Tuesday 3 january 2 03 /01 /Ene 02:19

 

Seguidores del pensamiento de José Martí

LorenzoGonzalo.FotoVirgilioPONCE

Lorenzo Gonzalo*/Foto Virgilio Ponce-Martianos-Hermes-Cubainformación.-

 

La Ley de Ajuste Cubana, establecida en 1966 para resolver la legalidad de los cubanos que habían ingresado al territorio estadounidense a través del Programa de Refugiados Cubanos, se ha convertido en un arma de doble filo. Para el Poder central estadounidense significa un gasto más en una era de recortes presupuestarios. Para los políticos de origen cubano es la pérdida potencial de votos electorales.

 

Cuando el equipo de inteligencia de Ronald Reagan intuyó que el trabajo desempeñado en los comienzos de la década de 1980 por un señor llamado Mas Canosa, orientado a revivir las conspiraciones en contra del gobierno cubano, podía ser convertido en acción política beneficiosa para las acciones contra Cuba y de rebote beneficiar al Partido Republicano, la contrarrevolución cubana de Miami fue transformada en parte del “establishment” político.

 

En aquel entonces, una gran cantidad de los cubanos llegados a comienzos del proceso revolucionario, donde se mezclaban criminales de guerra, golpistas cómplices del golpe de estado que descarriló el proceso de la democracia representativa al uso en la Cuba del momento, funcionarios estatales corruptos, violadores del fisco, una amplia gama de profesionales, técnicos calificados, obreros privilegiados y un grueso de gente manipulada por las circunstancias, se habían acogido a la ciudadanía estadounidense. Quienes no lo eran, fueron convocados para que la solicitaran a la mayor brevedad. El resultado fue un grueso de votantes y activistas de origen cubano, quienes alentados por los lemas anti castristas confeccionados durante la Administración Reagan, concibieron de nuevo su regreso a la tierra perdida.

 

Los primeros activistas políticos fueron las personas denominadas exiliadas que no eran otra cosa que revanchistas, dedicadas a la conspiración y la comisión de actos terroristas, quienes diariamente se declaran enemigos del gobierno cubano. Les siguió el resto de los cubanos de origen se sumó al carro republicano con cierta militancia, llevados por un falso concepto de la palabra exilado.

 

Ninguno de ellos había conspirado o levantado un dedo en contra del gobierno de Cuba, ni cometido acto alguno para desestabilizar al Estado. Simplemente habían sido llevados por la corriente, influenciados por los prejuicios socio políticos de la época. Ninguno era exiliado en la acepción exacta de la palabra. Excepto por un detalle mínimo de proporciones gigantes: el gobierno cubano los consideraba “enemigos”, los había cubierto de calificativos despectivos hasta tiempos recientes y no les permitía el regreso, condición indispensable para que un emigrado no sea exiliado. Por consiguiente, excluidos de su patria y bombardeados constantemente por una media que siempre ha estado al servicio de quien paga, la noción de “exiliados” les cuadraba a la perfección. Todavía se adviene en esencia para la mayoría de la población emigrada de origen cubano.

 

En ese tiempo se produjo por parte del gobierno de Cuba, un intento por “normalizar las relaciones con los emigrados”, sin embargo aguijoneado por el Bloqueo y el poder de los grupos terroristas, conspiradores y beligerantes de Miami, el gobierno cubano no estaba en condiciones de convertir aquel intento en un real proceso de normalización. Las medidas implementadas fueron muy tibias, inconclusas y carecían de una clara estructura jurídica, analizadas desde el punto de vista migratorio que tradicionalmente ha definido los derechos de esas personas. Para colmo, a los pocos años de comenzado dicho proceso, Washington aprobó la creación de Radio Martí, una emisora gubernamental dirigida a subvertir el orden institucional cubano. El gobierno de Cuba reaccionó ante la agresión y nuevamente fueron los emigrados deseosos de aproximarse a su país, quienes resultaron penalizados.

 

La seguridad nacional de Estados Unidos, debe haber sido consciente del poco significado que esas decisiones del gobierno cubano tendrían para la mayoría de los emigrados. No nos caben dudas que se trata de un suceso, que para entenderlo es necesario una información socio histórica y política amplia, donde las frustraciones no se convirtieran en estímulo acusatorio y una ponderación para el análisis, independientemente de los daños personales resultantes de los acontecimientos en cuestión.

 

El intento del Estado cubano en aquel entonces, fue iniciar una normalización del fenómeno migratorio, en medio de una guerra informal e irregular, dirigida y financiada por los organismos de inteligencia del país más poderoso del mundo. Por consiguiente la inteligencia estadounidense intuía y deducía seguramente, que no había por qué temer un cambio de actitud en los votantes porque no era mucho lo que el gobierno cubano podría hacer en aquel entonces, amén de su tendencia a patrones de respuestas que ya desde aquel entonces permitían predecir muchas de ellas. Era de esperar que las acciones del gobierno cubano no podrían tener mucho impacto en la balanza del voto y el discurso prometedor de “regreso a la Patria”, esgrimido por los candidatos aspirantes en las elecciones,  tendría efecto dentro del nuevo papel asignado a los pobres inmigrantes cubanos manipulados por ambos lados. Todos o una gran mayoría de los emigrados con ciudadanía estadounidense de entonces, votarían por los representantes del antiguo régimen dictatorial de Cuba, que eran quienes dominaban la política local y servían, como siguen sirviendo, a la estrategia agresiva de Washington en contra de la Isla.

 

Si eso pensaron los encargados del aparato estatal estadounidense, podemos decir que estaban en lo cierto. Eso fue precisamente lo que ocurrió.

 

La dinámica señalada contribuyó a la continuación del distanciamiento existente entre los verdaderos emigrantes y las problemáticas de su país.

 

Cuba por su parte no cambió su actitud hacia los emigrados y los funcionarios de sus embajadas durante la década de 1980, mantuvieron una actitud hostil hacia los cubanos que se acercaban a sus predios. En el mejor de los casos hacían labores de reclutamiento a cambio de un trato diferente, aunque dicha labor no fuera conducente a convertir a las personas en agentes del gobierno cubano. Durante la década de 1980 y 1990, los funcionarios de Cuba en el exterior, aun en medio de un actividad intensa de viajes de cubanos que visitaban con periodicidad a sus familiares en la Isla, continuaron practicando un trato poco amable y nada representativo de quienes vivían fuera del país.

 

La mezcla por un lado la estrategia estadounidense hacia Cuba, amparada en una propaganda feroz que trascendió los límites de Miami en la época de Geoge Bush, secundado por José María Aznar en España, época en que cobró categoría internacional y la lentitud con que el gobierno cubano ha asumido el procedimiento de ajuste de las regulaciones migratorias, ha contribuido al sostenimiento del voto de los emigrados a favor de los candidatos estadounidenses que plantean cambios en Cuba, cuando en realidad lo que piden es la rendición del gobierno.

 

El voto que es necesario cambiar no es solamente el del cubano emigrado sino el de la comunidad latina de la Florida, identificada en gran medida con sus quejas sobre muchas de las inconsecuencias actuales de las regulaciones migratorias existentes.

 

La importancia del tema nos ha llevado a comentarlo en diversas ocasiones y a veces a través de extensos trabajos, lo cual seguiremos haciendo como medio de entender las consecuencias resultantes para el ciudadano común.

 

*Lorenzo Gonzalo periodista cubano residente en EE.UU.  y subdirector de Radio Miami

 

Fuente: MARTIANOS-HERMES-CUBAINFORMACIÓN

  

http://martianos.ning.com/profiles/blogs/la-emigraci-n-cubana-por-lorenzo-gonzalo

 

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La emigración sobre sus pies


Por Lorenzo Gonzalo*/Foto Virgilio Ponce-Martianos-Hermes-Cubainformación.-

 

Mencionábamos con anterioridad que la normalización de los procesos electorales en Florida en términos de superar la influencia que ejerce sobre ellos la nociva política anticubana que durante años los ha condicionado, era un asunto fundamental. Pero la necesidad de esa normalización también contribuirá para reducir tensiones en el plano de la política exterior de Estados Unidos hacia Cuba

 

Independientemente de la propaganda y de las presiones sociales que ejercen los intereses asociados a los golpistas de la dictadura en Cuba, que originó el comienzo de un proceso revolucionario de radicales proporciones, también existen las simpatías de otros emigrados hacia los cubanoamericanos que visitan Cuba, quienes se identifican con ellos cuando se enteran por boca de estos de las regulaciones migratorias cubanas. 

 

Si bien es cierto que el conglomerado cubano no es homogéneo, esto no excluye cierta homogeneidad en el mensaje crítico respecto al gobierno cubano que, de una manera directa o indirecta, expresan gente que están muy lejos de definirse como enemigos u opositores políticos del gobierno. Si a esto agregamos que la mayoría latinoamericana no simpatiza con los gobiernos progresistas de la región, entonces es aún más fácil entender estas simpatías y la conducta política derivada de ellas a la hora de votar.

 

Los cubanos que visitan frecuentemente Cuba, cuentan a sus amigos de otros países las regulaciones migratorias vigentes en su país, creando en ellos simpatías porque el común denominador considerara una violación que existan penalizaciones al derecho de viajar y escoger el lugar de residencia. Conversaciones como estas y la narración de situaciones de otra naturaleza sobre Cuba, algunas que quizás a estas alturas ya hayan dejado de existir, inclina a muchos a votar por los candidatos estadounidenses menos idóneos, llevados por ese identificación.

 

Decíamos que la mayoría de los suramericanos son proclives a descalificar los procesos progresistas de sus países y en esto también influyen los cubanoamericanos, sin que esto signifique que ellos hayan determinado ese sentimiento pero al menos, contribuyen a alimentarlo. Los cubanos emigrados en general, mantienen aún los prejuicios surgidos durante la era soviética respecto a conceptos tales como socialismo, incorrectamente asociado al comunismo y sobre las definiciones del régimen llamado estalinista. Además estos prejuicios son alimentados rutinariamente por los centros de poder de los Estados capitalistas y son motivo de explotación por los medios locales y nacionales y compartidos por los cientos de miles de latinos que viven en las comunidades del sur de Florida.

 

La cuestión migratoria cubana tiene gran importancia en la solución de la problemática de la Isla.

 

La comunidad de Miami tienen un peso relativo sobre la política exterior estadounidense, porque en Estados Unidos los inmigrante han llegado a constituirse en un ente de poder de una abstracción tal, que cuando los emigrados provenientes de los diversos países se manifiestan en relación a determinados temas, la mayoría de las veces las demandas son interpretadas como provenientes de un sector y no como un caso particular de los nacionales de un país determinado. En este juego se insertan a veces los cubanos que fueron llevados a la política estadounidense por los órganos de seguridad nacional, aun cuando en privado y localmente tienen la tendencia a separarse del resto de las inmigraciones, por un complejo de superioridad que los devora y se alimenta precisamente de las ventajas sacadas de la confrontación de Estados Unidos con Cuba. Estas realidades hacen difícil normalizar la conciencia de los cubanos que viven en el exterior y mientras esto no se logre, no habrá plena normalización entre los emigrados y el Estado cubano. Las desviaciones políticas que padece el sur de Florida nacen de estas realidades.

 

La normalización de la emigración cubana con su país solamente es posible luego de ser sometida a una etapa previa de despolitización, para lo cual un paso esencial es la eliminación de las regulaciones que los convirtieron a todos en exiliados, privándolos del derecho de regresar a Cuba como personas nacionales, con derechos de reinserción o para una permanencia transitoria, obligándolos a ser turistas en su propia tierra. Esta aseveración no pretende desconocer las condiciones particulares de Cuba, las cuales en este aspecto son similares al de los países pobres con una fuerte emigración tejida a lo largo de años, lo cual la obligará a regular este proceso con el debido orden y en aras de la conveniencia nacional.

 

Para alcanzar esa normalización es necesaria una reforma que debe abarcar no solamente las regulaciones que rigen para quienes viven fuera, estandarizando el status de todos esos emigrados, eliminando las diferencias artificiales establecidas con propósitos de un control de Estado discutible, sino los derechos de movilidad de los cubanos que viven permanente o transitoriamente en el país. Es necesaria una reforma integral que requerirá de tiempo y de aciertos y errores, no sólo para desandar lo existente sino para conformarla a las nuevas circunstancias.

 

Estos cambios deberán incluir los asuntos aduaneros, eliminando algunos excesos impositivos que aún permanecen y racionalizando otros en concordancia con las necesidades nacionales y las afectaciones de recursos energéticos que puedan ocasionar la introducción de ciertos equipos. Pero especialmente evitar que las tasas impositivas sean administradas como si se tratara de las únicas fuentes de ingreso para resolver las necesidades presupuestarias de Estado. Es necesario observar que las regulaciones de aduana son las primeras en este campo que han sufrido transformaciones para facilitar las entradas de los viajeros, antes sometidos a las “discreciones” de los funcionarios de turno.

 

Quizás si Miami no estuviese a pocas millas de distancia de Cuba o si se tratase de una isla con capacidad de navegar, pudiendo moverse a cinco mil kilómetros de distancia de las costas estadounidense, todo esto no tendría gran repercusión. Pero la realidad no es esa y la presencia de Estados Unidos como un acorazado gigantesco de enorme peligrosidad, frente a las costas cubanas, convierte estos sucesos y la historia que los acompaña en elementos de suma importancia. Estas realidades afectan a Cuba en los intentos que tenga cualquier gobierno de ajustar sus infraestructuras estatales y sociales y resultan de un gran perjuicio, porque entre otras cosas obliga a usar cuantiosos recursos para el sostenimiento de sus relaciones internacionales.

 

Por todas estas razones y otras de menos importancia, es que el gobierno cubano seguramente se ha propuesto hacer cambios en las regulaciones existentes, muchas de ellas nacidas en momentos circunstanciales, inventadas probablemente en ocasiones por personas que hoy es difícil definir quiénes fueron, pero siempre obligadas en momentos críticos a la seguridad del país.

 

La cuestión está en saber si el gobierno estima que nos hayamos en un momento de maduración de tales proporciones que ya es rayano con la podredumbre, o si aún considera que el proceso de normalización comenzado en 1978 y transformado por vez primera con ligera profundidad en la década de 1990, requiere aún de otra década para ser colocado sobre sus pies.

 

Dicen que tan malo es no llegar como pasarse y no hay peor consejero que la indecisión. Hubo épocas que la dilación representaba una solución a ciertas dificultades que se presentaban con motivo del Bloqueo y de las agresiones.

 

Aunque no tenemos una bola de cristal, para saber todo cuanto puedan conocer los expertos asesores cubanos, las circunstancias de un proceso migratorio orientado a la normalización, que ya se extiende por más de treinta años y de los cuales los últimos veinte no han sufrido las inconveniencias de la década de 1980, resultando por consiguiente más estable y consistente para Cuba, obliga a pensar que ha llegado el tiempo de proceder con carácter verdaderamente definitorio.

 

La emigración cubana, convenientemente considerada y valorada, puede ser convertida en un factor de importancia para los planes del proyecto social cubano.

 

*Lorenzo Gonzalo periodista cubano residente en EE.UU. y subdirector de Radio Miami

 

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Por Ivonne Leites. - Atea y sublevada. - Publicado en: Migración
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