¿Va la economía de Costa Rica hacia la quiebra?

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

 

¿Va la economía tica por el camino de la de Grecia?


Luis Paulino Vargas Solís
La discusión alrededor del proyecto tributario ha dado lugar a una retórica exaltada, lo mismo por parte de quienes lo adversan como de quienes lo apoyan. No me ocuparé del primer caso. Y en relación con el segundo, me concentraré en las advertencias sobre una inminente y grave crisis fiscal que tendría trágicas consecuencias económicas. No es infrecuente que entonces se evoque el caso de Grecia, o se traiga a colación (con escaso rigor histórico) la dura experiencia de la crisis que vivimos hace treinta años atrás.
La cuestión podría resumirse en la pregunta que formulé al inicio: ¿realmente podría la economía de Costa Rica ir camino de la quiebra?
Perdonen la imprecisión si respondo que ése es un escenario posible, mas, en todo caso, no creo que sea propiamente el déficit fiscal el que nos conduciría el derrumbe, aunque sí sería parte del problema.
Intentaré explicarme.
Éxito importador
No obstante el fieramente publicitado “éxito exportador” de Costa Rica, lo cierto es que, en realidad, nuestro “éxito importador” es mucho más contundente. Durante todo el período neoliberal –a partir, digamos, de 1984- hemos tenido un déficit permanente en la cuenta corriente de la balanza de pagos, en la cual se registran las transacciones (exportaciones e importaciones) de bienes y servicios entre Costa Rica y el resto del mundo. Es decir, le compramos al mundo mucho más de lo que le vendemos. El monto del faltante oscila cíclicamente. Así por ejemplo, durante el insostenible auge especulativo de 2006-2007 se disparó espectacularmente, pero luego, en el contexto de la crisis (2009-2010), se redujo como consecuencia de la drástica caída de las importaciones. La vacilante recuperación de la economía en 2011 ha sido acompañada por un agravamiento de ese déficit. Así acontece en general: basta que la economía gane un poco de dinamismo para que el déficit se encumbre, lo cual pone un techo infranqueable a su crecimiento.
¿Es entonces Costa Rica una economía competitiva? Recuérdese que “competitividad” se refiere –en la jerga de la economía convencional- a la capacidad para exportar a precios ventajosos. Definitivamente la economía en su conjunto no lo es. Algunos sectores específicos parecieran serlo, pero su “competitividad” –claramente el caso de zonas francas- es harto discutible. Primero, porque su tecnología es totalmente importada y el valor agregado que generan a lo interno es bien limitado. Segundo en virtud de los privilegios tributarios y de infraestructura de que disfrutan, lo cual significa que, como sociedad, les damos un subsidio gigantesco, sin el cual no tendrían el “éxito” del que presumen.
Claro, la propaganda acerca del “éxito exportador” omite estos detallitos.
Vender las joyas de la abuela
Aquel faltante entre lo que le compramos y lo que le vendemos al mundo, tiene que ser financiado de alguna forma. Básicamente se cubre con capitales extranjeros. Desde 2005 en adelante se dio un salto hacia arriba de las entradas de esos capitales, en especial los de tipo financiero y naturaleza especulativa (capitales golondrina). Cierto que la crisis frenó esa tendencia desde fines de 2008 y durante 2009, pero rápidamente se restableció a partir de 2010.
De eso depende la sostenibilidad de nuestra economía. Pero con indudables costos asociados. Así, por ejemplo, proporciones crecientes de la propiedad de los activos productivos nacionales pasan a manos extranjeras. Pero acontece, además, que la afluencia de capitales golondrina está afectando la economía de otras formas y, en particular, introduce un riesgo incrementado de inestabilidad.
Deformidades
Pero, sobre todo, la economía nacional sufre de graves deformidades. Veamos.
Las zonas francas, ricamente privilegiadas por las políticas públicas, originan más del 50% de las exportaciones y en 2011 recibieron arriba de $600 millones de dólares de inversión extranjera. Pero tan solo generan alrededor del 2,5 a 3% del empleo total. Entretanto, el 20% de la población trabajadora está desempleada o subempleada y casi el 30% se desempeña en actividades informales. Se estima que alrededor del 50% del universo empresarial de Costa Rica –básicamente microempresas- son informales y, por lo tanto, ni pagan impuestos ni cotizan para la Caja.
Sin necesidad de modificar la legislación laboral, vivimos, de facto, un extendido régimen de “flexibilidad laboral”. Ello tiene consecuencias dañinas para los sistemas de seguridad social –en especial la Caja- y para el sostenimiento del Estado y de los servicios públicos.
Tratemos de juntar las piezas del rompecabezas. Por aquí lo que alguna gente pomposamente llama “nueva economía”, que en realidad es un sector en manos de capitales extranjeros, escasamente vinculado al resto de la economía y generosamente beneficiado por las políticas públicas. Y por acá, el resto de la economía, donde se genera la enorme mayoría de empleos, sin acceso a tecnología, capacitación ni crédito; se las juega a como mejor puede, dejada de la mano de cualquier política pública decente. Un ejemplo de tal cosa: crean la “banca de desarrollo” porque la banca comercial –incluso la pública- se dedica al negocio fácil olvidada de cualquier compromiso con el desarrollo. Pero resulta que la tal “banca de desarrollo” es un completo fiasco. Tales son los grandes aportes de la “apertura bancaria”.
Insostenible
La carencia de competitividad del sistema productivo se visibiliza también en su dependencia respecto de la importación de gran parte de los materiales, equipos y tecnologías necesarias para producir. Eso agrava los déficits en el intercambio con el resto del mundo. La concentración de privilegios en sectores dominados por la inversión extranjera, condena al olvido a miles de micro, pequeñas y medianas empresas nacionales, que son las que realmente generan empleos. El rezago que sufren estos sectores lanza a una parte importante de la fuerza de trabajo a la informalidad y agudiza la precariedad laboral. Un sistema financiero dedicado al negocio fácil (incentivar el consumismo o financiar grandes centros comerciales, por ejemplo), abandona la que debe ser (también en el caso de la banca privada) su responsabilidad social ineludible: financiar la producción, el avance tecnológico, la mejoras de la productividad, la más justa distribución de la riqueza, el cuido del ambiente.
Este juego de problemáticos desequilibrios explica la creciente concentración de la riqueza y la aguda polarización entre unos poquitos muy ricos y el resto de la sociedad.
Y es ahí donde hunde sus raíces el problema jamás resuelto de las finanzas del sector público y del deterioro de sus servicios. Porque este juego de deformidades incuba el desfinanciamiento del Estado: los sectores más dinámicos –las exportaciones  de bienes y servicios bajo dominio del capital extranjero- no pagan impuestos y, encima, una parte sustancial de la economía permanece sumergida en la informalidad: no tributa ni cotiza para la seguridad social. Puesto en este contexto, el proyecto tributario actualmente en discusión apunta en la dirección correcta, pero sus alcances, aunque positivos, son insuficientes.
Este modelo económico no es sostenible. Eventualmente podría quebrar. El tema no es tanto que  vivamos por encima de nuestras posibilidades (lo cual es cierto), sino más bien que los recursos de que disponemos están siendo pésimamente utilizados, lo cual genera graves desequilibrios sociales y terribles despilfarros.
El cómo podría quebrar, lo dejaré para otro artículo.

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