Uruguay: Pistas para entender el asesinato del maestro

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

El embajador, el periodista y un operativo de inteligencia contra la embajada mexicana

Pistas para entender el asesinato del maestro

Escrito por: Samuel Blixen
Julio Castro
Julio Castro
Al asombro que provocó la noticia, difundida ayer jueves, de que los restos hallados en el Batallón de Infantería 14 corresponden al maestro y periodista Julio Castro, se sumó otro, más consternante: Julio Castro, que en el momento de su secuestro, el 1 de agosto de 1977, tenía una salud delicada, fue asesinado de un balazo en la cabeza. La revelación de este desenlace obliga a leer con otra óptica la detallada crónica sobre las circunstancias de su secuestro, publicada en el primer número de Brecha; y también obliga a revalorizar la hipótesis que manejan los investigadores sobre el móvil del secuestro: un operativo contra la embajada de México, involucrada en una política de solidaridad con perseguidos, de la que participaba Julio Castro facilitando el refugio y el asilo.

En este amplio informe se incluye un resumen de un discurso de homenaje del educador Miguel Soler, un sentido texto de Eduardo Galeano y una crónica sobre el informe del antropólogo José López Mazz, brindado en Presidencia al cierre de esta edición.

 

Hasta ahora permanecía en una especie de incógnita el motivo que impulsó a la dictadura, en agosto de 1977, a secuestrar a Julio Castro, torturarlo en un centro clandestino de detención y provocar su muerte 48 horas después.

Pudo ser su vínculo con Carlos Quijano, exiliado en México, con quien mantenía una correspondencia en la que latía la lucidez y el compromiso de sus artículos en Marcha. Pudo ser el trasiego de información sobre lo que ocurría en los días más negros de la dictadura: los asesinatos de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz, el vuelo del Cóndor sobre los exiliados en Argentina, Chile y Paraguay, las extradiciones clandestinas que multiplicarían las desapariciones, los robos de bebés, los operativos contra el Partido Comunista, los Grupos de Acción Unificadora y el Partido por la Victoria del Pueblo y su apéndice, la Operación Morgan para la apropiación de dinero y bienes. Pudo ser su participación en un círculo de amigos que alimentaba ese trasiego de información y lograba hacerla llegar al exterior. Pudo ser su participación personal en el salvataje de militantes perseguidos a quienes facilitaba el ingreso a la embajada de México. Pudo ser la suma de todo, y las claves para desentrañar la incógnita están en las páginas centrales del primer número de Brecha, el 11 de octubre de 1985: "Julio Castro: persona buscada".

Treinta y cuatro años más tarde, los nuevos elementos surgidos de la investigación judicial tras el desarchivo de la causa permiten afinar la hipótesis para una aproximación más sólida a la verdad. Esa hipótesis propone la siguiente ecuación: Julio Castro fue víctima de un operativo de inteligencia para bloquear y revertir la política de solidaridad que desplegaba el embajador de México, Vicente Muñiz, y que tuvo como pieza clave al periodista brasileño Flávio Tavares.

Corresponsal en Buenos Aires del Excelsior de México y de O Estado de São Paulo, Tavares llegó a Montevideo el 12 de julio de 1977. Hospedado en la casa del exiliado Leonel Brizola, en sus dos primeros días se reunió con el embajador mexicano Rafael Cervantes Acuña, que acababa de sustituir a Muñiz, con el agregado cultural de la embajada, Cuauhtémoc Arroyo Parra, y contrató al abogado Arturo Alonso, director del diario El Día, para lograr la libertad del periodista Graciano Pascale, detenido por un artículo que ofendió la sensibilidad de los militares, al hacer un balance del cuarto aniversario del golpe. La entrevista con Arroyo Parra fue productiva: el agregado cultural le entregó un casete donde alguien, distorsionando la voz, leía fragmentos de los juicios a militares, entre ellos el de Liber Seregni; además, le proporcionó información sobre algunos centros clandestinos de detención que Arroyo había recolectado entre los militantes asilados en la embajada.

Fue Pascale quien llevó a Tavares a la casa del capitán Óscar Lebel. La visita se produjo el mismo día en que pretendió regresar a Buenos Aires. Pero fue detenido: permaneció primero en la Jefatura de Policía, luego fue trasladado a la casa de Punta Gorda, conocida como el Infierno Chico, y finalmente fue conducido a La Casona de la avenida Millán. Fue exhaustivamente interrogado sobre la identidad del locutor y la identidad de quien le había entregado el casete.

Hay tenues lazos que explican la vinculación entre Julio Castro y Flávio Tavares y hacen comprensible el desenlace. Tavares mantenía contacto con el diplomático Arroyo cada vez que venía a Montevideo, lo que era comprensible porque el brasileño era corresponsal de un diario mexicano. También mantenía contacto con el periodista y corresponsal del New York Times Efraín Quesada (aunque en ese viaje de julio del 77 sólo habló con él por teléfono), en tanto eran colegas. Tavares creyó que Quesada era quien había grabado el casete que le dio el diplomático, aunque en realidad había sido Óscar Lebel, y Tavares no identificó la voz cuando habló con él, en la visita que realizó con Graciano Pascale. Todo ello sugiere que bien Lebel o Quesada entregaron el casete al diplomático.

Por su parte, Julio Castro visitaba asiduamente a Efraín Quesada y a Lebel, e incluso se reunían los tres en casa del primero, para compartir información. Y a la vez, Castro mantenía un estrecho vínculo con el agregado cultural Arroyo, porque era con éste que acordaba la forma en que ingresaría a la embajada a militantes perseguidos. Castro informaba a Arroyo de un nuevo asilado, y después ayudaba al futuro refugiado a eludir la guardia policial e ingresar a la embajada.

Julio Castro fue secuestrado el 1 de agosto en las inmediaciones de Rivera y Soca, inmediatamente después de abandonar la casa de Efraín Quesada, en Francisco Llambí y Rivera. Para entonces hacía 15 días que Tavares había sido detenido. El 22 de julio una crónica del diario El País informaba que el periodista brasileño era en realidad un peligroso terrorista internacional. El 3 de agosto Tavares fue liberado y abandonó La Casona, después de admitir que había recibido el casete de manos del agregado cultural mexicano Arroyo. Ese miércoles 3 de agosto Julio Castro murió en el sótano de La Casona. Presumiblemente, también, ese día o el siguiente su cuerpo fue llevado al cuartel de Toledo y enterrado junto al horno de ladrillos, donde fue hallado 34 años después, por más que el responsable de la Comisión para la Paz, Carlos Ramela, hiciera suya la afirmación de los militares que entrevistaba en el sentido de que "ni Julio Castro ni Elena Quinteros serán hallados nunca".

En esta historia hubo otra víctima: el agregado cultural Arroyo, quien el 22 de julio, el mismo día de la crónica de El País, fue separado de su cargo en la embajada y días después trasladado a México donde fue acusado, en la cancillería, de espionaje y de pertenecer a una red de terroristas comunistas. El 13 de agosto apareció publicada en Excelsior una nota firmada por Flávio Tavares: "Me utilizó el diplomático Arroyo Parra. Complot contra México: declaraciones y una grabación en la embajada. Un 'amigo personal' dio nombres y direcciones. El funcionario debe hablar sobre el espionaje".

Aun cuando la sustitución del embajador Muñiz por Rafael Cervantes Acuña, oficial del ejército, preanunciaba que llegaba a su fin la política de solidaridad que permitió a decenas de perseguidos políticos refugiarse en la embajada y finalmente viajar a México, la presencia de Arroyo Parra en Montevideo aseguraba la prolongación, por cierto tiempo, de esa política. Los oficiales del servicio de inteligencia pergeñaron una fórmula para terminar con aquella solidaridad que se escudaba en la inmunidad diplomática. La "confesión" de Tavares sobre el complot del "espía soviético", permitió cortar de raíz aquella ignominia que había comenzado en 1975 el día que el embajador Muñiz ofreció una recepción con motivo de la fecha patria mexicana. Fueron invitados todas las autoridades, civiles y militares, del proceso. Entre otros amigos de México fue invitado el general Liber Seregni, que había sido liberado de su primera prisión. Indignados, los generales reclamaron al embajador que echara a Seregni, pero el embajador replicó que era su invitado. Fueron los generales quienes se retiraron.

Parece legítimo sospechar que Julio Castro fue detenido en el marco del operativo contra la embajada mexicana. Sin embargo, aún no hay explicación para su asesinato. Si su delicada salud podía explicar su muerte a poco de ser detenido, ahora la revelación de que su cráneo exhibía un orificio de bala y fragmentos de un proyectil, introduce nuevas incógnitas, nuevos desafíos para la justicia.

Publicado el Jueves 01 de Diciembre de 2011

 

La reconstrucción de una desaparición

Julio Castro: persona buscada

Escrito por: Mónica Bottero/Ernesto González Bermejo
Marcha
Marcha
En el primer número de Brecha, el 11 de octubre de 1985, se publicó una investigación periodística sobre la desaparición de Julio Castro. Un extenso artículo que reconstruye esa detención y asesinato con los datos disponibles a la salida de la dictadura, datos que ahora, al confirmarse la identidad de los restos hallados en el Batallón 14, pudieron ser actualizados en un nuevo abordaje periodístico (véase página 2).

 

La llaman "la casa de los caracoles". Es como una casa baja, simple, escasa de árboles, como tantas casas de balneario, y si algo la distingue es el considerable aljibe de la entrada y las estanterías ocupadas por una portentosa colección de caracoles ecuatoriales.

La pareja de edad avanzada que la ocupa llega frecuentemente buscando la paz de los fines de semana después de recorrer desde Montevideo 72 quilómetros de Interbalnearia en una camioneta Indio, amarilla y negra.

En verano "hacen playa" en Cuchilla Alta o van hasta el vecino Jaureguiberry. Pero estamos en invierno y el hombre estuvo leyendo en el interior de la casa y haciendo unos trabajos manuales, habilidoso como es, en carpintería y herrería.

Ese lunes 1 de agosto de 1977 la pareja se levantó a las 7, tomó mate como todas las mañanas, partió en la Indio hacia Montevideo y llegó a las 8.30 al apartamento 601 de la calle Julio Herrera y Obes 1166, casi Maldonado.

Dos horas después Julio Castro había desaparecido y su esposa Zaira iniciaba una búsqueda desesperada que dura todavía.

"¿Qué podían tener contra él?: su capacidad de entrega a los compañeros, su incomparable humanidad, su actividad solidaria tan intensa; su ausencia de miedo; su buen humor, su sonrisa", se pregunta su esposa.

Julio había querido llegar cuanto antes a Montevideo, impaciente por salir a recoger novedades. Llamó a su amigo Efraín Quesada:

—Paso a dejarte la gorra; volviste a olvidarla.

—No vale la pena –dijo Efraín.

—Paso, voy para allá –insistió Julio.

Y salió.

La bomba había destrozado buena parte de la fachada y el frío de aquel lunes de agosto se colaba por las persianas y el entablonado precario. Ya casi habían pasado tres años del atentado, pero Efraín Quesada, después de recoger los escombros y tirar a la basura 300 libros deshechos, no había podido hacer grandes reparaciones en su casa de Francisco Llambí 1417, a veinte metros de Rivera.

Cuando Julio entró, con las solapas del sobretodo beige levantadas contra el cuello, no quiso sentarse y apenas concedió sacarse el gachito escocés que lo acompañaba desde París, cuando hacía el camino de avenida Segur hasta la unesco.

Efraín tenía algo de gripe y tampoco se moría de deseos de permanecer en aquel líving refrigerado.

—Sentate –dijo, con todo.

—No, ya me voy –contestó Julio.

Hablaron diez o quince minutos, así, de pie, y por más que quiera Efraín no consigue precisar el contenido de la conversación. Seguramente fue algún tema político de momento, de los que no faltaban.

Julio Castro y Efraín Quesada intercambiaban información. Quesada era una excelente fuente porque por su casa desfilaba cuanto corresponsal extranjero de alguna importancia pisara Montevideo –desde Niedergang, de Le Monde, hasta Flavio Tavares, del mexicano Excelsior– y políticos influyentes como Jorge Batlle, Vasconcellos y Jude, que constituían el "triunvirato" colorado clandestino, y Dardo Ortiz, Carlos Julio Pereira y Mario Heber, los "triunviros" blancos.

"Y militares, muchos, todos los generales pasaron información, los 'blandos' y los 'duros'."

Efraín, por entonces corresponsal de ips y del New York Times en Montevideo, conseguía documentos del Consejo de Estado: las denuncias de violaciones de derechos humanos que los particulares estaban obligados a dirigir a ese organismo: "todo ese material pasaba por las manos de Julio".

Las actividades de resistente de Julio Castro comprendían:

* La recopilación de información para su envío al exterior (a Carlos Quijano y a grupos de exiliados uruguayos) y su distribución en el interior a ciertos sectores políticos.

* La gestión de asilo ante la embajada de México de perseguidos políticos, a muchos de los cuales salvó la vida. Su apoyo fue el embajador Muñiz (después todo se hizo imposible con el sustituto, coronel (r) Cervantes), y su contacto el agregado cultural de la embajada mexicana, Cuauhtémoc Arroyo Parra.

"Julio acompañó personalmente a mucha de la gente que asilaba. La hacía subir hasta la embajada, le decía cómo tenía que forzar una simple guardia que había, o la entraba por una casa lindera."

Era un hombre sin miedo. Más que trágico consideraba ridículo el aparato del "proceso". No iba a cambiar su manera de ser porque los militares se hubieran encaramado en el poder. Y se movía en forma abierta, sin medidas de seguridad, a todo riesgo, confiando en una suerte de protección que debía darle su condición de viejo maestro de alguno de los poderosos.

—Yo los tuteo y ellos me tratan de usted –decía–. Estoy enfermo y voy a decírselos si me detienen; van a ver que no me harán nada.

Eran las 10.30 de la mañana del primer lunes de agosto cuando le entregó la gorra que Efraín había olvidado en su casa y se despidió como siempre:

—Hasta mañana o pasado –dijo.

Efraín no vio la camioneta Indio que Julio habitualmente estacionaba frente a la casa. No lo acompañó hasta la calle, por el frío.

—Hasta mañana –respondió.

Y lo vio alejarse rumbo a Rivera.

El día del golpe de Estado de 1973 el hombre sacó la pistola, se asomó al balcón de su casa de un piso en 26 de Marzo y La Gaceta y colgó un cartel que decía: "Soy el capitán de navío Óscar Lebel. ¡Abajo la dictadura!". El cerco militar duró desde las 8 hasta las 14 horas, cuando lo hicieron prisionero.

La casa de Lebel está a pocas cuadras de la de Quesada y hay fuertes presunciones de que Julio Castro, mientras caminaba hacia su camioneta, se disponía a ir a visitarlo.

—Venía una o dos veces por semana; conversábamos de todo un poco, sobre todo de política.

Lebel pertenece al "entorno del general Seregni" desde 1965; es lector de Marcha desde 1950. Fue una publicación que lo llevó a creer que, aparte de su vocación, los militares merecen serlo si son capaces de "ser arietes del cambio y no solamente los gendarmes del statu quo".

"La influencia de Carlos Quijano y de Julio Castro fue inmensa en nosotros. Julio era un pozo de sapiencia en un estuche tan sencillo que nadie podía sospecharlo."

El periodista brasileño Flávio Tavares, corresponsal del Excelsior de México y de O Estado de São Paulo, de Brasil, viajó de Buenos Aires a Montevideo el 12 de julio de 1977 con una misión bien concreta: tratar de hacer salir de prisión a su colega uruguayo, también colaborador del Excelsior, Graciano Pascale, detenido por ser autor de un artículo que los militares uruguayos consideraron lesivo para el honor de las Fuerzas Armadas.

Tavares llegó, visitó al embajador mexicano, contrató abogados y consiguió liberar a Pascale.

Capitán Lebel —Pascale trajo a Tavares a mi casa para hacerle ver que no todos los militares de este pais eran trogloditas.

Quesada —Con Tavares teníamos una buena relación de trabajo; cuando venía a Montevideo me llamaba y nos encontrábamos; esa vez también me llamó pero no llegamos a vernos.

A dos días y medio de su llegada, Tavares estaba listo para regresar a Buenos Aires. Había hecho liberar a su colega, había encontrado a Brizola, en cuya casa se hospedó, y, además, tuvo un encuentro con Arroyo Parra y una tercera persona desconocida, de la que obtuvo una información útil. Arroyo le dio, además, un casete cuyo contenido Tavares no conocía pero que, se suponía, también podría servirle para su trabajo.

Brecha —¿Encontró a Julio Castro?

Tavares —Nunca encontré a Julio Castro, nunca lo conocí.

Julio caminaba por Rivera en dirección a Soca y se acercaba a su camioneta Indio cuando dos hombres se apretaron contra él y lo forzaron a entrar a un automóvil. Uno de ellos se puso al volante y arrancó. Julio quedó sentado detrás, junto a otro hombre que no había participado en su captura. La camioneta Indio los precedía, conducida por un tercer hombre.

—Hacelo agachar –gritó el del volante.

—Agáchese, señor –dijo el hombre junto a Julio.

—No puedo –respondió Julio–, por mi salud.

Un aneurisma es una dilatación arterial que provoca la formación de un saquito milimétrico donde se alojan coágulos y sangre circulante. Si el aneurisma está ubicado en alguna de las arterias cerebrales el paciente vive bajo una espada de Damocles. Cualquier hipertensión arterial provocada por un síndrome de estrés o por arterioesclerosis puede provocar la ruptura del saquito y una hemorragia meníngea que, según sea su intensidad, puede acabar con la vida del paciente.

Julio Castro tenía un aneurisma en la arteria comunicante anterior del cerebro, no más grande que un grano de arroz. Estaba ubicado en el cruce de una línea hipotética que partía de la frente, sobre la nariz, hacia el interior de la cabeza, con otra que salía de la sien. Un lugar muy difícil para operar, y la operación es la única garantía contra un aneurisma, aunque no excluya la aparición de otros.

Julio había tenido dos hemorragias meníngeas, una en 1954 y otra en 1974, años antes de su secuestro.

Cuando, llamado en consulta por el doctor Purriel, el cirujano García Güelfi examinó a Castro, en 1974, lo encontró con "la conciencia bastante conservada, no había entrado en estado de coma. Pero era un 'enfermo de riesgo' y, en consideración a su edad (65 años), decidimos no operar. Julio recibió un tratamiento en base a depletivos para disminuir la presión y el riesgo y evolucionó muy bien".

Lo que no quiere decir que no debiera cuidarse extremadamente, llevar una vida reposada y evitar el estrés. Puesto en una situación límite, sometido a una agresión, Julio Castro tendría una reacción natural que le haría aumentar la presión, lo que podría provocarle una nueva hemorragia meníngea o una falla cardíaca, que podría ser fatal.

—Se les pudo haber muerto en el auto, sin ir más lejos –opina el doctor García Güelfi.

"Me dijo que tenía problemas de salud y que no podía agacharse mucho. El hombre no parecía sorprendido, sino resignado. Yo entonces me di cuenta de que estaba participando en un secuestro, cosa que no había tenido que hacer hasta el momento. Seguíamos andando en el coche y yo sentía que todos los ojos del país estaban puestos en mí, aunque la gente que andaba por la calle ni siquiera se debía haber dado cuenta.

Todo había ocurrido muy rápidamente. El oficial principal, Zabala, de la Policía, había pasado por la sede del Servicio de Información de Defensa (sid), en bulevar y Palmar, y había pegado el grito: 'Mirá que me llevo a Barboza, che', y dirigiéndose a mí: 'Vení conmigo, Barboza, nos vamos'.

Yo, por supuesto, no pregunté adónde ni para qué; supuse que tendríamos un seguimiento, una vigilancia o algo por el estilo. Íbamos todos de particular, en un coche corriente. Estacionamos en las inmediaciones de Rivera y Soca, aunque no estoy muy seguro, creo que era Soca. Estuvimos un buen rato esperando en el auto, me parece que escuchando música. De repente todo el ambiente se empezó a enfervorizar.

Zabala y el otro se bajaron del auto y me dijeron que hiciera lo mismo. Los sigo con la mirada y veo que se dirigen hacia un señor mayor –unos 60 años, tendría–, de lentes, creo que le faltaba algo de pelo, canoso, estatura mediana. Tenía un sobretodo algo así como marrón y una bufanda, no me acuerdo de qué color. El hombre se dirigía hacia el cordón de la vereda, hacia una camioneta Indio, detrás de la cual nos habíamos estacionado nosotros. Zabala y el soldado fueron a su encuentro y se le pusieron uno de cada lado. Yo permanecía junto al auto. El hombre al principio se sorprendió pero no opuso ningún tipo de resistencia. Lo trajeron al auto y lo metieron atrás, a mi lado. Adelante iba Zabala, manejando. El soldado se subió a la Indio y arrancamos detrás de él. Zabala me gritaba: 'Hacelo agachar, imbécil, hacelo agachar'. A mí me parecía que nos miraba todo el mundo y eso que todavía no sabía que estábamos secuestrando a Julio Castro."

Era un hombre de vida ordenada y llegaba puntualmente a su casa a almorzar. Si no lo iba a hacer avisaba por teléfono. Por eso Zaira, al ver que no venía, a las 12.30, a las 13, se puso a llamar a Quesada, a Lebel, a Lilí Seregni, los amigos que Julio Castro visitaba regularmente.

A las cuatro de la tarde su hijo Julio hace la primera denuncia verbal en la comisaría. El apartamento de Julio Herrera y Obes se colma de amigos inquietos. Buscan en los hospitales, investigan los accidentes, reiteran dos veces más la denuncia.

El jefe de la División de Ejército IV, con asiento en el departamento de Minas, se llama entonces Gregorio Álvarez. El general, siendo niño, fue alumno de Julio Castro en la escuela Sanguinetti, en Montevideo. Zaira le pide una entrevista. Le toman el teléfono y la dirección y le responden que "se le avisará oportunamente".

Pasan más de veinte días, sin una palabra. Álvarez es ahora comandante en jefe interino del Ejército.

"Señor general:

Es mi desesperación de esposa, que desde el 1 de agosto nada sé de mi marido, la que me lleva a pedirle, con todo respeto, me conceda una entrevista. Hace hoy 57 días de la desaparición de mi esposo, sin que se me comunique nada y sin que se responda a mis reiteradas gestiones ante las autoridades correspondientes.

Mi esposo es Julio Castro, el que fuera su maestro en la escuela Sanguinetti. Estoy segura de que usted tiene que recordarlo por su excepcional calidad docente, su gran bondad, su sensibilidad humana, así como Julio Castro tenía presente en usted al pequeño escolar. Hay relaciones que no se destruyen y una es la que se establece entre maestro y alumno.

En nombre de ello y acuciada por mi creciente desesperación es que me decidí a insistir en mi pedido, porque creo que sólo usted puede ayudarme y orientarme para saber dónde está y cómo se encuentra este maestro que, próximo a los 69 años, se halla en un estado de salud que requiere cuidados especiales.

Por favor, señor general: permita que hable con usted, permita que oiga de sus labios las palabras que tanto necesito, haciéndome llegar su respuesta.

Reciba mi anticipado agradecimiento con mi saludo respetuoso."

Zaira —Esta vez recibo una respuesta indirecta: el coronel Julio César Bonelli, jefe de Policía de Montevideo, me comunica que se hará cargo personalmente de la dirección de la búsqueda.

Y al día siguiente los diarios publican una foto con un comunicado de la Jefatura de Policía –"Persona buscada"– en el que "se solicita la colaboración de la población para ubicar el paradero de Julio Castro Pérez".

A las nueve de la noche del 14 de julio de 1977, cuando iba a subir a la escalerilla del avión que debía conducirlo de regreso a Buenos Aires, Flavio Tavares fue interceptado por un grupo de hombres que lo hizo subir a un Ford Falcon y que lo sacó del aeropuerto. Tavares fue vendado, esposado y acostado en el piso del auto, bajo los zapatos de sus secuestradores.

Llegaron a una casa pequeña ("se oía todo, de un cuarto al otro") y un hombre que parecía el jefe y al que pronto aprendería a identificar por su perfume agresivo antes que por su nombre –Julio César– le dijo no bien lo sentaron: "Sepa que quien entra acá no ve más la luz del sol", y además: "Usted tiene derecho a venir cuantas veces quiera al Uruguay, señor Tavares, pero no tiene derecho a denigrar al Uruguay".

El periodista tuvo la impresión de que querían entregarlo a Brasil, pero cuando revisaron los bolsillos de su sobretodo y encontraron el casete y la hoja con las anotaciones parecieron cambiar momentáneamente de idea.

"En ese momento yo todavía no conocía el contenido del casete que me había dado el encargado cultural mexicano Arroyo Parra. Después me lo hicieron escuchar y se trataba de la grabación de la sentencia, creo que del Tribunal Superior Militar de Uruguay, condenando a dos años de cárcel a un teniente o capitán del Ejército que había denunciado a sus superiores la tortura y el asesinato de presos políticos en su cuartel", cuenta el periodista.

Tavares escribirá después una carta al diario Excelsior, de México, publicada en el diario El País, de Montevideo, el 19 de agosto de 1977. n

"El veterano"

Testimonio del periodista Flávio Tavares, del diario mexicano "Excelsior", incluido en la referida investigación del primer número de Brecha

Tavares —La noche anterior había sentido que entraba alguien al líving donde yo estaba durmiendo en un colchón. Encienden la luz, lo acuestan y se van. A la mañana siguiente me doy cuenta de que efectivamente hay otra persona conmigo. Tiene voz cascada, de viejo. Está muy lejos de mí. Comprendo que es otro detenido por el trato que le dan, lo llaman "el Veterano". El Veterano pide para ir al baño. "Che, hay que llevar al Veterano al baño –le dice un soldado a otro–, ¿vas vos?" Y el Veterano va al baño. Pasa a mi lado. Es un hombre que camina despacio, casi arrastrando los pies. Lo guían: "Cuidado con los escalones, Veterano".

Más o menos a mediodía, cuando yo tengo un hambre brutal, llega todo el equipo. Reconozco por el perfume a Julio César, el jefe. Y aunque están muy lejos, oigo que Julio César habla con el Veterano y le dice algo borroso y "Fidel Castro". Se ve que el Veterano niega porque Julio César insiste: "Sos, claro que sos". Me ha pasado mil veces ese fragmento de conversación por la cabeza, y creo comprender que Julio César le dijo al Veterano: "¿Sos algo de Fidel Castro?", que el Veterano negó y el otro reiteró: "Sos, claro que sos".

Empiezo a oír el ruido de cadenas y de las poleas y pienso que van a volver a torturarme. Al decimotercer día de mi detención me habían colgado. Me pusieron en mangas de camisa, me esposaron atrás y empezaron a colgarme hasta que las puntas de lo pies quedaron apenas rozando el suelo. Uno hace esfuerzos para tocar el piso y aumenta los efectos de la colgadura. Sufrí picana eléctrica en Brasil y no sé qué tormento es peor. Creo que la colgadura.

Con el ruido de cadenas de fondo me sacaron, subí los escaloncitos, tomamos por el pasillo que llevaba al baño pero continuamos hacia arriba, a un segundo piso o a una especie de torrecilla a la que se subía por una escalera parecida a las de caracol, pero no tan empinada. Me dejaron con un soldado que como no sabía nada de la situación me preguntaba estupideces como si Óscar era de Peñarol o de Nacional. De tanto en tanto aparecía Julio César a preguntar: "¿No le sacaron nada?", y se iba. Así estuvimos hasta el final de la tarde, cuando me llevan de regreso al líving.

Oigo que el Veterano se queja, gime, tiene la respiración dificultosa. Es de noche cuando un soldado dice a otro: "El Veterano está mal".

A la mañana siguiente, el 3 de agosto, el día que me voy, vuelvo a escuchar los quejidos del Veterano, ayes de dolor. Me hacen levantar y me doy cuenta que al Veterano lo dejan acostado porque no le dan orden de doblar el colchón como a mí. "El Veterano empeoró", dice un soldado. "Sí, está jodido", dice otro.

Lo dice en tono burlón. No está preocupado. n

M B/E G B

* Brecha, 11 de octubre de 1985.

Dos cartas

Marzo de 1976

"Por aquí todo peor [...]. Nosotros bien. Queriendo ser útiles en esta debacle. Poco podemos hacer. Porque para una mayoría todo se reduce a la lucha por el pan. No podemos, siquiera, organizar un grupo de ayuda, ni reunirnos algunos para ver qué se puede hacer. Hay colegas que no tienen qué comer. Hay otros que se quedan sin casa. Los más quieren irse, pero no saben adónde ni a qué. Todo ocurrió el primer día de clase. La gente fue a trabajar, terminadas las vacaciones y se encontraron, de golpe, expulsados de sus escuelas [...]. En fin, ya ven en qué mundo vivimos. Perdonen que les escriba así. Pero es nuestro deber informar. Ya que otra cosa no se puede hacer, que se sepa por lo menos en qué mundo estamos. Nosotros personalmente bien. No sabemos hasta cuándo, pero andamos bien." n

Carta de Julio Castro a Miguel Soler, no firmada, desde Montevideo a París, de fecha 25 de marzo de 1976. (Fuente: www.juliocastro.edu.uy)

Enero de 1977

"Aquí las cosas siguen igual, con signos de descomposición y el correspondiente tufo. Pero va todavía para largo. No hay, no habrá salida por tiempo. Y en este país de la vaselina, todo terminará en un proceso de lubricación [...]. Más no se puede pedir. Porque, simplemente, más no habrá. La gente se va o la van. Ustedes tendrán abundante información en ese sentido. El país se va quedando vacío por dentro y por fuera. Nosotros seguimos en lo nuestro: ayudando a quienes podemos ayudar. En medidas extremadamente limitadas, pero valiéndonos de amigos regados por ahí que, en general, han respondido muy bien. En el área de nuestras actividades, o que lo fueron en otros tiempos, el desastre es total. A un siglo de aquel que adorna con su efigie todas las aulas [Julio Castro se está refiriendo a José Pedro Varela], su centenario resulta algo inenarrable [...]. Seguimos aquí porque todavía somos útiles para algunas pequeñas cosas." n

Carta de Julio Castro a Miguel Soler, desde Montevideo a París, de fecha 13 de enero de 1977, firmada con una J mayúscula. (Fuente: www.juliocastro.edu.uy)

Publicado el Jueves 01 de Diciembre de 2011

 

Julio Castro

Persona buscada, a seguir buscando

Escrito por: Miguel Soler*
Julio Castro
Siento sobre mí la difícil y honrosa responsabilidad de dirigirles la palabra por haber sido escogido, junto a Marta Demarchi y a Dahd Sfeir, para recordar esta tarde a Julio Castro, a nuestro Julio, desaparecido, hace ahora diez años. "Persona buscada", dijeron entonces. "Persona a seguir buscando", digamos ahora.

 

[...] No deseo avanzar en ningún tipo de consideraciones acerca de la personalidad de Julio sin declarar mi condena –y creo estar en el derecho de suponer la de toda persona normal– ante ese hecho monstruoso que con un eufemismo llamamos la "desaparición" de personas y que, en lenguaje llano, no es otra cosa que un crimen con ocultación del cuerpo de la víctima y con la simétrica ocultación de las circunstancias de su muerte y de la identidad de los victimarios.

Vengo, pues, a este acto a protestar personalmente por la muerte de Julio, a acusar a quienes ejercían el poder en este país en la nefasta década de los años setenta por la institucionalización de las formas más abyectas del autoritarismo y por su silencio culposo de años y años ante el reclamo nacional e internacional por la suerte de este amigo. Vengo, igualmente, a expresar mi dolor y preocupación por la presencia en la sociedad uruguaya de criminales, torturadores, encubridores, embusteros e hipócritas, que surgieron en este país hace unos años y que se multiplicaron a un ritmo que, para un educador, no deja de plantear angustiosos interrogantes.

[...]

EL MAESTRO. Nació en Estación La Cruz, departamento de Florida, en 1908. Fue alumno de escuela rural. Ya en Montevideo, estudió magisterio; fue maestro de primer grado en 1927 y de segundo grado en 1932. [...]

Fue maestro de curso, director de escuela común y de práctica, subinspector de Enseñanza Primaria, inspector departamental de Montevideo, profesor de filosofía de la educación y de metodología en los Institutos Normales, conferenciante sobre temas pedagógicos y sociales. Sindicalmente militó en la Unión Nacional del Magisterio, en la Federación de Asociaciones Magisteriales del Uruguay y, a partir de 1945, en la Federación Uruguaya del Magisterio, entidad unitaria gremial que contribuyó a crear. Representó a los sindicatos de docentes en reuniones gremiales continentales, en Chile y en México.

Fue autor de un conjunto de obras sobre temas educacionales, algunas de las cuales merecieron primeros premios en los concursos anuales de pedagogía convocados por el Ministerio de Instrucción Pública.

[...]

Su origen campesino y su preocupación por los problemas de la economía y la sociedad agrarias llevaron a Julio, por un lado, a mantener su condición original de productor rural y, por otro, a militar en primera fila en el importante debate que tuvo lugar en el país en las décadas de los años cuarenta y cincuenta en torno a los problemas de la escuela rural. Correspondió a Julio orientar la primera misión pedagógica realizada en Caraguatá en 1945, acción pionera que sacudió, por el dramatismo de su testimonio, la conciencia de la capital con motivo de los actos públicos que se realizaron con posterioridad y de la serie de artículos que Julio publicó en Marcha, en dolorido tono de denuncia y de llamado, que no fue oído. [...]

EL PERIODISTA. Fue Julio también un gran periodista, asociado fielmente a la figura señera de Carlos Quijano y al navegar necesario y trágico del semanario Marcha. Durante casi medio siglo analizó como periodista los problemas sociales del país, las condiciones de vida en el campo, las cuestiones educacionales y comentó, con humor, las peripecias de la cotidianidad. Cuando a principios de los años sesenta las autoridades de la enseñanza primaria arrasaron lo más significativo que se había hecho en materia de educación rural, Julio salió como periodista a la palestra, defendiendo sus ideas, entonces ya compartidas por centenares de inspectores y maestros, y apoyando, con indignado acento, obras fundamentales para el futuro de la juventud campesina uruguaya, que estaban siendo atacadas por gentes ensoberbecidas e ignorantes.

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En sus últimos años Julio, ya retirado de la enseñanza, vivió con intensidad los problemas generales del país, contribuyendo, como ciudadano independiente, a la constitución de nuevas corrientes políticas. Se opuso con vigor desde las columnas de Marcha a las medidas que, en la declinación de los gobiernos constitucionales, marcaron la progresiva pérdida de las libertades. En 1974 pagó con dos meses de encarcelamiento en el Cilindro su oposición a la dictadura militar. No cedió. Ayudó a los perseguidos, mantuvo el contacto informativo con el exterior, adecuó sus destrezas de periodista a nuevos métodos de comunicación. Se tuvo que hacer escurridizo para ser eficaz, él, que siempre había dado la cara.

Por sus cartas, algunas de ellas firmadas apenas con una jota, otras sin firma, y que había que contestar remitiendo la respuesta a nombres y direcciones que no eran los suyos, sabemos cuánto sufría esos años. Cartas no firmadas, pero inconfundiblemente suyas, siempre manuscritas, de letra pequeña y sin duda rápida, pero de construcción impecable. [...]

Leo en su carta del 25 de febrero de 1975, escrita con pulso tembloroso por las secuelas de su segundo derrame cerebral: "Lo demás igual. La agonía de los países es larga y nada anuncia, aún, un renacer. (...) El correo, la enfermedad y la censura nos aislaron del resto del mundo. (...) El clima nacional –agrega– es de angustia, tristeza e incertidumbre. Y eso se respira y, como el aire, entra en el cuerpo".

EL COMBATIENTE. Desde luego, no se conformó con lamentar los daños acumulados sobre nuestra República y su gente. Fue, hasta su detención el 1 de agosto de 1977, un combatiente, consciente del riesgo que corría. Entre la fidelidad a los valores a cuyo servicio había vivido y la seguridad, optó por los primeros. En carta a Quijano del 19 de junio de 1976 le decía: "(...) me duermo, todas las noches, sin saber si al amanecer me despertará el reloj o la policía. Y eso ya desde hace seis meses. Y así lo pasamos muchos aquí".

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Quienes suprimieron del dramático escenario nacional la presencia acusadora de Julio identificaban en él, sin equivocarse, a un incómodo enemigo, dispuesto a resistir y a hacer más firme la resistencia de otros.

PENSAMIENTO VIGENTE. Julio es actual porque la sociedad uruguaya ha omitido, durante decenios, abordar con valor solidario algunos de sus problemas fundamentales. Leo en uno de sus cáusticos artículos: "Aquí vivimos en un mundo de merengue: batimos y rebatimos claras de huevo y azúcar. Cuando hemos llegado a soluciones, ellas son espuma. Y como espuma que son, sirven sólo de adorno o se pierden en la nada. Con los rancheríos, con la reforma agraria, con los desalojos rurales, con los créditos agrícolas, ha pasado y pasará lo mismo. (...) Hablamos de un problema y lo damos por resuelto. Pero en los hechos, en lo concreto: no hacemos nada". Y Julio pone letras mayúsculas a esta frase: no hacemos nada, escrita en 1945, hace ya 42 años.

¿Era Julio un pesimista? A veces me he inclinado a pensarlo, ante algunas de sus cartas terribles. Por lo menos en el corto plazo. Pero, como de sus derrames cerebrales, él mismo reaccionaba pronto, en una apuesta a la vida. El 9 de setiembre de 1955, luego de un amargo análisis de la realidad nacional y educativa, me escribía: "El día en que la tierra se nutra con mis huesos (...) se podrá decir de mí lo que aquel comisario de Treinta y Tres declaraba en un parte policial respecto de una mujer asesinada: la pobrecita se ve que estaba barriendo, porque murió con la escoba en la mano".

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No, Julio Castro no incluía entre sus humanos defectos el de llevar a nadie al pesimismo. [...] Nadie podrá decir que conoció a Julio viejo, cansado o vencido. Nos trasmitió rigor, exigencia, la necesidad de mirar la realidad de frente, la obligación de ver el mundo a través de los ojos de los más humildes, el deber de trabajar por éstos y por todos, con la confianza del campesino uruguayo que, extraviado en la noche, se orienta levantando los ojos a la lejana Cruz del Sur. n

* Extracto de las palabras pronunciadas en el acto de homenaje a Julio Castro realizado en el Paraninfo de la Universidad de la República, Montevideo, 28 de agosto de 1987, que fuera publicado por Brecha en agosto de 1997.

Publicado el Jueves 01 de Diciembre de 2011

 

 

La prueba del delito

Escrito por: Ricardo Scagliola
Conferencia
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Lejos de lo expresado en el informe de la Comisión para la Paz, que concluyó que los restos de Julio Castro habían sido incinerados y arrojados al Río de la Plata, al ex jefe de redacción de Marcha lo asesinaron y enterraron en el Batallón 14. Su hija fue citada para comparecer hoy viernes 2 ante el juez Pedro Salazar, que investiga la causa María Claudia García de Gelman.

Al maestro Julio Castro lo ejecutaron de un tiro en la cabeza. Ocurrió en el Batallón de Infantería 14, en agosto de 1977, luego de aplicarle severas torturas en el cuerpo que fracturaron, al menos, una de sus costillas. Lo enterraron en el hueco de una roca, con las manos atadas por un lazo y los tobillos por un alambre. Estaba vestido. Tenía los zapatos puestos. En el bolsillo de su camisa llevaba una moneda de 20 nuevos pesos. Y aunque el diagnóstico final será realizado por una junta médica forense designada por el Poder Judicial, todos los indicios conducen a un fusilamiento, según el detalle dado a conocer ayer por el antropólogo José López Mazz, durante una conferencia de prensa brindada al finalizar la tarde junto al secretario de la Presidencia, Alberto Breccia, en la Torre Ejecutiva.

Desde las primeras filas de la sala de prensa de la sede de Presidencia, y como si fuera una última lección, las autoridades del Consejo Directivo Central (Codicen) y de Primaria, e integrantes de Hijos y Familiares de Detenidos Desaparecidos seguían de cerca las explicaciones brindadas por Breccia y López Mazz. En ese mismo momento, la hija de Castro y sus nietos recorrían por primera vez el lugar donde fue hallado el cuerpo, en una especie de primer reconocimiento del terreno previo a encontrarse con sus restos y sus pertenencias, apartadas especialmente para la familia en una dependencia del Poder Judicial cuya ubicación no fue dada a conocer "por motivos de seguridad", según explicó Breccia.

El secretario de la Presidencia contó la primera reacción del presidente de la República. Breccia dijo que tras ser informado de la noticia, Mujica sintió "una profunda conmoción y tristeza". El presidente tomó conocimiento de la identificación de los restos este miércoles 30 de noviembre, luego de obtenerse de manos del laboratorio argentino Lidmo –al que el equipo de antropólogos encomendó la tarea de análisis genético– una certeza del 99,9994 por ciento acerca de la identidad de Julio Castro. De acuerdo a lo expresado por López Mazz en la rueda de prensa, aún es difícil estimar si otros restos, pequeños, vestigios de la llamada Operación Zanahoria, correrán igual suerte. El mismo laboratorio trabaja desde hace tiempo en su identificación.

Al maestro Julio Castro lo secuestraron, lo torturaron y lo mataron. Ese conjunto de huesos con cal, tierra y pedregullo, restos de cuerdas y ropas hallado el pasado 21 de octubre se convierte ahora en la prueba del delito. Se lo dijo el juez Pedro Salazar a su hija, que será citada hoy en el marco de la causa de María Claudia García de Gelman, desde la cual se realizó la excavación que permitió dar con los restos del maestro. El caso Julio Castro está siendo investigado por el juez penal de primer turno Juan Fernández Lecchini, que en mayo de este año tomó declaraciones a varios testigos e indagados, entre ellos los ex militares José Gavazzo, Ricardo Arab, Luis Maurente y Gregorio Álvarez, que fuera alumno de Castro en la escuela Sanguinetti, extremo que llevó a la viuda del maestro, Zaira Gamundi, a remitirle, en el año de su desaparición, una escuela misiva.

"Señor general, mi esposo es Julio Castro, el que fuera su maestro (...). Estoy segura que usted tiene que recordarlo por su excepcional calidad humana, así como Julio Castro tenía presente en usted al pequeño escolar. Hay relaciones que no se destruyen y una es la que se establece entre el maestro y el alumno", escribió Gamundi. No obtuvo respuesta de Álvarez. La obtuvo, en abril de 1980, de Carlos Quijano, que desde el exilio le escribiera: "Nos tocó perder y sufrir, pero la derrota será transitoria. Un día nosotros le haremos justicia a Julio. Y si el tiempo se nos va, otros lo harán por nosotros". El tiempo se encargó de darle la razón a Quijano. No se mata al maestro. Maestro se es toda la vida. Y, por si acaso, quedan los zapatos. Para seguir caminando.

Publicado el Jueves 01 de Diciembre de 2011

Brecha.com.uy

 

 

 

 

 

Julio Castro: EL BANCO FIJO Y LA MESA COLECTIVA

Gente:

 

La contribución que me pareció que podía yo hacer al homenaje a Julio Castro es difundir este trabajo que muchos ya conocen, pero muchos aún no, o puede que no hayan llegado a leerlo. 

 

Confrontar este ejemplo de riqueza intelectual con el crimen ahora revelado puede ser un ejemplo más de aquella consigna fascista: Cuando oigo la palabra cultura saco la pistola. 

 

Saludos a todos

Fernando Moyano

 

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