Uruguay: El Colectivo Ovejas Negras convocó a una "stencileada"

Publicado en por Ivonne Leites. - Atea y sublevada.

Hazte ver, chica

ESCRITO POR: Diego Sempol

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CENTRALES

El pasado lunes, el Colectivo Ovejas Negras convocó a una “stencileada” y pintada colectiva para promover la visibilidad lésbica. La convocatoria no pasó inadvertida, y muchas mujeres levantaron el guante, pidiendo pista.

Hacía frío. Eran casi las diez de la noche gélida del lunes, el más odioso de los días. Cuando estoy a pocas cuadras del local de la feuu, nuestro punto de encuentro, veo a un grupito de gurisas en una farmacia. Tenían un stencil y presumí que lo que buscaban eran guantes para protegerse las manos de la pintura.

Apuré el paso y, para mi sorpresa, cuando llegué a la feuu la vereda estaba poblada por chiquilinas y, un poco más lejos, algunas veteranas. También había muchos chicos, algunos de ellos emos, con el pelo azul y lila. En total eran unas 50 personas. Había clima festivo, risas, ganas. Ganas de stencilear los muros tristes de esta ciudad, y ganas de gritar “¡existimos!”. “La idea es romper la invisibilidad a la que nos condena esta sociedad”, explica Valeria Rubino, de Ovejas Negras, “y hacerlo desde la cotidianidad. Aparecer gracias a una imagen o una frase que se cuela rumbo a tu casa o tu trabajo. Y cuando la ves, la descifrás, te cambia el día. Sabés que no estás sola. Que hay otras que viven y sienten igual que vos. No en la tele, no en una película, sino ahí, en la misma calle por la que transitás vos todos los días”.

En el centro de una rueda Nalu y Magela colocan unos 40 sprays y más de una docena de placas talladas con Susanita y Mafalda dándose un beso tierno. “Nos llevó dos horas hacer cada una de las placas. El tallado es minucioso, pero valió la pena”, precisa Karina. ¡Si las viera Quino! Quién iba a decir que Susanita y sus sueños obsesivos de matrimonio y maternidad se realizarían con la mordaz Mafalda. Muchas ríen socarronamente cuando ven el diseño y festejan, spray en mano, las imágenes que quedan estampadas en las paredes con los primeros ensayos, a pocos metros del local de la feuu.

“¿Susanita y Mafalda?”, pregunto. “¿Por qué no?”, dice Laura. “Si muchas veces ni siquiera podemos reconocernos entre nosotras. Estamos tan tapadas y a veces encerradas en nuestros círculos que muchas veces es difícil conocer a otra lesbiana.” Magela, activista de Ovejas Negras, va un poco más lejos: “estamos atrapadas en la domesticidad y nos cuesta mucho salir. Al final todo se vuelve opresivo y una se da cuenta de los costos salados que tiene no salir. Cuando tus padres vienen de visita, tu novia se vuelve ‘compañera de apartamento’ y terminás durmiendo, como nunca, en camas separadas. Al final muchas naturalizamos eso, y aunque todo el mundo ‘lo sabe’, no somos capaces de romper el silencio y ponerlo en palabras”.

El entorno no ayuda. Para muestra basta un botón: en el mes de la mujer la Secretaría de la Mujer de la Intendencia de Montevideo sacó, como todos los años, un programa de actividades. Este año, en el marco del bicentenario, resolvió agregar al final una lista de 100 mujeres destacadas. Ninguna de ellas es lesbiana. Parece que Cristina Peri Rossi o Ana Prada no existieran, aunque ambas sobresalen en diferentes ámbitos de la cultura y hablaron –y hablan– en voz alta sobre su identidad y sus afectos.

Antes de separarnos se dividen las zonas: el Parque Rodó, las principales calles del Centro, Fernández Crespo rumbo al Palacio, Tres Cruces y 8 de Octubre. Un grupo grande enfila hacia avenida Italia y Propios a hacer una pintada mientras otro sale con el mismo fin hacia Gonzalo Ramírez a unos metros de Salterain, cerca de uno de los boliches al que asisten más lesbianas en la noche montevideana.

Tatuar la ciudad tiene su encanto. Y las ganas, muro tras muro, lejos de aplacarse, parecían crecer. Carolina y Sara se divertían como gurisas chicas: cruzan de una vereda a otra corriendo, agregan frases a los stencils, al principio un poco tímidas y clásicas, después más atrevidas: “papá, me hice tortita”.

Sara es del Interior y me cuenta un incidente que tuvo en su pueblo natal: una vez en la terminal de ómnibus, cuando estaba dándole un beso de despedida a su novia, el guardia de seguridad la echó, con ademanes violentos, mientras decía en tono de censura que “eso” ahí no se hacía. Las protestas no sirvieron de nada, el tipo estaba grosso y se tuvo que ir. “Soy lesbiana, y ¿qué?”, escribía convencida en una pared, mientras me aclaraba que hizo la denuncia pero que todo quedó en la nada. “Por lo menos no me quedé callada y me pude sacar la bronca de encima”, recalca.

A la una y media de la mañana, tocó la retirada. “Se acabó el spray”, dijo rabiosa y un poco triste Silvana. No pude evitar comparar su frustración con las últimas pintadas en las que participé, allá en los noventa, cuando todo era disciplina y a regañadientes, milimétrico esfuerzo y desgano contenido. Nada de eso parece pasar cuando lo que está en juego es el derecho a existir. La lucha es parte –ya en sí misma– de la conquista perseguida; una forma de robar pedazos de placer a la vida. 

 

Fuente: BRECHA

Tomado de

Semanario Alternativas

 

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247058_2096010923522_1342824584_2493598_7746151_n.jpgColectivo ovejas negras

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