Uruguay: Un nuevo mundo reaccionario, mezquino y superficial

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

Usted sigue siendo la misma nada que era antes

Escrito por: Sandino Núñez*
Consumo

Consumo

 

1. "¡Che, vos, nuevo uruguayo!" Esa sí que es una interpelación cínica. Es directa e hiriente, como una estocada. Y lastima, está claro, porque no miente. No se pudo hacer la revolución, renunciamos al hombre nuevo como un sueño insensato que tantas cosas ponía en peligro. Y terminamos fabricando al nuevo uruguayo.

Nuestro nuevo Prometeo es la forma grosera de una clase media colonizada por un virus mutágeno que la ha convertido en masa consumidora insaciable, y, específicamente, es aquella variante que sabe surfear con cierta destreza y desenfado en tiempos fáciles.

 

Recuerdo que allá a fines del siglo pasado, la inauguración del supermercado Géant, apuntalada con algún ardid publicitario como heladeras a mitad de precio o drásticos descuentos en yacuzzis, provocó una gran conmoción en la zona. Si no recuerdo mal, a las nueve, tal como estaba previsto, el súper cerró las puertas al público. La masa que quedó afuera se indignó y enfureció: hizo asonadas y piquetes, quemó cubiertas, se declaró en rebeldía cívica, coreó consignas anticapitalistas. Acariciamos el cielo esa noche. Estuvimos a punto de tomar la Bastilla o el Palacio de Invierno. Y todo porque nos quedábamos sin el ofertón de un yacuzzi sin IVA. Y esto ocurría hace más de una década. El virus ya había comenzado a atacarnos, como una caries que nos arruinaba la compostura política, el pudor cívico, el sentido social de la vergüenza.

Sobre esa base, la interpelación "nuevo uruguayo" de la publicidad apunta ahora a una mutación superior de esa primitiva horda adicta. Es verdaderamente inspirada y genial. Le habla a aquellos que han encauzado su voracidad consumista en la fineza de la televisión por cable y de las revistas de sala de espera, imprimiéndole un aire educado, elegante y mundano. Le habla no a la masa o a la multitud sino a la manada solitaria, a la casta de elegidos.

"Vos, que hasta ayer no sabías qué era la ciboulette", "vos, que ahora sabés de vinos", "vos (mujer), que ahora sabés de fútbol". Es una versión degradada, pero cínica, de un viejo llamado publicitario que hacían Les Luthiers: "Usted, que frecuenta el éxito como una costumbre más. Usted, que triunfa con la misma naturalidad en los negocios y en los deportes más exclusivos. Usted, que está habituado a que los hombres lo respeten y las mujeres lo admiren. Usted, ¿nos puede decir cómo hace?".

El nuevo uruguayo es el resultado de construir, sobre la voracidad psicótica e invertebrada del consumo primitivo, un exoesqueleto de disciplina y buen comportamiento: obediencia a las reglas despóticas del buen gusto, de la distensión, del placer. El nuevo uruguayo es aquel que consume los signos convencionales del buen gusto, la distensión y el placer. O del refinamiento, o de la profundidad, o de la inteligencia incluso.

Es bastante obvia, si observamos ciertas notaciones en el cine y en las series de televisión, la evolución de las convenciones de la distensión y del refinamiento. Del sofisticado ambiente mundano de las fiestas a la sencilla cena íntima y casera. Del whisky de los tiempos de James Bond a los copones de vino en Sex and the city, por ejemplo. De obligaciones como éstas está hecho el nuevo uruguayo: es alguien fabricado por las columnas "de más" y "de menos" de la revista Galería.

La lógica imitativa de las modas: ya no consume solamente cosas, sino que consume formas convencionales, simulacros o rituales. Consume consumo –y por eso se habla, a veces, de sociedades de hiperconsumo–. El mundo del nuevo uruguayo, que a lo mejor es el nuevo Uruguay, es como la despreciable ciudad de los niños de Montevideo Shopping Center: una escenografía, un simulacro para que los niños puedan jugar a ser adultos.

2. El nuevo uruguayo tiene subespecies bastante siniestras. Porque él, claramente, es el hijo de una adquisición tardía y de una furia correctiva: el resultado de una operación despiadada de enderezamiento. El nuevo uruguayo, hay que decirlo, es un advenedizo. Llegó tarde al mundo del refinamiento sobrio y se siente inseguro, incómodo y vulnerable, como un extranjero, un recién llegado a la ciudad. Es alguien a quien la ropa le queda grande y anda por la vida como al que se le caen las hombreras y los breteles. Debe retener en su memoria rebelde y maleducada, palabras y expresiones como "merlot", "chop suey", "arándano" o "chef" (así de hermoso es su vago eco de elegancia y clase). En el fondo siente la humillación y la ridiculez de tener que usarlas, la angustia por no comprender la trama fina del juego que está empujado a jugar. Esta subespecie de nuevo uruguayo vive en un estado de alerta naranja paranoide.

Pues ser un "nuevo uruguayo" es de lo peor que le puede pasar a alguien. No solamente le han entregado el don de estos nuevos bienes: el cero quilómetro, el iPhone, el yacuzzi, la tevé plasma de 1.500 pulgadas, o incluso (en el mismo nivel de posesiones) las palabras mágicas que lo ligan a ese mundo superior (merlot, arándano, etcétera). Le han regalado también, y sobre todo, una larga lista de antidones. El miedo de perder los bienes, el celo de que se los codicien, la necesidad de fijarlos para siempre, el rencor sordo por el que la tiene dos pulgadas más grande. Y sobre todo, le han dado el horror al rechazo, a no estar a la altura de la nueva exigencia. En resumen, le han dado, como antirregalo, el miedo de que sus bienes no lo acepten a él. En realidad, es él quien ha sido regalado al iPhone y a la tevé plasma. Él era, desde un principio, el objeto sacrificial a ser yugulado en el altar del consumo.

Por eso el nuevo mundo del nuevo uruguayo es tan reaccionario, mezquino y superficial. Es reaccionario a nivel ontológico, hecho de un miedo que ancla en los niveles capilares de la vida y lo obliga a moverse como un recién operado. Es el nuevo Uruguay de la seguridad, de los asaltos, de los megaoperativos, de las firmas para bajar la edad de imputabilidad. Es el Uruguay de los consejos del Ministerio del Interior a los estudiantes de secundaria para que no lleven celulares ni usen ropa de marca, e incluye el de que no conversen en la esquina, ni se paren en la vereda del liceo, ni demoren más tiempo del estrictamente necesario. Una vez inventado el fetiche del celular caro o el de la ropa o la mochila de marca, toda nuestra vida es entregada en sacrificio a ese ídolo y a sus acólitos territoriales: policías y ladrones. Toda la cadena es de una perversión extrema. La ciudad de los niños, es decir el lugar donde el infantilismo del nuevo uruguayo puede ejercer de adulto, imitando a los adultos que ve en la televisión, es también, y sobre todo, un territorio extremadamente violento.

Y esta siniestra subespecie de nuevo uruguayo también, y sobre todo, asoma en sus opiniones reaccionarias, en sus comentarios superficiales y convencionales a las últimas anécdotas de la vida pública que serán aplicadamente olvidadas a los quince o veinte minutos, en su forma de exigirle al Estado como un verdadero cliente le exige a una empresa que vende servicios, en su estilo inconfundible de indignarse permanentemente con las demoras de los trámites, con la corrupción y los acomodos, con cómo se rascan los empleados públicos, con que los trabajadores vivan de paro.

En fin. Folclore del nuevo Uruguay.

3. "Che, vos, nuevo uruguayo", es, decíamos al comienzo, una interpelación cínica. Es una operación típicamente posideológica: no intenta engañar a nadie, no busca persuadir, no quiere proyectar sobre nuestras vidas miserables, alienadas o explotadas, la promesa de la salvación, la piedad de la caridad o la exaltación heroica de la literatura.

No señor. Ese cabeza de plasma que nos señala y llama es un dios glacial. Nos dice lo que somos y nos aconseja comportarnos como lo que somos. Es una operación terapéutica, casi. Nos empuja a asumirnos como lo que somos, a tirar nuestra hipocresía, nuestros miedos y nuestro doble discurso. El verdadero nuevo uruguayo debería aparecer después de barrer con nuestra neurosis, después de eliminar los conflictos entre lo que somos y lo que queremos o debemos ser. Ya no más culpa. Los antiguos griegos tenían una expresión gráfica para esto: "tirar la chancleta".

Es el famoso episodio lacaniano del residuo cínico del análisis:

—¿Y? ¿Pudo resolver el analista aquel problema de que te cagabas en la ropa?

—Sí, claro.

—Pero si me dijo tu mujer que te seguís cagando encima igual.

—Sí, me cago igual. Pero ya no me importa.

Somos lo que somos y por lo tanto seguiremos haciendo para siempre lo que hacemos. El asunto entonces es evitar los conflictos que generen dolor, angustia o aflicción. Asúmase. Déjese de conductas ambiguas o represivas. Ese consumidor adicto que usted quiere reprimir está en el genoma del nuevo uruguayo. No hay nada que hacerle, así que no le agreguemos culpa. No ofrezca resistencia: usted es un elegido, un nuevo uruguayo, deje nacer ese ser glorioso de la luz del reconocimiento y la neutralización de "sus zonas erróneas". "Salir del closet": ese es uno de los pilares en los que se apoya la perversa psicología del no-sujeto consumidor contemporáneo.

En el fondo, y ésa es la dolorosa verdad de la operación cínica, usted sigue siendo la misma nada que era antes. Tiene un poco más, y le gusta gastar, le gusta rabiosamente. Y consume cualquier basura porque es un adicto. Porque lo suyo es pulsión de muerte, por más que crea encontrar un sentido a esa compulsión apelando a la coartada de los buenos vinos, la fineza, el permitirse. Y peor aun: estas coartadas de buenas maneras y reposo de las que usted se carga son el peor de los síntomas: usted es obediente e imitativo antes que nada, véase ahí consumiendo los signos convencionales de su otro superior, consumiendo clisés de la tele, psicologías estandarizadas para el mercado, formas y etiquetas de supermercado de libros como lo natural, lo profundo, lo sincero, lo saludable, lo enigmático, lo erótico.

Y ahí está la "verdad real", digamos, ése es el único nuevo uruguayo, en definitiva: ese adicto sin clase ni vergüenza cívica de ningún tipo que consume cualquier basura, porque lo que consume, en realidad, es el consumo mismo. Por lo que, sin tocar el razonamiento, el producto que me ofrece la publicidad es basura. Ya no me ofrecen un producto bueno, o útil, o bello. Tampoco me ofrecen un placebo psicológico para robustecer la autoestima, la virilidad o lo que sea. No. Me ofrecen basura al interpelarme, con cierta incomparable gracia, como basura.

"Mire: usted es un imbécil, asúmase, no lo disfrace: nosotros entonces le ofrecemos este producto o este servicio que hace juego con su imbecilidad."

Ése es el cinismo de la cultura de masas, encendido en toda su gloria, su simpatía, su desfachatez. Esa es la plenitud de su transparencia y su obscenidad. Ahora combatámoslo.

* Reproducimos, con autorización de su autor, el texto del programa Prohibido pensar, emitido por Canal 5 en el ciclo 2011. El titulo es de Brecha

Brecha.com.uy

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Rebeca Williams 25/01/2012


Extraordinaria agudeza para dibujar con las palabras la enfermedad crónica que padece nuestra humanidad: capitalismo. De éste mal no podremos escapar hasta que todos nos demos cuenta que este
padecimiento lo llevamos incrustado en nuestros genes. No es casualidad que en nuestro querido Uruguay que puja por parir al 'hombre nuevo', la 'mujer nueva', se encuentre enfrentado con estas
paradojas. Todos, en nuestros países de la Patria Grande, en mi caso Venezuela, nos encontramos en la misma situación, claro que con sus particularidades. Siga adelante, personas como Ud son
imprescindibles en esta hora de la Humanidad.