Uruguay: La historia es para aprenderla y sacar conclusiones. Nunca para olvidarla

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

“Vivimos en la mentira del silencio. Las peores mentiras son las que
niegan la existencia de lo que no se quiere que se conozca. Eso lo
hacen quienes tienen el monopolio de la palabra. Y el combatir ese
monopolio es tarea central.”
Emir Sader

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1) A 38 AÑOS DEL GOLPE DE ESTADO: NO OLVIDAR NUNCA

 

Andrés Capelán

LUNES 27 DE JUNIO DE 2011 - COMCOSUR / MONTEVIDEO –

 

Fecha ominosa, si las hay, ésta del 27 de junio.

Su sola mención hace que mi corazón se encoja y mi mente busque otros pensamientos más gratos.

De todas maneras, sentí que era mi obligación compartir con los lectores de este boletín alguna reflexión al respecto.

Fue así que encontré en mi archivo la nota que copio a continuación.

Muchas cosas han cambiado en los ocho años transcurridos desde su publicación hasta hoy día, pero el meollo del asunto sigue tan válido como entonces y Juan Gelman lo ha dicho mejor que yo: “No te olvides de olvidar el olvido”.


A treinta años del golpe de estado: recuperar el pasado
Andrés Capelán (27.06.03)


"Quien es dueño del presente domina el pasado; quien es dueño del pasado domina el futuro." George Orwell ("1984")

Uno de los elementos centrales de esa gran anti-utopía del siglo XX que es la novela "1984" de George Orwell, es la contínua transformación del pasado.

En la pesadilla orwelliana, el protagonista (Winston Smith) trabaja en el "Ministerio de la Verdad," una repartición estatal que se encarga de modificar los registros históricos de acuerdo a las necesidades del partido único que gobierna Europa.

En su oficina, Smith recibe periódicos viejos y vuelve a redactar los pronósticos y las promesas del "Gran Hermano" para que se ajusten a lo que realmente sucedió luego.

Del mismo modo, cuando el gobierno "desaparece" a quienes intentan luchar contra su dictadura, hace borrar sus nombres de todos los registros burocráticos. Detalla Orwell en su novela:

"En la inmensa mayoría de los casos, no se abría proceso ni se informaba al público de la detención. La gente sencillamente desaparecía, casi siempre de noche. Se borraba de los registros el nombre del preso, eliminándose todo vestigio de su identidad o de sus antecedentes personales; su existencia era negada y luego echada al olvido. El individuo resultaba suprimido y liquidado: 'evaporado' era la expresión en boga."

Aquí en Uruguay, el 27 de junio pasado se cumplieron 30 años de la disolución del Parlamento decretada por el presidente Juan María Bordaberry (Partido Colorado, 1972-76).

La ocasión fue propicia para que se desarrollara una serie de actividades alusivas, que fueron desde manifestaciones de repudio hasta la inauguración de un centro de estudios que lleva el nombre del fallecido embajador de la dictadura y ex presidente Jorge Pacheco Areco (Partido Colorado, 1967-1972).

El tenor de dichas actividades demostró una vez más que en estos temas, el país está dividido en tres grandes franjas: la de los militares y sus acólitos más directos, que reivindica el avasallamiento de las instituciones y las violaciones a los derechos humanos en nombre de un interés mayor llamado "Patria"; la de los políticos de derecha, que echa las culpas de lo sucedido al accionar de la guerrilla tupamara, que provocó la irrupción de las Fuerzas Armadas en la vida política del país; y la del campo popular, que afirma que el Golpe de Estado fue dado para destruir el movimiento obrero y poder luego proceder a una brutal rebaja salarial que sólo benefició a la oligarquía y la burguesía nacional.

Por boca de sus principales líderes (los ex presidente Julio Sanguinetti y Luis Lacalle), los gobernantes Partido Colorado y Partido Nacional insisten en la segunda opción, y han aprovechado sus discursos en las jornadas de recordación realizadas en el Parlamento Nacional para machacar sobre el tema.

Por supuesto que se cuidaron muy bien de evitar mencionar el hecho de que para junio de 1973 la guerrilla tupamara estaba totalmente derrotada, ya que si tomaran en cuenta dicha circunstancia, su castillo de naipes ideológico se les derrumbaría estrepitosamente.

Ambos insistieron en que en esos inicios de la década del 70 Uruguay vivió una guerra y tienen razón.

Pero no fue una guerra entre las instituciones y la guerrilla; fue una guerra entre la burguesía y la clase trabajadora que se sintetiza en la consigna que por aquellos años levantaba la Tendencia Combativa: "La Guerra es contra el Pueblo."

Tan contra el pueblo fue esa guerra, que la abrumadora mayoría de los miles de presos políticos que hubo en nuestro país en esos años pertenecía al movimiento sindical y estudiantil, y nunca en su vida había tomado entre sus manos un arma más letal que un cuchillo de cocina.

Sin embargo, la dictadura se ensañó con ellos y los desapareció, torturó, y asesinó con saña.

Ejemplo paradigmático de esta circunstancia es el caso del maestro Julio Castro, quien fue secuestrado por los militares el 1° de agosto de 1977, cuando tenía 69 años de edad, y sigue desaparecido hasta el día de hoy.

Sanguinetti y Lacalle culparon a la intolerancia y a la intransigencia del quiebre en nuestra vida institucional.

Por supuesto que ambos también omitieron minuciosamente referirse a los asesinatos, desapariciones y torturas cometidas por los gobiernos inmediatamente anteriores a la dictadura, de los que el ex presidente Sanguinetti fue ministro de Educación y Cultura.

En ese mismo marco recordatorio, el ex comandante en jefe del Ejército del gobierno de Julio Sanguinetti, el teniente general (r) Daniel García dijo muy claro:

"Una enorme cantidad de políticos fue a golpear las puertas en los cuarteles para empujar la acción e irrupción de las FFAA y la ruptura del orden constitucional porque entendían que el sistema político era incapaz de dominar el desorden de la sociedad y esas medidas extremas era la única solución para evitar el caos."

Por supuesto que no dió el nombre de esa "enorme cantidad de políticos," aunque no es necesario investigar mucho para descubrir quienes fueron.

Muchos de ellos colaboraron luego directamente con la dictadura, y muchos otros vivieron tranquilamente en el país durante toda esa década infame.

Los otros, debieron exilarse o fueron encarcelados, desaparecidos y asesinados.

Entre quienes fungieron como consejeros de estado de la dictadura había varios políticos de los partidos Colorado y Nacional.

Por lo pronto, el primer presidente de esa cohorte de amanuenses de los militares fue Martín Etchegoyen, entonces líder del Herrerismo, el sector que hoy lidera el ex presidente Luis Lacalle.

También a su mismo partido y a su mismo sector pertenecían los consejeros Ricardo Reilly Salaverry, Antonio Gabito Barrios, Domingo Burgueño Miguel y Daniel Rodríguez Larreta, por no abundar.

Por su parte, el partido de Julio Sanguinetti estuvo ampliamente representado: Pedro W. Cersósimo, Wilson Craviotto, Walter Belvisi Marcial Bugallo, Hugo Manini Ríos, Alejandro Végh Villegas, Eduardo Praderi, Mario Coppetti, y Pablo Millor, integraron dicho consejo, entre otros.

Vuelta la democracia, casi todos los mencionados integraron las listas de sus respectivos partidos y desempeñaron cargos en los gobiernos de Sanguinetti y Lacalle.

Los dos ex presidentes siguen repitiendo una y mil veces el falso discurso con el que la derecha uruguaya pretende ocultar su complicidad con la dictadura que asoló el país durante más de una década.

Son dignos alumnos de Goebbels e intentan repetir mil veces una mentira para que se transforme en verdad.

Los uruguayos decentes seguiremos desenmascarándolos una y otra vez. No permitiremos que dominen el pasado porque no queremos que dominen el futuro. Ya sabemos de lo que son capaces.

 

LUNES 27 DE JUNIO DE 2011 - COMCOSUR / MONTEVIDEO
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2) URUGUAY Y SU TRANSICIÓN DE IMAGINARIOS

Gerardo Caetano *


Durante mucho tiempo los manuales escolares uruguayos enaltecieron las virtudes del país comparándolo con las bellezas europeas y estableciendo un marcado contraste con Argentina.

En sus páginas se escribió el relato de una identidad sin fisuras.

En momentos en que el imaginario cultural uruguayo se está redefiniendo, vale preguntarse qué rumbo elegirá y cómo se verá a sí mismo en el marco de la región.

Nosotros y los “otros” en los textos escolares

En diferentes ámbitos de la sociedad uruguaya todavía no se asume la tarea pendiente de renovar y resignificar las identidades colectivas, en especial la nacional.

Esa tarea requiere, ante todo, una revisión crítica de los aspectos que se han considerado hasta ahora característicos de la identidad del país.

Es posible, por ejemplo, identificar en el sistema educativo la persistencia de ciertas prácticas que, por cierto, no representan la mejor contribución cultural para un proceso de integración.

¿Cómo podemos enunciar de manera sintética el problema?

La visión histórica que la escuela uruguaya ha proporcionado –y en alguna medida sigue proporcionando– sobre la identidad nacional y sobre la percepción de los países vecinos no se orienta hacia una perspectiva integracionista.

¿Cuáles son las modalidades que persisten y que refuerzan esa dirección?

Entre otras, la rigidez de las nociones del “nosotros” y de los “otros” que han emanado usualmente de los manuales escolares uruguayos.

Se sabe que este tipo de textos suelen orientarse en forma obsesiva a satisfacer las demandas de afirmación nacionalista, y que para hacerlo muy a menudo presentan información que se aparta claramente del conocimiento profesional o científico.

También se sabe que en sus páginas, y en el uso que hacen los maestros de ese material, anidan los cimientos más extendidos y resistentes de la memoria colectiva.

La incorporación de los avances y en particular de las áreas de debate en el terreno de la Historia y de otras Ciencias Sociales sólo muy tardíamente –y en el mejor de los casos– llega a influir en los autores de la literatura escolar.

En contrapartida, éstos –y los maestros que funcionan como mediadores– son poderosos constructores de “imaginarios nacionalistas”, puesto que definen juicios y prejuicios fundamentales en la percepción colectiva.

En Uruguay, los textos escolares también han constituido una suerte de “catecismo fundacional” del nacionalismo más popular.

Ellos han sido una herramienta central en el proceso de sacralización civil de ciertos rasgos de la vida comunitaria al difundir rituales públicos, liturgias cívicas y simbologías populares, con el objetivo inocultable de reforzar la identidad y el orden nacionales.

Lo que podríamos llamar la “religión civil” del nacionalismo popular tiene entonces sus “textos sagrados” en los manuales escolares, y por cierto que no sólo en los de Historia.

Del análisis de numerosos libros del género, pertenecientes a distintas épocas, surgen algunos aspectos curiosos que vale la pena revisar.

En casi todos se percibe con nitidez una clara voluntad de afirmación nacionalista, simbolizada en la exaltación recurrente de la “singularidad” de la sociedad uruguaya y de su historia.

Este rasgo de la historiografía escolar convive con bastante comodidad –salvo muy escasas excepciones– con un marcado cosmopolitismo, que se manifiesta de manera privilegiada mediante comparaciones con Europa y los Estados Unidos.

En cambio, la relación entre este “nosotros” uruguayo y sus “otros” más cercanos de la región (sobre todo los argentinos) recibe un tratamiento diferente y resulta sin duda más conflictiva.

En este sentido, nuestras observaciones no serían demasiado novedosas: la “historiografía escolar” de todos los países suele ser profundamente nacionalista y presentar mayores dificultades para considerar a los “otros” cercanos que a los más lejanos geográficamente.

Tal vez la singularidad radique, especialmente en comparación con otros países latinoamericanos, en la profundidad de esa nota cosmopolita eurocéntrica y noroccidental, que se complementó a menudo con un desapego militante de las raíces de perfil más autóctono (indígenas, negros, etcétera).

Por otra parte, en la afirmación de ese “nosotros” orgulloso de su “diferenciación” con respecto a la región y al continente y de su “identificación” con Europa y los Estados Unidos, anidaban otros problemas.

En efecto, el propósito era la afirmación de un “ser nacional” diferente pero siempre construido desde una lógica especular y antagónica con los “otros” de la región, especialmente con Argentina.

Así, la profusa lista de los temas más apreciados en los manuales –y que recibían un tratamiento más extenso– se orientaba con nitidez en esa perspectiva: desde el énfasis en los eternos conflictos entre Montevideo y Buenos Aires durante la Colonia, pasando por la contraposición radical entre el federalismo artiguista y el centralismo porteño, las sucesivas invasiones primero portuguesas y luego brasileñas, hasta el señalamiento de las dificultades que debía enfrentar Uruguay para afirmarse frente a los designios “prepotentes” y expansionistas de Argentina y Brasil, o el orgullo de ser una sociedad más integrada y estable que las de sus vecinos, entre otros tópicos por el estilo.

La profundidad de los problemas que entrañaban estos relatos comenzó a resultar más visible cuando las transformaciones de toda índole iniciadas en los años cuarenta y cincuenta (en el país, pero sobre todo en su relación con un mundo y una región que también se modificaban) empezaron a desplegar sus efectos sobre la autopercepción de los uruguayos.

Creemos que ese nuevo contexto debilitó la simbología y el imaginario del “país batllista” y de la “Suiza de América”, y también comenzó a afectar (con otros ritmos, tal vez más lentamente) la eficacia persuasiva otrora incontestada de esas lecturas nacionalistas.

La “epopeya uruguaya” a través de un manual

Uno de los manuales escolares más exitosos de la historia uruguaya, Geografía de la República Oriental del Uruguay, de Luis Cincinato Bollo, permite ilustrar de manera emblemática ese relato al que nos hemos referido.

En la figura de su autor –maestro, director de escuela y funcionario público– se combinan varios rasgos representativos del Uruguay que le tocó vivir y protagonizar.

El libro se publicó en 1885 y luego se reeditó de manera continua, por lo menos hasta bien entrada la década de los treinta.

Algunas referencias a la edición de 1919 nos sirven para mostrar la exaltación de las afirmaciones de corte nacionalista, la comparación permanente con Europa y la contraposición entre los “méritos” uruguayos y lo que podríamos denominar sus “contrastes” argentinos.

En su texto, Bollo expresa optimismo ante las posibilidades del país, destacando a cada paso la situación privilegiada de Uruguay en los más diversos planos.

“Estamos –decía– en una situación muy ventajosa porque por el Uruguay, el Plata y el Océano, podemos enviar de nuestro país a Europa y a todos los países del mundo, nuestros ricos productos, y recibir a cambio otros que no tenemos Ningún país del mundo ofrece tal abundancia de aguas, exceptuando Holanda”.

Las comparaciones de los paisajes uruguayos con los de diversos países europeos son muy numerosas.

Esto se ve de manera clara, por ejemplo, cuando describe Montevideo.

“El autor de este libro –se confesaba– ha visitado las principales ciudades de Europa y puede decir, sin temor de equivocarse, que Montevideo es una de las ciudades más hermosas del mundo, con un clima sin igual, con un cielo espléndido y con todos los adelantos modernos. París, Londres, Madrid y Berlín tienen un invierno muy frío y veranos más calurosos que el nuestro.

Pocas ciudades tienen un servicio de tranvías, luz y agua como la nuestra.

La parte de la costa situada al Este de la ciudad es de una belleza incomparable: no hay ningún país del mundo que en tan poco espacio tenga playas tan espléndidas ni panoramas tan hermosos.

Es como si las más famosas playas de Europa hubieran sido transportadas a nuestro país y unidas, con la ventaja que nosotros tenemos un cielo más hermoso que da más esplendor a los panoramas.”

Finalmente, y como clave insoslayable de todo el sistema del relato, a las incontables bondades uruguayas se oponían referencias de Argentina y, en particular, de la “eterna rival” Buenos Aires.

Veamos algunos ejemplos en esa dirección:

“En nuestro territorio no se necesita construir pozos para dar agua al ganado, como sucede en la Argentina. En la República Argentina los ríos Primero, Segundo y Tercero no tienen el caudal de los arroyos nuestros. En la República Argentina hay muchos puntos en los cuales a pesar de hacer bastante calor, no hay plantas, porque llueve muy poco. [Como país ganadero], la República Oriental supera en mucho a la Argentina Montevideo es la variedad, no la uniformidad aburrida de Buenos Aires, con sus calles siempre iguales, planas, sin horizonte”.

Mientras tanto, las comparaciones con Brasil eran prácticamente inexistentes.

Una de las escasas menciones a ese país es la siguiente:

“Acostumbrados a compararnos con el Brasil y la Argentina, que figuran entre los países más grandes del mundo, nos creemos muy pequeños. Hay que recordar también que la Suiza, la Holanda y la Bélgica son de los países más ricos y civilizados, al paso que otras grandes naciones están más atrasadas. Nosotros no tenemos que envidiar, por nuestra civilización, a ningún país de América; estamos a la cabeza en todo”.

En el clímax de su discurso, Bollo concluía con una afirmación especialmente osada que, sin embargo, tal vez sea una de las más complicadas de desmentir, por lo menos dentro de Uruguay:

“Nuestras mujeres son las más hermosas del mundo, debido probablemente a que acá se mezclan todas las razas.

En España, Italia e Inglaterra, hay mujeres muy hermosas como aquí, pero en el conjunto, entre las nuestras la belleza es una regla general, y la fealdad una excepción”.

Los fragmentos del manual geográfico de Luis Cincinato Bollo resultan emblemáticos de una concepción que atravesaba vastos sectores de la sociedad uruguaya.

Varias generaciones de escolares encontraron en las páginas de este texto y de muchos similares un espejo cercano, que devolvió imágenes y valoraciones que por cierto no sonaban entonces ni excéntricas ni descabelladas.

Y más allá de que el propio Estado uruguayo haya hecho de este manual un “texto oficial” para nuestras escuelas públicas, el orgullo, los relatos y las representaciones que emanaron de sus páginas se correspondían con las creencias íntimas de los alumnos y los padres.

Existe una amplísima documentación que ilustra cómo aquel Uruguay miraba con absoluta confianza el porvenir y pensaba que la construcción de un “país modelo” estaba al alcance mismo de la mano.

Algo bien contrastante y tal vez irreconocible para los uruguayos contemporáneos, acostumbrados a un inveterado pesimismo.

Tiempos de transición

Más allá de la anécdota y aun de la caricatura, ¿algún uruguayo podría reconocerse hoy en un discurso como el de Bollo?

Si esto, como creemos, ya no resulta posible, ¿qué nuevo sentido de cohesión en la diversidad, qué nuevo horizonte de futuro ha venido a sustituir a aquel viejo imaginario?

Con seguridad los textos escolares en los que estudian nuestros hijos no reproducen ni de cerca las exageraciones –sin duda bien intencionadas– y los prejuicios ingenuos y transparentes de Luis Cincinato Bollo.

Sin embargo, ¿alguien podría afirmar que la literatura escolar del Uruguay contemporáneo y, más en general, los variados relatos de toda índole que involucran a los ciudadanos como nación, han alterado significativamente aquel viejo sentido común que inspiraba la construcción de identidades y alteridades?

Sospecho que más de uno de nosotros podría interponer severas dudas al respecto y que, en todo caso, las cuentas pendientes en esa dirección siguen siendo muchas.

Conjeturamos que, más allá de los discursos, estamos aún muy lejos de haber cimentado las bases culturales de ese nuevo horizonte definitivamente integracionista, que a pesar de sus eternas dificultades despunta tras el proyecto genuino del Mercosur.

Sabemos que construir una identidad es a la vez “diferenciarse” y “parecerse”.

También que toda identidad depende de la alteridad, que todo “nosotros” se determina antes que nada por el modo de concebir a sus “otros” y de relacionarse con ellos.

En las antípodas de las viejas lógicas esencialistas, los enfoques académicos actuales definen las identidades como “constructos” siempre inacabados y “motores relacionales”, en los que se combinan referentes muy variados, que van desde la remisión a lo local hasta el reconocimiento de las culturas posnacionales.

En todos estos procesos de significación, mucho más cuando se está dentro mismo de un proyecto de integración, la relación entre el “nosotros” y los “otros” pasa a constituir un tema tan central como insoslayable. Toda política cultural con orientación integracionista tiene aquí un asunto relevante al que deberá prestar atención.

 

(*) Historiador y analista político, Instituto de Ciencia Política, Universidad de la República y Centro Latinoamericano de Economía Humana, Uruguay – Nota publicada en TODAVÍA Nº 11. Agosto de 2005

LUNES 27 DE JUNIO DE 2011 - COMCOSUR / MONTEVIDEO

 

 

 

Enviado por

Julio-Néstor Sosa Benia
Pocitos - Montevideo - Uruguay
Pitres (La Tahá) - Granada - España
   

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