Uruguay: Violencia social

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

COLUMNA

Violencia social

 Gonzalo Abella.

  Gonzalo Abella *


HAY SÍNTOMAS GRAVES pero la TV los fragmenta para  que no podamos sacar conclusiones.

Cada vez más gente duerme en la calle. El hacinamiento de las cárceles es una pesadilla. Hay pisos del Clínicas donde el olor es insoportable. El INAU fracasa con los menores infractores. La inseguridad golpea los hogares urbanos y los pequeños comercios mientras en el campo el abigeato hace imposible la vida de los productores pequeños.

La violencia familiar no cesa y la pasta base la agrava.

El vandalismo no respeta escuelas, cementerios ni parques públicos. El fracaso escolar es inocultable. Algo está enfermo entre nosotros.La violencia social se vuelve tema político.

operativos-montevideo.jpgEl Gobierno aumenta los calabozos y hace "mega operativos" represivos mientras una parte de la oposición junta firmas para bajar la edad de imputabilidad y otros preparan interpelaciones.

TODOS saben que las soluciones no van por ahí.

En primer lugar, la violencia viene de arriba.

La legalidad es una burla.

Se mantiene la impunidad ante delitos de lesa humanidad y aumenta la corrupción gubernamental.

En años recientes se llegó hasta al asesinato de un intendente (Villanueva Saravia) y la prensa ni siquiera se atrevió a decir que era un asesinato.

La violencia parte del saqueo trasnacional, de la impunidad, de la represión, del agravio a un pueblo que ve el lujo insultante de una minoría mientras el desempleo real duplica las cifras oficiales. Los que acceden a un empleo sin padrinos muchas veces reciben salarios miserables, diez veces menores que el aumento que se votan los que gobiernan.

Todas las ciudades con bolsones de pobreza sufren la violencia social a menos que la gente excluida recupere la esperanza en un proyecto común.

Cuando una persona pobre cree posible el ascenso social de sus hijos, hace inmensos sacrificios. En cambio, cuando una persona integra una dinastía de perdedores y excluidos, cuando descubre que sus hijos están condenados a vivir en su misma miseria, baja los brazos. No tiene fuerza para preguntarse si ese hijo comete un delito o consume.

No hay socorro estatal, no hay plan de emergencia que mitigue la desesperanza que se vuelve indiferencia.

En síntesis: cuando un pueblo tiene un proyecto común, aflora lo mejor de cada uno.

En cambio cuando ese proyecto se pierde, o se traiciona, en mucha gente aflora lo peor, cada cual "hace la suya" y sólo queda en cada zona marginada un puñado de gente luminosa que, como dice Martí, asume sobre sus hombros el decoro de todo un pueblo.

Esta película ya la vimos en otras ciudades del continente.

¿Cómo sigue?

Generalmente lo que sigue demuestra que las medidas represivas sirven para fichar gente, no para prevenir delitos; porque si los excluidos aumentan, siempre hay un sector de entre ellos que se vuelve una inagotable cantera para el delito.

El paso siguiente a las razzias es sacar por la fuerza a los pobres y a los indocumentados de los barrios burgueses, como ya se hace en Punta del Este.

Al reprimirse al mismo tiempo el mercado informal, al expulsar a los artesanos de plazas y calles comerciales, aumenta la desesperación y la bronca.

Cuando se empieza a dificultar también la venta ambulante en el transporte público se da otro golpe a las estrategias de supervivencia vinculadas al mercado informal.

Y en nuestro caso, la escalada tiene sus propias características: ya la Intendencia departamental empieza a mirar con malos ojos a los carritos de clasificadores.

Por más operativos de saturación que se intenten, la gente más pobre, la que sólo tiene para perder sus cadenas, vuelve a organizarse.

Si hay un proyecto común, los excluidos se organizan para la lucha social; en cambio, si no les queda otro camino, se organizan para el delito.

Expulsados, reprimidos, confinados a sus ghettos, el paso siguiente de los más desposeídos (¡ojalá no lleguemos a eso por aquí!) es el asalto masivo a supermercados y shoppings.

Los realizan multitudes que deciden actuar coordinadamente.

Comúnmente la respuesta del Estado es el gatillo fácil, muchas veces aplaudido por el miedo de los sectores de la población que aún tienen trabajo estable.

Violentamente reprimidos, abusados indiscriminadamente en sus familias y en su entorno, los infractores sociales modernizan su armamento. Cuando carecen de un proyecto social, el narcotráfico es su generoso financiador.

Cuando tienen un proyecto social el narcotráfico se suma a la represión contra ellos, pero cuando no es así los apoyan. Entonces la escalada de violencia crece por ambos lados.

Finalmente entra en juego el Ejército y muchos aplauden. En aras de la seguridad, se controlan reuniones y locales, se establece el toque de queda. Se reprime de paso (¿de paso?) a los luchadores sociales, pero mucha gente  prefiere eso antes que la inseguridad de la que le hablaban los noticieros de TV.

En la realidad, la exclusión social se resuelve solamente con fuentes de trabajo.

Al narcotráfico no le sirve que un barrio tenga trabajo, porque entonces la gente madruga, todo cobra otra dinámica, y los traficantes nocturnos quedan aislados y evidenciados.

En cambio en un barrio deprimido todos miran TV hasta tarde, arden los fogones esquineros hasta el amanecer, y después del mediodía los muchachos salen a rondar y a requechar; siempre hay algunos que aceptan gustosos colaborar con el tráfico para obtener dinero para comer. O para drogarse.

 

HAY DOS FORMAS DE PROCURAR FUENTES DE TRABAJO PARA LAS MAYORÍAS.


Los gobiernos entreguistas crean puestos fuentes de trabajo por el corto período en que las trasnacionales arman sus infraestructuras saqueadoras.

Después queda la secuela de nuevos asentamientos con más gente frustrada y el círculo de los potenciales delincuentes se repite y amplía.

Los gobiernos antiimperialistas, en cambio, dan tierra al que la trabaja.

Los puestos de trabajo urbano son duraderos, dentro de una estrategia de lucha por la soberanía y el avance social. Sigue habiendo delincuentes, pero son una minoría fácilmente aislable y controlable. La gente recupera un proyecto común, y en cada uno aflora lo mejor de sí, porque hay esperanza.

Todo esto es sabido desde hace mucho tiempo.

El servilismo periodístico procura que lo olvidemos y entonces el miedo inducido apoya la represión.

Por supuesto no condenamos la saludable violencia social contra la opresión; pero frente a la violencia social autodestructiva hay cuatro acciones que la izquierda revolucionaria debe implementar:

-Fortalecer los valores, la identidad, la autoestima.

Para ello debe conocer las tradiciones de cada lugar, su mística, sus mitos y sus leyendas

- Conocer y caminar sus redes sociales informales.

Siempre son laberintos potencialmente revolucionarios.

Hasta la simple aspiración a una canchita para el deporte infantil es un motivo de concientización y movilización contra la criminal política de tierras de las Intendencias

- Desarrollar un proyecto educativo popular junto a los trabajadores de la educación. Es necesario conocer la tecnología, manejar el PC, pero la automatización y robotización de los procesos productivos y de servicios reducirán los puestos de trabajo calificado.

Una educación que no hace énfasis en la soberanía alimentaria y en la tierra es sólo adiestramiento y resignación.

-Y por supuesto, debemos avanzar hacia la liberación nacional y el socialismo.

 

* Profesor, investigador, integrante del coordinador nacional de la Asamblea Popular

 

Publicado en

Diario La Juventud

Etiquetado en Uruguay y sus cosas

Comentar este post

Néstor 04/27/2011 14:57



El artículo del profesor Gonzalo Abella, es simplemente, la realidad de nuestro país, enfocada con una claridad meridiana, que lo hace comprensible para cualquier lector, hasta para aquellos que
se encuentran en las antípodas de estas conclusiones, creo que a ellos también les será esclarecedor este artículo, mas allá que estén pensando en que las soluciones a este tema, son mas medidas
de represión y mayor endurecimiento de las penas, sin duda tremendo error, jamás funcionaron, simplemente agravaron la situación.


No es combatiendo los efectos, que se resuelve esta problemática, sino evitando la causa que los produce, no hay que luchar contra los pobres, sino contra la pobreza.


Es tan exacto cada punto que expone Gonzalo Abella, que no es posible agregar ni un punto ni una coma y mucho menos quitarlas.


Lamentablemente es así nuestra realidad, me complacería mucho más pensar en cuan errado está Gonzalo Abella, pero no es así, la violencia social en nuestro país es tal cual la muestra en este
excelente artículo el profesor Gonzalo Abella...un abrazo para el y mi sincero reconocimiento a tan fidedigno artículo.