Juventud uruguaya y política
La militancia político partidaria decae y deja espacio a otras formas de participación
Santiago Caramés es un joven de 24 años, apasionado por el caudillo Wilson Ferreira, que todos los días, después de cursar su carrera de Estudios Internacionales, trabaja Ad honorem en un pequeño despacho de la Alianza Nacional. En un país avejentado etaria y políticamente, Santiago forma parte de una minoría: la jóvenes que participan en política en Uruguay. De acuerdo a la última encuesta Nacional de Adolescencia y Juventud, realizada en 2008, la participación juvenil descendió del 52.4% en 1990 al 45.3% en el año señalado. Dentro de ese número, las organizaciones políticas son las que menos captan a las nuevas generaciones (12%), frente a las actividades artísticas, culturales o educativas (43%), las religiosas (25%) y las deportivas o recreativas (22%). Pero la relación entre política y juventud es más compleja de lo que parece.
Para Matías Rodríguez, director del INJU, no estamos ante una crisis de la participación juvenil, sino de “de determinas formas de participación asociadas a la institucionalidad”. Frente al modelo tradicional y vertical de la política, hoy poseen mayor legitimidad prácticas más horizontales, con plazos más cortos y que cuenten con espacios de interacción como las redes sociales.“En todo caso el cuestionamiento tendría que ser hacia las instituciones políticas”, señala.
“Yo creo que los jóvenes hoy están más organizados que nunca, pero lo hacen en torno a temas diferentes, porque tienen más posibilidades de hacer cosas que antes”, comenta Martín Solsone, secretario de organización de la FEUU. La entidad de la que participa convocó el polémico Congreso de la Organización Continental Latinoamericana y Caribeña, de afiliación castrista. El evento, que finaliza el lunes, ha sido criticado por la CGU y otros actores, por su contenido “no científico” y por el gasto de US$ 60.700 que la Universidad de la República destinó para financiarlo.
Solsone es uno de los varios jóvenes consultados que cree que sus congéneres están interesados por la política. Sin embargo, Ernesto Rodríguez, sociólogo experto en políticas públicas para la juventud, critica que éstos no se movilicen por los temas que más los afectan como grupo. Es decir, que no se organicen ante una tasa de desocupación juvenil que triplica el promedio de desempleo general del país, o para revertir que el 22% de esta población sea pobre.
“Los jóvenes se movilizan mucho más por cuestiones simbólicas que materiales”, señala el experto, consultor para las Naciones Unidas. Y apunta.“Cuando se organizan y participan lo hacen por los derechos humanos, la democracia, la ecología, la paz, la legalización del consumo de marihuana o la despenalización del aborto, pero no por el empleo o la vivienda para jóvenes o los servicio de salud para adolescentes. La única excepción es que a veces pelean por la educación. Cuando uno mira por otros sectores poblacionales la situación es bien distinta: las mujeres pelean por igualdad de derechos, los trabajadores por mejores salarios y condiciones de trabajo más dignas, los campesinos por acceso a la tierra”.
Esto contribuye, explica Rodríguez, a que la mejora de la condiciones de los jóvenes dependa más de la sensibilidad de los tomadores de decisiones que de la presión de ellos mismos. “La sociedad asigna sus recursos en términos de presiones corporativas”, afirma. De momento no hay sindicatos que nucleen a los jóvenes en tanto tales, y parece difícil que ello ocurra.
Gerardo Núñez, de la Juventud del Partido Comunista, señala, por el contrario, que hay movilizaciones más “materiales” en las que se da una amplia participación juvenil. Este es el caso de la de los trabajadores de la construcción, en las que “más del 80% han sido menores de 30 años”. Sin embargo, la diferencia estriba en que no se trata de movilizaciones netamente juveniles.
Llama la atención que uno de las preocupaciones que más aparecen presentes en el discurso de los jóvenes consultados sea la referente a la baja de la edad de imputabilidad. Esto demuestra, como explica Ernesto Rodríguez, la falta de movilización por temas mucho más generales a nivel juventud, ya que se trata, según el experto, de un “asunto netamente adulto derivado de la forma en que los mayores miran a los jóvenes”.
Preocupaciones que se traducen en acciones concretas, como la Comisión Nacional de No a la Baja, integrada por la FEUU y otras agrupaciones, o la campaña del INJU “Estoy corriendo, no escapando”, con carrera de 5 km incluída. Según el director del organismo, la iniciativa busca dejar de criminalizar a los jóvenes, convertidos en “chivos expiatorios de todos los problemas de la sociedad”. En el otro espectro de la balanza, Laura Salvadori, de Rotaract, club de servicio para jóvenes auspiciado por Rotary Club, creó un grupo en Facebook para suministrar formularios para firmar a favor de la propuesta impulsada por el Partido Colorado.
Hablar de juventud siempre implica entrar en un terreno complicado. Así lo entendía el sociólogo francés Pierre Bourdieu cuando afirmó que “La juventud no es más que una palabra”, relativizando el término para demostrar, en realidad, su poder clasificador. A la polisemia del concepto, que incluye variables tan definitorias como la clase social, el sexo o la educación de sus integrantes, se le suman las paradojas que se plantean para la juventud en el siglo XXI. “Hoy lo jóvenes tienen más acceso a la educación, pero menos al empleo; más acceso a la información, pero menos al poder; más acceso al consumo simbólico pero menos al consumo material”, indica Ernesto Rodríguez.
En un contexto de bonanza económica local y crisis global, la respuesta a la limitación de las oportunidades, típicamente encarnada en la emigración juvenil, hoy en día se convierte en un mero “ver qué pasa y vivir el presente ante la sensación de que nada puede cambiarse”.
Para el psicólogo Roberto Balaguer, lo que se está perdiendo en este mundo motorizado por el cambio y la incertidumbre, es un ideal de consecución de logros. “Se busca un ascenso rápido o una estabilidad sin grandes complicaciones; lo que queda fuera es el modelo protestante del trabajo”. La cultura del ahora, atenta también contra la inserción de los jóvenes en la política, donde los resultados no son ni tan tangibles ni tan inmediatos.
Frente a la disminución de la participación de los jóvenes en las organizaciones políticas, las organizaciones de voluntariado representan un claro espejo invertido. Entre 1998 y 2009, la participación en este ámbito ha aumentado de 7% a 20% y 40% de las personas que desarrollan estas tareas tienen menos de 34 años, según indica un informe del INJU. Cynthia Pérez, directora de Un techo para mi país, entidad que nuclea a más de 400 voluntarios, cree que el motivo de esta distancia radica en la tangibilidad de los resultados que proponen este tipo de organizaciones.”La política no se ve como un lugar donde el joven pueda desplegar sus actitudes, su vocación, al contrario, cuando alguien se entera de que un joven esta militando en un partido político los demás dicen que lo hace para acomodarse”, comenta.
Esa misma tangibilidad es la que movió a Laura Salvadori a participar de Rotaract, en el cual es actualmente presidenta interina. Por su parte, Federico Gianero, Consejero estudiantil electo por CGU Derecho, también prioriza esta razón a la hora de dejar de elegir la política gremial. La supuesta apatía de los jóvenes en este terreno, explica el director del INJU, es relativa: “Ir a construir una casa como voluntario es tener un posicionamiento político en torno a un tema y desarrollar una práctica de transformación”.
Otro factor es la rigidez del ámbito partidario.“Existe un alto grado de institucionalización de la política y el sistema es muy resistente en términos generacionales. Tienen que ocurrir cosas como el descalabro del Partido Colorado para que gente de 40 a 50 años esté en la renovación del partido. Eso es mucho más difícil en el Partido Nacional y es inexistente en el caso del Frente Amplio. Una situación muy paradójica, porque los electorados dirían precisamente lo contrario”, reflexiona Rodríguez.
Desde los partidos, la palabra joven resuena con tonos agridulces. Sebastián Sanguinetti, de la Juventud del Partido Colorado dice sentirse “orgulloso de que su partido se encuentre a la vanguardia de la participación juvenil en Uruguay”. En la actualidad el partido cuenta con 100 titulares y 100 suplementes para la Convención Nacional, más miembros juveniles en los ejecutivos departamentales y dos en el Ejecutivo Nacional; todos con voz y voto. Santiago Camarés, líder de Lista 40 de Alianza Nacional, se queja, en cambio, por el poco espacio que tienen los jóvenes en su partido. “Tendríamos que tener mucho más poder de decisión. No puede ser que el representante joven en el directorio tenga voz pero no voto. El partido está avejentado y alejado de la sociedad”, señala. Caramés tiene la esperanza de que la situación cambie el año que viene con las nuevas elecciones juveniles.
Javier De Los Santos, de 18 años, es el referente departamental de San José del Partido Socialista. Quien comenzó en política renegando el modelo educativo del colegio privado al que asistía, reconoce que el Frente Amplio tiene ciertos mecanismos añejos y que no hay jóvenes en los lugares más importantes del grupo político. Es optimista, sin embargo, porque “se está trabajando en crearlos”. A pesar de este reclamo, De Los Santos tiene una visión autocrítica de los movimientos juveniles. “Sabemos aprovechar los espacios, pero cuando estos aparecen y no desde la creación de los mismos”. O, como remarca Ernesto Rodríguez en comparación al movimiento de los Indignados: “Los jóvenes son buenos para desarrollar estrategias reactivas y no propositivas”.
¿Los jóvenes son apáticos e inmaduros? ¿Están descreídos de la política? Para Roberto Balaguer, la cuestión hay que mirarla desde ambos lados de la puja generacional. “Hay una adolescentización de la sociedad en general. Los adultos no relegan su lugar y pretenden eternizar su juventud, y los jóvenes no saben si quieren agarrar algunos hierros calientes de sus mayores”.
Ernesto Rodríguez es muy crítico con su propia generación, aquella que creía que la revolución estaba a la vuelta de la esquina. “Es un mito eso de que antes éramos revolucionarios y ahora los jóvenes no están en nada, porque lo que se logró en esa época, con las posteriores dictaduras, fue peor.” Y mientras lo pronuncia, resuena en su cabeza una frase de No te va a gustar que resume lo que los jóvenes le dirían, de forma lacónica, a los adultos: “Ibas a cambiar el mundo, y no cambiaste nada”.
El Observador