a afeitar y cortar el pelo para "conseguir un laburito y andar prolijo en la calle. Ya voy a estar bien".

Al llegar a la terminal de Juncal y la rambla del puerto, el panorama es desolador. A un costado de los ómnibus que entran y salen, se extienden las "carpas", las ferrugientas estructuras de lo que otrora fueron puestos de feria refugian a cinco personas diseminadas, cada una en un extremo, respetando la territorialidad de los demás. Onelia es una de ellas. Tiene "como cuarenta" aunque su aspecto es de sesenta. Vive en las "carpas" hace cinco años. Ante la pregunta de cómo hace para soportar el frío de la noche, responde que la lleva bien, "si usted se abriga como nosotros, duerme tranquilo, bajo techo". Se abriga con mantas, y un acopio considerable de cartón, no solo para cubrir la superficie del suelo donde se acuesta, sino también para armar las casitas de los pequeños gatos que la acompañan.

EN LAS “CARPAS”

Orlando Di Domenico está en el otro extremo de las "carpas". Sentado sobre un almohadón que ofrece al periodista, al momento de acceder amablemente a hablar con Ultimas Noticias. Su hablar es claro y elocuente, la sensación es la de estar entrando al límite imaginario de su casa: "Póngase cómodo".

El 23 de diciembre cumple 62 años. Fue abandonado por su madre a los nueve años y educado "por una mujer del ambiente que con nueve años me llevó para la casa". Al evocarla, sus ojos se nublan, se emociona y baja el recuerdo con un trago de refresco. Orlando no bebe alcohol, ni se droga. La calle es su opción desde hace mucho tiempo. "Trabajé en una fábrica de pastas, en un bar, en la curtiembre, he hecho de todo". Cuenta que tiene un hijo, nacido en febrero de 1981, al que nunca pudo ver. A su mamá, que vive en Salto, "tampoco la volví a ver". Con ella vivió varios años en "una casita en Ponce entre Rivera y Palmar". Su familia "está cómoda", dice, "pero cuando la cosa se me complicó no conté con ellos. Nunca me dieron una mano".

El frío es algo a lo que ya está acostumbrado, dice, y señala unas mantas que tiene perfectamente dobladas al costado de sus bolsos: "Con eso me las arreglo, y si la cosa se pone muy fiera me hago un fueguito", y se excusa de no contar con leña para "recibir a la prensa".

Todos los consultados se niegan a acudir a los albergues. Allí los roban -afirman-, no están tranquilos, pierden la libertad que les otorga cualquier esquina de la ciudad. Ahí están los pobres de siempre. Aquellos que ni tan siquiera tienen un techo para cobijarse.

Las palabras de Orlando pueden servir de guía para entender este drama: "El problema de dormir en la calle es que si no estás loco, se te destruye toda la vida, tenés el orgullo por el suelo, sos un inútil".

Refugio compulsivo

La Cámara de Senadores estudiará un proyecto que analiza la posibilidad de trasladar compulsivamente a refugios a personas en situación de calle.

El proyecto, de la senadora Mónica Xavier, se basa en el artículo 44 de la Constitución: "(…) Todos los habitantes tienen el deber de cuidar su salud, así como el de asistirse en caso de enfermedad.

El Estado proporcionará gratuitamente los medios de prevención y de asistencia tan solo a los indigentes o carentes de recursos suficientes".

El proyecto, que será tratado en los próximos días en la Cámara Alta, sostiene que las personas que se encuentren "en situación de intemperie completa" podrán ser llevadas a refugios "siempre que un médico acredite por escrito la existencia de alguno de los riesgos indicados en la presente disposición".

 

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