Uruguay: Testimonio- Centro Clandestino de Detención y Tortura “El Infierno”. Julio de 1977

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

Centro Clandestino de Detención y Tortura “El Infierno”


Conocido también como “La Fábrica” o “300 Carlos”, ubicado en uno de los galpones del Servicio de Material y Armamento a los fondos del Batallón de Infantería Nº 13 en Av. de las Instrucciones 1325.

 

Amnistía Internacional - Secretariado Internacional – Londres

Publicación: Boletín mensual. Campaña para la abolición de la tortura.

Julio de 1977. Volumen IV, número 7

 


Artículo: Víctima describe la vida en un centro de tortura uruguayo.

“De acuerdo a fuentes fidedignas, este relato es un testimonio genuino de un uruguayo que fuera detenido allí durante varios meses. El nombre del autor, así como el de otras víctimas, ha sido omitido o cambiado por razones de seguridad. Algunos pueden aún estar en centros de detención bajo la custodia de las “Fuerzas Conjuntas”

 

 

BATALLÓN 13 "EL INFIERNO"

TESTIMONIO

Nota del autor: Docenas de mis compatriotas, podrían escribir un informe más auténtico, más vívido, que yo, pero no están en posición de hacerlo. Algunos están en prisión; otros yacen enterrados en alguna chacra húmeda; por lo que me queda a mi escribir esto, y no a la gente mejor calificada para hacerlo. Yo mismo he sufrido un mero ápice de la brutalidad totalitaria en nuestro país. 

Durante 1975 y 1976, cientos de uruguayos, yo incluido, estuvimos en “El Infierno”. Alguien, no sé cuando, lo llamó así. El lugar merece su nombre. 

¿Qué es “El Infierno”? Un lugar aún no ubicado. Comparando notas y hablando con otros camaradas, llegamos a la conclusión de que debe haber por lo menos tres o cuatro Infiernos. La tortura se practica en casas privadas, y también en cárceles y oficinas, pero “El Infierno” es un lugar instalado exclusivamente como centro de tortura. Después de varios días decidí que había alrededor de 500 personas allí. Mi número era ciento y algo. Me horrorizó oír, un día, que llamaban al número 345. 

 

¿Cómo se llega al lugar? En el piso de un auto o camioneta privados, con los ojos vendados y esposado con las manos en la espalda. Al principio se está en un lugar totalmente silencioso. Traté de oler algo, lo único que era capaz de hacer. No pude oler el mar, ni el campo, sólo árboles en primavera. Comenzó entonces el primer interrogatorio, muy suave. ¿Nombre? “Ustedes ya tienen mi cédula”, contesté. La respuesta - mi primer puntapié. ¿Tu dirección? ¿Profesión? ¿Filiación política? ¿Nombre de los padres? – aún si están muertos y enterrados. Fin del primer interrogatorio. Deducción: no sé porque estoy aquí.

 

Entré al Infierno a los empujones. Mi primera impresión –  altoparlantes tocando música fuerte (demasiado fuerte) Me sentaron y me colgaron del cuello un cartón con un número. Esto lo descubrí otro día cuando llamaron a ese número y no respondí. Fue un crudo aprendizaje. Me arrastraron del cordón alrededor de mi cuello sobre un montón de latas, tablas y cajones. En consecuencia, me caí tres veces y cada vez me golpearon las costillas, diciendo: “Esto es para que camines bien, comunista de mierda”. Tuve que aprender a ser ciego.

La vida nunca cambiaba en El Infierno. Uno estaba siempre sentado, y sentado de la manera correcta, sin mover los pies o reclinar la cabeza.

 

Llegué en la tarde del 7 de noviembre. Traté duramente de distinguir entre el día y la noche – porqué no sé, pero lo intenté. Parecía ser siempre la misma hora del día – una noche eterna para gente sin ojos. Pero teníamos oídos y podíamos oírlo todo; las toses de hombres y mujeres, lamentos incontrolables y gemidos de gran dolor. Inmediatamente reconocí los gritos de un amigo. Ahí fue que mi tortura comenzó – mi tortura personal. Más tarde me trajeron comida. No tenía hambre en el momento, pero tomo el consejo de un amigo, de nunca rehusar un poco de comida del enemigo, porque nunca se sabía cuando se conseguía más. Tenía razón. Era un líquido más parecido a excremento que a comida, pero lo comí.

 

Estábamos todos sentados en fila de acuerdo a los números, aunque estos no estaban en secuencia (sic). Yo estaba entre los 30 y 40. Había un griterío constante y esa música que me estaba volviendo loco. Había un ruido indescriptible de los altoparlantes, que estaban instalados a cada lado del cuarto y sintonizados en dos estaciones diferentes. Seguía toda la noche, ningún altoparlante paraba nunca.

 

La noche pasó lentamente y fue lo mismo que el día, excepto que evidentemente había menos guardias – a menos que alguno de ellos estuviera simplemente dormido. Al amanecer, empezaron a llamar ciertos números, recuerdo que el primer día fueron el 39, 43 y 117. Un rato más tarde, me di cuenta de adonde habían ido. El número 39 era una mujer, como me enteré más tarde, a la que oí gritar esa mañana. La “máquina de torturas” estaba allí cerca. Los otros dos eran hombres. Gritaron e insultaron. La mujer gritó cada vez más débil e intermitente. Al poco tiempo, los oí arrastrando sillas y cosas y algún movimiento al lado mío. La primera camarada, a quien reconocí, seguía llorando. Ella siempre lloraba durante cada sesión de tortura. Sentaron a alguien al lado mío. Yo quería ver algo – una cara – cualquier cosa. Entonces, empecé a atacar la venda de mis ojos: esta consistía en un pedazo ancho de cinta plástica, pegada directamente sobre los ojos, con una venda atada muy apretada sobre ella. Esto produce un dolor de cabeza enorme. Mis manos estaban esposadas delante de tal manera que pude deslizar mis dedos por debajo de la venda al tope del puente de mi nariz. Pude ver el suelo y mis manos, nada más. Era un piso de cemento y los duros asientos eran de madera.

 

Estos descubrimientos me distrajeron. Nadie me vio, pero sólo por casualidad, porque más tarde vi soldados con ametralladoras parados en fila frente a nosotros. Probablemente mí poca altura fuera una ventaja, es muy posible que me tapara la persona adelante mío. Continué explorando los alrededores. A la derecha había un charco, hecho por el número 39, quien había estado recién en “la máquina”. Estaba sentada en su silla, inconsciente y empapada, atada en la silla por debajo de sus brazos. Por un momento no me moví, permanecí muy quieto y asustado de que alguien llamara mi número. Luego eché mi cabeza hacia atrás y pude ver claramente a los guardias enfrentándonos. Había una especie de colchones detrás de ellos, y vi a un hombre muy viejo y canoso tirado en uno; me di cuenta de que él era quien había estado gimiendo continuamente. La mujer al lado mío tosió. Pidió un poco de agua y le dijeron que le iban a dar cuando les hubiera dicho lo que estaba supuesto a decirles. Ella no contestó. Para entonces, yo ya sabía que había sillas delante, detrás y al lado mío. Podía tocar la de adelante con el pie, la golpee y recibí una tos ronca como respuesta. Había hecho contacto con alguien.

 

El día siguiente pasó tan lentamente como la noche. Era mi segundo día allí. Una voz que reconocí preguntó si podíamos pararnos por un rato. Silencio. La atmósfera era tensa. Alguien más dijo “¿Podemos pararnos un rato?” Eso sería maravilloso. Estaban obviamente discutiéndolo. Entonces uno de los cerdos gritó, “¡Muy bien!” Nos paramos con suspiros de alivio, también con gritos de dolor. Este era el placer más grande que se podía tener en ese lugar. Estaban cambiando la guardia y por eso ellos fueron tan buenos. El siguiente grupo de guardias entró inmediatamente después: “¡Todo el mundo sentado! Derechos! Atención! No se muevan! Cabezas y pies quietos! Hijos de puta!” Hubo puñetazos y golpes; sillas y gente fueron volteadas, gimiendo. Así hicieron su entrada triunfal. Así era como decían buenos días. La mujer de al lado mío se cayó. Alguien se movió para ayudarla. “Quieto mierda!” Ella se quedó inconsciente en el suelo por quién sabe cuánto tiempo. Después pidió agua nuevamente y alguien que parecía muy joven, le tiró un balde de agua encima. Al revés de lo que pasa en las películas, ella se desmayó de nuevo. Anunciaron que podíamos ir al baño, pero no cumplieron su promesa. Pasamos la tarde escuchando música fuerte. Ya no podía aguantar esos altoparlantes. Estaba seguro de que iba a estar loco para el final del segundo día. Debo tratar de mantenerme ausente. Si no hacía algo me iba a enloquecer. Levanté mis manos esposadas. “¿Qué querés?” “Me quiero ir a mi casa” “Que desfachatez! Me pudo haber costado la vida, pero conseguí distraer mi atención de los altoparlantes y empecé a estudiar los pies de los carceleros. Usaban vaqueros “Oxford”. Se podía decir por sus voces que eran muy jóvenes. Usaban championes para moverse silenciosamente. Los sentí parados inmóviles al lado o detrás de mí. Ocasionalmente se llamaban, usando sobrenombres y algunos que contestaron estaban muy cerca de mí. No se podía estar seguro de nada; podría haber habido tres o cuatro de ellos por cada uno de nosotros.

 

Mi segundo día estaba terminado. Oh! Ir al baño – ciertamente lo necesitaba ahora! Levanté mis manos y me llevaron. Los baños estaban al final de los cuarteles. No había pileta y sólo tres inodoros. No había puertas. Tuve que aliviarme en público. El guardia que me llevó comenzó a susurrarle a alguien. Empecé a preocuparme – había oído de hombres tanto como de mujeres siendo violados. Ahora que estaba solo con ellos, me arrepentí de haber pedido para ir al baño. Respondí a sus manoseos con obscenidades, tratando de minar su sentido de masculinidad. No podría decir que clase de seres eran ellos. Riéndose, me empujaron de vuelta a mi silla. Había salido bien esa vez. Había aprendido que no era prudente ir al baño solo y por lo tanto solo levanté mis manos cuando otros también lo hacían. Unos meses más tarde, un camarada me contó de cómo había sido violado en esos mismos baños por tres de ellos. Sin duda estaban drogados porque me dijo que no olían a alcohol. De antemano lo habían amordazado para impedirle gritar. Ciertamente que no tomaron esta precaución con nosotros; posiblemente fue por el beneficio de sus superiores, o para impedir que sus colegas se enteraran de sus perversiones o infidelidades. Después de violado le metieron algunas copias de nuestro manifiesto político clandestino en el ano. El perdió el sentido y se despertó en una especie de enfermería. Cuánto tiempo después, nunca supo.

 

La Máquina de Torturas

En mi tercer día allí, me arrastraron desde mi silla y sin llamarme por el número me hicieron subir una escalera que estaba junto a una pared. Los escalones de baldosa amarilla estaban muy gastados. Estaba a punto de ser interrogado por primera vez en el cuarto de torturas. Estaban interrogando a un hombre esa mañana, y yo iba a ser testigo del proceso, a efectos de saber que me aguardaba. “¿Escuchás?”, un hombre dijo. “Bien, si no hablás tendrás el mismo tratamiento”. Yo sabía quién era y lo que querían sacar de él. Yo también sabía que no les iba a decir nada. Por lo que decían, era evidente que había estado allí por largo tiempo. Por el sonido de las voces, se notaba que era un cuarto pequeño. Podría haber tenido una mesa. Me sentaron en una silla y trajeron algo similar a un cenicero que pusieron a mi derecha, al nivel de mis hombros. Descubrí más tarde que era un grabador. El mismo amigo que estaba siendo torturado allí, me lo contó más tarde. 

 

Estaba tirado en el suelo gimiendo. La noche anterior había sido suspendido de los brazos y “ablandado”. “Ablandado” puede ser cualquier cosa. Podría ser choques eléctricos en los genitales u otras partes sensitivas del cuerpo, o ser golpeado a puñetazos. Cuando uno se desmaya, le dan “tratamiento bajo el agua”, lo que significa tener la cabeza sumergida en un balde grande de latón, lleno de excremento, orines y agua. El olor es intolerable. El me contó esto y otras cosas unos mese después cuando le permitieron sentarse en el piso y hablar de vez en cuando. En realidad él nunca nos dijo todo lo que le hicieron, ni tampoco le contamos todo lo que nos hicieron a nosotros. Nosotros no revelamos las cosas más extremas, humillantes y dolorosas. Día tras día y noche tras noche, por 63 días, lo torturaron en esa forma. Tal era su fuerza física y moral, que meses después, luego que había dejado “El Infierno” y estaba en los cuarteles, lo utilizaban para hacer experimentos de torturas. Un oficial, acompañado de alumnos a los que se les iba a dar una “demostración práctica”, estaba a cargo de estos experimentos. “El Flaco” era el conejillo de Indias. El oficial empezaba por indicar las partes más sensitivas del cuerpo para torturar con choques eléctricos (genitales, la cara, axilas) Los alumnos entonces aplicaban las torturas, y de esta manera aprendían la lección a fondo, a pesar del riesgo de que “El Flaco” muriera en cualquier momento. Llegó un momento en que todos en “El Infierno” podían reconocer los gritos de “El Flaco”. En ningún momento  dejó de insultarlos. Eso fue todo lo que lograron sacarle – insultos; ni una pizca de información. Ni la tortura ni la humillación pudieron quebrarlo. Aún cuando no lo estaban torturando “El Flaco” continuó insultándolos.

 

Sé de muchos que actuaron en esa misma forma heroica. En “El Infierno” se pierde fácilmente el sentido del día y la noche; sólo una visita a “la máquina” es suficiente. Me pasó a mí un día, pero me reorienté al día siguiente cuando la radio dio el informativo de las tres de la tarde. Fue un descuido de los guardias e inmediatamente cambiaron de estación.

 

Aumenta el número

Seguían llegando nuevos prisioneros. Llegaban en cualquier momento del día, especialmente temprano, el olor era aborrecible. Algunas mujeres menstruaron pero no se les permitió lavarse. Cuando se es torturado, involuntariamente uno se orina. Nuestra ropa estaba enchastrada con lo que presumiblemente era comida. Como no teníamos nada donde apoyar los platos y estábamos esposados, no podíamos evitar derramar la comida. Apestábamos. 

 

Era una primavera fría y nos congelábamos dado que debíamos permanecer sentados sin movernos. A veces, nos daban frazadas, pero el próximo guardia de relevo, nos las quitaba. En la cuarta noche, a la mayoría nos tiraron encima de frazadas sucias de los cuarteles. Permanecimos tirados y apilados ahí, hombres y mujeres juntos, por cuatro o cinco horas, sufriendo nuestros propios olores, lo peor de todo fue que nos vigilaban constantemente y cuando alguien cabeceaba, le tiraban agua o le tiraban del pelo o lo pateaban. Las mujeres protegían sus senos. De pronto, sorpresivamente, alguien a quien llamaban “Chico” corría a toda velocidad por encima de nuestros cuerpos. La falta de espacio no nos permitía movernos. Empecé a tener dificultades en respirar. Presumiblemente uno de ellos le dijo a su superior (debía saber que yo sufría de asma) Vino y me sacó de la pila. Esto fue peor – espantoso. Yacía a los pies de alguien que hablaba incoherentemente, escuché y reconocí la voz de un ser querido, pero todo lo que se decía era horrible. Solo oírlo me hacía sufrir. Y la noche se hacía interminable. Cuando salí de “El Infierno” descubrí que el camarada que creí haber escuchado, nunca había sido detenido. Como podemos equivocarnos!, podría haber jurado que era él!. Allí todo es confuso y uno puede creer que está escuchando a sus padres o a sus hijos. Nos torturaban todo el día. Continuamente sacaban grupos de tres o cuatro personas, los arrastraban de vuelta y los tiraban en el suelo, u, ocasionalmente, si estaban en muy mal estado, sobre los colchones. Algunos ya ni gemían, estaban inconscientes. Aquellos de nosotros a los cuales aún no nos habían llevado, estábamos tensos de temor. De tanto en tanto, alguien daba un grito ahogado y la camarada que estaba siempre sollozando, lo hacía el día entero (sic). Se la llevaron al caer la noche. Podía oírla llorar en la distancia. Su llanto se hacía cada vez más fuerte. Ella gritó, estaba aterrorizada, en agonía. Era esposa y madre. Yo la conocía bien. Ahora está en la prisión de Punta de Rieles. De pronto, inesperadamente, todo cesó. Se produjo un silencio de mal agüero. Alguien corría. Había murmullos. La tortura se detuvo, también los gritos. Transcurrieron unos momentos, abruptamente, arrancó un auto y se perdió en la distancia. Alguien había muerto. No importó si la persona era joven o vieja, hombre o mujer. Alguien había muerto en la tortura. Una hora después, recobraron el aliento. Las radios fueron prendidas de nuevo. Esa noche los centinelas de guardia empezaron a “ablandarnos” las coyunturas; nos dieron choques eléctricos mientras estábamos sentados en las sillas. No perdonaron a nadie. Para peor, habían tirado desinfectante sobre todo el pido de hormigón para camuflar nuestro olor y esto aumentó el efecto de los choques.

 

La traición

Otro día fue mi turno para el “plantón” junto con otros dos compañeros: un hombre que a juzgar por su voz tenía más de 60 años; y una mujer joven que no era más que una niña. El “plantón” consiste en permanecer parado con las piernas abiertas, no es aconsejable caerse, pero permanecer parado es muy difícil. Al atardecer, el anciano se cayó y tres de los guardias comenzaron a interrogarlo. Prácticamente lo volvieron loco. Dijeron  cosas espantosas de su mujer y su nuera y de lo que les iban a hacer. Entendí, por lo que escuché del interrogatorio,  que el anciano tenía dos hijos, ambos gente de bien y trabajadores. Al caer la noche, el anciano “traicionó” a sus hijos. Un año después me enteré que los tres habían estado juntos en la misma celda, y pude completar la historia. El anciano al final se volvió loco, rezaba todo el día y pidió a sus hijos que hicieran lo mismo. Estos nunca le hablaron de nuevo, pero le daban las frazadas en las frías noches para que no se muriera de frío, dado que los soldados lo trataron muy mal y encima de todo le tomaban el pelo, esta fue la “recompensa” por colaborar con ellos.

 

La segunda semana fue más tolerable. Mi columna vertebral se acostumbró gradualmente a estar eternamente sentado. Pero la música todavía me enloquecía. Un día tarareamos un tango y reconocí la voz de xxx. Ella era una mujer maravillosa, su espíritu nunca fue quebrado y se dirigía a los guardias condescendientemente. Nunca me enteré lo que tuvo que soportar, pero puedo imaginarlo.

Hacia el final de la semana, noté que se estaban organizando y obteniendo todo lo que necesitaban. Para comenzar, tenían sólo un doctor. Este supervisaba las torturas y durante el interrogatorio lo sentí aconsejar a los torturadores en que parte del cuerpo pegarle a una persona que tuviera alguna enfermedad. El doctor se ocupaba de estos detalles. Se presumió que no era conveniente que alguien más muriera, pero ocasionalmente, como consecuencia del sobre entusiasmo y las drogas, las manos de los torturadores se “resbalaban”. Algunas personas murieron como consecuencia de esos “resbalones”. Al final de la semana, un enfermero se unió al grupo. Luego de un tiempo, pudimos reconocerlo, era un policía joven y homosexual cuyo nombre empezaba con “A”. Distribuía medicinas a las mujeres y a los más viejos de nosotros.

 

La número 69 estaba embarazada. Yo la vi tres veces: una en el “plantón”, una en el piso y una vez temprano en la mañana, el día que abortó, sentimos ruidos de movimientos y gemidos y nos imaginamos lo que estaba pasando. La trataron sobre un colchón mugriento en el piso, así fue como una vida fue prematuramente terminada. Para esta época, el varoncito habría estado aprendiendo a caminar sobre la tibia arena de una playa. Más tarde, me enteré que como decidieron que sería demasiado riesgoso golpearla, le clavaron agujas calientes debajo de las uñas para que ella dijera dónde estaba su esposo, dado que no podían encontrarlo. Hubiera sido muy fácil encontrarlo: éste había sido detenido tiempo atrás por otras autoridades y ellos ni lo sabían! Y así desperdiciaron una vida: mataron un niño!.

 

Una hazaña

La mañana que revisaron los vendajes, descubrieron que uno de los muchachos había hecho agujeros para los ojos y que había estado mirando todo lo que pasaba por varios días. Habían olvidado poner la cinta plástica debajo de la venda. Qué espíritu!. Descubrí más tarde, que el hombre era un paisano de Minas. Pero pagó un precio muy alto por lo que había hecho. Le pusieron la cinta plástica y le clavaron los dedos en los ojos. “¡Esto es para que nunca más veas de nuevo, hijo de puta!”, le dijeron. Saltó del dolor. Cuando salió de “El Infierno”, lo llevaron al hospital militar y sé que fue debido a sus ojos. Aunque no sé qué le pasó al final. Pero un día me encontré con sus hijos y les pregunté si su padre necesitaba algo. “Lentes”, me dijeron.

 

Era un infierno para todos, aunque obviamente ellos estaban mucho mejor. Cuánto mejor?. La siguiente historia es ilustrativa. Una mañana, ellos llevaron a un grupo grande de nosotros a los baños y nos controlaban. Dada nuestra dieta, y el estar sentados quietos tanto tiempo, cada vez estábamos más estreñidos. Todos estuvimos mucho rato en el baño esa mañana, y había solo un guardia. El llamó a uno de sus colegas, pero no vino, entonces dio rienda suelta a su furia contra nosotros. Empezó a tirar golpes de puño y de pie. Nadie se movió. Esperamos ser golpeados no sabiendo de donde podría venir el golpe. Ni siquiera gritamos. El guardia se puso más violento. Algunas mujeres cayeron y se golpearon la cabeza con las paredes y los inodoros, sus colegas oyeron lo que estaba pasando y lo sacaron por la fuerza. Se había vuelto loco. Como el infierno del Dante, éste tenía sus propias reglas.

 

La noche de los perros

La noche de los perros fue una de las peores. Ya habíamos oído perros ladrando y nos imaginamos que eran como esos animales buenos y fieles que mimamos y queremos como a niños. Pero estos perros eran completamente diferentes, como luego descubrí. Suspendieron a tres personas, una mujer y dos hombres en un rincón. A la mujer la colgaron del pelo y a los hombres por debajo de los brazos. Sus pies estaban a 4 o 5 centímetros del suelo. Los perros permanecían debajo de ellos ladrando (sic). Pude visualizar a los tres temblando de miedo. La mujer, afortunadamente para ella, se desmayó. Los perros nunca dejaron de ladrar. Al amanecer, les preguntaron si tenían algo que decir al oficial en jefe. Nadie contestó. La hicieron volver en sí, tirándole agua y le hicieron la misma pregunta. Ella tampoco contestó. La bajaron y la tiraron al piso. Los perros la atacaron. “Quieto, Zorro!” , uno dijo. El perro gruñó afectuosamente a su amo. Todos se fueron, perros y hombres, los últimos guiando, lentamente e intencionalmente, los perros siguiéndolos, fieles y sanguinarios.

Enseguida de esto, alguien cortó las cuerdas y los hombres cayeron al piso. Puedo imaginar el dolor que sentían. Luego de permanecer colgaos así por horas y horas, toda la sangre corre a los brazos y las piernas, y caer de repente es muy doloroso. Después de caer, quedaron inmóviles. Esta fue una de las últimas torturas para Yic, el hombre del Cerro. Su mujer lo vio después en el cuartel luego que la orden de incomunicación fue levantada. Frente a los guardias y otros detenidos, dijo como había sido torturado. Luego murió. Entró a “El Infierno” y lo dejó en la misma forma, en silencio. Supe que a pesar de la prohibición de abrir el cajón, los que lo abrieron, vieron sus piernas amoratadas y su cuerpo marcado.

 

Leche

Una tarde, casi un mes más tarde, un guardia caminó a lo largo de las filas preguntando si alguien quería un poco de leche. Era la primera oferta de ese tipo que yo había oído. Naturalmente, quise un poco. Mucha gente declinó la oferta. Aquellos que aceptamos, bebimos de la misma jarra. Estaba fría, tentadora y lucía increíblemente pura, en medio de toda la mugre – la jarra también. No sé cuánto tiempo después de beber la leche, recobré el conocimiento. Aún no estoy seguro si fue la leche la que me hizo perderlo, pero repentinamente me sentí caer en un abismo lleno de colores y formas extrañas. Mi tía Adela estaba allí, con un enorme ramo de rosas. Cada rosa del tamaño de un niño de tres o cuatro años. Había colores hermosos y brillantes. Mi tía estaba allí, pero yo sabía que no estaba. Sabía dónde me encontraba, perfectamente bien, y sabía que ella nunca estaría allí; de todas maneras me estiré para tocarla. Sospeché de la leche y no quise nunca más. Aconsejé a la gente no tomarla.

 

Es usual en los centros de detención en nuestro país, administrar dogas alucinógenas. Todos reaccionan a ellas de diferentes formas, pero, comparando notas, descubrimos que nadie se divorciaba completamente de la realidad. Las drogas nos volvían parcialmente inconscientes, pero no nos producían éxtasis, como a la gente en las películas americanas, de drogadictos. Todos experimentamos una intensificación de la imaginación, con visiones de todo tipo – la naturaleza, el mar, campos y demás. Un camarada nos contó que había visto el mar y sentido las olas rompiendo a sus pies, simultáneamente, un guardia estaba cantando parado a su lado. 

 

Durante todo el mes, hubo un cambio constante de prisioneros. Los números de algunos ya no eran llamados, pero había nuevos. No creo que continuaran usando el número de alguien que se había ido de allí. Para entonces, ya habían llegado al número 500 y aún más alto. Nunca más oí el número 69.

Prácticamente cada día, durante este período, nos reiteraron que nadie estaba arrestado, nadie había sido arrestado, habíamos sido “raptados”.

 

Pulgatorio

El cambio de prisioneros continuó, llegó más gente, otros partieron – pero dónde fueron?. Obviamente, no estaban llamando sus números después de habérselos llevado.

Alguien me tomó el brazo y me jaló. Fui llevado a un sillón elegante y hermoso – sin duda robado en una redada. Me sentaron en él y me dieron un pedazo de papel que yo leí debajo de mi vendaje.

Por la presente declaro que, mientras estuve aquí, fui adecuadamente alimentado y no fui torturado……………………………………………………………… (Firma)

“Firmá!”, me dijeron, y yo firmé.

 

 

Enviado por Marys Yic

 

BATALLÓN Nº 13 "EL INFIERNO"


 

BATALLÓN Nº 13 "EL INFIERNO"

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