Cicatrices… - Por Graciela Azcárate

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

Historia de vida

Por Graciela Azcárate

Cicatrices

 

Cicatrices, incurables  de una herida que me ha dejado la vida en su lento batallar

Cicatrices, que ya no se cierran nunca

Porque llevan siempre trunca la esperanza de curar.

 

Durante la Semana Santa del año 2010 estuve trabajando en Washington en una consultoría. Mi compañera de trabajo  era una joven colombiana, nacida en 1976 en Bogotá y exiliada en Buenos Aires. Mientras trabajamos en el proyecto, nos hicimos amigas, nos contamos  nuestras vidas,  compartimos impresiones entre una mujer mayor y una joven de la edad de mis hijos. Me despertó curiosidad,  me hizo reflexionar sobre esa generación nacida en los setenta en Latinoamérica. Pensé en mis dos hijos tan diferentes entre sí. Uno nacido en 1979, en Quito,  recién salidos sus padres de Argentina y el otro en 1982, en Costa Rica. Hijos de argentinos que se fueron de un país de horror,  pero no nos  fuimos perseguidos, no éramos militantes y fuimos privilegiados por el hecho de poder buscar trabajo en el extranjero, conseguirlo y podernos ir.  Mi hijo mayor nacido en 1979,  fue concebido en los peores momentos de nuestra salida, en un peregrinaje entre Chile, Colombia, Nicaragua, Panamá  y Ecuador. Siempre he pensado que parte de las grandes diferencias  y desinteligencias que existen entre él y yo se deben a esa época incierta y terrible para mí. Lo gesté  y di a luz en un  momento oscuro.

Pero fui una privilegiada. Una sobreviviente que tiene en cambio la responsabilidad de hablar por los que no pudieron hacerlo. Pensé en los hijos de tantas parejas desaparecidas, en los hijos de toda esa gente que se exilió, que vivió en el destierro en cualquier lugar del planeta. Sin trabajo, sin amigos, sin patria. La joven compañera, con su edad, sus comentarios, la historia de Colombia y su familia,  sus impresiones, me fue cartografiando  una ruta de vida similar y las paralelas que establecí entre ella y mi hijo  me hicieron evocar un tango. No sé el autor ni una estrofa más que esas que me enseñó mi madre de niña.

Cicatrices, incurables  de una herida

que me ha dejado la vida en su lento batallar

Cicatrices que ya no se cierran nunca

Porque llevan siempre trunca la esperanza de curar

 


 

 

Mientras pensaba en Pia, en Mauro, en la juventud que sobrevivió  en Latinoamérica,  canturreaba el tango, escribía cosas que se me ocurrían en la caminata cotidiana desde el hotelito en Botton Flog  hasta la oficina de OPS. Antes de partir de Santo Domingo  hacia Washington  escribí  una larga  serie de historias de vida sobre la  generación abyecta. Era una saga sobre nuestra generación de 1970,  la que tenía veinte o treinta años.

En la historia de vida “Contra la muerte y el olvido”,  me pregunto:” ¿Somos la generación  abyecta?  O simplemente los sobrevivientes que como Eleazar se atreven a desafiar el tiempo, la muerte, las traiciones, a darse cuenta para siempre,  a contar las cosas de manera descarnada y lucida para que nuestros hijos vivan un mundo mejor y sobre todo más justo.”

No es retórica. Es una reflexión de porqué esos jóvenes son así, porqué tienen las diferencias que tienen con nosotros, porque nos tratan con arrogancia y condescendencia, porque nos reclaman como si estuviéramos en deuda con ellos. Creo que  son chicos y chicas marcados. No importa si les cambiaron la identidad, les mataron a los padres y se los entregaron al asesino de sus padres,  o son del bando de padres que pudieron  salir y ponerse a resguardo; no importa si los otros los que supuestamente nacieron y se criaron fuera del horror son ajenos a esa hecatombe,  todos  participaron de ese clima de tragedia, de genocidio, de nocturnal clima para el mal en que vivieron, trabajaron,  amaron y murieron sus padres.

Después regresé a casa  y esa larga historia de vida titulada Cicatrices quedó guardada, inédita  en un cuaderno borrador. Hasta  que empecé sin saberlo a conocer a  otros jóvenes de esa edad, de distintas nacionalidades, de distintas extracciones sociales,  de  diferentes ideologías, hasta que el desencuentro y la incomunicación entre mi hijo y yo siguió creciendo, hasta que sus demandas y reclamos me hicieron reflexionar qué era lo interrumpido entre él y yo a lo largo de treinta años.

Deliberadamente,  empecé a indagar en esas generaciones de jóvenes latinoamericanos nacidos a partir de 1970. Conocí  en las redes sociales a gente muy joven del Uruguay, me hice amiga de una bloguera uruguaya nacida en 1976, que me fue develando un Uruguay distinto al que tenemos construido la gente mayor de esa época.

Con Ivonne Leites descubrí un Montevideo ajeno a mi juventud de  minifaldas, barbas y  epopeyas tupamaras. Conocer a esa joven me hizo volver a leer  “Conversación al Sur”  de Marta Traba. Esa conversación no es nada más y nada menos que el encuentro de dos mujeres,  una vieja y otra joven y el devela miento de la vida de dos generaciones acosadas por el fantasma de la militancia. Esa reflexión de dos mujeres sumidas en un clima de horror y muerte me recordó una hermosísima película rumana titulada “4 4321-Otilia-copia-1.jpgmeses, 3 semanas, dos días”. Es la historia  de dos jóvenes rumanas al final de la dictadura de Ceacescu,  una de las cuales debe abortar clandestinamente. Las dos amigas se ayudan mientras los adultos las ignoran, las evaden o las violan como esa escena terrible donde el médico que la va a intervenir, previo al aborto  las viola a las dos como parte de pago.

La revista Cadal me envió un trabajo escrito por Gabriel Salvia sobre el libro escrito por un joven periodista llamado Iván Kirichenko. Dice: “Nacido en Montevideo en noviembre de 1975. Comenzó a trabajar como periodista cuando tenía 15 años. Fue durante seis años cronista del diario "El País", y desde el 2004 escribe en el semanario "Búsqueda", donde es editor de la sección Política. Es profesor de Periodismo Escrito en la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Católica del Uruguay. En su libro "La última fuga", Kirichenko presenta una fascinante historia novelada del matrimonio Rovira Grieco, padres de un joven militante tupamaro asesinado por la dictadura militar uruguaya, quienes terminan desencantados -al punto de suicidarse- con el espejismo de la izquierda revolucionaria.

Hasta que hace unos días, al morir Ernesto Sábato volví a releer Sobre héroes y tumbas”,  “El túnel”,  “Abadón,  el exterminador” y “Antes del fin”.

No me gustó nada de lo que releí. No me reencontré con lo que sentí en 1968,  no me provocó nada de lo que me hacía sentir  la historia de Martin y Alejandra o la muerte del general Lavalle.

 Es más, me recorrió el mismo escalofrío de horror que sentí cuando leí  “Purgatorio” de Tomas Eloy Martínez. Y digo que me corrió un escalofrío porque si bien las comparaciones son odiosas,  es abismal la diferencia  entre la literatura del argentino y la forma de narrar los últimos días de  la señora Curren, su larga carta de despedida a la hija exilada,  en la  extraordinaria  novela de J.M. Coetze titulada “La edad de hierro” en el clima opresivo del apartheid sudafricano.

Las tres lecturas, la reflexión de lo que les pasa a nuestros hijos, nuestras propias cicatrices, nuestra memoria  cambiante al final de cuarenta años, las cosas que no están todavía develadas para los que sobrevivimos,  las cuotas de horror que siguen apareciendo en nuestras vidas, las cicatrices que vuelven a doler…

Hice lo que hago siempre en esta prodigiosa época de internet.  Puse el nombre de  Sábato y encontré un artículo en una revista argentina llamada “Sudestada” escrito por Hugo Montero. Lo leí. Seguí el nombre de Hugo Montero, leí la  historia sobre Rodolfo Walsh y los montoneros. Evoque “Coloquio”; la historia de vida del 2004, titulada “Matando la derrota” en memoria de  Walsh; de la hija, militante  suicida que antes de morir le dice al ejército argentino: “ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir” y la nieta  sobreviviente que le escribe a Massera. 

Busqué los datos de  Hugo Montero. Dice así: “Nació en diciembre de 1976 en la ciudad bonaerense de Claypole. Egresó de la Universidad Nacional de Lomas de
Zamora como Licenciado en Periodismo. Es fundador y codirector junto con Walter Marini e Ignacio Portela de la revista Sudestada (www.revistasudestada.com.ar), que cumple en agosto de 2009 ocho años de existencia como publicación independiente. Desde hace años colabora en diversos medios de comunicación y es editor de la revista Nómada. Es co-autor de
la biografía de “Fabián Polosecki, Polo: el buscador”, junto con
Ignacio Portela, publicada en 2006 y próxima a ser reeditada en esta colección
.”

Evoque  aquella historia de vida  donde narro a una bloguera cubana nacida en 1975 y a la vieja militante comunista por las causas de la mujer y me dije aquel pedacito de Miguel Hernandez preso en las cárceles franquistas:

“Aunque el otoño de la Historia cubra nuestras tumbas con el aparente polvo del olvido, jamás renunciaremos ni al más viejo de nuestros sueños.”

Pienso que el mejor bálsamo para tantas cicatrices incurables es un párrafo de la carta que la nieta de Walsh le escribió a Massera: “Han pasado varios años desde que usted y yo nos cruzamos en una audiencia judicial. Se amparó usted entonces en las infames leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Hoy ya no puede hacerlo. Se lo dije entonces y se lo reitero ahora: sepa Massera que aunque pasen muchos años más, no dejaremos de buscar justicia. Sepa que no descansaremos hasta que esté definitivamente preso por todos y cada uno de sus crímenes. No crea jamás que el paso del tiempo irá en su favor. No olvide nunca las caras de sus víctimas porque son las nuestras. Mi abuelo, Rodolfo Walsh, decía que el verdadero cementerio es la memoria. Y es cierto. No tendrá tumba, pero tiene memoria. Y somos nosotros. En cada familiar y en cada amigo de un desaparecido sobrevive su historia y usted no pudo ni podrá nunca contra eso. Nosotros tenemos la memoria, usted sólo tiene el cementerio. Ha llegado a decir que estas muertes fueron sus mayores logros. Sepa entonces que usted será para el mundo exactamente eso. Un asesino. Un gigantesco asesino. Un genocida. Quédese con esos tristes méritos porque otra cosa no habrá para usted en la historia argentina.”

Con Juan Gelman nos hacemos eco de ese poema que habla de un cielo sudamericano, donde se derrama el calor de los compañeros, de corazones anchos, “pensando en sus huesitos cuando llueve/pisan la sombra/parten la muerte/dan la vida/arden al final de la memoria/matando la derrota”.

 

Fuentes:

Periodico HOY: Historia de vida  -17 Abril 2004 -Matando la derrota-

Graciela Azcárate

 http://www.hoy.com.do/areito/2004/4/17/16798/print

 

Historia de vida: Contra la muerte y el olvido: Graciela Azcarate: http://www.7dias.com.do/app/article.aspx?id=76341

 

Hugo Montero: http://www.revistasudestada.com.ar/web06/article.php3?id_article=124: Ernesto Sabato: Mejor no hablar de ciertas cosas.

Cadal: Gabriel Salvia- “Desandar ese camino es algo muy doloroso, de ahí la grandeza de los Rovira Grieco”- 22 de abril 2010.

Historia de vida: Nunca dejes de sonar: Graciela Azcarate.

http://guasabaraeditor.blogspot.com/2009/09/cuatro-meses-tres-semanas-y-dos-dias.html

 

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