Historia de vida: El verde de la esperanza - Por Graciela Azcárate

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.


El 22 de mayo  me senté frente al  internet y recorrí los periódicos argentinos para ver cómo eran los actos del Bicentenario celebrando la revolución del  25 de mayo de 1810.
 Me quedé como embrujada cuando vi llegar largas columnas de gente del interior del país y me acordé de una Historia de vida que relataba con minucia como eran los 25 de mayo de mi infancia.
El 3 de diciembre del 2007,  cumpli  sesenta años.
Los celebré en mi casa de Santo Domingo, en un barrio del sudoeste que mira al  Caribe,  acompañada de mi hijo menor, tres perros y una gata. Nací  en Buenos Aires, a  las 9: 20 de la noche,  de un miércoles  muy caluroso, con luna en cuarto menguante, después de un largo trabajo de parto de mi madre porque dice la familia que yo no quería salir. Lo hice en la Sarda, una maternidad pública,  del barrio  sur de San Telmo porque mis padres eran muy pobres.
Me conto mi madre, que cuando entraron  sus hermanas, mis tías, que la habían excomulgado porque se había ido de la casa dando un portazo, dice, que miraron mi cuna,  los alrededores, las otras parturientas  y exclamaron escandalizadas: ¡qué pobreza!
Y… ¡qué notable!  En el preludio del relato de  esos sesenta años, a lo largo de ese 2007, en que escribí sin pausa encerrada en mi casa durante cuatro  sábados semanales mis historias de vida, en  que velé en mi hogar  como una  buena castellana visigoda  la vida de los míos,  de la ciudad y la gente que nos dio cobijo,  escribí una larga historia de vida de una mujer que había cumplido sesenta años y que  nunca por ningún motivo ni aun en los momentos más precarios había sentido pobreza ni resentimiento.
En mi vida de sesenta años jamás tuvo asidero ese  dejo de conmiseración de mis tías. No he sentido pobreza ni en momentos de absoluta indigencia.
Escribí  la  vida de una mujer,  contados desde los ojos de una nena feliz que no sabía de pobrezas, peleas, mezquindades, conflictos o rencores.
La historia de vida se titulaba: Una nena feliz.
Cuando la terminé, me reí a carcajadas. Me partí de la risa en la buena onda jupiteriana en la que nací. Soy sagitariana
Después me la leí de nuevo en voz alta, la dramaticé, y  la actué como si Flaubert contara  las aventuras y deseos enconados de su pequeña normanda suicida.
La corregí, le quité el drama porque en la puta vida se me ocurrió tener dos amantes, endeudarme y envenenarme con arsénico.
Después la reescribí,  la adorné, la desmenucé, la puse descarnada y lúcida, combatí  los verbos chúcaros, imaginé tiempos verbales  especiales para ciertas desmesuras, modifiqué fechas,  a los personajes  los intercambié y travesti, me salté intervalos dolorosos, volví  en puntillas, con dudas de si había sido así,  o la memoria escribía otro guion, me reí de mi misma,  fui caústica, me auto flagelé, me tuve piedad, tal vez pudor.
La herida estaba ahí, al sol, era profunda y tardaba en cicatrizar.
Es impublicable, dije. Me autocensuré. La guardé bien guardada en unos cuadernos escolares. Nunca la publiqué.
Hasta que el 22 de mayo me quedé mirando como entraban a la ciudad enormes filas de hombres, mujeres, niños, ancianos que llegaban desde los confines de la Argentina a esa ciudad antropófaga donde nací.
Eran columnas de argentinos, que habían venido desde las provincias más lejanas. Con banderas verdes. Un verde manzana, un verde de lluvia de mayo, de esperanza, un verde de toritos blancos con flores en las astas celebrando la primavera. Eran banderas multicolores, verdes y naranjas, y la gente que las portaba iban vestidas con ponchos, sacos de telar, con gorros del Puno, con abalorios de madera, con el trucutú ranquel, con vinchas en la frente y bombos legueros.
Era maravillosa la calma y la majestad de esas miles de personas de rostros aindiados, serenos, vestidos con ropas humildes, de telares, algodones, lanas, austeros pero dignos, lejos de la pobreza que obliga a la mendicidad de los planes de solidaridad de la modernidad neoliberal.
ºEl Día saco una foto que  recorté y pegué en mi cuaderno de apuntes.
Eran miles de argentinos  y argentinas, de todas las edades del interior  del país que realizaron una  Marcha Nacional  Indígena que termino en la Plaza de Mayo después de recorrer más de 2000 kilómetros desde distintas provincias como Neuquén, Formosa, Jujuy, Salta, Rio Negro, Chubut, Santa Fe, Misiones, Corrientes,  Entre Ríos.
 Desde los confines de esa otra Argentina, que,  como diría Osvaldo Bayer celebra otro Bicentenario.
Me quede extasiada cuando vi esa muchedumbre con ponchos, vinchas, sacos de lana, bombos, agitando banderas verdes tornasoladas de amarillo, naranja y azul.
Un verde de la esperanza como aquella poesía que recitaba Thiago en la Nicaragua asediada de 1986.
Al seguir ese gentío me acordé que  en Una nena feliz había precisamente un capítulo especial para el 25 de mayo. Para el frio de aquellas mañanas, las trenzas recién hechas con cintas celestes y blancas, las escarapelas cosidas a mano, el delantal blanco tieso de almidón recién planchado por mi madre.
Esos 25 de mayo eran fervorosos, llenos de poemas, cantos, marchas.
Los alumnos en el colegio  bailábamos el pericón nacional, cantábamos  la canción Aurora y al regreso de la fiesta en la escuela, lo más lindo del 25 eran las tortas fritas, las empanadas y el chocolate caliente.
Cierro los ojos y evoco aquel chocolate perfumado, largamente batido y aderezado por una de mis tías.
 Y la veo joven, linda, casi como una bruja de la tierra en  la elaboración de ese chocolate que era un rito para todos nosotros.
Fui una nena feliz estudiando y memorizando poemas, letras de vidalas, ensayando el pericón  nacional con la maestra Paganini, que religiosamente me lo hacía bailar todos los años enfundada en un traje de criolla.
Después,  al pasar el tiempo, al hacerme adulta, al terminar la carrera de historia e irme de Argentina nunca dejé de reconocer  que aquellos eran los 25 de mayo de una patria llamada infancia.
Con una transparencia, con una frescura y un sentido de prosperidad como ese que exudaban esos pueblos indios que entraban en Buenos Aires tan altivos y prósperos como hace doscientos años. A pesar de la ignominia, la muerte y tanto dolor. Tergiversados por la historia oficial, manipulados para dirigir la opinión pública y el destino de  un pueblo  mucho más antiguo que esos dos siglos que ahora quieren recordar.
Al pensar el destino  de esos argentinos marginados, excluidos, ninguneados, empobrecidos, robadas sus tierras ancestrales,  condenados a la prostitución, el alcoholismo,  el nomadismo  parecían  un calco de  esos “magos de la lozanía”,  igualito que los haitianos, que en el 2004, celebraron su Bicentenario.
Ellos, doscientos años después  recorrían las calles de la ciudad burguesa y codiciosa que escribió la historia oficial para expoliarlos y borrarles de la memoria su dignidad de señores de la tierra.
Recordé  el testimonio de Teodosio González en la  Cámara de Diputados,  un 24 de marzo de 1869, después de la segunda batalla de Tuyuti y ya en los estertores de la Guerra del Paraguay,  dijo:   “Se levantaron durante la contienda las grandes fortunas argentinas, vendiendo a la proveeduría brasileña sus vacas, sus caballos, ovejas y la harina, por cinco veces su valor”.
En su libro “Infortunios del Paraguay”  relata: “detrás de los ejércitos llegaron a Paraguay “comerciantes oportunistas” que habían ocupado cargos en la presidencia de Mitre y Sarmiento.
El diario “Época” vocero del partido radical de Hipólito Irigoyen dijo: “Durante la Guerra del Paraguay nuestros soldados se morían de hambre en los esteros, mientras afortunados proveedores, gentes de alta influencia amasaban millones. Aquellos abusos llegaron a tan escandaloso grado, que un enérgico movimiento de opinión exigió se investigasen las turbias proveedurías. Pero un providencial incendio consumió los archivos  de cuentas de la guerra del Paraguay.
Las llamas cancelaron toda deuda y borraron los restos de todo delito. El incendio salvo muchos nombres y muchas reputaciones, purificando muchas biografías”.
En Buenos Aires,  “jerarcas de las turbias proveedurías” constituyeron una sociedad anónima, integrada por el general Mitre, Anacarses Lanús, Cándido Galván, Ambrosio Lezica, Rufino Elizalde para dedicarse a las tareas periodísticas.
Esa sociedad se hizo cargo de “la Nación Argentina” que el antiguo secretario de Mitre, José Maria Gutiérrez fundo el 17 de septiembre de 1862, para preparar la opinión pública para la guerra del Paraguay.
La sustitución del nombre “basta para marcar una transición, cerrar una época y señalar los nuevos horizontes del futuro. 
“La Nación Argentina” era un puesto de combate. “La Nación” será una tribuna de doctrina” dice el editorial de La Nación, en Buenos Aires, el 4 de enero de 1879.
La doctrina era quemar la memoria de todo un pueblo.
En 1880, el genocida general Julio Argentino Roca dio fin a la campaña del desierto, limpio étnicamente el oeste y el sur argentino, se apropio de todas las tierras ancestrales de tehuelches, ranqueles y mapuches, sometió a esclavitud  a las familias indias dueñas de la tierra y las mando al servicio doméstico, a los yerbatales, a  las minas del norte o a la servidumbre en la isla Martin García. Desarticulo las familias que vivian desde tiempo inmemorial  en el profundo sur para poner el país, a través de la burguesía comercial de Buenos Aires, al servicio de Inglaterra.
Con el cambio de nombre del periódico, con  el fin de la guerra del Paraguay,  con la guerra de exterminio llamada  campaña del desierto y la quema de los archivos no quedaba nada por esconder.
Al terminar de pasar las largas caravanas de indios, un joven esbelto, hermoso, con una vincha y una bandera larguísima verde tornasolada  cerraba esa larga procesión del recuerdo y la dignidad. Evoqué al profesor Luna. Era el profesor de educación física. Yo tenía 15 años, nunca se lo dije a nadie pero me enamoré locamente de su perfil aguileño, su piel cobriza y aquella serenidad y empaque de señor de la tierra.  Era un indio de Misiones, un guaraní que nos contaba historias del Paraguay de sus mayores. Era biznieto y nieto de paraguayos que huyendo de la guerra de la Triple Alianza se refugiaron en Misiones.  Nos conto que el 16 de agosto es la fiesta del niño en Paraguay porque conmemoran la matanzas de tres mil quinientos chiquillos.  Tenían  entre seis a catorce  años y enfrentaron en la batalla  de Acosta ñu el ejército de brasileños, argentinos y uruguayos. Las madres escondidas en la selva muchas veces agarraban las lanzas y se integraban a la lucha al lado de sus hijos. El Conde de D’Eu, el general brasileño  encargado de comandar los tres ejércitos, al caer la tarde y cuando las madres salían a recoger  los cadáveres de sus hijos muertos o a socorrer a los sobrevivientes mando incendiar la maleza. Quemo a los niños, a los muertos, a sus madres. También incendio el hospital Peribey y las tropas de la Triple Alianza empujaban a punta de bayoneta, dentro de las llamas a los enfermos, los niños o los jóvenes  que intentaban salir.
¿Las llamas cancelaron toda deuda y borraron los restos de todo delito? No. Un crisol de pueblos del interior se dieron cita en esa ciudad que no es sinónimo de argentinidad.  Dignos, resurgieron de las cenizas, del dolor, la inequidad y la injusticia. De tantos incendios. No se ha cancelado ninguna deuda ni se ha borrado el delito. Más de tres millones de personas recorrieron la ciudad  celebrando eso que hace doscientos años es y sigue siendo para muchos de nosotros la patria. Patria es la infancia, la del 25 de mayo, la del delantal blanco, la de los bailes y el canto, las escarapelas, el chocolate y las tortas fritas.  Patria es la cara de inocencia de una nena feliz.  No es la teatralidad mediática de una arpía de pelo rojo, embadurnada la cara de maquillaje, con ropas chillonas y  crispando a todos con su mensaje de odio de nueva rica. Es la celebración de un pueblo sano, sencillo, sufrido que renace de sus cenizas y que encarna ese poema precioso que el poeta Thiago de Mello recitaba en 1986, en la Nicaragua asediada por Reagan, Honduras, la Contra y que dice así:
Queda decretado que, a partir de este instante/ Habrá girasoles en todas las ventanas, que los girasoles tendrán derecho / A abrirse dentro de la sombra, Que las ventanas deben permanecer / El día entero / Abiertas para el verde/ Donde crece, el verde de la esperanza

Thiago de Mello
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